Humberto Casanova, USA
En los Estados Unidos, el debate sobre el aborto se desgasta en el antagonismo de dos posiciones irreconciliables. El grupo que se denomina “pro-vida” exige que el aborto sea declarado ilegal para lo cual busca anular la decisión de la Corte Suprema, conocida como Roe vs. Wade (1973). En las elecciones pasadas, la plataforma republicana buscaba anular Roe vs. Wade mediante una enmienda constitucional. Mientras que en su primera campaña presidencial, el año 2000, John McCain habló de cambiar dicha plataforma para ser más inclusivos, en la presente campaña McCain decidió apoyar la idea de anular Roe vs. Wade.
Otro grupo se aferra al concepto de que la mujer tiene el derecho a elegir si desea abortar o completar su embarazo. Este grupo se denomina “pro-opción” y gasta todos sus esfuerzos en mantener vigente la decisión de Roe vs. Wade, argumentando que lucha a favor de las libertades individuales. En las elecciones pasadas, el candidato Barack Obama y la plataforma democrática abogaron por el derecho de la mujer a tener un aborto.
Con todo, tanto John McCain como Barack Obama aceptan el aborto en casos de violación, incesto y cuando la vida de la madre está en riesgo.
En todos estos debates, hay dos cosas que tener en cuenta. Primero, la gran diferencia que existe entre discurso y realidad. No importa qué gobierno hayamos tenido en los Estados Unidos, demócrata o republicano, ninguno ha tratado jamás de anular Roe vs. Wade, no importa cuál haya sido su retórica en cuanto al asunto. Esto se debe a que en el país, la mayoría de los americanos apoya el derecho de la mujer al aborto.
La contradicción entre retórica y realidad pesa duramente sobre el Partido Republicano, cuya plataforma es declaradamente anti Roe vs. Wade y que por ocho años tuvo el control tanto del Congreso como del Poder Ejecutivo, durante los dos períodos presidenciales del Presidente Bush (2001-2009). De haber habido la voluntad, lo podrían haber hecho. Pero la realidad es que no existe voluntad política ante la opinión mayoritaria del país.
Segundo, ambos lados concuerdan en que el aborto es malo. Nadie es “pro-aborto”. Nadie tiene el aborto como un asunto inconsecuente. Por diversas razones, sin embargo, donde estos dos grupos no concuerdan es si el aborto debe o no ser un procedimiento legal.
Como sea, el país se consume en una disputa vociferante que no tendrá fin, ya que no se ve ninguna señal de que los dos extremos vayan a cambiar su forma de pensar ni que haya una verdadera voluntad de anular Roe vs. Wade, que no sea en forma retórica.
Ante tal atolladero insuperable, algunos optan por una tercera vía, una vía práctica. Se trata de encontrar formas de proteger la vida del feto por medio de crear redes de apoyo que incentiven a la mujer a dar a luz y a las parejas a tener hijos. Esta tercera vía busca encontrar terreno común que pueda mover a ambos grupos en la dirección de reducir los abortos al máximo.
En consecuencia, la pregunta es: ¿Qué se puede hacer para efectivamente reducir al máximo el número de abortos? ¿Qué apoyo se puede dar a las parejas y a la mujer para incentivarlas a elegir a favor de la vida del feto y ser así “pro-vida” y “pro-opción” a la vez?
Primero, hay que tener en cuenta que el aborto no es un problema de la mujer solamente, sino también del varón que prefiere entrar en relaciones sexuales casuales sin protección ni interés en la paternidad. Los abortos se reducen allí donde hay una pareja comprometida y con posibilidades económicas.
Segundo, hay que ofrecer educación sexual apropiada a los jóvenes y adolescentes, para evitar embarazos indeseados. Si realmente queremos evitar el aborto, la educación debe ir más allá que sólo abogar por la abstinencia. La abstinencia podrá ser un ideal, pero ante el horror del aborto sería muy imprudente descartar una educación preventiva más comprehensiva.
Tercero, una estructura social que ofrezca a la mujer acceso a la atención médica, a salarios justos, a la adopción, etc. Las estadísticas indican que en nuestro país la mayoría de las mujeres que abortan son caucásicas (anglo), pobres, sin seguro médico, nunca estuvieron casadas y no tienen pareja.
El apoyo de la estructura social debe ir más allá de la simple retórica pro-vida que pareciera ser más bien nada más que “pro-nacimiento”. Nuestro interés en la vida del feto no puede parar en la sala de partos sin que nos importe la calidad de la vida del niño después de haber nacido. Por ejemplo, en septiembre de 2007, el Congreso aprobó reautorizar y ampliar la atención médica gratuita para los niños (el programa SCHIP, State Children’s Health Insurance Program), pero en octubre del mismo año el Presidente Bush, conocido por su posición “pro-vida”, hizo realidad su amenaza de vetar dicho servicio social aduciendo una ideología económica: “Desapruebo fuertemente que el gobierno provea de incentivos para que la gente se aparte de la medicina privada… para ir al sector público. Y creo que esto está mal y creo que es un error. Por tanto, resistiré el intento del Congreso de federalizar la medicina”.
Mientras que la administración Bush otorgó subvenciones y reducciones de impuestos a las grandes corporaciones de salud del sector privado, su ideología no le permitió ayudar a que los niños tengan asistencia médica gratuita, a fin de promover su crecimiento saludable. Para algunos políticos cualquier ayuda estatal a los pobres es calificada de “Socialismo”, mientras el dinero fluye sin problema hacia los grandes bancos y corporaciones. Este es un socialismo para ricos, no para pobres. El economista, Premio Nobel, Paul Krugman calificó el veto de Bush de “filosofía inmoral”. Una estructura social que de verdad apoye a la mujer y al niño será un incentivo para que la mujer embarazada en situación precaria escoja completar su embarazo porque hay esperanza.
Es aquí también donde hay que despertar al hecho de que no es realista pensar que se puede exterminar el aborto haciéndolo ilegal. El abolir Roe vs. Wade sólo añadiría más penurias a miles de mujeres pobres, pero no podrá terminar con el aborto. Ser realmente pro-vida es buscar avenidas que realmente ataquen la raíz del problema.
“Más del 60 por ciento de todos los abortos se producen por razones económicas”, dice el líder evangélico Tony Campolo. “La realidad es que si no se provee de atención hospitalaria, pre y post-natal, licencia de maternidad para que una mujer que da a luz no pierda su empleo, y asistencia de enfermería para madres solteras que transitan hacia la maternidad, millones de mujeres que quieren dar a luz, no lo harán”.
Durante la pasada campaña presidencial y gracias al trabajo de algunos cristianos progresistas, se introdujo en la plataforma democrática postulados que precisamente harían posible proveer el apoyo estructural necesario para reducir los abortos. Por consiguiente, hay un movimiento que se mueve hacia el centro, buscando evitar los extremos intolerantes en busca de terreno común a favor de la vida.