Posted On 24/09/2014 By In Teología With 2383 Views

Solus Christus. La incorporación “en Cristo” como norte de la nueva teología protestante

Parece que algo se mueve en la teología protestante. Después de casi 500 años de polémica sobre el Solo Fide, en estos últimos años se rescata con fuerza el Solus Christus, nunca negado pero sí relegado a los patios trasteros del pensamiento y reflexión reformados, cual Cenicienta de la teología.

Como es bien sabido Martín Lutero creía que la doctrina de la justificación por la fe sola es el artículo por el que la iglesia cae o permanece (Articulus Stantis vel Cadentis Ecclesiae). Sin duda era un artículo esencial que había que reforzar en un tiempo histórico en el que el cristianismo había derivado hacia la creencia generalizada de especie de salvación por méritos propios y por buenas obras.

El fragor de la controversia con Roma, los reformadores protestantes enfatizaron unilateralmente el concepto judicial y forense de la justificación. El creyente es declarado justo, no hecho justo. Todavía hoy hay muchos autores empeñados en deslindar con precisión los “aspectos legales” de los “aspectos morales” de la redención. La justificación que salva es una transacción entre Dios Padre y Jesucristo. “Jesucristo concluyó la transacción legal y satisfizo la justificación demandada por Dios como el pago por el pecado”.

Para que quedase clara que la justificación no es el resultado del esfuerzo humano, los reformadores llaman al tipo de justicia que justifica, “justicia extranjera”, dando a entender que viene de fuera de nosotros (extra nos), también justicia “imputada”, acreditada[1]. Por una parte se quiere evitar una “religión de obras” y por otra, un misticismo interiorista.

Todo esto derivó en una religiosidad y espiritualidad, si puede llamarse así, demasiado formalista e intelectualizada, en abierta polémica con cualquier intento que pretendiera apartarse del concepto legal de la justificación. “El punto que necesita señalarse es simplemente que cuando se admite que la salvación tiene más que un carácter judicial tal y como se presenta en las Escrituras, somos infieles al evangelio”[2]. La gracia del Evangelio terminó en un estrecho rigor moralista, lo que generó las protestas del pietismo, que frente a la ortodoxia dogmática y la multiplicación de Confesiones de Fe —período del escolasticismo protestante— busca y desarrolla la experiencia de Dios en el interior de cada cual. Sin negar la salvaciónn extra nos, se quiere también la intra nos.

Para Herman Ridderbos, el pietismo, el misticismo y el moralismo es una desviación de la fe reformada original, ya que pone el énfasis en el proceso por el cual el individuo se apropia de la salvación dada en Cristo y su efecto místico y moral en la vida de los creyentes. “En consecuencia, el centro de gravitación en la historia de la investigación de las epístolas de Pablo se fue trasladando progresivamente de los aspectos jurídicos a los aspectos pneumáticos (espirituales) y éticos de su predicación”[3].

De hecho, cuando Johann Arndt (1555-1621), llamado por Albert Schweitzer “el profeta del protestantismo interior”, publicó su libro Cristianismo auténtico[4] (1605-1610), con la intención de “mostrar que nos llamamos cristianos, no solo porque debamos creer en Cristo, sino también porque el nombre implica que vivimos en Cristo, y Cristo en nosotros”, fue atacado por todos sus compañeros de ministerio. Ya nos podemos dar una idea de hasta qué punto se había perdido el norte de la vida cristiana en esa época tan temprana del protestantismo.

De estas corrientes pietistas y místicas, unidas al gran despertar religioso o avivamiento protagonizado por John Wesley (de tradición arminiana) y George Whitefiel (de tradición calvinista), surge la escisión evangélica, de la que se alimenta el cristianismo evangélico actual, con su fuerte e irremplazable énfasis en la experiencia de la conversión, la búsqueda íntima de la santidad, y finalmente, la experiencia de los dones del Espíritu Santo.

