Posted On 03/03/2020 By In Biblia, portada With 1592 Views

“Una sola carne” y el matrimonio igualitario | Renato Lings

Génesis 2,24

Se harán una sola carne.  

Según algunos creyentes, el concepto de matrimonio cristiano debe ajustarse a la llamada orden de la creación establecida por el Génesis. De esta manera, el término “matrimonio” sólo es aplicable a la unión formada por un hombre y una mujer. Por tanto, las relaciones que se componen de dos varones o dos mujeres no llenan los requisitos básicos para ser tenidas en cuenta. Sin embargo, si hemos de tomar realmente en serio este texto bíblico como norma para la vida cotidiana de las personas del siglo XXI, es ineludible considerar varios otros detalles de importancia. A continuación examinaremos detenidamente los factores textuales que nos pueden ayudar a reflexionar sobre la convivencia en la intimidad de dos personas, incluido el matrimonio igualitario.

Opciones en la vida

En Gn 1,29 el Creador explica qué alimentos sirven para el sustento humano. De modo explícito indica que el ser humano debe ser vegetariano por no decir vegano. No obstante, en el mundo de hoy no se sabe cuántas personas cristianas adoptan las dietas vegetariana o vegana motivadas por este texto del Génesis. En numerosos países es perfectamente posible practicar la opción vegetariana, pero solo una minoría la lleva a la práctica. Este ejemplo demuestra cómo los lectores de la Biblia en su mayoría tienden a ser selectivos a la hora de interpretar aquellos textos y pasajes que afectan a las opciones que rigen su vida.

Con relación al matrimonio, numerosos historiadores han documentado los múltiples cambios que han modificado su función y posición social desde la antigüedad hasta nuestros días (Thatcher 1999, 68-70). Geográfica y culturalmente, ha existido siempre una diversidad considerable entre diferentes países, regiones, pueblos, castas y tribus. En otros términos, la unión entre esposa y esposo se ha establecido a menudo bajo formas muy distintas de las que prevalecen en el mundo moderno. Por ejemplo, una serie de culturas del antiguo Oriente Próximo no atribuía significado religioso alguno a las bodas o ritos de casamiento. Es decir, la gente se casaba “por lo civil”. Concretamente el matrimonio se concebía como una alianza entre dos familias o clanes,[1] y durante las negociaciones preliminares se hablaba siempre de los aspectos económicos. Normalmente le incumbía a los padres de una persona joven buscarle la pareja adecuada.[2]

Históricamente hablando es relativamente reciente la idea de celebrar bodas en recintos sagrados (Stuart 1995, 113). Con motivo del Concilio de Trento, la Iglesia Católica Romana acordó en 1563 que sólo las bodas oficiadas por un sacerdote tendrían validez jurídica (Karras 2005, 157). En los países nórdicos las leyes que permitían celebrar casamientos en los edificios consagrados al culto se promulgaron durante el siglo XV, pero la ceremonia religiosa a la que muchos escandinavos hoy están acostumbrados no se puso en práctica sino a partir del año 1685.

Por otra parte, a lo largo de la Edad Media y hasta muy entrada la época moderna, la idea de casarse por amor era prácticamente inaudita.[3] Sólo a raíz del movimiento romántico surgido en el siglo XIX, los sentimientos amorosos y la atracción física y psicológica se han admitido en los países occidentales como bases válidas para contraer matrimonio.[4] En algunas otras partes del mundo, sin embargo, los intereses de la familia siguen teniendo prioridad por encima de las inclinaciones personales de las y los jóvenes casaderos.

A continuación analizamos tres temas: (a) lo que la Biblia dice sobre el amor en el contexto del matrimonio; (b) las expresiones y frases utilizadas por los escritores bíblicos para explicar el marco formal en que se producen y desenvuelven los matrimonios y (c) el  lazo marital interpretado a la luz del relato de la creación ubicado en el Génesis.

