Liberalismo y ortodoxia. Hacia la superación de un conflicto
Carlos Capó Inglada*, España
Para comprender el ministerio, y la obra de Wilfred Monod es necesario tener en cuenta dos elementos principales que lo caracterizan, por una parte su origen pietista y metodista, y por otra su rechazo, tanto del doctrinarismo como del sentimentalismo. Estos aspectos le confieren su singularidad. En sus orígenes pietistas toman ciertamente raíz toda la perspectiva social de su ministerio, su preocupación por los problemas sociales de la época. Al mismo tiempo Monod con su rechazo de los aspectos más conservadores y espiritualistas, paradójicamente desemboca en una posición en la que se encuentran dos elementos tradicionalmente opuestos, la ortodoxia y el liberalismo.
De sus orígenes metodistas ciertamente Monod tiene su experiencia cristocéntrica de 1893, una experiencia que explica su carácter revivalista. Monod no habla de esta experiencia en términos de visión, o aparición, tampoco habla de fenómenos audibles o ópticos. “Cristo me fue revelado espiritualmente, en la plenitud salvadora de su personalidad … comprendí que el marco de la Religión era demasiado estrecho para contener al Héroe de los Evangelios: el Hijo del Hombre pertenecía simultáneamente a todos los campos de la humanidad que ora, piensa, y actúa; tenía la clave de todos los problemas concretos que se plantean, políticos y sociales, morales y filosóficos…” En esta descripción se dibuja claramente la síntesis que Monod intentará en toda su carrera entre el cristianismo social y el cristianismo espiritual, considerándolos como dos caras de una misma moneda.
Monod en su tiempo fue, y todavía hoy es difícil de clasificar. Algunos lo han puesto entre los teólogos ortodoxos, mientras que otros lo colocan entre los liberales. La mejor comprensión de su persona la da él mismo: “Formado por la ortodoxia evangélica comprendía el valor de los principios sagrados que defendía; al mismo tiempo apreciaba cada vez más la imposibilidad de afirmar la fe separándola de la libertad (ya que la fe ciega pasa a ser creencia); pero al mismo tiempo reconozco que preconizar la libertad sin insistir sobre la fe sería desestabilizar el fundamento de la Iglesia apoyada, demasiado a menudo, en un subjetivismo racionalista”. Por su pasión por la libertad, su preocupación constante por el diálogo con la cultura, y la prioridad que concede a la ética y a las cuestiones sociales, poniéndolas por encima de la doctrina y los dogmas, Monod es liberal; pero su rechazo hacia una teología que atente contra el misterio divino y vierta hacia cierta imprecisión doctrinal, se mantiene en una posición cercana a la ortodoxia. Así, Monod defiende una ortodoxia doctrinal pero vivida en el marco de un metodo y un espíritu liberales. Franz-J. Leenahardt, escribió en relación a esta ambivalencia: “Cabe esperar que la ortodoxia reconocerá un día que el método autoritario es no sólo inútil, sino también peligroso; que compromete la esencia misma de la autoridad cristiana, que es la autoridad de Cristo mismo. No hay contradicción en hablar de una ortodoxia liberal. La expresión traduce en términos de escuela la declaración de Pablo en su carta a los Efesios (4,15) en la que afirma que la verdad debe profesarse en la caridad”. La caridad libera la verdad de los elementos autoritarios que tienden a alienar tanto al que la defiende como a quien se le quiere imponer.
El interés de Wilfred Monod radica en la superación que en él parece producirse de la oposición entre ortodoxia y liberalismo. Pasa del conflicto a una sana tensión entre ambos. Monod en este sentido abre nuevos caminos para el diálogo entre ambas tendencias. Podemos decir que Monod es conservador en cuanto a la esencia de la fe cristiana, en cuanto al misterio que la fundamenta, pero es liberal en cuanto a sus formas y lenguaje. El carácter social de su ministerio que lo lleva a rechazar el doctrinarismo. La plena comprensión del Reino de Dios exige, para Monod, tener en cuenta el cristianismo social, cuya realidad concierne a la Iglesia, pero también a la sociedad y a sus instituciones. El doctrinarismo acaba acaparando y encerrando a Cristo en las iglesias y las sacristías, acaba limitando los rayos de su luz, encarcelando simultáneamente en los discursos, los dogmas, y los sistemas de un intelectualismo eclesiástico y teológico trasnochado. Así Monod denuncia el eclesiasticismo doctrinario. Sus sermones dan a entender que a pesar de tener una sólida formación en filosofía y en teología, disciplinas en las cuales aplicó un trabajo científico y un método rigurosos, se preocupaba más en salvaguardar el sentido del misterio que en defender sistemas propiamente teológicos. Se podría pensar que Monod deriva entonces hacia el sentimentalismo. Al contrario, una vez más ahí su lucha por un cristianismo social lo llevó a liberar la predicación de una piedad puramente interior, individualista, o alienante. Monod entiende que la predicación no es sólo un bello discurso destinado a “emocionar”, sino una proclamación del Evangelio integral destinado a “mover”, es decir empujar al creyente hacia la acción, mucho más que a la introspección estéril, egoísta, ver morbosa. La emoción debe transformarse en pensamiento y en acción.
Para saber más:
Poca información se encuentra en internet en castellano sobre Wilfred Monod.
Algo se puede encontrar en la edición castellana (agotada), de la Historia General del Protestantismo, de Emil G. Léonard.
Laurent Gagnebin en su obra Christianisme Spirituel et Christianisme Social, La Prédication de Wilfred Monod (1894-1940), Labor et Fides, Genève, 1987, ofrece una extensa bibliografia, mayoritariamente en lengua francesa.
* Carlos Capó es pastor de la Iglesia Protestante Barcelona-Centro, y miembro de la Comisión Permanente de la Iglesia Evangélica Española.
El artículo fue publicado en Cristianismo Protestante (nº 43, págs. 8-9)