Posted On 18/12/2009 By In Libros, Teología With 1302 Views

Una palabra con filo liberador

Las iglesias protestantes de Puerto Rico se han distinguido a lo largo de su historia por su predicación. Más inclinadas a la proclamación del evangelio que al oficio sacramental, sus púlpitos han renovado continuamente la retórica pública aún en tiempos como el actual, donde la oratoria política se muestra insulsa y superficial, más dada a la intoxicación de la propaganda fugaz que a la reflexión seria y penetrante. Abelardo Díaz Morales, Domingo Marrero, Ángel Mergal, Miguel Limardo, Maritza Resto, Yamina Apolinaris, entre muchos otros pastores y pastoras, han engalanado sus púlpitos ministeriales conla elegancia de su verbo y la profundidad de sus mensajes.

Por eso celebramos la publicación del libro de homilías, mensajes, alocuciones y discursos del reverendo doctor Juan Antonio Vera Méndez, Obispo de la Iglesia Metodista de Puerto Rico. Palabra con filo liberador: De la conciencia solidaria a la transformación social (2009) recoge una amplia gama de expresiones públicas del reverendo Vera escritas y leídas durante los últimos veintitrés años, desde noviembre de 1986, en defensa de la integridad física y ecológica del Yunque, hasta junio de 2009, en la asamblea del pueblo congregado en protesta y resistencia contra la política socioeconómica neoliberal del gobierno de Puerto Rico. Es una excelente expresión literaria, elocuente e inteligente, de la mejor tradición homilética de las iglesias puertorriqueñas.

Combina, como buen hijo de la tradición wesleyana, la piedad y la conciencia social, la fe y la solidaridad, el ardor del corazón y la rigurosidad de la mente. Animan esas alocuciones un espíritu similar al que en el siglo dieciocho impulsó al piadoso Juan Wesley, aquel del “corazón ardiente”, a condenar la esclavitud como «suma execrable de todas las vilezas». Es un ejemplo digno de emularse de la importancia crucial que reviste un liderato eclesiástico de tesitura ecuménica y profética, capaz de transformar el púlpito eclesiástico en tribuna pública para denunciar la injusticia y el discrimen y anunciar las buenas nuevas de liberación social y promoción humana. Y, cosa rara en estos días de tanta beligerancia intolerante, sin estridencias injuriosas ni ofensivas.

Quiero, con la brevedad propia de quien solo pretende excitar el apetito de los lectores, destacar dos elementos valiosos de este libro del Obispo Vera. Primero, su arraigado talante ecuménico. Los cristianos reiteran periódicamente, con el credo niceno-constantinopolitano, la afirmación clásica de su fe, “creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica… confieso que hay un solo bautismo…” y así aseveran, como dimensión esencial de sus convicciones, la unidad de la iglesia. Recuerdan con intenso fervor la oración de Jesús por la unidad de sus seguidores, los actuales y los futuros, “no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17: 20-21). Sin embargo, son testigos incapaces o, en ocasiones, protagonistas entusiastas de amargas diatribas y desgarradoras hostilidades entre las distintas comunidades cristianas.

Juan Antonio Vera Méndez es hombre de su iglesia, firmemente anclado, como es fácil constatar en estos mensajes, en su identidad eclesiástica. Más aún, es el Obispo de su iglesia. Pero ello no impide el descubrir en estos textos un hondo espíritu de irénico ecumenismo, de profundo respeto y valoración de las diversas manifestaciones eclesiales del cristianismo. Por eso ha promovido continuamente la participación activa de su iglesia en organismos intereclesiales, nacionales e internacionales: el Concilio de Iglesias de Puerto Rico, la Conferencia de Iglesias del Caribe, el Consejo Latinoamericano de Iglesias, el Consejo Mundial de Iglesias, entre otros.

Se percibe en estas alocuciones un horizonte amplio, que se niega a enclaustrarse en estrechas fronteras excluyentes. No se trata únicamente de palabras. El Obispo Vera ha sido una presencia continua e incansable en foros y eventos internacionales auspiciados por el Consejo de Iglesias Evangélicas Metodistas de América Latina, la Iglesia Metodista Unida de los Estados Unidos, la Conferencia de Iglesias del Caribe, el Consejo Latinoamericano de Iglesias y el Consejo Mundial de Iglesias. Recuerdo mi afectuosa emoción al oírle tomar la palabra en la novena asamblea del Consejo Mundial de Iglesias, en febrero de 2006, en Porto Alegre, Brasil, como portavoz de la primera iglesia puertorriqueña incorporada a esa la principal organización ecuménica mundial. También fui testigo de su activa y significativa participación en la pasada asamblea del Consejo Latinoamericano de Iglesias, efectuada en febrero de 2007, en Buenos Aires, Argentina.