Amor y matrimonio

Es compleja la imagen del matrimonio que presentan los libros bíblicos. Lo cierto es que el aspecto amoroso se resalta pocas veces. El primer ejemplo aparece en la historia de Isaac, hijo de Abraham y de Sara, donde se nos informa que ama a su mujer Rebeca (Gn 24,67; 26,8). Algunos años después, su hijo Jacob se enamora de su prima Raquel. Sin embargo, su tío le obliga a esperar siete años para que se celebre la boda (Gn 29,18-20). A su vez, Elcanah, padre del profeta Samuel, ama claramente a su mujer Ana (hebr. Janna; 1 Sam 1,5-8). El amor que una mujer siente por el  hombre con quien se casa se comenta una sola vez en el Testamento Hebreo, específicamente donde Mijal, hija menor del rey Saúl, se ha enamorado de David (1 Sam 18,20.28).

En resumidas cuentas, los padres se encargan de buscarle pareja a sus hijos e hijas y, por regla general, la presencia de cariño o afecto no es requisito para que se establezca el matrimonio. Abraham da los pasos necesarios para organizar la unión entre su hijo Isaac y Rebeca (Gn 24,2-7); Labán da a dos hijas suyas a Jacob (29,15-30); de manera sorpresiva, Saúl da a su hija mayor Merab a un hombre llamado Adriel (1 Sam 18,19) y también es el rey quien otorga a Mijal, la menor, el permiso de casarse con David (18,27). Posteriormente, Saúl disuelve de manera autoritaria el matrimonio de Mijal para dar la mano de esta hija suya a otro hombre (25,44).

Monogamia y poligamia

En los dos testamentos bíblicos, el matrimonio reviste diferentes formas. Durante una época bastante prolongada, en el Testamento Hebreo se practica la poligamia. El término exacto, sin embargo, es poliginia, ya que se aplica a un hombre que se toma varias mujeres. El primer ejemplo de la poliginia lo da Gn 4,19 donde se cuenta de un hombre llamado Lémej que tiene dos esposas. Con relación a los hermanos gemelos Esaú y Jacob, el primero se casa al principio con dos mujeres y después con una tercera (Gn 26,34; 28,9; 36,3-4). Por su parte, Jacob sólo desea vivir con su prima Raquel pero, debido a circunstancias ajenas a su voluntad, se instalan en su casa y en pocas semanas tres esposas adicionales (Gn 29 – 30). A su vez Elcanah, padre de Samuel, tiene dos mujeres llamadas Penina y Ana. Su favorita es esta última, a pesar de su falta de hijos (1 Sam 1,5).

De algunos reyes del antiguo Israel se sabe que adquirieron un número considerable de mujeres, esposas y concubinas. Con el paso de los años, David monta todo un harén (2 Sam 3,2-5), pero el ejemplo más espectacular lo aporta su hijo Salomón. En 1 Reyes 11,3 se narra que este rey, en la cúspide de su poder, dispone de 700 esposas de extracción real o noble junto con 300 concubinas.

Para completar el panorama, conviene subrayar que la poliginia no excluye otras uniones. Con relativa frecuencia, aparecen matrimonios compuestos por una mujer y un hombre. Isaac se casa con Rebeca (Gn24,67); la mujer de José es una egipcia llamada Asnat, hija de un sacerdote importante (Gn 41,45), y la madre de Sansón es esposa única de un hombre llamado Manoa (Jc 13,2). El libro del Eclesiastés invita a sus lectores y oyentes varones a disfrutar los placeres de la vida acompañados por “la mujer que amas” (9,9).

Con el paso de los años, se impone la tendencia monógama. Alrededor del momento en que se redactan los escritos del Testamento Griego, la monogamia se erige en norma generalizada (1 Cor 7,2; 1 Tim 3,12). No obstante, en ningún momento se puede hablar de igualdad jurídica entre los esposos ya que el marido goza siempre de más derechos que su mujer. En el Testamento Hebreo ella figura indiscutiblemente como propiedad de su esposo (Ex 20,17; Dt 5,21 y 24,1-4). De forma análoga, los autores de varias cartas del Testamento Griego hacen constar sin lugar a dudas que las esposas deben vivir sujetas a la autoridad de sus maridos (Col 3,18; 1 Tim 2,11-15; 1 Pe 3,1).

