El silencio y el testimonio de las mujeres en la resurrección
Victor Hernández, España - México

Para decir algo, se tiene que tener algo que decir. Muchas veces se hablan palabras vanas o repetitivas, que son como el ruido, como los sonidos estridentes o los sonido repetitivos que nada dicen. A veces las palabras no son más que vanas repeticiones, como cuando adoptamos el lugar común, los prejuicios comunes, las opiniones prestadas y repetidas porque “todo mundo lo dice”. Es por eso que las palabras cansan y dejan de tener valor, porque no dicen nada más.
A veces eso pasa con los mensajes: siguen teniendo un medio de comunicación pero ya no dicen nada significativo, nada novedoso, nada importante. Es como si las palabras estuvieran huecas o vacías, sin que produzcan nada.
Pero hay otro tipo de vacío en las palabras, un tipo de vacío que, por extraño que parezca no está vacío, sino que está lleno de algo más. Se trata del silencio, de una callada manera de vivir que no dice nada por un tiempo, pero que tiene un silencio muy productivo. Es un silencio que acompaña la vida y que aprende de la vida misma. Es un silencio parecido a la preñez de una mujer, que silenciosamente va creciendo hasta que un buen día, da luz a una nueva vida.
Así es el silencio de las mujeres en el evangelio. Ellas habían acompañado a Jesús desde Galilea y cuando todos los acontecimientos de su crucifixión ocurrieron, ellas miran todas las cosas en silencio (Lc 23:49). Ellas fueron también en silencio al sitio donde pusieron el cuerpo de Jesús, vieron cómo lo sepultaban rápidamente en la víspera del sábado. Y en silencio se vuelven a casa y preparan perfumes.
¿En qué consiste el silencio de las mujeres? ¿qué palabras ocupan su corazón de manera callada? El evangelio nos dirá que éstas mujeres fueron María Magdalena, Juana, María madre de Santiago y las demás mujeres. Son mujeres que le conocieron cuando las liberó de espíritus malignos y de la enfermedad. Ellas conocieron la fuerza del perdón del Dios de Jesús. Ellas experimentaron la liberación en su propio cuerpo, en su carne. Y ellas le siguieron como sus discípulas. En su silencio está la gratitud y la confianza, en el fondo de su experiencia, mas allá del dolor y la decepción actuales. Por eso, ellas quieren honrar a Jesús ungiendo su cuerpo, como un adiós definitivo.
El silencio de éstas mujeres es el silencio que reconoce el misterio, que se asombra que se maravilla. Es el silencio de quienes no tienen todas las respuestas, pero saben que no se tiene el control de todas las cosas. Ellas anduvieron con Jesús y aprendieron que él caminaba confiando en su Padre. Ellas sabían que Jesús no tenía todas las cosas programadas y bajo control; no, más bien, ellas vieron cómo Jesús caminaba discerniendo la voluntad de su Padre cada día. Ellas sabían que Jesús esperaba y confiaba en Dios y que fue así hasta el final. Entonces, el silencio de éstas mujeres las prepara para la sorpresa de lo inédito, de lo insólito, de lo inesperado.
El silencio de éstas mujeres es el silencio que sabe recordar. Cuando ellas hablan con los hombres de ropas brillantes, cuando no hallan el cuerpo de Jesús, entonces ellas recuerdan las palabras de Jesús. Ellas no ven todavía a Jesús resucitado y creen en Jesús como el resucitado. Y es porque ellas recuerdan, porque traen a la memoria las palabras de Jesús.
¿Cómo se activan los recuerdos o cómo se hace la memoria como una acción silenciosa que genera algo nuevo? Ellas recuerdan lo vivido con Jesús y esa memoria va más allá del realismo o de las actitudes racionales, normales y convenientes. Esa memoria les lleva a creer, a entusiasmarse y abrazar la resurrección de modo inmediato. Ellas irán a anunciar ésta noticia, como buena noticia, como evangelio.
Las toman por locas, como si se tratara de un delirio. Pero a ellas no les importa. Hablan de lo que han visto y de lo que han creído. Ellas reconocen que se ha cumplido la Escritura, que Jesús ha sido levantado de entre los muertos. Ella comprenden que Dios estaba verdaderamente con su hijo, en la cruz y ahora en la vida nueva.
Entonces, aquí se impone para nosotros una clara enseñanza: hacer memoria de las experiencias de salvación, de curación, de liberación. ¿Cómo conocimos al Señor? ¿Cómo se acercó a nosotras/os? ¿Cuáles han sido los momentos en hemos vivido la esclavitud o el cautiverio de alguna enfermedad o algún padecimiento? ¿qué nos ha dominado y atormentado cuando el Señor vino a nosotros/as y nos ha envuelto en su perdón y en su alegría?
Hemos de hacer memoria, de recordar, de ejercitar la gratitud de la memoria. Hemos de recordar las palabras y promesas. Hemos de guardar y de traer a la memoria las enseñanzas de Jesús, la imagen de su cercanía, la fidelidad con que entrega al Padre y la confianza con que camina. Hemos de hacer memoria de ese Jesús que camina al lado nuestro y que sonríe, que se alegra y que come y bebe con la gente de a pie, con la gente ordinaria y especialmente con la gente de abajo. Hemos de dejar que suene el eco de sus palabras y entones comprenderemos cómo éstas mujeres creyeron inmediatamente en la buena noticia de la resurrección.
Entonces, y sólo entonces, seremos testigos que anuncian la buena nueva que hoy celebramos. La buena nueva de la resurrección de Jesús, quien es ahora Señor nuestro y de todo lo que existe.
Església Evangèlica Betlem, Domingo de resurrección, 23 marzo 2008. Clot, Barcelona.