Posted On 10/11/2020 By In Ética, Política, portada, Teología With 279 Views

UNA ESPIRITUALIDAD DE OJOS ABIERTOS | Eduardo Delás

 

“… En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis… En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis…” (Mt. 25:40,45)

 

El criterio determinante a la hora de sopesar la conducta auténtica de cada ser humano, no es sólo toda la violencia que hizo o el daño y el sufrimiento que causó a los demás. Esto es muy importante, claro está. Pero existe un criterio más hondo e inconfesado que ése y que cotiza especialmente a la hora de evaluar cómo somos: la indiferencia que se desentiende del sufrimiento de los demás, de la soledad y del desamparo. El abandono de todos los que se ven maltratados por la vida, el mundo y la sociedad.

Ahora bien, si esto es así, significa que la valoración para determinar “el bien” no se mide sólo ni principalmente a partir del criterio de “no hacer daño”. O sea, no vale decir “yo soy bueno porque no robo, ni mato”. Un individuo que pasa por la vida jactándose de no hacer tales cosas puede resultar un ser sumamente peligroso porque, según el criterio evangélico, el mal que nos pierde es también y, sobre todo, el bien que dejamos de hacer a muchas personas que, en este mundo, se encuentran desamparadas, desatendidas y necesitadas.

Nos han educado en unas instituciones religiosas y en una cultura para la que lo fundamental no es tanto vivir atentos a las necesidades de las personas sino “cumplir con nuestros deberes”. Por eso, a los mejores de entre nosotros les llamamos “cumplidores”. Y, sin embargo, es raro encontrar personas sensibles a las necesidades de ayuda, ánimo y sostén de los demás. Por eso, nos horroriza la violencia, el terrorismo y la maldad, pero aceptamos como normal que haya personas “intachables” que pasan por la vida dejando a su alrededor riadas de amargura, dolor y desamparo.

 

El fascinante lenguaje de la globalización Neoliberal.

(Adaptación del texto bíblico con un lenguaje más clarificador de acuerdo a los nuevos tiempos)

“¡En el desierto de la pobreza, preparad el camino al libre mercado, allanad una calzada para nuestro “dios”; que se tomen las necesarias medidas de ajuste. Aquí está vuestro “dios”!

Mirad, el mercado llega con poder y su brazo manda. ¿Quién, como él, midió la asignación de los recursos productivos escasos, de forma que la producción fuera la más adecuada a las necesidades de la sociedad? ¿Quién abarcó la sabiduría del “dios-mercado” y como consejero suyo le enseñó? ¿De quién buscó consejo, quién le explicó y le enseñó la ciencia de la productividad y el camino de la racionalidad económica le mostró? Las naciones son nada ante él, valen lo que el polvillo de la balanza de pesar… en su presencia, todos los gobiernos de las naciones son como si no existieran”[1]. (Isaías 40:10-17).

El dogma fundamental del nuevo sistema de creencias es, precisamente, la naturaleza mística del “Mercado”. El “Mercado es “dios”. Él toma las decisiones y decreta el destino de los individuos y los pueblos. Por razones obvias, el “Mercado” no puede comprender cosas tales como la generosidad, el altruismo, la finitud de los recursos naturales o la necesaria relación entre interés público e interés privado. Por eso, los economistas que rinden pleitesía al sistema hablan de este nuevo “dios” atribuyéndole cualidades personales: “El Mercado exige…”, “El Mercado está nervioso…”[2]. Todo, sin excepción, aparece situado bajo su tutela y control en un nuevo mundo llamado “Globalización”.

“Globalización” es un término peligrosamente amable. Habla de un mundo en el que todos nos encontramos a la misma distancia del centro que, emblemáticamente, resulta ser el lugar de pleno disfrute y realización planetaria. Un paraíso en el que las oportunidades de prosperidad -Educación, sanidad, vivienda, trabajo, poder adquisitivo…- son universales y ofrecidas, por tanto, como generosa aspiración a la Humanidad entera.

“Globalización” suena más y mejor que “Capitalismo salvaje”. Incorpora la idea de “salvación”, aunque en buena medida sus métodos sean perversos y sus fines impresentables. Sin embargo, la idea central es comunicar con este lenguaje un juicio de valor de carácter universal: Lo que está ocurriendo es bueno, vivimos en un mundo inclusivo en el que se camina hacia la equidad dentro del todo. Ese mundo globalizado es predicado como buena noticia escatológica, representa el cumplimiento de la profecía esperada desde hace mucho tiempo y que ahora se presenta como una realidad de progresiva e inmediata realización.

No obstante, el universalismo al que invita la palabra “globalización” se nos presenta indecentemente encubridor. Porque no se trata de igualdad de oportunidades para todo el mundo, como se nos quiere hacer creer. Existe un centro nuclear que domina y expande la lógica de la “globalización”: El poder del primer mundo y, más exactamente, el dominio de los que más tienen y más pueden. Pero hay algo más que geografía. Por primera vez, todos los pueblos sin excepción están siendo sometidos, voluntariamente o por la fuerza, a un tipo de configuración social: la capitalista. De modo que, la única declaración de fe permitida en una “colonización ideológica” como ésta es: “Fuera del mercado no hay salvación”. Se trata de un dogma sagrado e inviolable. Cuestionarlo y denunciar sus impresentables excesos, supone militar en la herejía y la disidencia, y a los herejes y disidentes se los quita de en medio y se los convierte en invisibles, mudos y proscritos.

