teología del silencio

Posted On 18/03/2014 By In Opinión, Pastoral, Teología With 1880 Views

Teología de la palabra vs. Teología del silencio

Calla y te enseñaré sabiduría (Job 33, 33b RVR60)

No quisiéramos llevar a nadie a engaño con el título de esta nuestra reflexión. Si bien es cierto que el gran teólogo reformado suizo del siglo pasado Karl Barth daba a su pensamiento el nombre de “Teología de la Palabra” —no le gustaba demasiado la designación de “Neo-ortodoxia” con que se lo conoce en el día de hoy—, no es a ello a lo que pretendemos referirnos en este breve artículo. Nos gustaría, más bien, hacer hincapié en un hecho por demás repetido en el quehacer diario de muchos pastores y predicadores de nuestros días, vale decir, en la constatación de que —generalizando y exagerando un poco al mismo tiempo— a todos nos gusta mucho hablar, pero tenemos grandes dificultades en saber guardar silencio cuando precisamente es más necesario.

Quienes nos hemos dedicado una buena parte de nuestra existencia a las labores pastorales, sin duda que hemos pasado unos cuantos años en algún seminario o instituto bíblico, tal vez en varios; y no son pocos quienes, después de esos cursos pastorales propiamente hablando, han visto incrementado su período académico en alguna que otra facultad de teología cursando grados superiores. Sea como fuere, en los centros de estudios teológicos se nos entrena (y muy bien en algunos casos concretos) para que seamos predicadores de las Buenas Nuevas. De hecho, lo normal para cualquier seminarista es tener que cumplimentar ciertas horas de práctica de predicación pública o de enseñanza de la Palabra en escuelas dominicales, estudios bíblicos o el tipo de actividades de cada denominación en particular, dentro del marco académico. Es lo más correcto.

El problema se plantea cuando, habituados como estamos a ejercer la oratoria y a ser escuchados, en algunos momentos debiéramos permanecer en silencio y escuchar. Para ser más claros: la dificultad reside en el hecho de que tal vez no sepamos discernir demasiado bien cuáles son esos momentos precisos que requieren, más que nuestras palabras o nuestras sentencias lapidarias, nuestro silencio. Y es que no resulta nada fácil para quien se ha acostumbrado únicamente a hablar y emitir de continuo opiniones o enseñanza muy concretas, cerrar la boca y abrir los oídos porque hay otra persona, o quizás otras personas, que necesitan decir algo, ser atendidas, sentirse respetadas en la exposición de sus problemas.

El pastor, vicario, sacerdote, presbítero, predicador o como lo queramos designar, dispone de un lugar y unos momentos muy concretos en los que es absolutamente imperativo que hable. Nos referimos, lógicamente, al púlpito y los servicios religiosos, por un lado, y al espacio donde imparta doctrina cristiana, por el otro. Y no entramos en la cuestión de si la predicación ha de ser textual, expositiva o anecdótica, ni tampoco en si el culto ha de ser más o menos litúrgico, o si los estudios bíblicos se deben hacer como si fueran conferencias magistrales o de manera dialogada y participativa. Ahí, como dicen, “cada maestrillo tiene su librillo”, y cada denominación o congregación tiene su costumbre y sus pautas. Tal vez en alguna reflexión futura expresemos cuál es nuestra opinión sobre estos asuntos, pero desde luego no ahora, no hoy. Pero, y retomando el tema que tratamos, fuera del púlpito y del estudio de la Santa Palabra, al ministro de culto muchas veces le compete guardar silencio, escuchar a los demás, y como dice el texto de Job que citábamos en el encabezamiento, aprender sabiduría. No lo dudemos: el que escucha a los demás es siempre el que más aprende.

Quienes reciben visitas por estar enfermos, por haber sufrido una pérdida, un deceso, o por estar viviendo problemas y situaciones de cierta complicación, muchas veces necesitan hablar, expresar sus sentimientos, descargarse de esas penas o preocupaciones que los atenazan, y lógicamente acuden a su pastor en la idea de que en él pueden depositar su confianza y, por encima de todo, creyendo que él los escuchará. Lo que más precisan en principio quienes atraviesan situaciones complicadas no es sermones ni sentencias lapidarias, cuánto menos duras amonestaciones, reprimendas o condenación abierta ya de entrada; lo fundamental para ellos es que se oiga con atención, con interés y con cariño cuanto han de decir. Resulta difícil de creer que en nuestras sociedades occidentales la escucha casi se haya transformado en un negocio, y que se necesite pagar literalmente una cantidad determinada para disponer de un tiempo en el que vaciar cuanto se lleva en el corazón. Lo cierto es que, sin llegar a estados que requieren la atención directa y personal de un profesional de la psicología, el ministro de culto debiera ser la persona idónea para saber estar junto a quienes precisan contar algo que les ocurre y darles confianza para que se expresen con total libertad, sin interrupciones, sin “cortes”, sin intercalaciones de tipo doctrinal, teológico o moral. Todo eso puede venir después.

Aunque en su redacción actual, tal como los hallamos en nuestras biblias al uso, los Evangelios nos presentan a Jesús siempre en plena actividad docente o sanadora, cuando no en abierta controversia verbal con sus adversarios, lo cierto es que, al leerlos entre líneas, deducimos que Nuestro Señor era alguien que sabía escuchar a los demás. El estilo cuasi-telegráfico en que se nos presentan esos deliciosos relatos podría vehicularnos la falsa impresión de que Jesús interrumpía de continuo a sus interlocutores “sentando cátedra” a cada momento, dada su condición de Hijo de Dios, pero la realidad es más bien otra. De hecho, lo que encontramos en las narraciones evangélicas es más bien que Jesús atendía con total humanidad y misericordia a quienes se acercaban a él. Palabras como las que recogen los evangelistas del estilo de “Señor, si quieres puedes limpiarme” (Mt. 8, 2), “Mi hija está agonizando” (Mc. 5, 23) o similares, encierran mucho más de lo que aparentemente leemos, y dejan entrever conversaciones y una actuación de Jesús no tan rápidas como podrían parecer. Nos muestran pinceladas de un Hijo de Dios que realmente hablaba y enseñaba con autoridad, por supuesto, pero que también sabía permanecer en silencio ante las cuitas de los desfavorecidos dándoles la oportunidad de expresar su dolor, sus preocupaciones, su angustia. No sólo por mostrar misericordia, sino otorgándoles dignidad y respeto como personas, que es una de las facetas de la Redención.

Quienes hoy estamos llamados a proclamar las Buenas Nuevas de Jesús y ministrar la Santa Palabra en su Nombre tenemos el sagrado deber de actuar siguiendo su ejemplo en el trato con nuestros semejantes.

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