Jorge Daniel Zijlstra Ardui, Puerto Rico
¿Será
una señal del fin? ¿Por qué le toca a Haití un país tan pobre? Y si es
cosa de Dios ¿cómo entender el sufrimiento de inocentes, de niños, de
bebés, de abuelas? ¿Por qué no a nosotros? ¿Será por el Vudú
-religiosidad que se construyeron los esclavos para poder hacer frente desde una fe a la grotesca explotación y denigración humana-? ¿Será que Dios no puede oír el clamor de alguien que implora y cree de maneras diferentes a las nuestras?
Más devastador que el terremoto
Resulta
interesante escuchar las conversaciones que muchas veces tenemos, aún
en el seno de la iglesia, sobre las cosas que pasan en otros lados. En
estos días muchos opinaron sobre el terremoto, unos tratando de
encontrar una manera de entender un evento tan trágico, otros procurando
–sin necesidad- explicar a Dios y muchos evitando la critica a un
estilo de vida y de mundo que produce y agudiza el sufrimiento de tanta
gente.
Déjenme
decirles que tengo el privilegio de haber recibido informes directos de
varias personas testigos de la situación de Haití. También estamos en
comunicación con quienes ya están llevando la ayuda y la solidaridad de
las iglesias a aquel sufrido país. Pero lo más impactante es recibir el
testimonio de personas que relatan, trágica y penetrantemente, aquel
dantesco escenario de dolor. Solo por contarles un detalle, algunos
relatos de la situación que dejó el terremoto son tan dolorosas, que
dificultan incluso el poder leer las descripciones, sin conmocionarse. Algunos
de los relatos ni siquiera son aptos para leerse en vos alta hasta el
final, sin ponernos a llorar. Quise leer a mi esposa uno de esos
relatos y tuve, a la mitad, que entregárselo para que ella misma lo
leyese, porque no podía con la congoja, el nudo en la garganta y las
lágrimas que querían irrumpir.
Sergia
Galván relata “...todo lo que pueda contar es poco. El olor a cadáveres
nubla la razón, los miles de cuerpos atrapados y llorando debajo de los
escombros te hace sentir una migaja, las personas parecen mirar a otro
mundo, sus ojos parecen relámpagos que huyen del horror. Las gentes son
caminantes, que van y vienen sin rumbo, deambulantes que cargan dolor y
miseria, deambulantes que cargan sueños en ruinas, las gentes caminan,
caminan, caminan, es como si al caminar se liberaran de la
tragedia. Las calles están llenas de cadáveres en descomposición,
ayer en la tarde decidieron, enterrar a sus muertos en fosas comunes,
es probable que- pidiendo perdón a sus dioses, diosas y ancestros-
decidieran sobrevivir al terremoto de los olores, y enterrar a los
suyos en fosas comunes.”
También
es cierto que tenemos el privilegio de estar en directa comunicación y
en coordinación con las iglesias de República Dominicana que ya están
activas en el servicio, mostrando solidaridad en medio del dolor.
También expresan la solidaridad en nombre de miles las Iglesias y
Organismos Internacionales de las Iglesias como el Consejo Mundial de
Iglesias, la Iglesias Unida de Canadá, el Servicio Mundial de Iglesias,
el Consejo de Iglesias de Estados Unidos, la
Conferencia de Iglesias del Caribe, y nuestra propia denominación
(Iglesia Presbiteriana USA) que tiene misioneros en Haití, entre muchas
otras. Doy gracias a Dios por poder desde mi
trabajo en el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI), poder aportar
un granito de arena para ayudar a Haití aún desde nuestras
limitaciones.
Vemos
gestos hermosos, como el de la Iglesia de Chile que desde el Sur del
continente se sumó a la iniciativa que estamos proponiendo para
financiar la acción solidaria de nuestros hermanos de iglesias
Dominicanas. Somos testigos de la solidaridad de las Iglesias
Presbiterianas de Colombia, que desde su contexto también tan sufrido,
decidieron sugerir a sus congregaciones que den todas sus ofrendas
dominicales para este emprendimiento de cooperación ecuménica del CLAI.
¿Tenía
este terremoto un propósito? ¿Es un evento enviado/permitido por Dios?
