|
La Fe bíblica ante los cambios de época |
|
|
|
Leer más artículos de Biblia
|
|
lunes, 11 de enero de 2010 |
Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
1. Deuteronomio: su origen y desarrollo en la historia de Israel
El biblista Shigeyuki Nakanose ha hecho un resumen muy aleccionador del
origen y desarrollo del Deuteronomio, pues atraviesa, literalmente,
todos los periodos de la historia de Israel y prácticamente viene a ser
como el núcleo de todo el Antiguo Testamento:
En
1805, Wilhelm M. L. de Wette, en el estudio de la crítica de las
fuentes, muestra la vinculación entre el “libro de la ley”, encontrado
en el Templo de Jerusalén en la época de la reforma de Josías (2R.
22,8) y el núcleo más antiguo del Deuteronomio (capítulos 12-26 en su
casi totalidad), que es denominado por algunos estudiosos como
“Protodeuteronomio”. Esa teoría es desarrollada y profundizada con
muchas modificaciones. Los últimos estudios sobre el tema afirman que
el material contenido en el núcleo central del Deuteronomio o
“Protodeuteronomio”, tiene su origen en el período pre-estatal. Ese
material recibe agregados en el transcurso de la historia y es
especialmente retrabajado en el Norte a mediados del siglo VIII. Con la
caída de Samaria muchos israelitas vienen al Sur y traen sus
tradiciones. Entre ellas viene el material del Deuteronomio que sirve
de plataforma para las reformas de Ezequías y de Josías. En esas
reformas los escribas de la corte revisan, amplían y editan el núcleo
antiguo y lo transforman en 4,44—26,68. Más tarde, en el exilio y el
post-exilio, ese texto es retrabajado y recibe una introducción: los
capítulos 1-4, y una conclusión: los capítulos 29-34, a fin de
responder a las nuevas situaciones y ser incluido en el conjunto del
Pentateuco. A partir de ahí el Deuteronomio se convierte casi en un
“puente”: el punto final del Pentateuco y el comienzo de la Historia
Deuteronomista (Josué a Reyes).[1]
El vínculo del Deuteronomio, por un lado, con el Pentateuco, y por el
otro, con la interpretación profética de la historia, tal como aparece
en los libros de Josué a los Reyes, lo muestran como un verdadero
documento de transición espiritual, teológica y literaria, pues sus
diferentes etapas de redacción manifiestan una conciencia de que el
pueblo de Dios, constantemente adaptó su fe a las diversas épocas que
le tocó vivir. Cada etapa representa un esfuerzo notable en el proceso
de comprensión de la voluntad de Dios en medio de las nuevas
circunstancias de la existencia material del pueblo y de las exigencias
planteadas por el entorno geográfico, económico y social. Ubicado
cronológicamente en el periodo anterior al surgimiento del Estado
monárquico, el libro describe de manera clara el despertar de una
conciencia alternativa a la situación imperante en el contexto:
La liturgia era la fuente de abastecimiento de la memoria de la
liberación (Dt. 16,1.3.6.12) y del compromiso de la alianza. Así, en el
corazón de la vida del pueblo las leyes son preservadas como expresión
de su fe en el Dios de la vida y en sí mismo. Como memoria de la
liberación de una situación de injusticia para una situación de
fraternidad, la liturgia se vuelve un espacio de concientización y
apertura a las cuestiones sociales: el compartir y la solidaridad son
las consecuencias de la alianza con Dios. La gratitud al Dios vivo y
liberador tiene que ser expresada no sólo con el culto, sino con el
servicio a los hermanos más pobres y necesitados: el extranjero, el
pobre, el huérfano y la viuda (Dt. 24,4s), para concretar una sociedad
en la que no haya pobres (Dt. 15,4). (Idem)
Por otro lado, la figura de Moisés, dominante desde el libro del Éxodo,
comenzará a eclipsarse como una señal de la alborada de los nuevos
tiempos. Moisés intenta seguir teniendo influencia sobre la vida del
pueblo, pero Yahvé le explica que está incapacitado para entrar a la
“tierra prometida” porque pertenece al “viejo régimen”. Los capítulos
finales, redactados en el exilio y después, introducen un cambio de
escena que será doloroso para Moisés, pero que coloca al pueblo como
principal prioridad de Dios. Sin dejar de reconocer su amplio
protagonismo en la historia de liberación, Moisés va a pasar al plano
que le corresponde para dejar su lugar a un nuevo liderazgo. Sus
condiciones físicas ya no eran las mismas y Yahvé mismo ha marcado el
final de su labor y el surgimiento de nuevos cuadros dirigentes
(31.2-3). “Todo eso hace del libro del Deuteronomio un don de Dios
ofrecido por Moisés como testamento al término de su vida. Los judaítas
siempre lo tuvieron en gran estima, tanto que Esdras hace de él el eje
para la elaboración de sus leyes sobre lo puro e impuro y sobre la raza
elegida” (Idem). Ante el cambio de época, se requiere una renovación de
la alianza y un compromiso irrestricto hacia la Ley de Dios,
especialmente ante la disyuntiva tan clara de elegir la vida o la
muerte.