Es esa corriente evangélica dentro del calvinismo la que lleva a reparar en Solus Christus con nuevos ojos, como experiencia de nueva vida en Cristo, de incorporación en Él, de comunión esencial con Él. Así, el teólogo calvinista John Murray puede decir que “nada es más central y básico que la unión y comunión con Cristo […] Es la verdad central de toda la doctrina de la salvación”[5]. Y, aparte de Calvino, tiene como referencia al mismo John Owen, el más reputado de todos los teólogos puritanos ingleses, para quien “la unión con Cristo es la causa de todas las otras gracias de las que somos hechos partícipes, las cuales se nos comunican en virtud de nuestra unión con Cristo. De aquí procede nuestra adopción, nuestra justificación, nuestra santificación, nuestra fecundidad, nuestra perseverancia, nuestra resurrección y nuestra gloria”[6].

Es un hecho afortunado y esperanzador para el cristianismo del siglo XXI, que en estos últimos años teólogos de una y otra escuela hayan emprendido con rigor exegético, académico y pastoral el estudio de esta verdad central, tenida durante tantos siglos en un segundo plano, dando lugar a un tipo de teología y teólogos que, con toda razón, contaban con muy poco aprecio entre el pueblo creyentes.

Los calvinistas reformados han sido los más activos en este campo, con una producción teológica impresionante, comenzando por las tesis doctoral de J. Todd Billings, Calvin, Participation, and the Gift: The Activity of Believers in Union with Christ (Oxford University Press, Oxford NY 2007); al que le sigue una obra de carácter pastoral, replanteándose la teología y ministerio de la Iglesia: Union with Christ: Reframing Theology and Ministry for the Church (Baker, Grand Rapids 2011).

Aparecen nuevas tesis doctorales[7], promesa de profundización en esta doctrina tan vital para la vida personal y de la iglesia. La teología reformada comienza a explorar las posibilidades mística de su tradición[8].

La escuela luterana no se queda atrás, siguiendo tras los pasos de teología finesa liderada por Tuomo Mannermaa, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Helsinki[9].

Así, pues, las dos escuelas tradicionales de la Reforma, a las que se van sumando otras, como la pentecostal, están sumando esfuerzos por penetrar en todas sus dimensiones en el significado de la “vida de Cristo en los creyentes”. ¿Es moral, ejemplar, esencial? Cuestiones en las que está en juego el cristianismo del futuro, pues como decía ese gran sabio que fue Raimon Panikker, “el cristianismo del futuro será místico o no será”, frase que después ha sido repetida por muchos. Aquí sí que estamos sobre la piedra o roca sobre la que la Iglesia cae o permanece. Se trata de un replanteamiento en toda regla del ser y del ministerio de iglesia, de la cabeza los pies[10], que no en vano es llamada por san Pablo, “el cuerpo de Cristo”.

