Posted On 04/06/2020 By In Biblia, portada With 451 Views

Un Reino en parábolas | Samuel Pagán

«Se ha cumplido el tiempo —decía—.
El reino de Dios está cerca.
¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!»
Marcos 1.15

Jesús el maestro

El estudio de las parábolas en los Evangelios sinópticos descubre que Jesús de Nazaret era un maestro excepcional. Esas narraciones se articulan con gran imaginación teológica, capacidad de comunicación y belleza literaria. Son relatos breves muy bien pensados que usan la cotidianidad para transmitir alguna enseñanza y afirmar valores éticos y principios morales. Y esas narraciones propician decisiones fundamentadas en la fe, que superan las expectativas religiosas de la época.

Jesús era un joven rabino galileo, que incursionó en la historia en la tradición de los antiguos profetas bíblicos. Su misión era anunciar, en medio de las realidades y los desafíos de la vida, la voluntad divina a los judíos de su tiempo y también a la humanidad. Era un maestro itinerante, un predicador de la esperanza, un crítico de la religión superficial y un analista serio de las realidades políticas y sociales que se manifestaban en la Palestina antigua, que vivía bajo la autoridad del imperio romano.

El Reino era el tema central en el ministerio de Jesús. Esa prioridad teológica y pedagógica se descubre claramente al estudiar detenidamente las parábolas. Esos discursos, llenos de imaginación y belleza, transmiten los valores que el Señor reclama de sus discípulos y seguidores; y los desafíos que presenta a la comunidad judía y los líderes religiosos y políticos de su época, y a las iglesias y los creyentes a través de la historia.

Esa capacidad teológica, que tenía importantes implicaciones éticas, morales y espirituales, hizo que hasta sus adversarios dijeran que Jesús no hablaba como los escribas y los fariseos, sino como alguien que tenía autoridad (Mt 7.29; Mc 1.22). Inclusive, líderes y principales de las comunidades judías lo reconocían como maestro y rabí.

Ese reconocimiento público que la comunidad en general le brindó al Señor, se relaciona íntimamente con la integridad espiritual, ética y moral que vivía, afirmaba y proyectaba. La distinción como rabino, maestro y profeta, Jesús se la ganó por su forma de ser y sus maneras de actuar, por su oralidad grata, sus estilos firmes e imaginativos, y su capacidad de comunicación sabia y sobria. En el Señor había correspondencia íntima entre el decir y el hacer.

Ciertamente Jesús era un maestro efectivo que respondía a las necesidades de sus discípulos y seguidores, además de desafiar la imaginación y las experiencias religiosas tradicionales de la comunidad judía en general y de los líderes de los fariseos y publicanos en particular. Su pedagogía era contextual, pertinente e inmediata, pues escuchaba a las personas, atendía sus preocupaciones y respondía a sus necesidades con sabiduría, pertinencia y autoridad.

El Reino y sus prioridades

El evangelista Marcos describe la percepción que tenía Jesús del Reino. Una vez encarcelaron a Juan el Bautista, el Señor regresa a la Galilea y anuncia su mensaje, sin ambigüedades ni inhibiciones. La afirmación misionera inicial de Jesús en torno al Reino, marca el contenido de sus mensajes, orienta su pedagogía y revela la naturaleza de sus parábolas. Con la presencia de Jesús se cumplía el tiempo de Dios para la implantación del Reino de los cielos en medio del pueblo judío, primeramente, y luego para el resto de la humanidad.

Con esa contundente declaración teológica y profética le daba Jesús orientación temática y espiritual a su ministerio. Para el Señor, el Reino de Dios dejaba de ser un tema utópico, idealista o hipotético, relacionado con un futuro escatológico indeterminado, para convertirse en una vivencia, una forma de ser, una manera singular de ver la vida, una comprensión alterna y redentora de la realidad. Y esa singular comprensión del Reino fue el fundamento para su elaboración de las parábolas.

Para Jesús, el Reino afirmaba la soberanía divina en medio de la historia humana. Esa fuerza de Dios se hacía realidad de manera indiscutible, pero a la vez, era misteriosa y clara, pues estaba en el presente y también en el porvenir. El Reino era una demostración de gracia y vida, y también, un reclamo a modificar conductas, revisar prioridades y cambiar valores. En la teología del Reino hay misterio y encanto, seguridad y esperanza, historia y escatología, presente y futuro.

