Posted On 21/07/2015 Por En Libros With 721 Views

Sumisión o la decadencia de un modelo de civilización

Los fascismos siempre me han parecido una tentativa espectral,
de pesadilla y falsa de devolver a la vida a naciones muertas;
sin la cristiandad, las naciones europeas no eran más que cuerpos sin alma, unos zombis.
La cuestión era la siguiente: ¿podía revivir la cristiandad?
Lo creí, lo creí unos años, con crecientes dudas,
cada vez estaba más influido por el pensamiento de Toynbee,
por su idea de que las civilizaciones no mueren asesinadas, sino que se suicidan.
Michel Houellebecq, Sumisión.

Hace un poco más de un mes leí Sumisión (Anagrama, 2015) de Michel Houellebecq. Su publicación en Francia coincidió con el atentado que dos jóvenes hermanos vinculados a una célula de entrenamiento en Yemen del Estado Islámico, realizaron contra las instalaciones y personal del diario satírico Charlie Hebdo (enero de 2015). Más allá de la coyuntura política y todo el debate y confrontación suscitados, Sumisión plantea un panorama, una posibilidad histórica: la islamización de Occidente. 2022. Francia es el lugar donde un partido político, Hermandad Musulmana, pretende ser el modelo a seguir frente a la decadencia de las instituciones parlamentarias, democráticas, modernas y laicas vigentes (y agonizantes) instauradas desde el movimiento de la Reforma religiosa, La Ilustración, el Humanismo, la Revolución Industrial y las luchas libertarias de los siglos XIX y XX en Europa.

Michel Houellebecq como novelista satírico reflexiona sobre la Francia moderna, orgullosa de sus instituciones y de su bagaje cultural e intelectual. François es un académico literato que pasó más de ocho años becado por la Universidad de París IV-Sorbona analizando la vida de un naturalista católico que pasó al pesimismo, J.K. Huysmans. Al terminar la defensa de su tesis y sintiendo que dejaba de ser joven para integrarse al mercado laboral, es nombrado profesor en París III, lo cual no les es grato.  Mediante la vida de François el hastío y los lugares comunes sustituyen la placentera vida que han dado fama a los franceses a nivel mundial: el buen sexo, la política, la literatura, la comida y la figura orgánica del intelectual. Estos mundos parecen cada vez más lejanos e inalcanzables en Sumisión. En un contexto de elecciones donde los discursos derechistas y moderados de una Francia unificada ya no le dicen nada a las nuevas generaciones ni a la diversidad multicultural, será la Hermandad Musulmana la que movilice todos sus esfuerzos.

François se verá en la disyuntiva de optar por el exilio, como muchos intelectuales, académicos y comunidad judía lo hacen, o bien darse un espacio para repensarse en una sociedad cada vez más anhelante de “orden” y certezas. En su alejamiento y extrañeza por la partida de su amante, una joven judía mucho menor que él de la cual goza cada rincón de su piel, François ve el fracaso y la decadencia: “Por mi parte no estaba muy convencido de que la república y el patriotismo hubieran podido ´dar lugar a algo´, a parte de una sucesión ininterrumpida de guerras estúpidas” (p.153), y reconoce el éxito que hace de Ben Abbdes, el representante de la Hermandad Musulmana, un político con tacto:

Siguiendo el modelo de los partidos musulmanes operativos en los países árabes, un modelo anteriormente utilizado en Francia por el Partido Comunista, la acción política propiamente dicha se extendía a través de una red de movimientos juveniles, instituciones culturales y asociaciones caritativas. En un país en el que la miseria masiva seguía extendiéndose insoslayablemente año tras año, esa política de red dio sus frutos y permitió a la Hermandad Musulmana ampliar su apoyo más allá del marco estrictamente confesional (p. 49).

La Sorbona ha sido comprada por la Hermandad Musulmana; desde entonces será llamada Universidad Islámica de París-Sorbona. Los esfuerzos por institucionalizar el islam comienzan a verse en el plano de la producción de ideas: no se quiere imponer a la fuerza la islamización, su modelo de sociedad basado en el patriarcado y lo patrilineal donde a las mujeres se les reducen los espacios de acción, sino como un proceso de mediano plazo donde académicos e intelectuales para poder sobrevivir tendrán que convertirse y aceptar los preceptos. Al verse ya removido de su plaza como profesor y después de un viaje largo, François ha perdido a sus dos padres, lo mismo que la herencia paterna y al amor de su vida. El sexo casual y pagado no le resulta. Advierte que sigue teniendo sueldo y para su sorpresa, es invitado a dirigir una edición de la obra de Huysmans. Ahí es donde se da cuenta de que tiempo atrás un colega tímido, ahora era el rector de la Sorbona, y quién estaba detrás del ofrecimiento laboral.

En una larga charla sostenida con Robert Rediger, François reflexiona sobre el ateísmo, el cristianismo, el comunismo, Dios y el islam. Siendo un diálogo entre dos “intelectuales” lo retórico está siempre presente y las respuestas como posibilidades de crear futuro; este momento en la novela es lo central: François comienza a plantear sí puede convertirse al islam dado que él como hijo de su tiempo, es un ateo. Rediger le expresa:

Su ateísmo es superficial. Los únicos verdaderos ateos a los que he conocido eran rebeldes; no se contentaban constatando fríamente la no existencia de Dios, rechazaban esa existencia, a la manera de Bakunin: “Y aunque Dios existiera, habría que deshacerse de él…”, eran ateos, a la manera de Kirilov, rechazaban a Dios porque querían colocar al hombre en su lugar, eran humanistas, tenían una idea muy elevada de la libertad humana, de la dignidad humana (p.236).

