Enric Capó

Posted On 11/02/2011 By In Opinión With 1745 Views

Sociedad plural y convivencia

 

Nosotros, los creyentes, los que con mayor o menor compromiso formamos parte del mundo religioso, debemos estar extremadamente atentos y vigilantes ante los peligros que nos acechan. El hecho de ser creyentes y pertenecer a una iglesia evangélica, no nos hace inmunes al peligro, que siempre va de la mano de la religión, de confundir la verdad que profesamos con la verdad en sentido absoluto.

Enric CapóPongamos, por ejemplo, la  Biblia.  Podemos creer en su inspiración, incluso literal y verbal. Podemos creer, como lo hace la mayoría de los cristianos, que es Palabra de Dios y que en ella no hay ningún tipo de error. Pero ésta continua siendo nuestra convicción, siempre subjetiva. Nunca podemos elevarla a la categoría de verdad absoluta ni pretender que otras personas, cristianas o no, acepten nuestras conclusiones. Si vamos más allá, si pretendemos establecer esta verdad de forma objetiva y exigimos a los demás que la acepten, estamos en el camino del fanatismo y de la intransigencia, que consiste en elevar a verdades absolutas nuestras convicciones personales. En este peligro cayeron las primeras Constituciones que se redactaron en España, empezando por La Pepa (1812) donde se afirmaba la autoridad de la Iglesia Católica por ser  “la única verdadera.

Sabemos que esto no es así, pero también sabemos que tampoco nosotros tenemos la exclusiva de la verdad. Esta siempre nos transciende, va más allá, y ha de ser objeto de continua investigación. Jamás llegamos a alcanzarla plenamente y poseerla. Siempre la tenemos delante como objetivo, como objeto de nuestros deseos, como meta de nuestros esfuerzos. Día a día, paso a paso, por la gracia de Dios, nos vamos acercando a ella y su luz, que no podemos controlar, nos ilumina. Pero jamás podemos encerrarla en una definición doctrinal. Tratar de hacerlo es una tarea imposible, porque, para nosotros cristianos, la verdad no es un concepto, sino una persona. No es creencia, es fe. No es convicción intelectual, sino vivencia personal. La verdad es Cristo. Nuestras interpretaciones y nuestras doctrinas, por mucho que nos esforcemos en ser fieles al testimonio bíblico, son sólo tentativas de definir nuestra convicción subjetiva. No podemos pretender para ellas validez general.

Esto nos lleva a la humildad y al respeto hacia los demás. La convivencia pluri-religiosa entre nosotros sólo será posible si abrimos el abanico de nuestras convicciones para respetar las de los demás. Pero esto no significa que renunciemos a nuestros postulados religiosos o que los relativicemos. Ni el irenismo ni la voluntad de acuerdo nos permiten ser infieles a nuestra profesión de fe. Nos debemos a nuestra comprensión de la verdad de Dios. Toda cesión en esta actitud nos lleva inevitablemente a la infidelidad. Pero el ser fieles a nuestra comprensión de la verdad no se contradice con una actitud respetuosa e incluso amistosa hacia los demás. Tampoco se contradice con un sincero acercamiento a los que son diferentes para tratar de entender sus razones y sus doctrinas. De ahí nuestra obligación cristiana de cultivar el ecumenismo y las relaciones interreligiosas, algo que en nuestra realidad religiosa evangélica se da en muy contadas ocasiones.

Una actitud de apertura hacia los demás no niega nuestra libertad de anunciar el evangelio. Somos cristianos y  es nuestro privilegio y nuestra obligación proclamar  a Jesucristo como Señor y Salvador.  Su mensaje ha llegado hasta nosotros como un hálito de libertad que ha transformado nuestra vida y nos ha abierto el camino al corazón de nuestro  Padre celestial. Es el mensaje del amor de Dios y de las buenas nuevas que nos anuncian  que en Cristo hay vida y vida en abundancia.  Esto no podemos silenciarlo. Ha de salir a luz. La gente lo ha de saber, porque, para nosotros los cristianos, no hay camino mejor que éste para llegar a una vida de plenitud.  Jesús, antes de marchar de entre nosotros, nos encargó predicar este evangelio hasta los confines de la tierra  y Pablo nos recuerda que en esto consistió su ministerio (1 Co 1,17), añadiendo ¡Ay de mi si no anunciare el evangelio! (1 Co 9,16). Y Pedro nos dice que sólo hay salvación en Jesús “porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch 4,12).

Todo esto es cierto. Es así. Lo profesamos ante Dios y ante los hombres, pero al hacerlo introducimos en la vida humana un elemento extraño a la mayoría de nuestros conciudadanos. Este elemento es el de la convicción personal, propia y subjetiva, que sólo en la propia experiencia, personal e intransferible, encuentra su justificación. Esto nos hace sentir débiles, porque no nos es posible demostrar la verdad de nuestro testimonio. Y, sin embargo, esto debe ser así y es conveniente que lo sea, porque “no nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo como Señor” (2 Co 4,5), es decir, no pretendemos tener nosotros toda la verdad, sino que señalamos hacia aquel Jesús que puede manifestarse a todos los hombres como la auténtica verdad. Difícilmente convenceremos a alguien con nuestras palabras y nuestros argumentos; nuestra mejor opción es seguir los pasos de Andrés que, encontrando a su hermano Simón, “le trajo a Jesús” (Jn 1,42). Será en el encuentro con Cristo que el hombre lo descubrirá como la Verdad, ciertamente subjetiva en lo que se refiere a nosotros, pero no por esto menos real y efectiva.

En el protestantismo español encontramos, incluso en aquellos que por su profesión deberían estar mejor informados, actitudes muy negativas hacia los demás. Son los que se consideran los guardianes de la verdad del evangelio, poseedores absolutos de la verdad de Dios, que, con sus actitudes obstinadas,  se niegan a la posibilidad de ver en los demás opciones legítimas distintas y búsquedas con resultados positivos diferentes. Nadie puede negarnos el derecho a proclamar nuestra comprensión de la verdad, pero tampoco se la podemos negar a nadie. Todos, cristianos y no cristianos, deberíamos estar atentos a no caer en fanatismos destructivos o en descalificaciones gratuitas. Somos ciudadanos de un país y nuestro objetivo común más elevado  no ha de ser la defensa de nuestras instituciones, sino la construcción de una sociedad plural, en la que todos los que la forman se esfuercen en establecer relaciones de amistad y mutua colaboración.  Y en este camino, las instituciones religiosas pueden ser importantes a la hora de establecer las condiciones necesarias para una convivencia pacífica. Nuestro mensaje de paz, justicia y reconciliación no puede ser un slogan para la galería, sino que ha de ser una realidad en la que unamos fuerzas para conseguir un mundo mejor, más libre, más justo, más respetuoso. Que nuestras diferencias en el campo de la fe  no enturbien nuestras relaciones humanas y seamos capaces de colaborar en esta construcción de una sociedad más justa y equilibrada.

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