Las parábolas del Reino eran formas creativas de desafiar las audiencias, tanto a los discípulos y seguidores, como al pueblo y sus líderes, a vivir a la altura de los reclamos espirituales, éticos y morales del Señor. Y ese llamado de Jesús demandaba dar prioridad a la oración y la piedad sana en la vida, y también a traducir esa espiritualidad a formas concretas de ayuda y apoyo a las personas más necesitadas y agobiadas en la comunidad.

El Reino requiere decisiones concretas que pongan de manifiesto, y de forma clara y pública, los compromisos íntimos y personales con Dios. La ética del Reino necesita que sus ciudadanos manifiesten en sus vidas un comportamiento orientado a la misericordia, el perdón, el amor y la justicia. La recepción y el aprecio de los valores del Reino demandan cambios sustanciales en los estilos de vida de los discípulos y seguidores de Jesús a través de la historia.

Ese mensaje del Reino en parábolas era a la vez religioso y político, espiritual y social, individual y colectivo, piadoso y subversivo. Era un desafío a las autoridades religiosas de la época, en medio de la opresión inmisericorde del imperio romano, que estaba en contubernio con los líderes judíos en Judea y Galilea. El Cesar reclamaba lealtad; Herodes demandaba obediencia; y en medio de esos parámetros de represión y opresión, Jesús presentaba el mensaje del Reino que requería espiritualidad, fidelidad y compromiso. Ese mensaje de Jesús en parábolas superaba las fronteras físicas, las divisiones nacionales, las comprensiones legales, los compromisos religiosos, las diferencias políticas y las peculiaridades espirituales.

La llegada del Reino es buena noticia para la gente dolida y cautiva. Las parábolas de Jesús anuncian un Reino que transforma las dinámicas de cautiverio humano en redenciones, sanidades y liberaciones, que permiten a las personas no solo disfrutar la gracia de Dios y el perdón divino, sino vivir sin las cadenas que le impiden ser lo que el Señor quiere que sean.

El Reino, las mujeres y la gente en necesidad

En ese mundo de cautividades y prejuicios, las mujeres recibieron un apoyo distinguido en el mensaje de Jesús de Nazaret. No son pocos los grupos marginados en el mundo palestino del primer siglo. Era una sociedad de clases sociales, de separaciones religiosas, de diferencias políticas, de rechazos por edades, culturas y etnias, y de discriminación por género. Y en ese tipo de sociedad llena de segregaciones, Jesús destacó el valor de la mujer, no solo en sus mensajes generales y sus milagros, sino en las parábolas.

En varias ocasiones los personajes protagónicos de las parábolas son mujeres. Y la descripción de esas mujeres no corresponde a la percepción tradicional que se tenía en la sociedad palestina de la época. En las presentaciones, los discursos y las parábolas del Señor las mujeres toman la iniciativa, deciden, piensan, analizan, hablan y reflexionan.

Con el Reino llegó una nueva hora para las mujeres y para las personas rechazadas y subvaloradas en la sociedad. Las mujeres, que vivían en medio de un sistema religioso, familiar, jurídico, social y político injusto y discriminatorio, llegaron a un nivel inusitado de dignidad por la sabiduría y el compromiso de Jesús, y por las enseñanzas que se desprenden de las parábolas.

El Reino es una afirmación teológica amplia, que tenía repercusiones inmediatas y concretas en la vida de las personas heridas por la vida y la sociedad, entre las que se encontraban las mujeres. En las parábolas del Reino, las mujeres ocuparon un papel singular de dignidad, pues el Señor les dio prioridad y distinción.

El Dios del Reino, en la teología amplia y visionaria de Jesús, se especializa en salvar, redimir, transformar, restaurar, liberar, sanar, perdonar, restaurar, consolar… Ese es el Dios del rico y Lázaro, de las diez vírgenes, de la mujer que extravió una moneda, del pastor que perdió una oveja, del padre que tenía dos hijos perdidos… Es el Señor que ve la necesidad humana, escucha el clamor del pueblo, entiende las angustias del alma, e interviene para transformar los ambientes de dolor, enfermedad y cautiverio en espacios de paz, salud y libertad.

