pedro álamo

Posted On 21/08/2018 By In Biblia, portada With 322 Views

Un abrazo le cambió la vida | Pedro Álamo

Cody era una persona que buscaba comida en los cubos de basura, ansiaba llenar su estómago de los desechos de los demás, dormía en la calle, sin poder asearse, con la misma ropa cada día, maloliente… Cuando tenía 12 años comenzó a fumar marihuana, a los 13 se fue a vivir a una comuna hippie en San Francisco donde tuvo acceso a LSD, mescalina…; después, traficó con drogas e ingresaba miles de dólares a la semana hasta que un día se inyectó heroína y su vida dio un vuelco; en 6 meses estaba consumiendo 10 dosis al día y se hundió en la miseria. Fue encarcelado varias veces. Después se pasó al crack y fumaba 1000 dólares por noche en Las Vegas, su peso se redujo a 43 kilos. Vivía instalado en la desesperación. Alguien le dijo que en la Central Christian Church podría ducharse, conseguir ropa limpia y desayunar. Mientras aguardaba su turno, una voluntaria llamada Michelle, de mediana edad, se acercó a él y le dijo: “Señor, usted parece necesitar un abrazo”. Cody se quedó estupefacto y solo pensaba en su aspecto y en su olor. Acto seguido Michelle le dio un abrazo y le dijo que Jesús lo amaba. En un momento en que todo el mundo le rechazaba, se apartaba a su paso y le miraba con desprecio, una joven le dio un abrazo y le cambió la vida. Cody ahora es ministro ordenado en la Iglesia de la Esperanza en Las Vegas y dirige el ministerio Cadenas Rotas para ayudar y dar albergue a los desamparados de la ciudad; el alcalde le pide ayuda para tratar a los indigentes… (Lee Strobel. El caso de la gracia. Miami: Editorial Vida, 2015, pos. 1859 Kindle). Esto fue entendido por Cody como una muestra de la gracia de Dios a través de la joven Michelle. Una persona desahuciada, derrumbada, sucia, ruin… observa a una chica que es capaz de acercarse a él y darle un abrazo. Eso es gracia de Dios en acción.  

La idea básica del término veterotestamentario (hën) es “ser compasivo”, “otorgar el propio favor”, y el objeto al que se dirige es el débil y el miserable, el que no merece nada. En el Nuevo Testamento, la palabra Cháris (gracia) centra la atención en la acción salvadora de Dios en Jesucristo a través de su muerte sacrificial por el pecador.  

El concepto de gracia no aparece en las demás religiones, siendo una particularidad de la tradición judeo-cristiana. La misericordia sí que está presente en la mayor parte de las religiones, pero la generosidad que expresa el concepto bíblico de “gracia” está ausente en el islam (el creyente ha de cumplir con los 5 pilares para el día del juicio), en el budismo (la gente ha de esforzarse y seguir el camino de los 8 pasos para alcanzar el nirvana), en el hinduismo (se puede llegar a la liberación del karma a través de sucesivas reencarnaciones). Pero la gracia está ausente. 

La generosidad que rodea la idea bíblica de la gracia se ve más claramente cuando la relacionamos con el concepto de pecado. El mal forma parte del ser humano, que tiene una inclinación natural hacia él. Es a partir de aquí que el concepto de “gracia” cobra un especial significado porque la tendencia natural en otras religiones es ganarse el favor de Dios o dioses, o alcanzar la iluminación a través del esfuerzo personal…, pero en la Biblia esto no existe; la gracia de Dios presupone el pecado, la maldad inherente a la persona y, entonces, aparece el milagro de la acogida de Dios que no tiene en cuenta esa condición, sino que generosamente toma la iniciativa para acercarse a pesar de lo más vil y despreciable que hay en cada uno. El apóstol Pablo, consciente de esto, llega a decir que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom 5.20). Por eso, pecado y gracia no se pueden separar; la gracia presupone el pecado que existe en la persona; de lo contrario, la gracia carece de sentido. 

El pueblo de Israel, elegido y liberado de Egipto con grandes prodigios y testigo de la acción generosa de Dios, era duro de cerviz (Dt 9.13). Por eso, Moisés tiene que recordar al pueblo que no fue elegido por ser brillante, ya que era el más insignificante de todos los pueblos, sino porque el Señor lo amó (Dt 7.7); esto es una expresión de la gracia. El profeta recoge esta idea cuando dice: “El pueblo que escapó de la espada halló gracia (hën) en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo” (Jer 31.2).  