Su concepción del ecumenismo la esboza en la homilía “Unidos, transformaremos el mundo”, incluida en el libro recién publicado, y que leyese el Obispo Vera el 24 de enero de 2007, en ocasión del anual octavario de oración por la unidad de los cristianos. Se trata, primero, de esforzarse por hacer visible en la historia la unidad espiritual de la iglesia como cuerpo simbólico de Cristo y, segundo, de que esos esfuerzos de unidad converjan en la solidaridad con los sufrimientos de los seres humanos más vulnerables. Unidad entre las iglesias y solidaridad con los humildes y oprimidos: es una dialéctica que sólo en su continua tensión resulta históricamente creadora.

Lo segundo que llama la atención de estos textos es su cualidad profética. Se detecta en los mensajes del Obispo Vera una honda convergencia entre su intensa fe religiosa y su tenaz búsqueda de la justicia social y la paz. La mayoría de los textos bíblicos que cita en estos mensajes el Obispo Vera pertenece a la tradición más profética y solidaria de las escrituras hebreas y cristianas.

En un discurso que pronunció el 15 de octubre de este año ante decenas de miles de manifestantes, para dar cierre al gran paro nacional, Vera recordó a los gobernantes de nuestra patria las palabras de aquel valeroso profeta bíblico, Jeremías, que a un monarca explotador le dijo en nombre del Dios todopoderoso: “Juzgar la causa del pobre y del indigente… 
¿No es eso conocerme? Pero tú no tienes ojos ni corazón más que para tus ganancias… para practicar la opresión y la violencia” (Jeremías 22: 16-17). Tampoco olvidó la denuncia airada de otro profeta, Isaías, que con vigor exclamó ante los dirigentes de su pueblo, “¡Ay de los que promulgan decretos inicuos y redactan prescripciones onerosas,
 para impedir que se haga justicia a los débiles 
y privar de su derecho a los pobres de mi pueblo… ¿Qué harán ustedes el día del castigo,
 cuando llegue de lejos la tormenta?
 ¿Hacia quién huirán en busca de auxilio 
y dónde depositarán sus riquezas?” (Isaías 10: 1-3). Uno de sus mensajes incluidos en este hermoso libro que hoy celebramos comienza con las famosas palabras de Jesús al iniciar,según el Evangelio de Lucas, su ministerio: “El Espíritu del Señor está sobre mí… para dar buenas nuevas a los pobres… sanar a los quebrantados de corazón,… pregonar libertad a los cautivos… poner en libertad a los oprimidos… (Lucas 4: 18, citado en p. 33).

De esa fuente profética emanan la defensa del derecho de los viequenses a liberarse de la Marina de guerra estadounidense, el apoyo a las luchas obreras, el acompañamiento a las mujeres violentadas, la defensa del bosque fluvial del Yunque, el repudio a la discriminación de quienes optan estilo alternos de vida y amor, la esperanza de un mundo en el que la paz y la justicia se hermanen. La preocupación por los menesterosos y marginados, la solidaridad con los oprimidos en sus esfuerzos de emancipación, la dedicación a forjar una cultura evangélica de paz son destellos que iluminan y caracterizan estos mensajes.

Lo peculiar de estos mensajes del Obispo Vera, como tan correctamente él lo indica en su introducción al libro, es que muchos de ellos se proclamaron “en la guardarraya… desde púlpitos no tradicionales, estrados que se levantaron en plazas y en las calles… a pleno sol candente”. Son, y cito nuevamente al autor, “palabras sazonadas con el sudor y la esperanza del pueblo… en el fragor de la lucha, acompañadas del grito y la consigna que reclaman aquellos que sueñan y luchan por un Puerto Rico mejor” (pp. xiii-xiv).

No se advierte en estos mensajes el tono represivo de tantos líderes evangélicos cuyas intervenciones en el ámbito público se opacan con excesiva frecuencia por su estilo ofensivo e inquisidor. Hay quienes parecen no tener problema alguno en convertir la Biblia en una antología de «textos del terror». Cuando mencionan a Sodoma, por ejemplo, se olvidan de Ezequiel 16: 49, donde el pecado de esta legendaria ciudad se formula de una manera distinta a la que acostumbramos oír – «este fue el crimen de tu hermana Sodoma: orgullo, voracidad, indolencia de la dulce vida… no socorrieron al pobre y al indigente».

¿Qué pretende el Obispo Vera con estos mensajes? Él lo afirma con mucha claridad en uno de ellos – incitar a “juntos comenzar a construir un nuevo Puerto Rico… donde se le haga justicia sobre todo a la gente humilde y pobre del pueblo puertorriqueño… Donde podamos construir el verdadero Reino de Dios, un reino de hermandad, justicia y libertad para todos los que habitamos en esta hermosa tierra que indudablemente está cerca del corazón mismo de Dios “ (p. 50).

Para el Obispo Vera, la palabra que la Iglesia dirige a la sociedad debe distinguirse por el vínculo, sugerido décadas atrás por el gran educador brasileño Paulo Freire, entre la denuncia de las injusticias y los pecados sociales y el anuncio del evangelio de liberación. Por algo estos mensajes se agrupan bajo el sugestivo el título de palabra con filo liberador. Y, sin embargo, hay mucha ternura en ellos, consecuencia natural de la personalidad tan amable y cordial de su autor.