Irrumpe con fuerza en la historia el Dios de las parábolas, para presentar una alternativa de vida renovada. El cautiverio no es la palabra final de Dios para la humanidad… La religión superficial no es lo que el Señor quiere para su pueblo… La pobreza que ofende la imagen divina en las personas no constituye el plan divino para las personas… La incapacidad de alcanzar las metas en los programas personales, familiares y comunitarios, no puede ser el proyecto de vida para los hombres y las mujeres de bien… La ruptura de los horizontes de esperanza no puede constituir el porvenir de la niñez… La infelicidad individual y colectiva no puede convertirse en el entorno de vida de los ancianos… El Reino de Dios es el vehículo divino, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, para alcanzar en la vida metas nobles, dignas, gratas, justas, sanas, íntegras, liberadoras…

Conclusiones

Las conclusiones del estudio de las parábolas del Reino de Jesús de Nazaret superan el disfrute de las virtudes literarias de las narraciones y sobrepasan el aprecio al mensaje profético que articulan. El mensaje de las parábolas desafía a las iglesias contemporáneas a proseguir esa tradición profética en sus programas y prioridades. Los valores del Reino deben motivar a los predicadores y las predicadoras a traducir las virtudes y los desafíos que se ponen de manifiesto en el mensaje de las parábolas en mensajes y enseñanzas contemporáneas que produzcan en los oyentes salud, bienestar, liberación y esperanza.

El siglo veintiuno se caracteriza por una serie de polarizaciones que no contribuyen positivamente al bien social ni a la implantación de la justicia. Y entre esas realidades sociales, políticas y económicas se encuentran las siguientes: los adelantos tecnológicos y las disparidades en las oportunidades educativas; las polarizaciones ideológicas y políticas que dividen grandes sectores de las naciones; los abismos económicos que han aumentado los sectores de pobreza y miseria en el mundo; la división impropia de las riquezas y los recursos naturales en el mundo, que ha incentivado crisis fiscales en los centros de poder; la aparición de enfermedades noveles que han diezmado sectores importantes de la población; el discurso público enajenante; y el aumento en la discriminación por razones ideológicas, étnicas, económicas, raciales y de género.

En medio de ese mundo lleno de crisis, desafíos y posibilidades las parábolas del Reino vuelven a escucharse. Y las iglesias son uno de los vehículos divinos de importancia para contribuir a la transformación de la sociedad que nos ha tocado vivir. En este momento histórico necesitamos más que nunca voces proféticas que anuncien el Reino, que proclamen al año agradable del Señor, que afirmen la esperanza como un principio teológico de prioridad, que le permitan al Espíritu tomar el control de nuestros proyectos y programas, y que retomen el tema del Reino de Dios como un valor indispensable para llevar a efecto nuestras labores de formas efectivas y contextuales.

Y en ese espíritu de las parábolas de Jesús y el tema del Reino, comparto uno de mis poemas inspirado en la Parábola del sembrador:

El Sembrador…

Sembrador de las edades,

Sembrador de la esperanza,

Riega paz, justicia, danza,

Virtud, nobleza, verdades.

Labrador de las bondades,

Sembrador, Señor y Dios.

 

Toma un pedazo de tierra,

Haz surco en el corazón,

Toma la espina, el dolor,

De un pueblo que está llorando,

Destruye quejas, quebrantos.

Sembrador, Señor y Dios.

 

Sembrador de muchos suelos,

Que linderos, tiempos rompes.

Métete aquí entre los hombres,

Transforma, mueve y libera.

Cambia en vida las cadenas,

Sembrador, Señor y Dios.

 

Sembrador que sueñas gracia,

En medio de las tristezas,

Que a las mujeres renuevas,

Y les brindas libertad.

Llega con vida y lealtad,

Sembrador, Señor y Dios.

 

Sembrador que vives presto,

Y respondes a clamores,

Eliminando dolores

Y destruyendo quimeras.

Libertador de mil penas,

Sembrador, Señor y Dios.

 

Sembrador de las ideas,

Forjador de pensamientos,

Levanta a un pueblo, que lento

Va rechazando las vedas.

Destructor de mil condenas,

Sembrador, Señor y Dios.

 

Sembrador de gracia y vida,

Quijote de las bonanzas,

Llega hasta aquí, a mis labranzas,

Endereza mis veredas,

Constructor de fortalezas,

Sembrador, Señor y Dios.

 

Dr Samuel Pagán, Decano de programas hispanos

Centro de Estudios Bíblicos de Jerusalén, Jerusalén y Lakeland

 

Este breve artículo se fundamenta en mi nuevo libro sobre las parábolas de Jesús de Nazaret que saldrá el próximo año. El sembrador salió a sembrar: Introducción a las parábolas del Reino de Jesús de Nazaret. Barcelona: Editorial Clie, 2021.

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