Posted On 10/12/2013 By In Biblia, Opinión With 1160 Views

Tú y yo aparecemos en la Biblia

Mas no ruego solamente por éstos (Jn. 17, 20a)

Hace no demasiados días manteníamos una animada charla con un vecino de nuestra localidad, persona realmente simpática y dicharachera, acerca de las últimas noticias emitidas por los medios de comunicación. Como era lógico, uno de los asuntos tratados fue la entonces enfermedad terminal de Nelson Mandela, que en aquel momento aún no había fallecido; su deceso tendría lugar pocos días después. Lo que nos llamó particularmente la atención fue que en un instante muy concreto de aquella conversación el vecino lamentó, no la precariedad de la salud del antiguo mandatario sudafricano o su inminente fin, sino algo sorprendente; con un poso de gran amargura en la voz emitió literalmente las siguientes palabras: “De éste [Nelson Mandela] todo el mundo se acordará, pero de la gente como nosotros no se acuerda ni D…” Hemos de decir, en honor a la verdad, que nos quedamos muy sorprendidos al escuchar aquel exabrupto, no sólo por su irreverencia, algo nada habitual en esta persona, sino por la mezcla de sentimientos negativos que evidenciaba: descontento, desánimo, tristeza.

No cabe duda de que todos los seres humanos deseamos ser estimados y valorados por quienes nos rodean, por nuestro entorno inmediato familiar, social o laboral cuando menos, y si es posible por muchos más. Y por supuesto, a todos nos gusta pensar que quienes vengan después también nos recordarán con cariño. Somos así. El anhelo de notoriedad está inscrito en nuestros genes, aunque en unos se desarrolle más que en otros. Sinceramente, las palabras de este nuestro vecino nos han obligado estos días a pensar y a pensar mucho. Y desde luego, en tanto que creyentes no podemos ni siquiera imaginar que Dios no se acuerde de nosotros o no nos tenga en cuenta. Al contrario. Precisamente, leyendo la Biblia esta semana hemos hallado unas palabras muy conocidas de Jesús en las que, como reza el versículo que encabeza esta reflexión, nuestro Señor no sólo ruega por sus discípulos inmediatos, vale decir, los Doce y otros que le acompañaban en su ministerio terrenal, sino también, prosigue el sagrado texto, por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (Jn. 17, 20b). Declaración ésta que no tiene desperdicio y que nos invita a considerar, por lo menos, tres puntos básicos.

En primer lugar, nuestro Señor hace una clara referencia al futuro, lo cual no deja de resultar harto interesante. El Evangelio según San Juan es, precisamente, el texto neotestamentario que más hace hincapié en la realidad de una salvación concluida y consumada por el ministerio de Jesús, su muerte y su resurrección. Así lo expresan algunos grandes teólogos. La redención ya es un hecho definitivo acaecido en la historia, no algo que haya de tener lugar en un momento posterior. Frente a la declaración constante del Redentor de que aún no era su hora, como leemos en los primeros dieciséis capítulos, el 17 se inicia con la sentencia lapidaria Padre, la hora ha llegado (v. 1). De ahí que Jesús pueda anticipar con total seguridad la realidad de unos creyentes futuros. Puesto que la redención ya es un hecho, la buena nueva se extenderá y habrá quienes la creerán en los tiempos venideros. Personalmente nos resulta del todo impactante el atisbar el alcance de esta declaración. Quienes habían de creer por el testimonio apostólico no sólo eran los creyentes cristianos de la primera generación que escucharon de viva voz la proclamación realizada por los Doce, sino también cuantos a lo largo de los siglos leerían ese testimonio de fe contenido en los propios Evangelios, los Hechos, las Epístolas o el Apocalipsis. Ahí están comprendidos quienes nos han precedido y quienes vendrán después, y naturalmente también nosotros. Jesús nos tuvo en cuenta a cuantos íbamos a vivir en los siglos y milenios posteriores a sus días.