El mismo Apóstol recurre a la fórmula en Cristo en todos sus escritos. Este hecho singular, indica sin duda alguna, que para él es la esencia y el sumario de su teología, la razón de su vida y ministerio. Como dice William Barclay, para Pablo esta expresión en Cristo es siempre una afirmación sumaria de la fe cristiana. “No hay duda que con el paso del tiempo él profundizó, enriqueció e intensificó su significado, pero el hecho es que esta frase con todo lo que significa no es una concepción tardía y un desarrollo repentino en la mente, el pensamiento y el corazón de Pablo. Desde el principio hasta el fin de su vida cristiana es el centro y el alma de su experiencia cristiana”[11]. El profesor Josep Orio Tuñí, bien hace notar, que “Pablo sólo se explica desde Jesús”. Esto no quiere decir que Pablo predica una doctrina sobre Jesucristo y la salvación gratuita que en Él tenemos. Pablo habla desde una vida compartida con Jesús. Lo que Pablo quiere comunicar es, en el fondo, es algo tan atrevido como la transformación del cristiano en Jesús (Gal. 4, 19)[12]. La exhortación a la asimilación a Cristo es lo que sigue al llamado al seguimiento en los días de su carne. La ausencia física de Cristo impone únicamente un cambio de posición. Guardini resume esta situación diciendo que los Apóstoles en los Evangelios se encuentran “frente al Señor”. Sin embargo, en Pentecostés cambia radicalmente esta situación. Desde entonces La relación con el Maestro se ha transformado, ya no está “frente a él”, sino que “Cristo está en ellos”. “El primero en hablar de forma decisiva acerca de la interioridad cristiana fue San Pablo. Subraya continuamente como elemento característico el hecho de que Cristo «está en el creyente»; y, asimismo, como respuesta, que el creyente «está en Cristo»; por ejemplo, cuando dice: «Ya no vivo yo (como ser subsistente en mí mismo), sino Cristo vive en mí» (Gal. 2,20)”[13]. Por eso, la experiencia cristiana más cercana a nosotros en el Nuevo Testamento es la de San Pablo. Sus escritos son mucho más inmediatos de lo que pueden ser los Evangelios. En ellos encontramos la expresión de una relación con Cristo muy semejante a la que podemos tener cada uno de nosotros y muy distinta a la de los apóstoles, tal como viene descrita en los Evangelios sinópticos y en el Evangelio de Juan. El elemento que nos vincula a Pablo y nos distancia de los discípulos es que Pablo no conoció a Cristo físicamente. En sus cartas el Señor no predica, no camina, no duerme, no habla. Esa figura del Maestro es la de los apóstoles y discípulos antes de Pentecostés. La experiencia paulina de Cristo, sin embargo, es profundamente espiritual, como la nuestra, y por esto nos sentimos íntimamente unidos al apóstol de las gentes: “Pablo es el único apóstol que no vio a Jesús, al Jesús terreno que anduvo por los caminos de Tierra Santa, que enseñó y curó en pueblos y ciudades, que murió y resucitó […]. Así, pues, cuando Pablo construye su imagen de Cristo, bebe fundamentalmente en las mismas fuentes que nosotros: el mensaje y la experiencia. Lo que a nosotros nos falta, lo que tan importante papel desempeñó en los primeros apóstoles, la presencia junto a Jesús (Hch 1,21 ss y el comienzo de la Carta primera de Juan), le faltó también a Pablo”[14]. Cristo se presenta para San Pablo como potencia y energía transformadora que mueve su vida incansablemente al servicio de Dios. “Una cosa se impone al lector de las cartas de Pablo: el Jesucristo que de ellas surge es más potencia operante, energía creadora, luz esplendente, vida que se da y produce, que no figura a la que se mira o rostro que se contempla. […] Acaso no nos engañemos si pensamos que no tanto contempla a Cristo como figura y rostro, cuanto lo siente como potencia. Con esto no queremos naturalmente significar una energía personal, sino siempre a Él, al Jesús real Dios-hombre, al Señor personal. Pero no experimentado como figura, sino como poder, como principio de operación, gobierno y creación. Como fuerza creadora que lleva a cabo una obra enorme, que sólo puede parangonarse con la creación del mundo”[15].

 

El secular debate sobre la elección y la predestinación versus la libre voluntad o la voluntad esclava, dejó en un segundo plano aquello a lo que la enseñanza del apóstol Pablo apuntaba: “A los Dios que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29). El texto bíblico es claro. La predestinación no es una doctrina especulativa, sino parte del programa de Dios, que pertenece a su sabiduría escondida, y que por eso a nosotros nos resulta tan difícil penetrar en ella. La predestinación tiene un fin práctico, una meta que nos afecta por completo: Hemos sido predestinados para ser hechos conformes a la imagen del Hijo. Y, como dice Juan Calvino, “nadie puede heredar los cielos si antes no ha sido hecho conforme a la imagen del Unigénito de Dios”[16].

