Posted On 31/12/2013 By In Opinión, Teología With 1816 Views

Teología de fin y nuevo año

Dicen que Ecuador es el único lugar del mundo donde se celebra el fin de año con la quema de monigotes o años viejos. Aunque aún no he podido recorrer todo el mundo para constatarlo, sin duda es una forma muy particular de como en nuestro país se celebra el fin y el nuevo año.

Se trata de una tradición con la que muchos crecemos en este pedacito de tierra en el Sur de Abya Yala[1], donde se diseñan  monigotes que serán quemados en las calles el 31 de diciembre justo a las 12 de la noche cuando con llamas y cenizas se cierra y se abre un nuevo año. Desde pequeños vemos a los años viejos de todos los tamaños, ellos toman forma de los diversos personajes y acontecimientos centrales del año que termina; con un derroche de arte, creatividad, y buen humor se expone el talento  artístico de niños y  niñas, jóvenes y adultos,  familias, y todos los que han hecho su “año viejo”.

Es una buena oportunidad para el comercio, hay familias que se dedican por ocho y diez meses a trabajar en los monigotes para vender todo su producto en un mes o días; es decir, en fin de año se recupera toda la inversión y la ganancia. Por su parte los niños y niñas, aprovechan para pedir la “caridad para el año viejo”; se trata de algo de dinero  que se da de forma voluntaria, y que servirá para comprar la careta del monigote, o sencillamente para las golosinas de los infantes. A esto se le suman las “viudas del año viejo”, hombres disfrazados de viudas que van acompañados de otros compadres, de casa en casa, pidiendo algo de dinero para la viuda, sea para que esta sobreviva o se embriague con algo de licor  por la pérdida de su viejo.

Comencé a hacer años viejos desde los nueve años,  por ese impulso que surge al caminar por las calles de la ciudad, los barrios, y ver que todos ponen su viejo, y como mi papá no me dejaba hacer año viejo, dado que en  su experiencia se cumplió aquella tradición del maleficio: “si no haces año viejo un año, el viejo se te llevará un familiar”. Y por esas cosas del destino, la vida, o Dios, justo el año que mi papá no hizo su año viejo, falleció mi abuelo. Después, el año que  yo nacía, el mismo día de paso, allá por 1978, mi bisabuelo, Don Modesto, también moría.

Con temor de lo sucedido en la familia y a lo que me enfrentaría si algún día ya no hacía año viejo, hice mis pequeños viejos desde la ilusión del artista que quiere plasmar su obra. Comencé con los pequeños años viejos de 30 centímetros, hasta que fui avanzando en el arte, con una Tortuga Ninja de casi dos metros. Luego me dediqué a hacer las caretas, vendiendo unas cuántas, más como un arte, que como medio de supervivencia. Un año decidí desafiar el maleficio (qué osadía la mía), y no hice año viejo… nadie se murió a buena hora.  A los dos años volví a hacer el año viejo, y ahora lo hago cuando la inspiración me visita.

Después de la quema de los viejos a las 12 de la noche, pasan los segundos y estamos en el nuevo año, entonces todos nos abrazamos para desear el nuevo año, no importa si es familia, conocido o alguien que pasa, el nuevo año se recibe con abrazo, y un deseo de Feliz año. Así como en la literatura apocalíptica se transmite un mensaje lleno de imágenes y movimientos dramáticos como el milenio, los sucesos cósmicos, y la lucha entre el bien y el mal, en las culturas y tradiciones de los pueblos se anclan diversas formas y sentidos teológicos que expresan su actitud de fe hacia la vida.

La fe del pueblo no está encerrada en un depósito eclesiástico, igual que Dios, siempre se escapan para pasear y acompañar el peregrinar de las personas en su cotidianidad: la gente común que anda a pie por las calles, aquellos que de vez en cuando pisan una iglesia y se sienten indignos por su “infidelidad e ingratitud”, pero que no por ello están lejos o distantes de Dios. Ellos viven y experimentan la fe quemando el año, dejando atrás las experiencias vividas, especialmente las trágicas y desagradables, e incluso las agradables para no vivir de glorias pasadas, situaciones que forman parte del carácter variopinto de  la vida y sus sorpresas. Con resignación, llanto, tristezas y nostalgia del tiempo vivido, todo aquello se quema, se va en las llamas con el año viejo para transformarse en historia y conjugar el pasado… Pero después de unos segundos también acogemos el nuevo año con una expresión cristiana, el abrazo y el beso de la fraternidad, del buen deseo, la prosperidad, la paz, la felicidad para el prójimo.

La teología del fin y el nuevo año de nuestro pueblo se afirma en la espera de días mejores. Es teología de la esperanza sin haber leído al maestro Moltmann; teología ligada a la cultura sin haber tomado un curso con Tillich. Ante el fin y el nuevo año, el pueblo expresa desde sus tradiciones los anhelos y clamores de cambio y liberación, sin haber escuchado nunca a los tildados de “revolucionarios teólogos de la liberación”: Gutierrez, Segundo,  Boff, otros y otras.

En Ecuador hacemos teología de fin de año quemando el “año viejo”, como “olvidando ciertamente lo que queda atrás”, y hacemos teología del nuevo año con el abrazo optimista “extendiéndonos hacia lo que está delante”…


[1] Abya Yala es el nombre dado al continente americano por el pueblo Kuna de Panamá y Colombia antes de la llegada de Cristóbal Colón y los europeos. Literalmente significaría “tierra en plena madurez o tierra de sangre vital”.

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