Permítaseme sugerir y suplicar incluso al dilecto amigo que no sea ésta su última contribución a las letras evangélicas puertorriqueñas y latinoamericanas. Ya hay material valioso para su próxima palabra con filo liberador – el magnífico discurso con que clausuró el paro nacional del pasado 15 de octubre y su muy importante Carta Pastoral del 29 de octubre del presente año. En esta última, el Obispo Vera explica y defiende con mucho vigor y convicción sus actuaciones públicas en solidaridad con los trabajadores y los sectores sociales más vulnerables de nuestro país, especialmente en su papel como portavoz de la coalición Todo Puerto Rico por Puerto Rico.

En ese posible segundo volumen, libre ya de las ataduras que conlleva el cargo episcopal como representante de una colectividad eclesiástica con visiones e ideas diversas y a menudo divergentes y conflictivas, podría Juan Vera resolver la tensión interna de su presentación, el 2 de mayo de 2007, ante la comisión conjunta de la asamblea legislativa para la revisión y reforma del código civil de Puerto Rico. En esa ponencia, leída en nombre de la Iglesia Metodista de Puerto Rico, el Obispo Vera rehúsa unir su voz a la coral homofóbica de tantos líderes religiosos que pretendieron enmendar nuestra constitución para restringir los derechos civiles de la comunidad LGBTT, pero, al mismo tiempo, recalca, en más de una ocasión, que la “práctica de la homosexualidad” es, supuestamente, “incompatible con la enseñanza cristiana” (pp. 119-120 y p. 126) y, por consiguiente, la iglesia no la aprueba. Es difícil compaginar esa afirmación con la que a continuación insiste, en la misma ponencia y, de hecho, en el mismo párrafo, de que el estado debe garantizar los plenos “derechos humanos y civiles” a toda persona sin distinción alguna, entre otras cosas, de su “orientación sexual”. Esa tensión interna es fiel reflejo de las ambigüedades sobre este tema del Libro de Disciplina y el Libro de Resoluciones de la Iglesia Metodista Unida.

¿Significa esto, acaso, que el estado podría o incluso debería legalizar el matrimonio de parejas del mismo sexo, entendido como un contrato civil, lo cual garantizaría el respeto a los derechos civiles de toda persona sin distinción de su orientación sexual, al mismo tiempo que la iglesia, sin embargo, niega la bendición litúrgica a sus nupcias? ¿Son acaso las fronteras de la inclusividad jurídica del estado más amplias, tolerantes y benéficas que la inclusividad teológica y sacramental de la iglesia? Este es un desafío que le encomiendo al buen amigo, Juan Vera cuando se emancipe de las restricciones que implica la función episcopal.

No puedo dejar pasar en silencio el homenaje que mi buen amigo hace en su dedicatoria a su querida familia, padres, esposa e hijos. Permítaseme una breve nota de respeto y admiración a su compañera de vida, Iris Janet, quien por varias décadas ha compartido las alegrías y las tristezas, las esperanzas y las desilusiones de un pastor, obispo, luchador por la paz y la justicia. Como bien afirma Juan en su dedicatoria, “su tenacidad, valentía y fortaleza” le inspiran en todo momento a confrontar los muchos retos y desafíos que enfrenta en su vida. A ti, Iris Janet, nuestro más profundo agradecimiento por ser la mujer que eres, la esposa del “acompañamiento crítico y amoroso”. Gracias, sobre todo por la generosidad conque has tolerado las innumerables veces que te hemos robado a Juan Antonio para enfrentar y lidiar innumerables luchas a que le hemos incitado en nombre de su fe y su conciencia. Espero que nos perdones tus muchos momentos de separación, soledad y silencio.

Varias de las homilías y alocuciones de este libro finalizan con algún poema. Incluso hay uno de la autoría de Juan Antonio. Me parece apropiado, por consiguiente, concluir este breve homenaje a un amigo del alma y excelente Obispo, Juan Antonio Vera Méndez, y a su hermosa criatura literaria que hoy celebramos, con versos de un poema del escritor costarricense Jorge Debravo, que lleva el muy litúrgico título Credo

Creo en el corazón del hombre, creo

que es de pura caricia a pesar de las manos

que a veces asesinan…

y manejan fusiles sanguinarios.

Creo en la libertad a pesar de los cepos,

a pesar de los campos alambrados.

Creo en la paz, amada, a pesar de las bombas

y a pesar de los cascos.

Creo que los países serán un solo sitio

de amor para los hombres, a pesar de los pactos,

a pesar de los límites, los cónsules,

a pesar de los libres que se dan por esclavos

Y creo en el amor, en este amor de acero

que va fortaleciendo las piernas y los brazos,

que trabaja en secreto,

a escondidas del odio y del escarnio,

que debajo del traje se hace músculo,

órgano, experiencia, nervio, ganglio,

a pesar del rencor que nos inunda

el corazón de funerales pájaros.

 

15 de diciembre de 2009

Colegio de Abogados de Puerto Rico. San Juan, Puerto Rico.


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