2. Pautas deuteronomistas para entrar a una nueva época con fe y aliento
En primer lugar, y desde una óptica posterior al exilio que renovó la
interpretación de la historia en la última etapa de redacción del
libro, se subraya el esfuerzo divino por librar al pueblo de sus
enemigos en la época de Esdras (31.3-5). La exhortación para esta nueva
etapa es enfática: “Sean fuertes y valientes” (v. 6). Moisés entonces
llama a Josué y, delante del pueblo, repite esas mismas palabras como
consigna para su encargo: “Dios mismo será tu guía y te ayudará en
todo” (v. 8). Se destaca inmediatamente la escritura de esta “ley” (v.
9) y la necesidad de leerla al pueblo y a los inmigrantes extranjeros
cada siete años en la fiesta de los tabernáculos (v. 11). Se nota
claramente la inclusión posterior de esta adición relacionada con la
lectura de la ley para ejemplo de las comunidades. “La observancia de
la ley (Dt. 31; 32,45-47) gana relevancia en el período de Nehemías y
Esdras, funcionarios de Persia: “Y a todo aquel que no observe la ley
de Dios —que es la ley del rey—, será castigado rigurosamente, con la
muerte o el destierro, con multa o prisión (Esd. 7,26)” (Idem).
Yahvé se aparece entonces a ambos líderes, el antiguo y el nuevo, para
llevar a cabo una especie de “transmisión de poderes” (v. 14). El
anuncio (y recuento retrospectivo) de lo que el pueblo hará en el
futuro en relación con los “dioses ajenos” es el contenido del discurso
divino, es decir, el horizonte no es totalmente bueno, pero se trata de
“información confidencial” que Dios le da a ambos dirigentes (vv.
16-18; 20-21). La orden es, entonces, escribir un cántico que le pasa
revista a la historia del trato de Dios con el pueblo, a la vista del
incumplimiento del pacto. Con todo, la exhortación para Josué sigue
siendo la misma: Tienes que ser fuerte y valiente” (v. 23). Esta nueva
ley, filtrada por la experiencia de anarquía, desobediencia e
invalidación del pacto con Dios a través de la historia, es
“promulgada” solemnemente, como ya se dijo, como testamento de Moisés.
Su palabra es dura: “…los conozco muy bien. Yo sé que ustedes son
tercos y rebeldes. Si ahora que estoy con ustedes, desobedecen a Dios,
¿qué no harán cuando ya me haya muerto?” (v. 27).
El capítulo concluye con palabras amargas acerca del futuro sin Moisés
y las tendencias que se impondrán en la existencia comunitaria del
pueblo (v. 29). Es el sabor del regreso del exilio el que resuena
inevitablemente, pues la orientación del texto no es triunfalista sino
sumamente realista. De ahí que el panorama que se le pintaba a Josué no
fue amable y la historia deuteronomista que arranca con el libro que
lleva su nombre arrastra el estigma de una visión sombría en donde la
nota optimista seguirá siendo el llamado al esfuerzo y la valentía,
ante el augurio que el Moisés postexílico había lanzado. Porque los
cambios de época implican siempre un esfuerzo en muchos sentidos: de
aceptación de las cosas buenas y malas del pasado, de adaptación a las
nuevas condiciones de vida y a los estilos de liderazgos que no siempre
serían como el de Josué, y de renovación de la fe en medio de
situaciones adversas. Si consideramos como “secreto de Estado” el hecho
de que Josué conocía anticipadamente o no el destino del pueblo, la
actitud del dirigente debía modificarse para bien del pueblo,
especialmente ante la enorme tarea de conquista y ocupación de la
tierra que venía por delante.
Hoy, que como sociedad y pueblo de Dios entramos también a territorios
inhóspitos e impredecibles por la carga de décadas de errores y
esperanzas incumplidas, la fe viene en nuestro auxilio como en el caso
de Moisés, en forma de advertencia y de énfasis en nuestras
responsabilidades espirituales: se requiere mantener la constancia en
la familiaridad con la palabra divina, único recurso que nos puede
permitir remontarnos por encima de los vaivenes y la volubilidad de
gobiernos, políticas y acciones. La mano de Dios estará con su pueblo
siempre.
--------------------------------------------------------------------------------
[1] S. Nakanose, “Para entender el libro de Deuteronomio: ¿una ley a
favor de la vida?”, en RIBLA, núm. 23, 1996,
http://claiweb.org/ribla/ribla23/para%20entender%20el%20libro%20de%20deuteronomio.html.
***
Elkin Restrepo (Colombia, 1942)
Camino
Nada, vida, te pido.
El largo camino que creía
me llevaba a algún lado,
sólo hasta a mí me ha traído.
He tejido, pues,
con los muchos rumbos,
mi propio mapa, y no existe hilo,
por más que lo tienda amorosa
mujer, que de él me pueda sacar.
Conozco ahora el simple vivir,
del derroche y regocijo con que
las cosas se rodean de milagro,
y llaman a la gratitud.
Y digo que soy nadie.
|
|