¿Es un castigo de Dios -como dijo un llamado “evangelista” con escasos
recuerdos del Evangelio?
Los
estimados del gobierno son entre 100 a 150 mil muertos, pero el obispo
de la iglesia Metodista en Haití escribía el sábado que los oficiales
de EEUU estiman 400 mil muertos. Lo cierto es que al momento ya van
unos 72 mil muertos contabilizados. Es interesante como nuestra
sociedad todo lo cuenta –hasta el dolor, la muerte o el hambre- como si al ponerle un número a las cosas se tornaran más manejables (¿o más manipulables?)
Siguen
las preguntas por todo nuestro ser: ¿Será una señal del fin? ¿Por qué
le toca a Haití un país tan pobre? Y si es cosa de Dios ¿cómo entender
el sufrimiento de inocentes, de niños, de bebés, de abuelas? ¿Por qué
no a nosotros? ¿Será por el Vudú -religiosidad que se construyeron los esclavos para poder hacer frente desde una fe a la grotesca explotación y denigración humana-? ¿Será que Dios no puede oír el clamor de alguien que implora y cree de maneras diferentes a las nuestras?
Muchas son las preguntas y también, demasiadas veces, muchos son los prejuicios que tenemos y las realidades que tapamos porque no las queremos ver.
Mejor
hablar de las consecuencias nefastas de un terremoto que de los
sistemas que producen muerte, hambre, marginación, pobreza. Mejor
hablar de otra cosa. Mejor hablar de los terremotos.
Solo
17 veces se menciona la palabra terremoto en la Biblia. 5 en el Antiguo
Testamento, 6 en los Evangelios y Hechos y 6 en el Apocalipsis. La mayoría de los textos del Antiguo testamento hablan del terremoto simplemente como una manifestación de la naturaleza.
En
Amós, por ejemplo, solo se usa la palabra terremoto para recordar una
fecha importante, la del inicio del ministerio del profeta.
“Éstas
son las palabras de Amós, pastor de Tecoa. Es la visión que recibió
acerca de Israel dos años antes del terremoto, cuando Uzías era rey de
Judá, y Jeroboán hijo de Joás era rey de Israel.”.
Zacarías
también lo utiliza con una intención cronológica que, a la vez, le
sirve de analogía en cuanto a la respuesta humana ante la devastación
de quienes se oponen al Señor; dice: “Huirán ustedes como antes huyeron
sus antepasados a causa del terremoto que se produjo cuando el Rey
Ozías gobernaba en Judá”.
Isaías
es el único texto del AT, y quizás de la Biblia, que habla del
terremoto, como un evento de la naturaleza, pero interpretado como
instrumento del que se vale Dios para castigar a los enemigos de su
pueblo.
En
el NT el trato es similar. Aunque es cierto que la visión sobre los
eventos de la naturaleza va cambiando ya que los textos del NT son
escrito desde y para una cultura más citadina y menos agrícolas, más de
metrópolis y comerciantes y menos de pastores y campesinos. Es decir
que los textos son influenciados por unas cosmovisiones que han ido
cambiando, especialmente por la visión griega de entender el mundo y a
Dios, la cual es es diferente a la hebrea.
Recuerden
también que la mayoría de las menciones de terremotos que tenemos en el
NT son textos bíblicos escatológicos o apocalípticos. El fin de esos
escritos es hablar del fin de los tiempos y el juicio a las naciones
(entre otros temas).
Esos
textos utilizan metáforas, analogías e imágenes para describir ese
tiempo futuro, que será real, pero del que se habla con el lenguaje de
los símbolos. Por tanto el trueno no es solamente un trueno, el caballo
y su jinete, no son solo un caballo y un jinete y el cordero no es un
animalito tierno, sino una imagen simbólica del mismo Cristo que da su
vida vicariamente por nosotros.
Así
las cosas, textos del evangelio y del apocalipsis que hablan de
terremoto, pestes, fuego, etc., no están hablando necesariamente de
esos eventos en cuanto fenómenos naturales, sino como símbolos del
momento en que Dios vendrá -no solo a algunos- sino a todas las
naciones y por tanto también tienen un carácter cronológico o de
anunciación/señal del inicio de un nuevo mundo.