Cualquier empresario que quiera desarrollar un proyecto viable y que le reporte óptimos beneficios tendrá sumo cuidado al elegir al personal que va a contratar; es más, hay entidades especializadas para seleccionar “la crème de la crème”. Así se asegurará rentabilidad para sus inversiones. Un empresario no se fijaría en un mendigo, en un cojo, en un tartamudo, en un agricultor, en un depresivo, en un expresidiario, en un toxicómano… para que forme parte de su equipo, porque tiene en mente el ideal de empleado que busca. El Señor podía haber elegido un pueblo distinguido, pero quiso mostrar su gracia eligiendo a un pueblo insignificante como era Israel. Dios podía haber escogido a los sabios, religiosos e intelectuales de la época para revelar su Palabra, pero le ha complacido escoger lo más necio, lo más débil, lo más vil y lo menospreciado (1 Cor 2.27-28). Eso solo puede ser a través de la gracia, y nadie podrá decir a Dios que ha merecido tales honores. 

Cuando hablamos de gracia estamos poniendo el acento en la capacidad generosa de dar, de regalar, de entregar todo lo imaginable a quien no merece absolutamente nada. Por eso, se diferencia de la misericordia, porque misericordia tiene que ver con el hecho de no dar lo que la persona realmente merece. Pienso en lo que cualquiera de nosotros haría a un ser humano que ha decidido acabar con la vida de nuestro hijo movido por no sé qué pensamiento religioso integrista y primitivo, o que ha violado a una de nuestras hijas con violencia… Lo que surgiría de cualquiera de nosotros sería un profundo deseo de ira, de venganza, de ansia de justicia…, querríamos que la persona que ha infligido el daño sufra las consecuencias, como si de esta manera nuestra alma encontrara sosiego y descanso. Pero Dios no es así; no solo no le da el castigo que merece (eso es misericordia), sino que le otorga el perdón, la sanidad mental y espiritual, la vida…, y lo acoge como a su hijo cuando viene a Él (eso es gracia). La historia del hijo pródigo habla elocuentemente sobre ello (el padre no le menosprecia o castiga, sino que le hace una fiesta). 

Por eso, una de las expresiones máximas de la gracia es el perdón: “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efe 1.7) y el resultado es la reconciliación. La Escritura nos dice que éramos enemigos de Dios y hemos sido reconciliados (Rom 5.10). Eso es gracia. A un enemigo se le teme, se le resiste, se le persigue, se le prende, se le arrincona, se le excluye y se le quita la vida. Pero Dios no hace eso; Dios busca, habla, persuade, perdona, comprende, ama, regala… Eso es gracia.  

Jesús anduvo haciendo el bien, tal como anunciara el profeta: “Me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel…, a consolar a todos los enlutados…” (Is 61.1-3). Conociendo la condición humana, la gracia “se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tit 3.11), “por gracia sois salvos” (Ef 2.5,8). Entonces, ¿hay algún merecimiento? Ninguno; es la gracia de Dios la que nos acepta y acoge. 

La mayor expresión de la gracia de Dios tiene que ver con el hecho de adoptarnos como hijos suyos. Los que no merecíamos nada, los que éramos enemigos, los que no teníamos ningún atractivo, los que vivíamos sin tenerle en cuenta…, hemos sido hechos sus hijos y ahora somos “miembros de la familia de Dios” (Ef 2.19). Un padre es misericordioso con sus hijos, es capaz de perdonarles cualquier cosa, es generoso para cubrir sus necesidades… La gracia de Dios se ha manifestado claramente hacia la humanidad dándonos la posibilidad de ser hechos hijos de Dios (Rom 8.14,16; Gal 3.26; 4.6; 1ª Juan 3.1-2, en el verso 1, el texto original añade “y lo somos”, kaì esmén), y siendo hijos nos hizo coherederos de las promesas (Rom 8.17; Ef 3.6). Eso es gracia. 