En segundo lugar, las palabras del Señor apuntan a una cantidad tal de seres humanos que por fuerza se impone en el texto el más riguroso de los anonimatos en relación con ellos. Los que han de creer en mí conforman un número incontable de hombres y mujeres, niños y ancianos, de todas las latitudes que el sol alumbra, de todas las épocas que sucederían a los tiempos de Jesús, de todas las razas y etnias existentes o por existir, de todas las clases y estamentos sociales concebidos y concebibles desde entonces hasta hoy y más allá. Cada cual con su propia individualidad, sus rasgos estrictamente personales, sus características distintivas, sin duda alguna, pero no mencionados por nombre. El autor del Cuarto Evangelio no hubiera dispuesto en su momento de papiros ni tinta suficiente de haber tenido que consignar (¡tras especialísima revelación divina además!) uno por uno los nombres de todos y cada uno de los creyentes futuros. De cualquier forma, tampoco importa demasiado. Es cierto que para cualquiera de nosotros nuestro nombre propio es uno de los sonidos más hermosos de que podemos disfrutar en esta vida, pero en tanto que creyentes cristianos somos conscientes de una realidad un tanto distinta: estamos llamados a llevar y proclamar el nombre de Cristo. Como discípulos de Jesús no es nuestro nombre, sino el suyo aquél que hemos de difundir. Y ello no implica un anonadamiento o una aniquilación de nuestra individualidad, al estilo de algunas religiones y filosofías orientales, sino precisamente todo lo contrario, ya que la vida del discípulo de Jesús está marcada y señalada para alcanzar su plenitud precisamente cuando el Señor es exaltado. Es decir, que Cristo se acordó de nosotros en su llamada oración sacerdotal (Juan 17) sin necesidad de mencionarnos a cada uno por nuestro nombre.

Y finalmente, Jesús destaca a este ingente número de seres humanos futuros del que nosotros hoy formamos parte como personas especialmente distinguidas simplemente por creer en él. Sí, hemos leído bien: creer. Sorprendente una vez más. Jesús podría haber mencionado, aunque fuera sólo de pasada, grandes hechos o proezas llevados a término por amor a él y al evangelio, un testimonio sellado muchas veces con la sangre de los mártires, una historia turbulenta en la que no iban a faltar querellas doctrinales con grandes defensores de la más estricta ortodoxia frente al error, países enteros ganados para el mensaje cristiano debido a las labores persistentes y al tesón de misioneros entregados, la influencia que acabaría con la esclavitud, proclamaría los derechos humanos, avivaría la conciencia social de la dignidad de las personas, etc. No lo hace. Señala únicamente la fe en él. En este mismo Evangelio, en un texto anterior, dirá que el Paráclito (el Espíritu Santo) convencería al mundo de pecado por cuanto no creen mí (Jn. 16, 9). La incredulidad en relación con el Hijo de Dios es el gran pecado que pierde a este mundo. La fe en Cristo es lo que señala y distingue al discípulo de Cristo, de manera que basta con este rasgo para caracterizarlo frente al resto (no contra el resto). Proezas notables se han llevado a cabo a lo largo de la historia en el conjunto de los campos de la actividad y el conocimiento humanos, así como verdaderas manifestaciones de heroísmo que hoy llenan libros y documentación de todo tipo, e incluso labores altruistas producto de una entrega total a ideales muy elevados. Jesús no apela a nada de todo ello para caracterizar a sus discípulos de tiempos futuros. Simplemente señala que ellos creerán en él.

Dios se acuerda de su pueblo, en definitiva; lo tiene en cuenta, lo considera, lo valora grandemente. La oración de Jesús elevada a su Padre nos engloba a cuantos profesamos la fe en él y nos otorga un sello especial: somos suyos, él nos conoce.

Con un fundamento tal se explica que el cristianismo sea un movimiento llamado a perdurar hasta el fin de los tiempos.

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