Posted On 29/05/2013 By In Biblia With 820 Views

Una pregunta comprometida

¡Señor, dueño nuestro, qué ilustre es tu nombre en toda la tierra!

Quiero servir a tu majestad celeste con la boca de chiquillos y criaturas.

Has cimentado un baluarte frente a tus adversarios para reprimir al enemigo vengativo.

Cuando contemplo tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has dispuesto, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que te ocupes de él?

Lo has hecho poco menos que un dios, de gloria y honor lo has coronado, le has dado el mando sobre las obras de tus manos; todo lo has sometido bajo sus pies: ovejas y toros en masa, también las bestias salvajes, aves del aire, peces del mar que trazan sendas por los mares.

¡Señor, dueño nuestro, qué ilustre es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8).

(Traducción de Luís Alonso Schökel)

Cuando leemos este salmo, por regla general, nos quedamos únicamente con una visión del Dios creador que ha hecho de su creación un lugar magnífico. Incluso me atrevo a decir que caemos en un romanticismo bastante rancio y pasado de moda, al mismo tiempo que insensible, en lo que respecta a nuestra visión de la naturaleza.

Muchos de nosotros vivimos en la ciudad: ¿Cuánto hace que no miramos al cielo? ¿Cuándo es la última vez que hemos visto una estrella? ¿Acaso nos preocupamos de observar y disfrutar de las diferentes fases de la luna? ¿Somos conscientes de las sabias leyes que regulan el cosmos? Sin ninguna intención de ser petulante o prepotente, me atrevería a decir que nuestra comprensión del universo y, por tanto del Dios que lo originó, está bastante deteriorada. ¿Pruebas? Muchas más de las que podamos suponer: la escasez de alimentos para una buena parte de la población mundial; el deterioro medioambiental; los incendios forestales; la contaminación de mares y ríos; el calentamiento global; la contaminación galopante; la pobreza; la violencia; la discriminación; el expolio de los pueblos por parte de los políticos y los mercados financieros… a lo que podríamos añadir un largo etc.

Por eso, y si somos capaces de leer con una mínima atención este salmo, podremos darnos cuenta de que va mucho más allá del reconocimiento de un Dios creador y de lo maravilloso de su obra.

En el texto nos encontramos con tres personajes principales: Yahvé (el gran protagonista de todas las acciones y que empieza y acaba el salmo); los ángeles (Elohim, criaturas superiores sometidas a Yahvé); el hombre (referido a cualquier ser humano y que está más cerca de la deidad de lo que lo están el resto de los animales). También se especifican tres espacios o planos: cielo, tierra y mar. El hombre pertenece a la tierra y está sometido a sus leyes físicas, pero curiosamente se le ha dado la capacidad de mirar al cielo y trascender así su propia “terrenalidad” (su sí mismo y su pertenencia a lo terreno). Sólo él es capaz de reconocer el universo como creación de Dios, algo que no pueden hacer los animales.

Así que nos encontramos con un claro contraste entre la acción de Dios: todo es obra suya, y la acción del ser humano, el cual sirve con la boca, mira, contempla y alaba.

La acción del ser humano de servir con la boca, mirar, contemplar y alabar, le lleva a librarse de la arrogancia de pretender ocupar un lugar que no le pertenece: el de Dios. De este modo, aprende a conocerse a sí mismo y a reconocer su verdadera importancia, al mismo tiempo que ocupa un puesto privilegiado: “Lo has hecho poco menos que un dios, de gloria y honor lo has coronado, le has dado el mando sobre las obras de tus manos; todo lo has sometido bajo sus pies: ovejas y toros en masa, también las bestias salvajes, aves del aire, peces del mar que trazan sendas por los mares.

En el servicio, en la mirada, en la contemplación y en la alabanza se da un reconocimiento del propio límite y de la propia ignorancia. El ser humano, según reconoce el salmista, manda sin ser dueño; su gloria le ha sido otorgada y ocupa el puesto que le ha sido asignado. La contemplación de la acción de Dios le lleva a hacerse la gran pregunta: ¿Qué es el ser humano? ¿Cómo es posible que Dios haya puesto a un ser limitado e incluso ignorante al cuidado de toda su obra? Y, sin embargo, así es. Y el salmista, una vez ha confirmado esa gran acción de la gracia de Dios, acaba su canto con las mismas palabras que lo empezó: “¡Señor, dueño nuestro, qué ilustre es tu nombre en toda la tierra!

En mi opinión, este salmo más que apelar a la necesidad de alabar a Dios por la grandeza y la generosidad de sus acciones, es una llamada de atención a nuestras conciencias para cuidar con extremada responsabilidad lo que Él ha puesto en nuestras manos. La salud de la tierra y de todo lo que en ella habita, y la hace ser lo que es, depende de adquirir esa conciencia de ser “encargados” sin ser “jefes absolutos” y de cumplir con absoluta diligencia la tarea que nos ha sido asignada, a saber, la posibilidad de que nuestro mundo, nuestro universo, nuestro cosmos (en el cual se incluyen nuestras sociedades) pueda seguir siendo conocido y reconocido como la gran obra de Yahvé que invita a todas las personas a exclamar con el salmista: “¡Señor, dueño nuestro, qué ilustre es tu nombre en toda la tierra!

Génesis 1 empieza con una realidad de caos y de oscuridad. Cuando Yahvé habla y actúa, su sabiduría pone en marcha una realidad de orden y de luz. Este salmo nos advierte de que es responsabilidad nuestra, otorgada por el creador, cuidar de que el caos y la oscuridad no formen parte de nuestra existencia. Se trata, más bien, de que el orden y la luz presidan nuestra experiencia del mundo, de lo cual Él  nos ha hecho responsables.

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