El apóstol Juan contrasta la ley y la gracia siguiendo la enseñanza del apóstol Pablo. En su evangelio dice: “la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1.17). Vislumbro aquí el influjo griego en el texto de Juan al relacionar la gracia con el concepto de “verdad” (alëtheia) que lo podríamos entender en términos de “realidad”, en contraste con la ley que representa las “sombras” siguiendo la filosofía platónica del mito de la caverna. Según esto, la ley no era completa, era solo una sombra, una guía (ayo) para llevarnos a Cristo (Gál 3.24-25) y una vez que ha venido lo completo, la verdad, la realidad…, ya no estamos bajo las sombras, porque hemos visto la luz verdadera que alumbra a todo hombre (Juan 1.9; 1 Juan 2.8). La ley tenía su función y ahora ha sido cumplida en Cristo, de manera que los hijos de Dios están libres de la ley (Rom 7.6). Pero eso no es una licencia para hacer lo malo, sino todo lo contrario, es una motivación extraordinaria para seguir a Jesús y hacer el bien.  

Por eso la Escritura exhorta a crecer en la gracia (2 Ped 3.18). Esto es clave porque da la impresión de que el pueblo de Dios va en una dirección opuesta (indicio inequívoco de la humanidad que anida en el corazón) señalando al que tropieza, apartando al pecador, excluyendo a los que no piensan según la “sana doctrina”… Si solo se acepta al bueno, al de excelente reputación, al elegante, al agradable, al simpático, al servicial, al entregado, al que huele bien… no estamos creciendo en la gracia, sino que valoramos a las personas con unos criterios mezquinos y Dios rechaza eso porque no ha actuado así con el ser humano. Santiago denuncia claramente a la iglesia que pone en primer lugar al que entra con ropa espléndida y anillo de oro y manda sentarse en la última fila al pobre con vestido andrajoso (St 2.1-4). Eso no es gracia; Dios ha hecho todo lo contrario con el ser humano. 

Bonhoeffer distinguía entre gracia cara y gracia barata (El precio de la gracia, Salamanca: Ediciones Sígueme). La gracia barata es aquella que no tiene en cuenta el seguimiento de Cristo, es gracia sin cruz, sin compromiso con Dios y con el prójimo. Desde una perspectiva pedagógica esta idea es acertada, pero desde el punto de vista teológico, la gracia siempre es cara, porque alto es el precio que se paga; la pura gracia no tiene en cuenta la reacción humana y, precisamente ahí, radica la profundidad de la acción divina.  

Por ello, la gracia de Dios impulsa a su pueblo a huir del juicio, de la acepción de personas, del menosprecio… y a buscar la igualdad, la aceptación, la tolerancia, el amor, el perdón, el abrazo, la libertad, la justicia, el seguimiento del Mesías…, como acto de agradecimiento… “De gracia recibisteis, dad de gracia” (Mat 10.8). La gracia de Dios que hemos conocido no rechaza, sino acepta; no excluye, sino acoge; no señala, sino perdona; no juzga, sino tolera…; no aparta, sino abraza. C. S. Lewis dijo: “Ser cristiano significa perdonar lo imperdonable, porque Dios ha perdonado lo imperdonable en nosotros” (El peso de la gloria, Harper Collins, 2016). Por eso, somos llamados a aceptar al otro y no solo por sus virtudes sino, de forma especial, por su lado oscuro, ese “cuarto trastero” que todos tenemos y que no mostramos a nadie porque nos avergonzaría, pero que Dios conoce perfectamente y, a pesar de eso, sigue queriendo acercarse a morar en nuestra casa y a “cenar” con nosotros. 

Ojalá el gesto lleno de gracia de Michelle abrazando a Cody inspire a muchos para mostrar así un poco de la inmensa gracia de Dios hacia el ser humano, mientras recordamos nuestra propia esencia, tan llena de miseria, para que la altivez de espíritu no anide en nuestro corazón. Es la gracia de Dios la que ha cambiado nuestra existencia; y es la gracia de Dios la que nos motiva a seguir adelante a pesar de nuestras imperfecciones y contradicciones. El abrazo de Dios nos cambió la vida; nuestro abrazo al prójimo puede cambiar su vida porque es Dios el que actúa a través de cada uno de nosotros. Eso es gracia. 

Es urgente que la iglesia refresque esta teología de la gracia que tanto da por supuesta, y que tan poco practica en demasiadas ocasiones. “La gracia significa que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más… y no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos” (Philip Yancey). 

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