Carmelo Alvarez, Estados Unidos
Cada
diciembre hay un despliegue extraordinario de promesas, deseos y
peticiones, particularmente cuando se aproxima el umbral de un nuevo
año. Desde muy niño me fascinaba ir a la iglesia, donde nací y me
crié, a recibir el nuevo año en una gran cadena de amistad y
oración donde se expresaban las más variadas oraciones, casi todas
llenas de esperanza.
Esta
primera mitad de diciembre estuve en Venezuela en diversas
actividades que incluyeron predicaciones de aniversarios en la
comunidad Fe en Acción de Maracay, estado Aragua, y la comunidad
Nazaret, Cabudare en el estado Lara. Colaboré en un curso de
formación socio-política en Barquisimeto con la Corporación
Venezolana Agraria, y participé en un encuentro de docentes del
Centro Venezolano de Estudios Teológicos de la Unión Evangélica
Pentecostal Venezolana (UEPV).
El
último domingo en la comunidad Jesucristo Liberador en La Piedad, a
las afueras de Barquisimeto, nos reunimos para celebrar el
advenimiento del niño, mesías prometido. El culto se inició con
una nota de júbilo y alegría, con cánticos, lectura de un salmo,
oraciones y la proclamación de la palabra. Entre los cánticos hay
uno que nos dio la tónica adecuada para la predicación: “Niño
lindo, ante ti me rindo, niño lindo eres tú mi Dios. Esa tu
hermosura; ese tu candor, el alma me roba, el alma me roba, me roba
el amor”.
Este
conocido cántico tradicional venezolano, con su ritmo pegajoso y su
mensaje sencillo, expresa esa esperanza mesiánica que yo deseaba
comunicar en el mensaje. La congregación proveyó el espacio y
momento para la meditación.
Mi
reflexión estuvo basada en Isaías 11.1-2: “Saldrá una vara del
tronco de Isaí, un vástago retoñará de sus raíces. Y sobre él
el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia,
espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor
de Jehová”.
El
texto bíblico nos sugiere un tiempo de expectación y espera. “El
pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz” (Isaías 9.2b). La
esperanza mesiánica se da en medio de los conflictos históricos,
las situaciones más complejas y difíciles de resolver. Esa energía
mesiánica es necesaria en tiempos adversos y sorpresivos. Por eso
necesitamos la sabiduría y el conocimiento de Dios, buscando las
raíces espirituales que nos remiten a la tierra y la vida. La
metáfora del árbol como fuente de vida corre a través de toda la
Biblia. Y la tierra es nuestra madre, Gaia, la Pacha Mama.
En
medio de todo esto está el espíritu de Jehová que con su poder
canaliza todos los esfuerzos hacia un horizonte utópico. No lo hemos
visto. No sabemos lo que será. Lo aguardamos entre la fascinación
y el misterio. Creemos en la sorpresa de Dios que nos dice, “que no
caiga la fe, que no caiga la esperanza”, como hemos cantado tantas
veces. Somos un pueblo que camina buscando horizonte en Dios. Eso nos
alienta y acompaña.
En
Jesús se llega a la plenitud de esa esperanza mesiánica cuando
proclama el mensaje del reino de Dios que da buenas nuevas a los
pobres, sana a los quebrantados de corazón, libera los cautivos, da
vista a los ciegos, liberta a los oprimidos y predica el año que
agrada a Dios (Lucas 4.18-19). Este es el programa mesiánico hacia
el reinado de Dios, ese ámbito donde debe surgir la justicia y la
paz.
Recordaba
en mi mensaje ese domingo de adviento que Nelson Mandela, el gran
líder de la liberación sudafricana, estuvo preso en una isla
apartada por 27 años. Se dice que cada día grupos expectantes de
los barrios marginales y suburbios periféricos de las ciudades, iban
a la playa a observar en lontananza aquella prisión de donde ellos y
ellas esperaban que llegara no solo la liberación de su líder sino
la etapa final que los llevaría de la opresión racista a la
democracia participativa y justa. Y lo creyeron, y le creyeron a
Mandela. ¡Y llegó el ansiado día de la liberación¡
Debemos
mantener esa llama de esperanza encendida, como cantan las
comunidades de fe en África, “caminemos en la luz de Dios”.
Entre nuestra expectativa y una utopía llena de esperanza
caminaremos hacia nuestra plena liberación.
Y
concluimos el domingo en la comunidad Jesucristo Liberador cantando
con entusiasmo aquel cántico centroamericano tan encarnado en la
realidad de nuestra Latinoamérica que espera, y aún tan pertinente:
“Cristo ya nació en Palacaguina, de Chepe Pabón y una tal María”.
Al
final del culto nuestra Obispa Amelia Rodríguez nos daba la
bendición pastoral, y todos y todas la abrazábamos porque el 17 de
diciembre ella cumplió 88 años. Esa también es una alegría
mesiánica.
Que
la luz de la esperanza mesiánica nos alumbre en el 2010, y hacia el
futuro. Seguiremos luchando y esperando. Que el “niño lindo” nos
transforme en promotores y promotoras de la belleza de Dios. Que
seamos capaces de soñar caminando con ahínco y resolución,
comprometidos y comprometidas con la justicia liberadora de Dios.
Este cántico venezolano nos ha de inspirar:
“Y
andaremos por el mundo con fe y esperanza viva, celebrando y
cantando, y riendo y luchando por la vida”. (Eseario Sosa
Rodríguez)
¡Hasta
la plenitud de la esperanza mesiánica en el reinado de Dios¡
Carmelo
Álvarez
Chicago,
IL
18
de diciembre 2009