Posted On 27/11/2012 By In Columna, Opinión, Teología With 1315 Views

Una conciencia protestante | Ignacio Simal

Mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, y no puedo ni quiero revocar nada reconociendo que no es seguro o correcto actuar contra la conciencia” (Martín Lutero)

Mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios”, afirmó Lutero ante la Dieta de Worms. Una afirmación profundamente ecuménica, ya que cualquier persona –no importa a la tradición cristiana a la que pertenezca- podría hacerla suya.

Y también añadió, “no es seguro o correcto actuar contra la conciencia”. Una afirmación rotundamente interreligiosa, ya que cualquier persona de buena fe -no importa a la tradición religiosa a la que pertenezca- o incluso un agnóstico o ateo podrían suscribirla.

No obstante, quisiera ocuparme del aspecto ecuménico de ambas afirmaciones. Por ello, cuando título mi columna “una conciencia protestante”, no hago énfasis en su aspecto confesional sino en su aspecto ecuménico, en su aspecto cristiano sin apellidos.

Una conciencia “protestante” es aquella que discerniendo la realidad social y eclesial que la rodea no puede hacer otra cosa que pasar a la acción de protesta frente, en palabras de Lutero, a la “cautividad babilónica de la Iglesia” y de la sociedad en la que vivimos.

Creo firmemente que la conciencia “protestante” es prisionera de tres elementos que la hacen una verdad ecuménica, que abarca a todos los cristianos y cristianas.

La conciencia “protestante” es prisionera, en primer lugar, de la Palabra encarnada de Dios: Jesús, el Cristo. El Verbo no se hizo letra, sino ser humano. Y es el ser humano Jesús de Nazaret el que nos seduce hasta hacernos voluntariamente presos de su inspirador ejemplo. Somos presos y presas de la justicia y la misericordia que él hizo carne frente a la instituciones o movimientos religiosos de su tiempo.

Jesús de Nazaret practicó en innumerables ocasiones la desobediencia hacia aquellas tradiciones o interpretaciones de la letra de la Torá que sumían a los seres humanos en una división clasista tanto en lo religioso  como en lo social: puros/impuros, pobres/ricos, sanos/enfermos…  De su inspiradora praxis surge una conciencia sensible  a las exclusiones que sufren ciertos sectores de las iglesias o de la sociedad. Una conciencia que protesta ante el Dogma, la Verdad  y ante los que se consideran sus guardianes. Dogma y Verdad que separan y, en ocasiones, envilece y etiqueta a los seres humanos. La conciencia “protestante” nos encamina a la desobediencia tanto en el ámbito de lo civil como en el ámbito de lo religioso a favor de los seres humanos concretos. Del ejemplo de Jesús se deriva la acción de protesta de la conciencia “protestante”.

Ello nos conduce, necesariamente, a la segunda afirmación: La conciencia “protestante” es también prisionera de las víctimas de la historia religiosa y secular, aquí y ahora. Los cristianos y cristianos no debemos olvidar que las iglesias a lo largo de la historia se han puesto de lado de los victimarios, cuando no han sido ellas mismas activamente victimarias. De ello debemos aprender todos los cristianos. Por ello la conciencia “protestante” presa de la Palabra hecha carne, se pone del lado de los excluidos, se solidariza con ellos y les pide perdón por no haber estado a lo largo de la historia a la altura del espíritu de Jesús.

Una conciencia presa de los hombres y mujeres que sufren los embates de un modelo social que privilegia a unos seres humanos sobre otros, no puede ser insensible ante el drama de las mayorías sufrientes. Y a la manera de Jesús, y según la misión que nos encomendó, somos llamados a ser agentes de sanación a través de redes de ayuda mutua, y no de una mera red asistencialista que palia los problemas, pero que no los soluciona. La conciencia “protestante” emprende acciones de protesta y, al mismo tiempo, crea espacios sociales liberados de la crisis sistémica que está azotando a nuestras sociedades.

De ahí que, en tercer lugar, la conciencia “protestante” es presa también de un modelo social concreto –reino de Dios- que trata de encarnarlo en medio de la historia. Jesús de Nazaret, al inicio de su ministerio, lo primero que hizo fue llamar a hombres y mujeres a que le siguieran a fin de constituir una comunidad de vida que anticipara el mundo nuevo que él proclamaba.

El modelo social al que me refiero es aquel que privilegia a los pobres sobre los poderosos, a los excluidos sobre los instalados, el vivir frente al consumir… Por ello, Lucas, en la segunda parte de su obra (Hechos de los Apóstoles) propone un modelo de comunidad, un modelo de “ciudad” donde los pobres y excluidos dejan de serlo mediante el compartir todo lo que se posee (Hch. 2,45; 4,34).

El escritor de la carta a los Efesios, afirmará que el trabajo no tiene como objetivo único el mejorar la calidad de vida del que lo ejerce, sino que es un medio para crear pequeñas “Ítacas”, sin pobres (Ef. 4,28), en medio del tempestuoso mar social en el que navegamos. El mismo Pablo escribirá que el objetivo de ese modelo social es la igualdad socioeconómica (2Cor. 8,14.15). Es más, en la misma carta a los Efesios, se dirá que la pared que divide al mundo en impuros y puros quedó destruida (Ef. 2.14), y nadie negará que todavía existen muchos “muros” que derribar. Y como colofón necesario, el Pablo más radical nos saldrá al encuentro afirmando que “en Cristo” (espacio comunitario) “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay ni varón ni mujer” (Gal. 3,28) proponiendo todo un camino liberador que apenas hemos recién iniciado.

La conciencia “protestante” es prisionera de la Palabra de Dios hecha ser humano en Jesús de Nazaret, es prisionera de los que sufren el lado oscuro de nuestro actual modelo social y es prisionera de un modelo social donde reina la justicia, la igualdad y la no exclusión. Todo ello nos conduce, como ya he escrito a la acción de protesta por un lado, y por otro, aquí y ahora, a construir espacios sociales alternativos al modelo social mayoritario. En una frase, debemos liberarnos de la esclavitud babilónica de la Iglesia y de la sociedad en la que vivimos y somos.

La conciencia “protestante” siempre cree “en esperanza contra esperanza”, y  su fe no “se debilita al considerar” el cuerpo social en el que vivimos (Ro. 4,18.19) sino que actúa en coherencia con ella, ya que “no es seguro o correcto actuar contra la conciencia”.

 Ignacio Simal, 27 de noviembre de 2012

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