Tomar una mujer

En torno a la institución matrimonial existe en tiempos bíblicos una terminología detallada. Incluye los esponsales (noviazgo), la dote, la boda y, finalmente, la consumación mediante el primer coito. Una serie de pasajes bíblicos hablan de hombres que toman una mujer en el sentido de convertirla en esposa suya. El libro del Génesis aporta numerosos ejemplos en este contexto del verbo hebreo lákaj, “tomar”. En Gn 11,29 un hombre llamado Abram se toma una mujer llamada Saray; en Gn 17, YHVH cambia sus nombres a Abraham y Sara. Fallecida Sara, Abraham se casa en segundas nupcias tomando una mujer llamada Ketura (25,1). Hacia el final de Gn 24, Isaac toma a su prima Rebeca convirtiéndola en esposa suya. En el relato de Sodoma, se cuenta que Lot tiene dos “yernos”, es decir, jóvenes a quienes les toca tomar a las hijas de Lot una vez alcanzada la edad adecuada (19,14). A su vez, David comete una vileza al maquinar la muerte del soldado Urías con el fin de poder tomar a la hermosa Betsabé, mujer de este último (2 Sam 11,27; 12,9-10).

En los libros bíblicos vemos, entonces, que un hombre puede tomar una mujer y que no sucede a la inversa. En determinadas circunstancias el padre o la madre puede buscar a una joven para su hijo. Tal es el caso de Agar que va a Egipto con la intención de traer de allí una esposa para Ismael, su único hijo (Gn 21,21), y Abraham envía al esclavo suyo de mayor confianza a la ciudad de Najor con el propósito de tomar de esa comunidad una mujer para su hijo Isaac (24,10). En Jc 14,1-3 Sansón pone nerviosos a sus padres rogándoles que tomen para él una mujer determinada que le agrada. Resulta que la situación es muy complicada ya que la mujer pertenece al pueblo filisteo, enemigo de los israelitas.

De la misma manera en que los padres, o el futuro marido, “toman” una mujer, al padre o a los hermanos de ella les toca “darla” al candidato convenido. Tal sucede en Gn 29,29 donde Labán da la mano de Raquel a Jacob, y en la tierra de Midián el sacerdote Yitró (Ragüel) da a su hija Tsipora como esposa a Moisés (Ex 2,21; 18,2).

El evangelio de Mateo, redactado en griego, contiene un ejemplo de cómo el antiguo sentido de “tomar” con relación al matrimonio sigue vivo alrededor del siglo I EC. En Mt 1,20 a José lo invita un ángel a “tomar” a María, ya embarazada, y da este significativo paso en 1,24. Tanto en este episodio como en todos los casos anteriormente enumerados, queda claro que las costumbres y tradiciones que prevalecen en la antigüedad difieren radicalmente de las normas sociales que predominan en nuestro tiempo.

Hoy por hoy, poquísimos cristianos están dispuestos a retornar a las normas bíblicas a la hora de establecer los vínculos matrimoniales. Por ejemplo, a muchas personas les parece anticuada la costumbre de tomar y dar a una mujer. En el siglo XXI, por lo menos en el mundo occidental, la vida en pareja, incluido el matrimonio, descansa sobre una base cuyo ingrediente principal es la igualdad social y jurídica. Por otra parte, una amplia mayoría prefiere elegir libremente su pareja, dando prioridad al amor, la atracción y la compatibilidad entre las dos personalidades.

