Hoy día existe una masa creciente dentro del Cristianismo que se empeña en hacernos creer que “dudar” es pecado, o que es incoherente, o ambas cosas. En más de una ocasión he escuchado a cristianos afirmar que dudar es lo contrario de creer, y que como creer es lo que nos hace cristianos pues no es posible ser cristiano y dudar. Con la consecuencia “lógica” de que quien dice que tiene dudas con respecto a algunos temas de fe está cometiendo el tremendo pecado de no poner su fe plena (algunos dirían ciega) en Dios, quien ofrece todas las respuestas a nuestras preguntas, sean cuales sean.
Hay dos pilares sobre los que se apoya esta forma de pensar. Uno procede de las Escrituras, específicamente del libro de Apocalipsis, y afirma que es peor ser tibio que ser frío o caliente, que es peor ser gris que ser blanco o negro. Esta es una afirmación a menudo escuchada en los púlpitos de las iglesias con la intención de provocar que el oyente actúe de una manera determinada, en consonancia con la interpretación que el predicador quiere dar al texto. Pero cuando se mira con un poco de cuidado es evidente que lo único que tenemos ante nosotros es un truco retórico, sin sentido fuera del contexto que el que lo usa le quiere dar. ¿De verdad es mejor ser tibio que ser frío o caliente?, ¿es mejor que alguien crea/no crea en Dios, o que no esté seguro? Si el destino del no creyente es la condenación eterna (como algunos dicen), ¿en qué sentido es mejor eso que no estar seguro?, ¿es mejor estar seguro de tu posición que no estarlo?, ¿es esto siempre cierto en la vida cotidiana? Si vamos al hospital para que el cirujano de turno nos opere, ¿es mejor que actúe con total certeza sea que esté acertado o equivocado, o es mejor que si no hay certeza haya duda?
El otro pilar sobre el que se apoya esta defensa férrea de la certeza sobre la duda es uno que dice provenir del mundo de la lógica. Se dice que solamente hay dos opciones lógicas: o crees en Dios o no crees en él. Por tanto, dice el susodicho argumento, si no afirmas creer en Dios pero tampoco afirmas no hacerlo entras en contradicción lógica, ya que todos los seres humanos están en uno u otro campo. Cualquiera que siga este razonamiento es capaz de entender el problema: no hay solamente dos opciones, afirmar que Dios no existe o que sí existe. Esas son la únicas opciones cuando vamos a afirmar algo, pero siempre existe la opción de no afirmar nada, o de hacerlo con ciertos matices. Por ejemplo, una alternativa a esas dos opciones sería no estar seguro de ninguna de ellas, o estar casi seguro de una en contra de la otra, pero no seguro al 100%. Hay ejemplos de sobra de cristianos que han proclamado a viva voz su falta de certeza absoluta sobre ciertos temas y ello no les ha metido en un error lógico.
Me da la impresión de que tanto en la vida cotidiana como en la vida espiritual hay lugar para la duda. Duda todo aquel que no está seguro, y como seres humanos falibles que somos es razonable aceptar la posibilidad de que no estemos en lo cierto en todas y cada una de las cosas que pensemos, y por tanto es razonable aceptar la posibilidad de que estemos equivocados en algunas de ellas. Es cierto que a veces la fe se define como precisamente eso, el antídoto en contra de la duda, el estado mental en el que algunos creyentes han de poder entrar para auto-convencerse de que todo lo que creen es cierto y de que no existe la posibilidad de que no sea así. Pero esta definición no es bíblica: fe en la Biblia es una forma de definir una relación entre seres, una palabra que simboliza confianza, que apunta a un caminar de crecimiento, conocimiento y aprendizaje constante. Y como todo el que ha aprendido algo en su vida sabe, cuando hay certeza plena no hay nada que aprender; no hay aprendizaje sin preguntas, sin duda.