Uno de los trucos más utilizados por los defensores tanto del Creacionismo como del Diseño Inteligente (DI) para difuminar sus ideas es la afirmación de que cualquier centro de enseñanza que se precie tiene que ser suficientemente abierto de mente como para enseñar todas las ideas existentes relacionadas con un tema determinado. Tomando como ejemplo la teoría de la evolución de Darwin, este truco implica que toda universidad que enseñe la teoría de la evolución como parte de su clase de biología ha de dedicar el mismo tiempo a enseñar todas las versiones alternativas y enfrentadas a ella; de lo contrario la enseñanza en dichos centros debería ser considerada como polarizada en favor de algunas teorías y en contra de otras. 

Ni que decir tiene que este intento de disfrazar la enseñanza de todo tipo de ideas en las universidades y centros de enseñanza por medio del uso de etiquetas muy de moda hoy día, etiquetas como tolerancia, justicia, libertad y objetividad, no tiene ni pies ni cabeza. No es difícil darnos cuenta de los problemas con esta forma de argumentar. Imaginemos, por ejemplo, que un cristiano literalista considerara que, basándose en su lectura del Nuevo Testamento, la posesión demoníaca debería ser considerada como una forma de contaminación que el ser humano puede sufrir, distinta en el fondo del resto de enfermedades que sufre el cuerpo humano, pero parecida en las formas externas. Al ser un tipo de contaminación distinta de las estudiadas en las escuelas de medicina pero poseer algunas características externas que se asemejan mucho, esta persona llegaría a la conclusión de que dicho tipo de contaminación debería ser enseñado en las universidades y escuelas donde se enseña medicina, a la par con el resto de biología. Por tanto, los futuros doctores tendrían, no sólo que aprender a entender la biología del cuerpo humano adecuadamente, sino que tendrían igualmente que dedicar tiempo a aprender la teoría de posesión demoníaca expresada en ciertos libros sagrados como la Biblia.

¿Pero por qué quedarnos ahí? Ya puestos, y dado que en el mundo existen cientos de miles de creencias religiosas, sería adecuado también hacer una recopilación de todas las ideas relacionadas con el tema de la contaminación corporal, sobre todo aquellas que presenten efectos externos que sean muy parecidos a las enfermedades comunes que conocemos hoy, y enseñar todas ellas en las universidades. Tendríamos que enseñar, por ejemplo, la manera de contaminación espiritual que se presencia en algunas tribus, o la forma de sanidad que se puede alcanzar por medio del budú. Tendríamos que enseñar diversas técnicas de magia negra y blanca que ayuden al doctor cuando éste se enfrente con diversos tipos de contaminación espiritual. Y todo ello porque, como parece que algunos piensan, todo centro de enseñanza que se precie ha de optar por enseñar todas las ideas relacionadas con un tema determinado, no vaya a ser que pueda ser tachado de estar dando prioridad a unas ideas por encima otras. 

Y ya puestos, ¿por qué quedarnos en la medicina solamente? Podemos aplicar este mismo ejemplo a todas las ramas de la ciencia con similares consecuencias. Después de todo hoy día existen creencias religiosas acerca de prácticamente cualquier cosa, con la implicación necesaria de que miremos donde miremos, todo campo científico deberá ser agrandado para acoger todo tipo de ideas y ponerlas a la misma altura de las demás, por muy ridículas que puedan parecer.

Lo cierto, sin embargo, es que esta forma de argumentar no ha tenido éxito en las universidades, gracias a Dios. Las clases de biología, por ejemplo, continúan dando prioridad a la teoría de la evolución de Darwin sobre las demás alternativas porque, al fin y al cabo, es la mejor teoría de que disponemos para explicar la diversidad de la vida que nos rodea. Nadie dice que no haya retos constantes desde dentro del campo científico a algunas de sus ideas. De hecho, recientemente The Royal Society ha publicado un estudio realizado por William Amos, de la Universidad de Cambridge, que presenta un modelo hipotético según el cual las mutaciones que ocurren en nuestro ADN no son tan aleatorias como se había creído inicialmente (aunque dicho modelo aún ha de ser ampliado y testeado más profundamente). La ciencia sigue avanzando, pese a quien pese. Y eso es posible porque el método científico, tal y como ha sido construido, permite el cuestionamiento constante, incluso de aquellas teorías mas incuestionables (como un paseo por los avances científicos del siglo XX demuestra con toda claridad).

Es precisamente este método científico el que impide que todas las ideas puedan ser puestas al mismo nivel. Este método establece un cierto rigor experimental que tanto nuevas como antiguas teorías deben satisfacer para poder alcanzar el honor de ser consideradas dignas de ser enseñadas en las universidades. Y es este método científico el que determina igualmente qué ideas no han alcanzado un mínimo nivel de validez experimental, como es el caso con el Creacionismo y el DI. No debemos olvidar que ni el uno ni el otro disponen de evidencias positivas que apoyen sus ideas. Es cierto que disponen de cientos de personas dispuestas a dedicar su tiempo a buscar todo tipo de críticas, con y sin fundamento, en contra de la teoría de la evolución de Darwin. Es cierto que tanto unos como otros lanzan constantes campañas políticas para difuminar sus ideas y que reciben millones de dólares-euros-libras de apoyo de sus seguidores para seguir haciéndolo. Pero no es menos cierto que cuando se les pregunta, tanto a unos como a otros, por las evidencias científicas positivas que apoyan dichas ideas lo único que encontramos en un sospechoso silencio, un silencio que continúa haciendo imposible su inclusión en los libros de texto de biología. Al fin y al cabo, al método científico no parece importarle mucho el número de personas que creen ciertas cosas, o el número de millones que entre todos pueden juntar; sólo importa la calidad de las ideas, su potencial explicativo, sus evidencias.

Por tanto, mientras que dichas evidencias sigan faltando, ya pueden patalear, gritar, insultar o juntar millones y millones de dólares-libras-euros, que dichas ideas seguirán sin ser puestas a la par de otras que sí han pasado el test propuesto por el método científico. De modo que cuando alguien nos pregunte si estamos de acuerdo con que las universidades enseñen la controversia en relación con diversos temas científicos, no debemos dudar: “Por supuesto, hay que enseñar todo tipo de ideas científicas, sean tan nuevas o antiguas como sean, siempre y cuando sean realmente científicas”. Más claro no se puede decir…