Ambivalencia cristiana

Los evangelistas Mateo y Lucas describen las circunstancias en las que queda embarazada una joven soltera llamada María. Probablemente tenga aproximadamente trece o catorce años de edad. Hoy en día, como entonces, no se vería con buenos ojos una situación de esta naturaleza y en pleno siglo XXI a nadie se le ocurre imponerla como normativa.

En cuanto al divorcio, en Mt 5,32 Jesús afirma su inadmisibilidad y sus palabras al respecto se citan a menudo cuando se plantea el tema en ambientes cristianos. No obstante, muchos de los que intervienen en los debates actuales olvidan que la legislación vigente en la antigüedad tenía muy poco en común con las leyes que regulan el divorcio en nuestros días. Por su parte, Jesús se refiere a Dt 24,1-4, pasaje que explica los procedimientos establecidos según las antiguas tradiciones israelitas. El redactor del Deuteronomio presenta la situación exclusivamente desde el punto de vista del varón, o sea, del marido. Es evidente que esta costumbre sigue siendo practicada en la comunidad judía del siglo I (cf. Mt 19,3,-9; Mc 10,2-12).

Otras partes del Testamento Griego se dirigen a grupos cristianos ubicados en ciudades gobernadas por la ley romana. De ahí que el apóstol Pablo, escribiendo a los corintios sobre el tema del divorcio (1 Cor 7,10-15), justifique sus consejos basados en el código civil de Roma que otorga a la mujer ciertos derechos. Según estas normas, cualquiera de los esposos puede solicitar el divorcio.

Por otra parte, los cuatro evangelios dejan claro que para Jesús el matrimonio no es un estado más deseable que la vida soltera. En el caso particular del Maestro, no consta que se haya casado en algún momento. Por el contrario, la segunda mitad del evangelio de Juan alude en repetidas ocasiones a la presencia de un discípulo varón amado (Jn 11,3.5.36 ss.). Investigaciones recientes han documentado que varios apóstoles y discípulos de Jesús permanecieron solteros (Hanks 2000, 63-64, 105-06).

Una serie de pasajes del Testamento Griego arroja la impresión de que los autores mantienen una actitud de escepticismo frente a la institución matrimonial. Según los relatos evangélicos, Jesús afirma enfáticamente que todo creyente que desee seguir el camino de Cristo debe liberarse de cualquier vínculo humano que entorpezca su compromiso con el Maestro (Lc 14,20). Subraya ante sus oyentes que el matrimonio es cosa de “este mundo” y que perderá su relevancia en “el otro mundo” (Lc 20,35). De modo análogo, la familia biológica ya no tiene prioridad sino que el mayor compromiso de los creyentes debe ser con la comunidad de fe.[5]

Gracias a sus numerosas cartas conservadas, Pablo se estableció como el más influyente de los doce apóstoles de Jesús. En diferentes maneras, su pensamiento ha repercutido poderosamente en la evolución de la teología cristiana. Con relación al matrimonio, las inquietudes del apóstol discrepan de manera indiscutible de la inmensa mayoría de cristianos de nuestro tiempo: Pablo nunca se casó, se abstuvo de las relaciones sexuales y aconsejó a sus lectores a seguir su ejemplo: “quisiera que todos fuesen como yo” (1 Cor 7,7-8). Al mismo tiempo reconoce que a algunas personas les resulta difícil practicar el celibato. Tratando de ayudar a aquellos individuos cuyo impulso sexual supera su autodominio, ofrece un consejo: “Si no pueden contenerse, que se casen. Casarse es mejor que abrasarse (7,9)”.[6]

La primera carta a Timoteo se redactó alrededor del año 85 EC, es decir, algunos años después de la muerte de Pablo en el año 68. El autor de esta epístola declara que un marido debe ser monógamo. Al mismo tiempo, la carta resalta la autoridad que ejerce el varón sobre su mujer explicando que esta última debe ser discreta y sumisa (2,11-15). Además de los factores culturales que intervienen en esta situación, es posible que la desigualdad aquí reflejada responda a la considerable brecha en edad entre los esposos que se observa en muchas partes en el siglo I EC. Algunas fuentes romanas comentan ejemplos de jovencitas de doce años que son dadas en matrimonio a hombres que bien pueden ser entre diez y quince años mayores que ellas. Resulta que numerosos varones en esta época no se casan hasta acercarse a los treinta años de edad.[7]