Por
eso no puede pensarse que los terremotos son castigos de Dios –para
otros.as- o cosa similar. Porque en esos textos, aunque simbólicos, los
eventos de la naturaleza sólo son referidos en sentido temporal como
hitos que señalarán hacia un tiempo en que Dios mostrará su salvación a
las naciones. Es decir, otra vez, en sentido cronológico como en el
Antiguo Testamento y no como eventos de castigo.
Es más, uno de los textos del Nuevo Testamento (Hechos de los Apóstoles) refiere
el terremoto, ni siquiera como calamidad, sino como instrumento de
salvación de Dios. Es el caso de los apóstoles, Pablo y Silas,
liberados de la cárcel en medio de un fenómeno de la naturaleza. Se
rompen las cadenas, se abren los calabozos, y el terremoto es
instrumental para proteger la vida de los seguidores del Cristo, para
conversión de los opresores y, en definitiva, es un evento de salvación.
Dicho
esto, el texto más clarificador de toda la Biblia sobre los fenómenos
de la naturaleza, tan poético y tan profundo, es el de primera Reyes
19: 3-13 que nos cuenta de un evento especial en la vida del profeta
Elías a quien Dios decide manifestarse.
El
texto tiene muchas vertientes interesantes de reflexión, pero quiero
invitarles a poner la mirada en el tema que nos ocupa. El relato cuenta
que Dios invitó al profeta a salir de la cueva
en la que estaba escondido por temor de ser asesinado, pues se le
quería manifestar en esas circunstancias tan especiales. Esa cueva
profunda es muy simbólica de la vida de quienes están en serias
dificultades, con el ánimo desvalido, en “oscuridad”, en crisis.
Dice el texto que “Como heraldo del Señor (es decir como mensajero, enviado o emisario) vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas
(nada más parecido en su descripción a un tornado o a un huracán, otra
vez solo un fenómeno extraordinario y poderoso de la naturaleza); Y dice el texto pero el Señor no estaba en el viento. Al viento lo siguió un terremoto, (otra vez un evento extraordinario de la naturaleza) pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. 12 Tras el terremoto vino un fuego, (otra manifestación asociada al mundo de la naturaleza) pero el Señor tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. 13
Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se
puso a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le dijo:
—¿Qué haces aquí, Elías?
¡Allí
sí estaba el Señor! en el suave murmullo que llegaba apacible a sus
oídos, en la brisa suave que acariciaba su rostro delicadamente.
Cuantos
problemas nos evitamos si dejamos en el plano de la naturaleza lo que
Dios ha creado como naturaleza, con sus reglas y funciones, que
ciertamente miradas en perspectiva son maravillosas.
Ver
la historia de los glaciares, la forma de los continentes antes y
ahora, ver la existencia de fósiles como evidencia de vida marina en el
medio de la vastísima Patagonia. Todas estas son evidencias de una
naturaleza creada por Dios en perfección (y a la que estamos
destruyendo), que tiene sus modos de funcionar y de reaccionar. Pero
lejos está de ser instrumento en manos de un Dios castigador, que viene
con terremotos, huracanes y tsunamis a asolar la vida de la gente y más
aún de la gente que Él más ama, que es la gente pobre y sufrida de
todos los tiempos.
Lejos
está el verdadero Dios del dios manipulable, tan conveniente a nuestras
ideologías y prejuicios, como el que predican ignorantes que todo lo
usa para ver un Dios castigador que hiere a la tierra por sus fallas,
por sus bajezas, por sus pecados. Es triste ver gente enfocada siempre
en las pajas del ojo ajeno, pero que ni cerca están de ver la viga
inserta en el centro de su vida.
Este
no es el tiempo del juicio, porque sino también sobre nosotros vendría.
Este aún es el tiempo de la gracia, la misma gracia que hoy se
manifiesta a nosotros y nos da la oportunidad de darnos cuenta que la
vida es frágil y que para los más pobres es un clamor que se eleva a
Dios en búsqueda de justicia.
