Abel García García, Perú
Latinoamérica es amante de los esquemas
controladores y dictatoriales. Nos gusta la mano dura y que las botas
llenas de barro nos tengan bien pisoteados, mientras hacemos mil
ejercicios de sobrevivencia con salarios subsaharianos. Para afuera
deseamos libertad pero en el fondo, al lado del corazón, añoramos a los
Chávez, Velascos, Fujimoris, Pinochets y Ortegas. Por ello los
cristianismos que privilegian el control han prosperado tanto en
nuestros países. El pentecostalismo, lleno de pastores estrictos y
sometimientos inverosímiles que la gente acepta de buena gana, es un
perfecto ejemplo, casi ideal a pesar de la horizontalidad que trajo la
democratización del carisma. Su crecimiento sigue dándose porque calza
con el alma latinoamericana, tan carente de figura paterna y abundante
en dioses débiles y serviles.
Todo esquema de control siempre se
va implantando por etapas, suave al inicio, pero que al final sataniza
con voracidad a los críticos, mientras alaba las estructuras que se
definen como tierra santa, como el santuario incólume que debe
mantenerse por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Los líderes mismos, los llamados,
tienen caracterizaciones especiales, cada vez más altas y cercanas a
las nubes. Los apóstoles de hoy son un claro ejemplo: intocables, casi
todopoderosos, poseen un robusto apetito por controlar que se acompaña
de una enorme hambre de sus congregaciones por ser controlados. Una
sincronía perfecta en la que todos, aparentemente, están felices. Pero
estar felices no necesariamente es sinónimo de que todo está bien.
Algunos
de nosotros no vemos las cosas como si estuvieran al lado del cielo
sino que, con cierto temor, consideramos que el riesgo que la iglesia
asume hoy por su estilo de liderazgo es desmedido. Creemos que la
verticalidad en las relaciones del clero evangélico y el laicado no
hace bien a la gente, la estupidiza, no la permite desarrollarse, la
convierte literalmente en un rebaño. Sin embargo, entendemos que la
superación de esto puede tomar algunos años más. ¿Muchos? No lo creo.
La tecnología y la facilidad de la interacción de las personas de hoy
puede empujar con mucha rapidez a los cambios, a pesar de la pobreza y
la enclenque educación que recibimos.
Mientras las cosas van cambiando, sin embargo, algunos tratan de apurar el proceso, en abierta oposición al establishment.
Por supuesto que el liderazgo reacciona y ve a los opositores casi como
embajadores del mismo Satanás. Han protegido las estructuras generando
marcos de “pensamiento” bastante estrictos, en donde los disidentes son
poco espirituales y deben ser alejados y sus palabras no escuchadas. No
quiero ni imaginarme si aún estuvieran vigentes los métodos de la
inquisición católica romana.
La rebeldía y la insurgencia son,
entonces, malas palabras, antivalores dignos de los no creyentes, de
los ateos que no quieren saber nada con Dios. Lo paradójico del asunto
es que si estas actitudes no hubieran existido en la historia de la
iglesia, probablemente aún se cobraría dinero por las indulgencias. Sin
rebeldía e insurgencia, Lutero jamás habría publicado sus 95 tesis,
Savonarola se hubiera quedado tranquilo en su monasterio dominico,
silencioso ante la degeneración de los Borgia, y Calvino nunca hubiera
configurado su teología. Y no existiríamos. O seríamos los católicos
que muchos no toleran, o los sectarios que otros desprecian u alguna
otra cosa que solo imaginarla provoca escalofríos. Sin rebelión ni
enfrentamiento contra la institucionalidad religiosa, no existiría la
iglesia evangélica. Somos, pues, hijos de la insurgencia, y querrámoslo
o no, debe ser algo que debe marcar nuestro constante caminar. Nuestro
andar en pos de ser los mejores cristianos que nos sea posible. Insurgencia no debe ser una mala palabra.
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