Dado el patente desnivel entre la edad del marido y la de su mujer, en combinación con las estrictas jerarquías sociales que rigen la vida de los ciudadanos del mundo antiguo, es comprensible que se considere contrario a las buenas costumbres que las jóvenes esposas expresen sus puntos de vista en público, especialmente en los lugares donde están presentes sus esposos, bastante mayores que ellas (1 Cor 14,34-35). En gran medida, la brecha entre ambos grupos, uno joven y otro de edad madura, explica también otro fenómeno: los textos aluden con frecuencia a los problemas económicos que afectan a las viudas.[8] El impresionante número de estas mujeres sugiere que se han casado muy jóvenes con hombres cuya edad supera notablemente la suya.

En algunos sectores de la iglesia primitiva, el matrimonio queda relegado a un segundo plano durante décadas. Por un lado, las personas se imaginan que vivirán para ver a Jesús volviendo a la tierra y, por otro, numerosos cristianos están convencidos de que el celibato agrada a Dios y es, por esta razón, el estilo de vida que más favorece la vida espiritual de los creyentes.[9] Esta última corriente mantiene su prominencia a lo largo de la Edad Media hasta la reforma protestante. Incluso después de esta gran bifurcación del camino cristiano, varios reformadores defienden las virtudes inherentes al celibato (Carr 2003, 7).

Por su parte, el teólogo Tertuliano (ca. 155 – 245 EC) escribió palabras de instrucción espiritual dirigidas a los viudos. En un pasaje determinado, lanza una advertencia a aquellos que desean casarse en segundas nupcias. Según Tertuliano, los que se proponen establecer un nuevo lazo matrimonial son comparables a la mujer de Lot que miró hacia atrás para ver la destrucción de Sodoma y Gomorra, convirtiéndose en una estatua de sal (Tertullian 1951, 106).

El matrimonio en la creación

El relato de la creación merece especial atención dada la posición de prominencia que ocupa en la Biblia y en el ideario del cristianismo. A lo largo de los siglos, los teólogos han convertido esta narración del Génesis en un texto indispensable a la hora de establecer el lugar que le corresponde al matrimonio en la vida de la comunidad creyente (Gagnon 2001, 61). Algunos se inclinan a pensar que la atracción erótica entre el hombre y la mujer surge tan pronto como se hacen seres independientes en Gn 2,22.[10] Sin embargo, tal interpretación romántica de la vida en el Edén no se fundamenta en la prosa original. Ningún detalle lingüístico o literario de Gn 2 y 3 expresa sensualidad o actividad sexual. A estas alturas, ambos protagonistas se comportan como niños desnudos e inocentes (2,25). Lo que sí anuncia el narrador en 2,24 es que alguna forma de matrimonio se concretará más adelante.[11]

Sin duda, Gn 2,24 proporciona datos muy significativos. La advertencia de “un hombre abandonará a su padre y madre” se hace realidad el día de su boda. Por tanto, conviene en este contexto preguntarnos a qué edad acostumbran las familias de la antigüedad a pensar que los jóvenes deben casarse. Los muchachos israelitas que figuran en los libros bíblicos suelen contraer matrimonio a la edad de catorce o quince años aproximadamente mientras que a las muchachas les toca desposarse uno o dos años antes (Karras 2005, 113). Al teólogo y jurista Tertuliano le parece ideal un sistema de estas características (Thatcher 2002, 148). A la luz de estos hechos, es lógica la explicación que ofrece el narrador de Gn 2,24 en el sentido de que un hombre vivirá con sus padres hasta el día en que se independiza tomando para sí una mujer (4,1).

