Es muy sencillo percibir hoy un legalismo desmedido en muchos cristianos cuando hablamos de la salvación. La Biblia comunica un mensaje claro y sencillo: si ponemos nuestra confianza en el sacrificio que Dios acepta, tenemos vida. Este mensaje aparece repetido tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento y siempre ha sido el mensaje predicado por los cristianos. Por ejemplo, en Gálatas 2:16 dice el apóstol Pablo:

“sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado”

Este es el mensaje que encontramos en las Escrituras desde los mismos comienzos. Desde el principio Dios toma la iniciativa para salvar a su pueblo y, al aceptar a éste como su único Dios, el pueblo entra en una relación con él, una relación irrompible. Capítulo tras capítulo de la Biblia comprobamos que las imperfecciones del pueblo de Dios no son usadas por Dios como excusas para romper esta relación, sino que se utilizan más bien para fortalecerla a través de un conocimiento mutuo renovado. Si hay un mensaje que se repite una y otra vez en la Biblia es que el amor de Dios no se esquiva fácilmente sino que permanece con su pueblo, aún cuando éste se comporta de forma equivocada. En este mensaje se basan las famosas cuatro leyes espirituales, al igual que en él se basan también las campañas evangelísticas organizadas por las iglesias. Y si eso fuese todo lo que en ellas se dijera, si ese fuese el único mensaje que se predicara, no tendría nada que decir en contra.

Pero me consta que esto no es así. Me consta que algunos cristianos no confían suficientemente en este mensaje y que necesitan rodearlo de varias “obras extra de la ley”. Me consta que algunos cristianos han generado toda una “teología de la salvación” en la que rodean este sencillo mensaje y que imponen, a modo de carga, sobre los hombros de las personas a las que predican. Ya no es suficiente con poner nuestra confianza en el sacrificio aceptado por Dios, ya no es suficiente con poner nuestra fe en Jesucristo; ahora también tenemos que aceptar unas cuantas doctrinas extra que definen si realmente hicimos bien la oración, que determinan con certeza si nada falló durante nuestro “nuevo nacimiento”. Quizá (parecen pensar estas personas) nuestro nacimiento fue imperfecto; quizá tenemos el cordón umbilical rodeando nuestro cuello y estamos a punto de morir asfixiados. Y la única forma de saber esto con certeza, ya que la fe no es suficiente, es hacer el “test del nuevo nacimiento”: ¿qué opinas sobre la evolución?, ¿es la Biblia un libro inspirado, inerrante e infalible (aunque no sepamos muy bien lo que estas palabras significan)?, ¿qué opinas de los homosexuales?, etcétera… Una vez respondidas estas preguntas los “maestros del nuevo nacimiento” deciden si tu salvación se ha cumplido, si estás inscrito en el libro de la vida, si hiciste bien la oración y el poder de Dios te ha alcanzado o si se quedó a medio camino.

Lo irónico de este asunto es que, aunque estos “maestros del nuevo nacimiento” abundan en nuestras iglesias, cada uno tiene un test de preguntas distinto. Para unos lo más importante es leer la Biblia literalmente; para otros es ser creacionista; para otros es la orientación sexual de las personas; para otros es hablar en lenguas; para otros es someterse a la autoridad del pastor en todo lo que diga, sea lo que sea; y aún otros consideran que lo más importante es seguir todos y cada uno de los apartados anteriores, y alguno más que se nos ocurra por el camino. Cada uno tiene sus preguntas preferidas, y cada uno las lanza a diestro y siniestro para poder alcanzar la certeza que necesita para saber que la persona con la que está hablando es cristiana “como Dios manda”.

Es triste comprobar la facilidad con la que algunos cristianos desplazan a Dios de su trono para subirse ellos. Es triste comprobar la facilidad con la que sustituyen el mensaje de salvación con tests inventados por ellos mismos. Es triste comprobar la facilidad con la que abren el libro de la vida y borran y escriben nombres de acuerdo a sus intereses, políticas y agendas privadas. Es triste ver que las iglesias tienen más facilidad para aceptar a las personas cuyos tests coinciden con el del pastor, que para aceptar a aquellos que no tienen ningún test en absoluto sino que simplemente confían en el mensaje ofrecido por Dios. Es triste… pero es lo que hay…