¿Cuál es el significado, el alcance y la naturaleza de esa “conformación a Cristo”? Aquí entra el debate moderno sobre el tema y los nuevos estudios, que cada vez ahondan más en el aspecto místico de esa conformación, frente a aquellos puntos de vistas “ejemplares”, historicista y de imitación ética o deseos voluntariosos de inspiración. A nivel exegético, creo que el asunto está muy bien tratado por el teólogo luterano cuando dice: “Como en Flp 2,6, hay que entender `figura´ como la acuñación concreta de la esencia. `Configurados´ signfica, pues, participación en la esencia. El genitivo es apositivo: `Configuraos con su Hijo como (su) imagen´. Eikón no es `reproducción´, sino `manifestación de la esencia´. Se quiere decir que Cristo es la imagen de Dios en la que se manifiesta radiante la esencia de Dios, su gloria; cf. 2 Cor 4,4.5; Col 1,15; Heb 1,3 (`irradiación de su gloria y expresión de su esencia´, cf. Sap 7,25). En él como imagen de Dios participamos esencialmente. Esto implica en todo caso una transformación esencial”[17].

Es alentadora esta concentración de estudiosos en una tema capital y esencial de fe cristiana, que promete resultados fecundos en el campo pastoral, espiritualidad, discipulado, ecumenismo[18] y acción social. Todo un excitante programa de renovación intelectual y personal, que no se agota en el texto, sino que conduce a la renovación y transformación de todo el ser en Cristo. Un antídoto contra la esterilidad espiritual a la vez que un compromiso de alta responsabilidad, pues el testimonio cristiano en el mundo actual “depende de que la imagen del Señor viva en el cristiano con fuerza primigenia, o esté gastada y pálida. Muchas objeciones contra Cristo proceden sin duda, en último término, de que su figura no fulge en el espíritu de los creyentes ni toca de manera viva sus corazones”[19].

[1] “Sería mejor hablar de justicia `impartida´, impartida aquí en la tierra en cierta medida hasta el día que sea impartida en su totalidad… Pero los teólogos a menudo ofrecen una connotación de `justicia imputada´ que es difícil encontrar en los escritos de San Pablo” (C.T. Wood, Le Life, Letters and Religion of St. Paul, 373. T. & T. Clark, Edimburgo 1925).

[2] Greg Bahnsen, “La naturaleza judicial y substitutiva de la salvación”, http://www.contra-mundum.org/castellano/bahnsen/Nat_Salv.pdf

[3] Herman Ridderbos, El pensamiento del apóstol Pablo, p. 19. Desafío, Grand Rapids 2000.

[4] Reeditado por CLIE en 2014: J. Arndt, El verdadero cristianismo.

[5] John Murray, La redención consumada y aplicada, p. 172. Desafío/CLIE, Barcelona 1993.

[6] John Owen, An Exposition of the Epistle to the Hebrews, 21.149-50.

[7] Clive S. Chin, “Unio Mystica and Imitatio Christi: The Two-Dimensional Nature of John Calvin’s Spirituality,” (Ph.D. diss., Dallas Theological Seminary, 2002); Jae Sung Kim, “Unio cum Christo: The Work of the Holy Spirit in Calvin’s Theology,” (Ph.D. diss., Westminster Theological Seminary, 1998).

[8] Julie Canlis, Calvin’s Ladder: A Spiritual Theology of Ascent and Ascension (Eerdmans, Grand Rapids 2010); Clive S. Chin, “Calvin, Mystical Union, and Spirituality”, Torch Trinity Journal 6 (2003) 183-209; J. V. Fesko, Beyond Calvin. Union with Christ and Justification in Early Modern Reformed Theology, 1517–1700 (Vandenhoeck & Ruprecht, Gotinga 2012); Mark A. Garcia, Life in Christ: Union with Christ and Twofold Grace in Calvin’s Theology (Wipf & Stock 2008); I. John Hesselink, “Calvin, the Holy Spirit, and Mystical Union,” Perspectives: A Journal of Reformed Thought 13 (January 1998): 15-18; Marcus Peter Johnson , One with Christ: An Evangelical Theology of Salvation (Crossway 2013); Robert Letham, Union with Christ: In Scripture, History, and Theology (P&R Publishing, Phillipsburg 2011); Dennis E. Tamburello, Union with Christ: John Calvin and the Mysticism of Bernard of Clairvaux (Westminster John Knox, Louisville 1994).