Y a su vez Rediger le confiesa como fue su itinerario antes de convertirse al islam: de haber sido, también, un humanista ateo pasó a ser un identitario racista; pero al descubrir el islam y convertirse, los nuevos amigos musulmanes no le reprocharon su pasado. Su opinión sobre Occidente es interesante:

Esa Europa que era la cumbre de la civilización humana se ha suicidado, en el espacio de unas décadas… Hubo en toda Europa movimientos anarquistas y nihilistas, llamamientos a la violencia y negación de toda ley moral. Y luego, unos años más tarde, todo acabó con esa locura injustificable de la Primera Guerra Mundial. Freud no se equivocó, tampoco Tomás Mann: si Francia y Alemania, las dos naciones más avanzadas, las más civilizadas del mundo, pudieron lanzarse a esa insensata carnicería, significa que Europa estaba muerta (p. 242).

Ya entrados en copas y para cerrar la conversación, Rediger contundentemente le expresó a  François:

Es la sumisión. La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. Es una idea que no me atrevería a exponer ante mis correligionarios, que quizá la juzgarían de blasfema, pero para mí hay una relación entre la absoluta sumisión de la mujer al hombre, tal como la describe Historia de O[1], y la sumisión del hombre a Dios, tal como lo entiende el islam. Mire –prosiguió-, el islam acepta el mundo, y lo acepta en su integralidad, acepta el mundo tal cual, para hablar como Nietzsche. El punto de vista del budismo es que el mundo es dukkha: inadecuación, sufrimiento. El cristianismo por su parte manifiesta serias reservas: ¿acaso no califica a Satán de “príncipe de este mundo”? Para el islam, en cambio, la creación divina es perfecta, es una obra maestra absoluta. ¿Qué es en el fondo el Corán sino un inmenso poema místico de alabanza? De alabanza al Creador y de sumisión a sus leyes (p.245).

De regreso a su casa, François se dice a sí mismo: “por primera vez en mi vida me había puesto a pensar en Dios, a contemplar seriamente la idea de una especie de Creador del universo que vigilaba todos mis actos, y mi primera reacción fue muy clara: era simplemente, miedo” (p. 247). En un tiempo no muy distante a la charla con Rediger, el literato se convierte al islam. Sientiendose un intelectual muerto, estéril de ideas se da cuenta que en su momento tanto el cristianismo como el islam perseguían exactamente lo mismo: rechazaban el ateísmo, el humanismo; defendían el retorno del patriarcado y la sumisión de la mujer.

Era el islam, pues, el que hoy había tomado el relevo. A fuerza de melindrerías, zalamerías y vergonzoso peloteo de los progresistas, la Iglesia católica se había vuelto incapaz de oponerse a la decadencia de las costumbres. De rechazar clara, vigorosamente, el matrimonio homosexual, el derecho al aborto y el trabajo de las mujeres. Había que rendirse a la evidencia: llegada a un grado de descomposición repugnante, Europa occidental ya no estaba en condiciones de salvarse a sí misma, como no lo estuvo Roma antigua en el siglo V de nuestra era. La llegada masiva de poblaciones inmigrantes impregnadas de una cultura tradicional marcada aún por las jerarquías naturales, la sumisión de la mujer y el respeto a los ancianos constituía una oportunidad histórica para el rearme moral y familiar de Europa, abría la perspectiva de una nueva edad de oro para el viejo continente. Esas poblaciones eran a veces cristianas; pero por lo general, había que admitirlo, eran musulmanas (p. 259).

Michel Houellebecq en Sumisión recupera un debate que hoy muchos historiadores del tiempo presente analizan: ¿lo que se vive en Occidente es un choque de civilizaciones? ¿El islam experimenta una reforma que de acuerdo a los contextos en que se evidencia, puede detonar en procesos violentos o de asimilación donde las poblaciones musulmanas comienzan a ser una notable minoría? ¿Qué pasa con esa Europa agonizante que del modelo de cristiandad y después de modernidad vive hoy un “suicidio” de sus instituciones? ¿Son los miedos colectivos y las incertidumbres personales las que nos llevan a someternos y soportar expresiones políticas y religiosas que atentan contra las grandes batallas que hemos librado en el plano de la libertad de conciencia, creencias y dignidad humana? Sin duda alguna más que ser un libro de ficción, como la crítica literaria lo ha calificado esta novela, es una obra que nos lleva a pensar sobre el papel de las identidades religiosas, las religiones en contextos transnacionales y la constante reinvención de las creencias.

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[1] Novela erótica de la escritora francesa Pauline Réage (pseudónimo de Dominique Aury) publicada en 1954. Intelectual y escritora, Aury no pensaba en publicar sus trabajos, los escribió como un desafío que emprendía para conquistar más a su amante, Jean Paulhan. Es en la casa donde esta escritora vivió, el lugar de la conversación entre Rediger y François.

 

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