Teniendo en cuenta la importancia que se suele atribuir al versículo 2,24 del Génesis en las bodas celebradas en ambientes cristianos, su traducción al español es de suma importancia. Lo lógico es interpretar el nombre hebreo īsh como “hombre”. De modo análogo, una joven se convierte en mujer en el día de su boda, por lo que “mujer” es la traducción que responde a ishshah. Una vez casados, estas palabras cambian de sentido ya que el hombre se hace “esposo” o “marido” (īsh) y la mujer pasa a ser “esposa” (ishshah).[12]

En determinados ambientes cristianos, nos topamos con cierta frecuencia con el argumento de que lo ideal es poner en práctica la imagen del matrimonio que nos proyecta la Biblia. Ahora bien, si deseamos de verdad seguir las indicaciones del Génesis, debemos casarnos apenas salidos de la pubertad. Debido a los múltiples problemas que suscitaría la implantación de un sistema tan radical, nadie en el mundo occidental hace hoy por hoy campañas para restablecer el matrimonio entre adolescentes. Una costumbre que se ha respetado y practicado en el pasado, ya que se conformaba con las estructuras sociales de la época, chocaría hoy frontalmente contra la legislación vigente en numerosos países. Sobre esta base, parece mucho más pertinente entender Gn 2,24 como una pieza de información cultural sobre la realidad matrimonial para la inmensa mayoría en el momento en que se redactan los escritos conocidos como los cinco libros de Moisés o el Pentateuco.

Una sola carne 

El versículo de Gn 2,24 termina diciendo que los dos “serán una sola carne”. Tradicionalmente los teólogos han pensado que la frase ordena el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer y, además, se prevé que tendrán hijos (Gagnon 2001, 62). Sin embargo, una lectura atenta del texto hebro arroja un resultado muy distinto. En primer lugar, el relato narrado en Gn 2 nunca se concibió como un manual práctico destinado a regir las formalidades del matrimonio humano. En segundo lugar, el supuesto aspecto sexual debe examinarse a la luz de otras partes del Testamento Hebreo. Hoy por hoy, muchas personas asocian casi por vía automática la frase “serán una sola carne” con la secuencia de coito, embarazo y parto. Esto se debe a la influencia de la versión griega del Génesis aportada por la Septuaginta, donde la palabra sarx, “carne”, a menudo trae connotaciones sexuales (Loader 2004, 81-82). Reaparece en varios momentos en el Testamento Griego con el mismo significado; cf. Rm 13,14 y 2 Pe 2,10.[13]

En el Testamento Hebreo es importante darse cuenta de que el nombre basar, “carne”, carece de connotaciones sexuales. Se hace presente en tres contextos específicos con referencia a: (a) la carne del cuerpo humano y, por extensión, el mismo cuerpo (Gn 2,21; Ez 11,19; Mt 26,41); (b) la carne animal que sirve como alimento (Nm 11,4; Dt 12,15) y (c) el parentesco. En este último sentido, dos o más personas se consideran ser de “la misma carne” cuando existe una relación de sangre. En el capítulo 18 del Levítico, el legislador prohíbe el incesto diciendo que “ninguno de vosotros se acercará a carne suya para descubrir su desnudez” (18,6), en cuyo contexto “carne” significa “familiar” o “pariente cercano”. Viendo por primera vez a la mujer que acaba de presentarse ante él, el hombre recién creado exclama en Gn 2,24 que ella es “hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Asimismo, en el instante en que Labán ve aparecer a su sobrino Jacob en Gn 29,14 le da la bienvenida diciendo: “tú eres hueso mío y carne mía”. Y en 2 Sam 5,1, donde las doce tribus de Israel eligen rey a David, la asamblea de representantes del pueblo piden al nuevo monarca recordar que “somos hueso tuyo y carne tuya”.

