En 1 Tesalonicenses 4:15 leemos lo siguiente:

“Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron”

En este texto Pablo está hablando de la venida del Señor y, como podemos leer con toda claridad, se considera a sí mismo como uno de los que estarán vivos cuando esto ocurra, es decir, uno de los que presenciarán la segunda venida de Cristo. Es por ello que leemos el contraste entre los que “durmieron” (tercera persona) y los que “habremos quedado” (primera persona). Esto mismo podemos leer en 1 Corintios 15:51-52:

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”

De nuevo Pablo se mete en el grupo de los que no dormirán pero aún así serán transformados cuando llegue la segunda venida.

Sin embargo, cuando leemos las cartas posteriores de Pablo podemos detectar un cambio de tono con respecto a su muerte. Lo que en un principio parecía que no iba a ocurrir, en las cartas posteriores comienza a adquirir una probabilidad mucho mayor. Conforme avanza su ministerio, el apóstol parece percibir cada vez con mayor fuerza la posibilidad de que su muerte ocurra antes que la segunda venida. En 2 Corintios, por ejemplo, podemos detectar ya este cambio de tono:

“sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros” (4:14)

Como vemos, aquí el apóstol se mete en el grupo de los que serán resucitados, cosa que no hizo en el texto de 1 Corintios. En cierto modo es normal que el tono al escribir esta carta haya cambiado: si leemos la carta completa (o más bien el conjunto de cartas que encontramos agrupadas en 2 Corintios) podemos ver que Pablo no se encuentra en el mejor momento de su ministerio y que los ataques de sus “enemigos” le están afectando. Esto se nota bastante en uno de los versículos anteriores al citado, donde Pablo habla de cómo “la muerte actúa en nosotros” (4:12). Y este cambio de tono se nota aún más si leemos cartas en las que la situación de Pablo ha empeorado sustancialmente. Por ejemplo, en Filipenses 1:21-24 leemos:

“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros”

En esta sección Pablo no parece mostrar su convicción de antaño de que estaría aún vivo cuando el Señor regresara. El tono ha cambiado y se parece ahora mucho más al de una persona un tanto cansada y que empieza a considerar la posibilidad de la muerte como más cercana que cuando empezó a predicar a los gentiles.

No pretendo criticar a Pablo en este mensaje por haber cambiado de idea. Es normal que lo hiciera; es normal que con los años de ministerio lo que parecía en un principio posible se fuera haciendo cada vez más difícil; es normal que las energías que en un principio aguantaban todos los ataques poco a poco fuesen desgastándose; es normal que Pablo, como cualquier ser humano, se diera cuenta de que las ideas que tenía al principio (y que curiosamente forman parte del canon bíblico) necesitaban ser modificadas para ajustarse a la realidad que estaba percibiendo en su carne.

Sin embargo, me interesa en este punto que nos fijemos en el impacto que el Pablo humano ha podido tener en los textos bíblicos. A menudo se nos dice que todo lo que leemos en la Biblia es universal y eterno de modo que, sea lo que sea que leamos, podemos tomarlo literalmente y aplicarlo a nuestras vidas de forma directa sin pensar en el contexto en el que fue escrito. A menudo se nos dice que todos los textos que Pablo escribió son aplicables hoy, sin excepciones, y que nada de lo que escribió fue únicamente para la audiencia de aquel momento. A menudo se nos hace creer que cuando Pablo escribió los textos que hoy tenemos en la Biblia Dios ejerció un poder especial sobre él de modo que lo que en esos momentos escribió escapó a su condición humana, a sus ideas, a sus prejuicios y a su contexto cultural e histórico. Pero, ¿se sustentan estas ideas cuando nos damos cuenta de que quien escribió estas cartas fue un ser humano como cualquier otro, un ser humano que cambió de idea con respecto a algunos asuntos y cuyos cambios han quedado registrados en la Biblia?, ¿es posible seguir leyendo honestamente estos textos y no percibir la falibilidad de quien escribe (así como la falibilidad de lo que escribe)?

No me cabe duda de que esto es precisamente lo que algunos nos piden que hagamos al leer la Biblia, que leamos, cerremos nuestra mente, no apliquemos nuestro raciocinio, y obedezcamos (eso sí: ¡que obedezcamos la interpretación que ellos consideran correcta!). Pero si eso es precisamente lo que tenemos que hacer (cerrar la mente, leer y obedecer sin pensar) ¿qué ideas hemos de tomar como válidas, infalibles, inerrantes, universales y eternas: las del Pablo inicial o las del Pablo posterior?, ¿hemos de hacer caso a los consejos que dio Pablo cuando creía que el final del mundo era inminente, o los consejos de los escritores bíblicos que eran conscientes de que quizá faltaba un poco de tiempo aún para el final? O vayamos un poco más lejos: ¿hemos de aceptar todos los consejos que nos dé la Biblia sin mirar al contexto como si fuesen una orden directa de Dios?, ¿hemos de abrir la Biblia aleatoriamente y poner el dedo en un texto con la fe de que lo que diga ha de ser seguido sin protestar?, ¿hemos de leer, por ejemplo, toda la carta de 1 Timoteo y ordenar a las mujeres que no enseñen en las iglesias?, ¿son todos los consejos igual de válidos, o tenemos acaso libertad para estudiar los textos, interpretarlos y sacar nuestras propias conclusiones?

En mi opinión el literalismo ciego que algunos proponen no es la forma adecuada de leer la Biblia. Los escritores bíblicos eran seres humanos como nosotros, con sus problemas, ideologías, contextos y prejuicios. Y lo que escribieron, aunque en ocasiones nos acerca a la Palabra de Dios (Jesucristo) en otros momentos tiene el efecto contrario y en lugar de ofrecer el pan de vida nos ofrece la piedra de muerte. Todo depende del contexto, tanto el de entonces como el de ahora. Es por eso que las tareas exegética y hermenéutica son fundamentales para nuestra fe: es por medio de un estudio cuidadoso de los textos, con todo lo que ello conlleva, que nuestra fe crece y se acerca más a Dios. E igualmente es por esto que la lectura literal y ciega de los textos bíblicos que algunos proponen, una lectura sin tener en cuenta el contexto, se aleja de la realidad de los textos bíblicos que nos han llegado.