Posted On 18/12/2013 By In Biblia, Opinión, Teología With 900 Views

¿No tienes nada nuevo que decir, Señor?

Vengan pronto tus misericordias a encontrarnos (Sal. 79, 8)

Si hay algo que nos sorprende de la manera de actuar de Dios en los acontecimientos humanos, es precisamente su terrible propensión al silencio. Que nadie se sorprenda, pues es una realidad constatable en las propias Escrituras cuando las enfocamos desde una perspectiva histórica.

Aunque una lectura superficial de la Biblia nos pudiera dar la impresión de unas manifestaciones sobrenaturales continuas y prácticamente cotidianas en las vidas de los patriarcas, los profetas y el pueblo de Dios de la antigüedad, lo cierto es que tan sólo nos señala unos cuantos hitos, ciertas intervenciones muy concretas y especialmente patentes del Señor de Israel, unos cuantos puntos clave, por así decir, que van delineando la Historia de la Salvación, pero que en ocasiones pueden distar largos períodos de tiempo unos de otros. No es porque sí que textos como 1 S. 3, 1 nos dejan constancia de largos intervalos en los que la palabra divina escaseaba y no había visión con frecuencia. Enfocándolo de esta manera, podemos entender que la vida de los creyentes de tiempos antiguos transcurría en medio de las circunstancias y los acontecimientos propios de cada momento, mejores unos y peores otros, siempre en una total dependencia de ese Dios al que nunca se veía, pero del que se oía hablar, del que se decía que había hecho o dicho tal o cual cosa en tiempos pretéritos, y en cuyas promesas se hacía hincapié. Los creyentes del Antiguo Testamento, por decirlo de forma clara, se sostenían por la fe en aquél que había de manifestarse algún día de forma definitiva.

Pese a quienes de forma sistemática lo repudian y lo condenan por considerarlo una reliquia de épocas pasadas (entendido como sinónimo de “oscuras”), es muy de agradecer que la iglesia cristiana universal, desde los primeros siglos de su existencia, haya elaborado un calendario litúrgico en el que se compendian los hitos fundamentales de la Historia de la Salvación, y más concretamente en relación con lo que hoy deseamos compartir con todos los amables lectores, que haya establecido un tiempo específico —en el que ahora mismo nos encontramos— al que damos el nombre de Adviento. No ha sido, desde luego, el resultado de un azar ciego, ni tampoco del capricho particular de nadie en concreto, sino de una muy profunda reflexión colectiva de las primeras generaciones de discípulos de Jesús. Adviento significa “venida”, “llegada”, e implica una actitud de espera en medio de los quebraderos de cabeza de la existencia cotidiana. Y por supuesto, conlleva, querámoslo o no, uno de esos terroríficos silencios divinos que mencionábamos antes y nos impulsan a vivir exclusivamente por la fe en una promesa. Es decir, nos enlaza de forma directa a los creyentes cristianos del Nuevo Testamento con los que vivieron en las épocas del Antiguo. Se trata de un período puente entre ambas economías, entre ambas dispensaciones, como gustan decir algunos.

Los años previos a la llegada del Mesías, según colegimos de la documentación histórica que ha llegado hasta nosotros, constituyeron un período especialmente turbulento en la historia de Israel en el que a las crisis políticas y económicas concomitantes se añadían, como suele suceder, las luchas religiosas, las divisiones en sectas, grupos, facciones de todos los colores, tamaños y tendencias, que no se mostraban parcas en prodigar anatemas y ataques furibundos a quienes no compartían sus opiniones cuando la ocasión se presentaba. Un pueblo desesperado por la corrupción y la rapacidad de sus gobernantes que lo arrastraban a la miseria más absoluta, se preguntaba de continuo dónde estaba su Dios, aquél que, según contaban los maestros en la sinagoga, había liberado a Israel de Egipto y había entregado su ley a Moisés. La pregunta que flotaba en el aire era: ¿Y ahora qué? ¿Ahora ya no dice nada? Por desgracia, la respuesta de algunas facciones religiosas importantes no era sino aquello de mas esta gente que no sabe la ley, maldita es (Jn. 7, 49). Los piadosos de Israel, aquellos creyentes que intentaban salir adelante como bien podían en medio de la vorágine socio-político-económico-religiosa de la época, sólo tenían a su disposición unas tradiciones sacras plasmadas en unas Escrituras que nadie poseía en particular, que sólo se escuchaban una vez a la semana, pero que contenían la promesa de un advenimiento glorioso del Dios de Jacob.

Está muy claro: sólo con cambiar el decorado de fondo, sustituir los asnos por automóviles o motocicletas, las sandalias por zapatos, los mantos y las túnicas por nuestra indumentaria actual, y los cayados por teléfonos móviles, iPads y lo que se tercie, tenemos el cuadro completo de nuestros días, de este nuestro período de Adviento concreto, el que estamos viviendo hoy mismo en el momento en que redactamos estas líneas y en el que tú las estás leyendo. Seguimos esperando en medio de grandes convulsiones políticas, sometidos a gobiernos y gobernantes a cual más corrupto, atados de pies y manos por un capitalismo devastador e inhumano que reduce a la miseria a familias y naciones enteras sin pestañear, y escuchando cada día cuarenta mil cánticos de sirena de grupos religiosos supuestamente cristianos, pseudocristianos y para nada cristianos que sólo saben condenar, anatematizar y amenazar con un apocalipsis devastador para quienes no los escuchen y no se sometan a sus dictados.

Constatamos, no obstante, una diferencia, aparentemente insignificante, pero de gran envergadura: seguimos esperando, sí, como los antiguos, pero ese Dios que no habla, que no parece tener nada nuevo que decir, que permanece en un para nosotros extraño silencio y al que nos gustaría escuchar, lo cierto es que ya ha hablado, ya ha dicho todo cuanto quería mostrarnos. No va a hablar más, pese a las veleidades de muchos de nuestros contemporáneos empeñados erre que erre en recibir constantes comunicaciones y revelaciones directas de su parte, simplemente porque ya se manifestó de una vez por todas en la persona de Cristo y realizó para siempre la obra de la redención. La espera cristiana, el deseo vehemente de la realización plena de sus promesas nos enlaza por un lado con aquellos antiguos creyentes israelitas con los que estamos plenamente hermanados, con quienes compartimos el anhelo de una manifestación gloriosa y definitiva de Dios en este mundo, aunque por el otro tenemos constancia de que ello ha sido plenamente anticipado en la venida del Mesías.

El Adviento cristiano implica espera, como habíamos dicho. Conlleva un estado de expectativa, hasta de cierta conciencia de demora o de dilación, si se quiere, pero también de plena seguridad. Aquél a quien esperamos ya vino en su momento, ya consumó su obra, ya ha venido a nuestras vidas. De ahí que, en tanto que creyentes del Nuevo Pacto, podamos encarar las arduas y complicadas realidades que nos toca vivir con una óptica distinta. Nuestro enfoque ha de ser forzosamente otro.

No podemos (¡ni debemos!) jugar a ser profetas en el sentido popular del término. No nos corresponde. No sabemos a ciencia cierta qué nos deparará el nuevo año 2014, ni a nivel personal ni colectivo, en lo referente a todas esas cosas que nos hacen ser y vivir como personas humanas en un mundo caído y esencialmente egoísta, alienante y deshumanizado. Pero sí sabemos algo, y es seguro: no lo encararemos solos, abandonados a nuestra suerte. Alguien estará con nosotros y no dejará de acompañarnos ni guiarnos, aunque no lo veamos ni oigamos su voz.

Adviento significa por encima de todo esperanza.

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