Los múltiples ejemplos donde basar equivale a parentesco nos permiten concluir que Gn 2,24 anuncia una situación futura. Dos individuos se convertirán en una sola carne cuando un hombre abandone la casa de sus padres con el fin de unirse a su mujer para que ambos formen juntos un nuevo núcleo familiar (Loader 2004, 41). En esta parte inicial del Génesis, la nueva relación se concreta cuando la primera pareja humana sale para siempre del jardín del Edén, el hogar de su infancia. Con un término lingüístico especial, el narrador señala la importancia de este momento explicando en 4,1 que Adán “conoce” formal y jurídicamente a Eva, reconociéndola como esposa suya.

Acompañamiento

En el relato de la creación, pocos datos parecen apoyar el matrimonio igualitario. Sin embargo, en Gn 2 figura una serie de detalles evocadores. Especialmente, el narrador deja claro que la soledad “no es buena” para el ser humano (2,18), dando a entender que esta enseñanza bíblica resalta la importancia de la vida en pareja. No obstante, ciertos ambientes cristianos quieren obligar a las mujeres lesbianas y a los hombres gay a ser célibes, o sea, a vivir en soledad, haciendo caso omiso del Génesis.

Todo ser humano necesita sentirse acompañado. Según progresa el relato, se hace evidente que un animal es insuficiente para llenar el vacío existencial. Al terrícola (adam) se le permite conocer toda especie animal para que le dé nombre a cada una. Sin embargo, no escoge ninguno en particular porque se da cuenta que no le sirven para darle compañía en todos los ámbitos de la vida.

A raíz de la intervención quirúrgica en 2,21-22 surge una situación nueva donde dos seres humanos de igual valor aceptan libremente el uno al otro y se deleitan en la vida compartida. Ningún elemento del texto insinúa un encuentro de carácter erótico o sexual. Las dos nuevas criaturas son niños inocentes que aún no han llegado a experimentar los problemas que conlleva la desobediencia. Bíblicamente hablando, no saben distinguir entre el bien y el mal (2,17; 3,5-7.22). A estas alturas de su desarrollo fisiológico y psicológico, lo que les importa es el gozo del compañerismo que resuelve el problema de la soledad (Brownson 2013, 29). Sobre esta base, el narrador sugiere que a toda persona le conviene tener pareja para sentirse a gusto con la vida y, además, que la pareja la debe escoger uno mismo. No se excluye en este panorama la idea de tener un compañero del mismo sexo. Las personas somos diferentes y tenemos necesidades diferentes.[14]

Al igual que el terrícola en 2,19-20, muchas personas necesitamos ir a tientas, tal vez equivocarnos algunas veces, hasta conocer a la persona que nos conecta con nuestros anhelos, deseos y sueños. Los que vivimos en el siglo XXI podemos sacar importantes lecciones de Gn 2 en el sentido de que a todo ser humano le corresponde seguir su propio camino a la hora de escoger un compañero, o una compañera, para toda la vida. Debe evitarse basar una decisión de tal envergadura en lo que piensa el entorno o en lo que se espera de nosotros. En el fondo, de lo que se trata es encontrar a la persona en cuya compañía nos sintamos cómodos y enriquecidos (Moore 2003, 142-44). Al mismo tiempo, el relato nos comunica que el Creador es generoso y quiere proveernos con la mejor solución posible.

Un amor diferente

Además de varios ejemplos de amor entre esposos, la Biblia aporta imágenes de relaciones cálidas e íntimas entre dos personas amigas que no están necesariamente comprometidas por lazos de parentesco.[15] Vistas a través del prisma de la cultura occidental de hoy, las situaciones descritas en tales relatos – reconociendo algunas limitaciones – ofrecen a las personas LGTB de hoy la posibilidad de ver reflejados en textos bíblicos sus sentimientos amorosos. Dicho esto, recordemos una vez más que en nuestro tiempo prevalece la igualdad jurídica entre las dos partes que conforman una pareja, mientras que los matrimonios y las relaciones amorosas se desarrollaban antiguamente en el marco de rígidas jerarquías sociales.