[9] Tuomo Mannermaa, Christ Present in Faith: Luther’s View of Justification (Fortress Press 2005); Olli-Pekka Vainio, Justification and Participation in Christ (Brill Academic Pub, 2008); Engaging Luther: A (New) Theological Assessment (Wipf & Stock Pub 2010);Carl E. Braaten and Robert W. Jenson, eds., Union with Christ: The New Finnish Interpretation of Luther (Eerdmans, Grand Rapids 1998); Pedro Urbano, «Christus in fide adest: Cristo presente en el creyente o la teología de la deificación de Lutero”, en Scripta theologica 32/3 (2000), 757-800; Jordan Cooper, Christification: A Lutheran Approach to Theosis (Wipf & Stock 2014); Veli-Matti Kärkkäinen, One with God: Salvation As Deification and Justification (Liturgical Press 2004); David Jay Webber, “The ‘Mystical Union with Christ’: The New Finnish School compared with Early Twentieth-Century American Theology”, en Logia XXI/1 (2012),13-20; Jared Wicks, Luther and His Spiritual Legacy (Michael Glazer, Inc, Wilmington 1983); R. Ward Holder, ed., Calvin and Luther: The Continuing Relationship (Vandenhoeck & Ruprecht, 2013) .

[10] J. Todd Billings, Union with Christ: Reframing Theology and Ministry for the Church. Baker, Grand Rapids 2011.

[11] W. Barclay, The Mind of the Apostle Paul, p. 92. Fontana Books, Londres 1969, 2ª ed. “La unión con el Cristo siempre presente es el eje sobre el que gira la religión de Pablo, y en consecuencia de su teología. Es de vital importancia entender esto porque sólo así evitaremos malinterpretar su creencia” (C.T. Wood, The Life, Letters and Religion of St. Paul, p. 73. T. & T. Clark, Edimburgo 1925.

[12] Josep Orio Tuñí, Jesús en comunidad. El Nuevo Testamento, medio de acceso a Jesús, pp. 47, 44. Sal Terrae, Santander 1988.

[13] Romano Guardini, La existencia del cristiano, 359. BAC, Madrid 1987. Véase Rafael Fayos Febrer, “La figura de San Pablo en el pensamiento de Romano Guardini”, en San Pablo y la apertura universal del Evangelio. Actas del XIV de Teología Histórica, Valencia 2001.

[14] Romano Guardini, La imagen de Jesús en el Nuevo Testamento, en Obras, vol. 3, p. 249. , Ed. Cris-

tiandad, Madrid 1987.

[15] Romano Guardini, La imagen de Jesús en el Nuevo Testamento, pp. 254-255

[16] Juan Calvino, Epístola a los romanos, p. 221. SLC, Grand Rapids 1977.

[17] U. Wilckens, La carta a los Romanos, vol. II, p. 202. Sígueme, Salamanca 1992

[18] En este punto concreto es encomiable el detallado estudio de Pedro Urbano López de Meneses, Theosis. La doctrina de la divinización en las tradiciones cristianas. Fundamentos para un teología ecuménica de la gracia (Eunsa, Navarra 2001). Véase también Stephen Finlan y Vladimir Kharlamov, Theosis: Deification in Christian Theology, vol. I (Wipf & Stock Pub 2006); Vladimir Kharlamov, Theosis: Deification in Christian Theology, vol. II (Wipf & Stock Pub 2006); Paul M. Collins, Partaking in Divine Nature: Deification and Communion (T&T Clark, 2012)

[19] R. Guardini, La imagen de Jesús en el Nuevo Testamento, 235.

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