El
mundo se asusta por los terremotos, ¿quién no? Pero más debería
asustarse por el escándalo que representa el flagelo de un mundo que
genera muchas más muertes que un terremoto. Preocupación debiera darnos
una sociedad que para el bien de alguno necesita de la existencia de
otros destinados a ser pueblos olvidados. Pavor debiera darnos nuestro
modelo de mundo que genera multitudes de hambrientos y desolados.
Haití,
amada iglesia, no está sufriendo solo por tan terrible evento de la
naturaleza. Haití grita, como la sangre de Abel y de Cristo. Haití
grita ante Dios y el mundo como gritan los moribundos desde bajo de los
escombros. Grita por un mundo desigual que
genera y permite la pobreza, el hambre y las injusticias. Grita porque
la vida buena de algunos descansa en la marginación de muchos. Este es
el mundo en el que vivimos, la tierra que debe ser trastocada para que
todo lamento se convierta en baile.
Algunos dicen:”Así están esos...por creer en el Vudú”
, “así están los otros por ser comunistas”, “así están los otros por
tener petróleo bajo sus pies”. ¡No juzguemos con tanta limitación! Este
no es el tiempo del castigo y los prejuicios, es el el tiempo de
manifestar el amor que Dios nos enseño y vivir la comunión del género
humano.
Este
es tiempo de amar como Él nos ha amado, mereciendo nosotros la
destrucción Él nos dio la vida y nos mandó a ser solidarios, generosos
y serviciales. Él no nos dijo que juzguemos a quienes son como nosotros
o a quienes creen diferente. Más bien nos dijo que amemos, que seamos
prójimo del sufriente, que estemos al lado del pobre. Dios nos dijo que
al extranjero lo tenemos que proteger, no combatir o eliminar. Nos
ordenó amar hasta el extremo.... Porque Dios tampoco estaba en el terremoto.
Termino
la reflexión con un excelente poema de un amigo y colega, de mi misma
iglesia de origen en argentina, la Iglesia Reformada Argentina, que nos
recuerda:
“…pero Dios tampoco estaba en el terremoto.” (1º Reyes 19:11)
La tierra se sacudió como animal furioso,
temblaron los montes y el mar desató su enojo,
los suelos se abrieron y lo construido fue destruido,
y un pueblo cansado de sufrir vuelve a sufrir.
Vimos sus rostros y oímos sus llantos,
las imágenes estremecían y golpeaban,
personas deambulando, cuerpos aplastados,
destrucción y muerte, dolor y angustia,
tras el terremoto cruel y devastador.
Pero Dios no estaba en el terremoto…
Hijos sin madres, madres sin hijos,
hermanos sin hermanos, amigos sin amigos,
miles y miles de vidas aplastadas en segundos,
historias, esperanzas, sueños, ilusiones
que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.
El horror dejó su marca indeleble
en las miradas perdidas, en las caras desoladas,
en los muertos, en los atrapados, en los mutilados,
en cada vida quebrada por lo no esperado.
Pero Dios no estaba en el terremoto…
Alguien gritó su espanto, otras voces se unieron.
alguien elevó una plegaria, otras siguieron,
alguien cantó y muchos cantaron,
alguien levantó un escombro
y otros más comenzaron a levantar las piedras,
alguien abrazó a un herido
y otros más los cargaron en brazos,
alguien tendió su mano
y miles de manos se unieron.
Y Dios estaba entre ellos.
En solidaridad con el pueblo haitiano
Gerardo Oberman
Castelar, 13 de enero de 2010
Dejemos
de tratar de explicar y justificar a Dios con nuestros prejuicios. Más
bien busquemos su rostro y veámoslo claramente en el rostro de los
sufridos y sufridas. Es allí, en ellos y ellas que están en la no vida,
que debemos ir a evidenciar la buena voluntad de Dios y mostrar el amor
de Aquel que da la vida por sus hijos e hijas y llama -al creyente, a
la iglesia y toda persona de buena voluntad- a dar la la vida por un mundo que no produzca muertes, dolor e injusticias con más devastación que un terrible terremoto.
Rvdo. Jorge Daniel Zijlstra Arduin
Pastor Iglesia Presbiteriana en Levittown
Secretario Regional
CLAI Caribe y Gran Colombia