Posted On 19/11/2012 By In Opinión With 696 Views

Soy protestante, ¿no? ¡pues protesto!

¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder! Codician las heredades, y las roban; y las casas, y las toman; oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad. (Miqueas 2, 1-2 RVR60)

Lo de este jueves pasado, día 15 de noviembre, no tiene nombre. Que después de una huelga general, con mayor o menor seguimiento según las poblaciones y las circunstancias, la autoridad máxima del país diga que todo es “normal” y que no va a variar ni un ápice el rumbo que ha tomado hasta ahora en lo que a medidas económicas se refiere, suena a burla, a desprecio, incluso a insulto descarado. Ello significa que el conjunto de la sociedad va a seguir experimentando como si tal cosa una merma constante de sus prestaciones, tan arduamente logradas; que muchas familias continuarán viéndose, como se dice vulgarmente, “con el agua al cuello” para salir adelante, no ya cada mes, sino cada semana y cada día; que muchos niños y jóvenes de ambos sexos quedarán marcados para siempre como una generación abocada al fracaso, predeterminada inexorablemente a no tener futuro. La declaración de la autoridad viene a ser algo así como “tanto se me da lo que les ocurra a los desfavorecidos, mientras yo esté donde estoy”. Vamos, un poco aquello de “la vida sigue igual”, que cantaba hace unos años Julio Iglesias, solo que con una ironía rayana en el más cruel de los sarcasmos.

Lo realmente trágico de este tipo de situaciones es que no son nuevas. Se vienen repitiendo año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio, en todas partes desde la más remota antigüedad, desde que el hombre aprendió (¡en mala hora!) a explotar a su prójimo, a su propio hermano, y a vivir tranquilamente a su costa como si nunca hubiera roto un plato. No tenemos más que leer los versículos que encabezan esta reflexión, o incluso el capítulo completo de donde se han extraído, para comprobarlo.

La pregunta es: ¿Y qué dice la Iglesia de Cristo? Acotando un poco más: ¿Qué dice esa Iglesia surgida a partir de la Reforma del siglo XVI como una verdadera protesta contra los abusos de su época, religiosos ciertamente, pero con una evidentísima vertiente social? ¿No tendrá nada que aportar en relación con este asunto?

Independientemente de la postura que cada creyente protestante o evangélico de hoy  tome en lo referente a la participación activa en manifestaciones públicas como la del miércoles pasado —siempre habrá quien se muestre completamente a favor, y también quien esté en contra, por las razones que fueren, todas ellas muy respetables en principio—, lo cierto es que el conjunto de la Iglesia, en tanto que cuerpo de Cristo, tiene una sagrada misión, consistente en elevar su voz —¡su voz PROFÉTICA! Nunca hay que olvidarlo— en pro de los desvalidos, los desfavorecidos, los débiles, aquellos a quienes precisamente se dirigió en su momento la proclama de las Buenas Nuevas por parte de Jesús, y a favor de los cuales habían clamado los antiguos profetas de Israel como Miqueas. Todo lo cual nos lleva a hacer las siguientes reflexiones:

En primer lugar, no se trata de que la Iglesia “haga política”, ya sea de izquierdas, de derechas, de centro, de arriba o de abajo. No es tal su cometido. La Iglesia como tal no está llamada a mezclarse con los poderes de este mundo, que constituyen una esfera muy particular de las sociedades humanas, ni a confundir su mensaje con el que estos puedan vehicular, aunque se parezcan en ocasiones o muestren puntos concomitantes. La proclama de la Iglesia, o incluso su protesta, no puede inspirarse en ideologías de tipo político ni pretender favorecer a ciertos partidos o facciones contra otros. Está fundamentada exclusivamente en la Palabra de Dios revelada en la Biblia, y tiene como objetivo la dignificación de la persona por encima de todo. Los pobres, los desahuciados, los jóvenes sin futuro, los adultos sin trabajo ni posibilidades de obtenerlo, los débiles en general, son primordialmente seres humanos, es decir, imágenes del Creador que han sido mermadas en su condición de tales por un sistema socio-político-económico esencialmente inmoral, y a los que Cristo re-dignifica. El concepto de “redención” no es otra cosa que una re-dignificación total y absoluta de la persona humana, tanto en lo referente a su relación con Dios, como en la que mantenga con los demás e incluso consigo misma. Cristo devuelve la dignidad a aquellos a quienes ha sido injustamente arrebatada. La Iglesia está ahí para decirlo bien claro, guste o no.

Por ello, y en segundo lugar, la Iglesia nunca debe ser ilusa ni creer que vive en un “país de las maravillas”; no debe caer en la trampa de los falsos triunfalismos a que son tan proclives los grupos sectarios, ni pretender que va a conquistar o a cambiar el mundo. Solo Dios ejerce el señorío sobre esta nuestra querida y vieja Tierra, y únicamente él es quien transformará todas las cosas cuando llegue ese gran momento previsto en sus designios. Mientras tanto, la Iglesia sigue el camino que se le ha trazado, porque Jesús dijo bien claro que siempre habría pobres con nosotros (Juan 12, 8a), y que las injusticias se acrecentarían (cfr. los capítulos escatológicos de Mateo 24, Marcos 13 o Lucas 21); ello significa que en cada época de la historia, el cuerpo de Cristo que componemos los creyentes tendrá la misma ingrata misión de proclama y denuncia de la injusticia con todos los medios a su alcance.

En consecuencia, y en tercer lugar, el pueblo de Dios no debe esperar aplausos ni reconocimientos por su labor. A nadie le gustan las denuncias ni verse recriminado por su actuación. Una sociedad que es esencialmente injusta jamás contemplará con buenos ojos a una institución que le señale constantemente sus errores o sus fisuras. La Iglesia no ha de pretender, por lo tanto, que su proclama o su protesta sean bien recibidas, ni siquiera por aquellos en cuyo favor las hace. Personalmente, nos causan verdadero pánico aquellas instancias religiosas, sean del tipo, la orientación o el color que fueren, empeñadas en aparecer de continuo en los medios de comunicación siempre al lado de los poderosos o vehiculando la idea de que son uña y carne con ellos. Las alianzas entre el trono y el altar, de lo cual la historia de nuestro propio país sabe mucho, desgraciadamente, nunca han beneficiado a nadie, pero el mayor perjudicado siempre ha sido el altar, de eso no nos cabe la más mínima duda.

En definitiva, el cuerpo de Cristo está llamado a una misión que más de uno llamaría casi suicida, pero que no lo es. Proclamar la dignidad inalienable de aquellos a quienes el sistema pareciera empeñado en aniquilar y protestar contra los atropellos que sufren nuestros conciudadanos (o nosotros mismos, ¿por qué no?) forma parte del Evangelio en la misma medida que las cuestiones puramente religiosas. Más aún, el mismo Santiago nos recuerda en su epístola (1, 27) la vertiente esencialmente humanitaria de la verdadera religión cristiana.

La Palabra de Dios no nos prescribe un método específico para llevar adelante esta proclamación. Solo nos dice que actuemos.

Hagámoslo en el nombre de Cristo.


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