Posted On 22/09/2014 By In Teología With 2855 Views

Teonomía

Las ciencias humanas, fundamentalmente la antropología y la psicología, reconocen la existencia en el hombre de una dimensión espiritual o capacidad de autotrascendencia entendida en un sentido amplio y no limitada tan solo a la conceptualización religiosa que frecuentemente se asocia a este término.

El ser humano va más allá del aparente reduccionismo biológico de su entidad física. A diferencia del resto de los animales, la trasciende. Es la emergencia del espíritu en el mundo material que describe P. Clayton. Es la orientación al punto omega que P. Teilhard de Chardin señala como el punto más alto de la evolución de la consciencia. Es la imago dei entendida como aquello que nos humaniza más allá de nuestra condición de homínidos. La espiritualidad es, en este sentido amplio, intrínseca a la persona y fuertemente relacionada con todas las manifestaciones de la cultura: filosofía, artes, política, economía, ciencias en general… y también la religiosidad.

El cristianismo, en nuestro mundo occidental, ha perdido mucho de su sentido y, paralelamente, de su significación social. Con demasiada frecuencia, una cosmovisión con tintes teológicos anclados en la premodernidad, dada su visión mítica de la existencia, difícilmente puede ser asumida en la postmodernidad y su visión científica de la realidad. La liturgia y simbología cúltica, que muchas de las nuevas generaciones desconocen a qué presupuestos remiten, son percibidas como formas caducas sin contenido. Son símbolos que requieren ser explicados y, por lo tanto, ya no son símbolos; son dramatizaciones o relatos religiosos que poco dicen a la sociedad del conocimiento. La ética en blanco y negro, sin matices y, en muchos casos, excluyente de aquellos que no transitan por los caminos de la “moralidad oficial”, poco tiene que ver con la poliédrica realidad sociológica.

Por todo ello, la religión ya no es capaz de llenar el vacío existencial de muchos de nuestros contemporáneos que no se conforman con las explicaciones míticas y simplificadoras de la fe. La semiótica religiosa, al no percibirse la profundidad de aquello a lo que el relato o el gesto remiten, deviene pura horizontalidad. La falta de inclusión de la diferencia o su patente y frecuente censura, en algunas iglesias, provoca el desinterés hacia la institución. Las exigencias de sumisión dogmática o personal y la imposibilidad de expresar la discrepancia generan rechazo. Por todo ello, muchos creyentes se han apartado de modo consciente e intencional de la práctica religiosa; si bien, continúan considerándose espirituales porque  la necesidad de sentido, a la que se refiere V. Frankl, persiste.

La cultura y la religiosidad heterónoma (sometimiento a unos paradigmas externos, determinados por quienes ostentaban el poder religioso, que comportaba que la concepción del hombre, sus valores, su moral… fuesen deudoras de las cosmovisiones religiosas) ha entrado en franca regresión. En su lugar se ha erigido una praxis autónoma (cultura secularizada y desarraigada de su fundamento último en la que el individuo se rige por su propia conciencia sin necesidad de los dictados externos de los “tutores” de turno y, por extensión, del dios al que los tales invocaban para fundamentar su control sobre las conciencias).

Desde este posicionamiento autónomo, son muchos los que se orientan a otras manifestaciones de la espiritualidad que satisfacen sus necesidades de autotrascendencia y las verticalizan; pero, en muchos casos, sin la referencia al Dios personal del cristianismo. Así, crece el número de personas cuyo itinerario espiritual se realiza al margen de las religiones tradicionales, especialmente de naturaleza heterónoma. Son las llamadas nuevas espiritualidades laicas. Unos transitan por caminos estéticos (música meditativa, danza…); otros por caminos humanistas (ideas filosóficas, compromiso social…); también por caminos ecológicos (consideración de la naturaleza como teofanía o manifestación de lo sagrado, más cerca del panteísmo que de la consideración de Dios como creador); asimismo en nuestro contexto occidental, el esoterismo, las prácticas psicológicas de autoayuda o la fascinación por las técnicas como el yoga, la relajación, la meditación… vinculadas a la espiritualidad oriental se hallan a la orden del día

Con este cambio paradigmático, la espiritualidad, que antaño se orientaba a la divinidad o fundamentación última de la existencia, ha ampliado su campo fenomenológico y manifestaciones culturales que no habían sido consideradas expresiones espirituales (en el sentido religioso del término), sino puramente formales o estéticas… ahora parecen ser las responsables de facilitar el sentido final de la realidad. En el pasado, la contemplación de una obra de arte o la audición de una pieza musical (que es estética en la forma y en el proceso) podía aproximar a una experiencia espiritual (en la intuición de “Aquello” a la que el contenido remitía) y, “trascender” la estética. Actualmente, para muchos, las diferentes formas de espiritualidad laicas son la forma y la sustancia simultáneamente.

Ante todo ello, la iglesia tendrá que ayudar a recuperar el concepto de teonomía descrito por P. Tillich y hacer entender que el ser humano se halla bajo una realidad superior (Dios) que no le es extraña, a diferencia de la heteronomía, cuando la voluntad humana es regida por otras voluntades, políticas o religiosas; pero también humanas y, por ello, extrañas a su propia identidad. Habrá que explicar que Dios, como fundamento y realidad última, no impele al hombre desde el exterior, sino desde el interior; recordando que ya Agustín de Hipona entendía a Dios como algo más íntimo que nuestra propia intimidad.

Sin duda son requeridas algunas modificaciones en el lenguaje. A Dios no se le encuentra “fuera”, “arriba” o en las “alturas”. Dios no es un ser que habite, en un sentido físico o espacial, sobre o por encima del universo material. Por mucho que los humanos realizásemos viajes espaciales hasta los confines de nuestro sistema solar, de nuestra galaxia o hasta los límites del universo, el astronauta ateo continuaría diciendo que no ha visto a Dios y el creyente continuaría recitando los primeros versículos del Génesis.

Habrá que aprender a encontrar a Dios en el interior de la realidad del mundo, en la profundidad de la propia vida y en su relación con la existencia de los demás sin confundir esta forma de entender a Dios con panteísmo. Dios no es la realidad, es el fundamento ontológico de la realidad.

Nuestra cultura occidental está perdiendo la dimensión de la profundidad. Quizá la propia iglesia, con su superficialidad teológica y litúrgica, ha contribuido a este triste panorama. Con ello, se ha quedado sin respuestas a muchas de las preguntas de nuestros coetáneos. Se impone recuperar una nueva verticalidad a través del rigor hermenéutico y de una contextualización de la Palabra de Dios a nuestras nuevas realidades. El cristianismo no debe convertirse en un cuerpo doctrinal que nada diga al hombre de nuestro tiempo. Es imprescindible recuperar los recursos y la simbología que faciliten el desarrollo de la espiritualidad y que le permitan, no tan solo ir más allá de su  contingencia, como en el caso de las espiritualidades laicas; sino orientarse al Absoluto y fundamento del Ser, como es propio de la experiencia religiosa que entiende a Dios como el alfa y la omega de toda realidad.

Es imprescindible recuperar a Jesús de Nazaret, ya que en él Dios se nos hace presente y se nos da la respuesta a la dimensión trascendente del ser humano. Sin la aceptación de esta revelación, existe el riesgo de configurar el Misterio a la medida de nuestra subjetividad, como ocurre en muchas de las denominadas espiritualidades laicas propias de los posicionamientos autónomos que la histórica religiosidad heterónoma ha provocado. Todo es más sencillo; como enseñaba Pablo: Dios no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos. Pura teonomía.

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