 

Cómo vivir perfectamente instalados en la globalización neoliberal y no necesitar nada más.

“Mi economía es lo contrario de la econotuya”[3].

¿Cómo es posible que los suplementos dominicales de los periódicos muestren a un niño etíope moribundo devorado por las moscas y en las páginas siguientes se nos canten las excelencias de cierto restaurante con precios prohibitivos, o se nos convenza sobre la conveniencia de gastar nuestros ahorros en un balneario de moda?

¡Peligro! Necesitamos “vacunas narcotizantes”, antes de que nuestra placidez se vea amenazada y la sensibilidad se nos despierte. Es preciso, no sólo no conocer lo que ocurre en el mundo, sino también fabricar coartadas eficaces para anestesiar nuestra conciencia, justificarnos ante los demás y seguir viviendo despreocupadamente respecto a los problemas reales que afectan nuestro entorno. ¡Necesitamos acabar con el último vestigio que nos quede de rebeldía, crítica, contestación o inconformismo con la realidad!

La solución pasa por someternos a lo que los gurús del sistema han llamado: “El Entetanimiento” (en inglés, Tittytainment, de “teta”, “mama” o “pecho”). Se trata de vivir, literalmente, de la leche de los pechos o las tetas de otros. Si todos somos capaces de mamar como un sumiso rebaño lanar, las ubres nos mantendrán dóciles y mansos. El “Entetanimiento” no es otra cosa que una mezcla de entretenimiento mediocre y vulgar, bazofia intelectual, propaganda y elementos psicológica y físicamente “nutritivos” con el fin de satisfacernos y mantenernos convenientemente sedados, permanentemente ansiosos, sometidos y serviles ante los dictados de la minoría que decide nuestros destinos sin permitirnos siquiera opinar el respecto[4]. Por cierto, en ningún momento se entendió que el “entetanimiento” tuviera connotaciones irónicas o humorísticas. Fue una idea aplaudida con toda seriedad y solemnidad.

Con esta dependencia paternal seremos capaces de convertirnos en personas de provecho, olvidar las herejías ideológicas de igualdad, justicia, derecho y libertad y confirmar algo que no siempre estuvo tan claro: la superioridad ética y moral de los más poderosos, dueños del poder para definir los nuevos valores y principios creados por el capitalismo “democrático”. ¿Seguimos? No hace falta. Sin necesidad de púlpitos o espadas acabamos de sumergirnos en el anonimato de una lógica: la “Globalización neoliberal”, entregándole mente, corazón y espíritu. Y, ahora sí, ya podemos volver a ser, sin problemas de conciencia, ciegos, sordos y mudos frente al mundo, con el beneplácito y la tutela de “papá capital” y “mamá productividad” que siempre nos disciplinan, instruyen y educan para ignorar y ningunear a los que no pertenecen a nuestra hermosa “familia”.

 

Las cosas son de dolor con que se miran.

Se ha dicho con razón que, frente a la “mística de ojos cerrados” propia de las religiones orientales que buscan en la atención a lo interior caminos para liberarse del dolor, Jesús de Nazaret impulsa una “mística de ojos abiertos” y una espiritualidad que se abre responsablemente al sufrimiento de las personas.

Una mirada a la realidad desde otro lugar de observación. Desde “el alero del Templo” (arriba y lejos) no se ven las mismas cosas que desde abajo y desde los márgenes. Sólo desde el descentramiento se perciben otros modos de procesar la realidad y se interactúa con ella desde una sensibilidad diferente. Renunciar a convertirnos en el “ombligo del universo” es el primer paso para romper el cascarón de la preocupación propia y sumergirnos en los intereses y las necesidades de los otros. A la manera de Jesús.

Una mirada realista a nuestro propio mundo interior. Significa adentrarnos en nuestros propios fracasos percibiendo cómo a lo largo de la vida se nos diluyen tantos proyectos que hemos hecho desde nuestros mejores y más nobles deseos; cómo la realidad es resistente y tantas veces monstruosa y nunca va al ritmo de los deseos más sinceros. Pero, precisamente, en ese anhelo de ser responsables y coherentes con nuestras propias convicciones experimentamos la gracia de Dios y la misma vida se convierte en la casa en la que uno puede habitar sin agresividad, sin cargar con la pesada losa de creer que el sentido lo damos nosotros, que el Reino de Dios lo fabricamos nosotros[5]. La compasión solidaria se teje a base de mucha humildad, sin prepotencia, descubriendo que la tarea siempre es consecuencia del don de la gracia.

Una mirada a los recursos inagotables de Dios. No existe tal cosa como un cambio mágico de la realidad injusta y sufriente del mundo por el mero hecho de creer en un Dios justo y misericordioso. Lo que se nos da es la posibilidad de colocarnos ante la realidad desde la experiencia del Espíritu de Dios. Y eso lo cambia todo. Porque nos situamos en la vida desde la Vida para sumergirnos con hechos y palabras en unos niveles de humanidad que transparentan, visibilizan y proclaman que el Reino de Dios se ha acercado.

 


[1] F. J. Vitoria Cormenzana. Lectura creyente de la Globalización. 2008. 4

[2] Gabriel Sala. Panfleto contra la estupidez contemporánea. Laetoli. 2007. 56

[3] Mario Benedetti. Vivir Adrede. Alfaguara. 2008. 139

[4] Gabriel Sala. Panfleto… 17

[5] Toni Catalá. Vida religiosa “a la apostólica”. Sal Terrae. 2004. 119-120

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