El Cantar de los Cantares, obra intensamente poética, se gestó en el seno de la tradición literaria del hebreo clásico. Con el paso de los siglos, la teología cristiana lo ha interpretado como una declaración de amor entre dos esposos “espirituales”, a saber, Cristo y su iglesia. Como es lógico y natural, tal lectura carece de adeptos en ambientes judíos. Si nos fijamos atentamente en los detalles del texto, emerge literalmente un apasionado homenaje a los sentimientos de atracción erótica que brotan entre dos jóvenes personas solteras. En ningún momento el Cantar se refiere al tema de la procreación sino que celebra con entusiasmo la intensidad del vínculo sensual y afectivo (Browning 2013, 116).

Dado el contexto bíblico, donde los protagonistas suelen ser varones, es notable poder observar a la Sulamita, figura agente principal del Cantar de los Cantares. Su valentía le permite actuar de manera independiente (7,1); no siente inferioridad alguna a causa de su piel morena (1,5); desobedece las órdenes de sus familiares varones (1,6) y se arriesga a ser castigada por las autoridades locales (5,7). A la Sulamita le importa el amor. Interpretado desde esta perspectiva, el Cantar se nos presenta como una composición moderna con la que se pueden identificar las personas que promueven con pasión la igualdad entre los géneros y entre las parejas. En muchos lugares del mundo entero, hay grupos LGTB que enfrentan obstáculos y se ven obligados a tomar riesgos, al igual que la Sulamita, yendo en pos de una vida donde se den la mano el amor y la justicia.

A manera de conclusión

El matrimonio bíblico tiene su propio lenguaje que responde a las instituciones y costumbres de la antigüedad. Según los planteamientos aportados por el Génesis, la finalidad de la unión conyugal no es necesariamente la procreación sino que el aspecto más importante es el acompañamiento. Todo ser humano es libre para escoger la pareja más adecuada para verse apoyado y enriquecido. En cuanto a la frase basar ejad, “una sola carne”, es justo aplicarla también a las relaciones homoafectivas de carácter permanente como, por ejemplo, en la forma del matrimonio igualitario.

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[1] Terrien 1985, 166; Loader 2013, 40.

[2] Ejemplos en el libro del Génesis: 19,14; 24,4; 28,1-2; 29,18-19; 38,6.

[3] Por ejemplo, hasta finales del siglo XIX, el código civil de Dinamarca no menciona la palabra kærlighed, “amor”.

[4] http://videnskab.dk/kultur-samfund/kaerligheden-er-blevet-romantisk

[5] Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21.

[6] Carr (2003, 54) observa que los puntos de vista sobre la sexualidad humana expresados por Pablo divergen radicalmente del Testamento Hebreo y de las actitudes que prevalecen en nuestro tiempo.

[7] Lund 2006, 28-29, 75, 118, 211; Loader 2013, 33.

[8] Mt 23,14; Mc 12,42; Lc 7,12; Hch 6,1; 1 Tim 5,3-16.

[9] Es irónico comprobar que las tradicionales doctrinas cristianas sobre el matrimonio y su significado las formularon varones célibes; cf. Karras 2005, 59.

[10] Terrien 1985, 16; Værge 2014, 136.

[11] El momento para ello se presenta en 4,1 habiendo Adán y Eva alcanzado la mayoría de edad.

[12] Algo parecido sucede en algunos idiomas modernos, como en alemán donde Mann significa tanto “hombre” como “marido” y Frau se traduce, según el contexto, como “mujer” o “esposa”.

 

[13] En algunos pasajes de las cartas de Pablo, incluidas Rm 8,1-13 y Ga 5,13.24, sarx se traduce mejor como “ego” o “vida egocéntrica”; cf. Cotterell & Turner 1989,169-70.

[14] Terrien 1985, 16; Carr 2003, 32-33.

[15] Cf. las historias de Rut y Noemí, David y Jonatán, el centurión romano y el discípulo amado.

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