Luis
N. Rivera-Pagán, Puerto Rico
Los colegas del Centro de
Estudios e Investigación de la Fe Cristiana en Puerto Rico, del
Recinto Metropolitano de la Universidad Interamericana, han hecho una
significativa contribución al estudio del pensamiento religioso
puertorriqueño al digitalizar y reeditar el libro El Reino
Permanente (San Juan, Puerto Rico: Universidad
Interamericana, 2009) del teólogo protestante Ángel M. Mergal
Llera. Es, sin duda alguna, una de las obras más importantes en la
historia de la reflexión teológica puertorriqueña. Publicada
inicialmente en 1965, por la Iglesia Evangélica Unida de Puerto
Rico, no tuvo entonces la difusión y el reconocimiento que merecía.
Es una falla histórica que esta nueva edición, ampliada con fotos
de Mergal y unas valiosas notas introductorias, se apresta a
subsanar
Mergal inicia El
reino permanente, obra de madurez exegética y teológica,
recalcando la necesidad de "restaurar la verdad originaria que
informa la fe cristiana". Todo el libro revela esta concepción:
el cristianismo necesita ser restaurado. La iglesia ha asfixiado, por
medio de sus ritos, dogmas y ordenanzas, su "verdad originaria".
Veamos un ejemplo típico de la manera como Mergal evalúa la
historia eclesiástica, en esta caso, la católica:
La celebración del
agápe, en memoria de la Cena Pascal, fortaleció esta
tendencia a desarrollar un sacerdocio, una liturgia y un símbolo
dogmático o Canon, de fe... que vinieron a constituir la
constelación o matriz de la nueva Iglesia... En el segundo y tercer
siglos este esquema o forma rígida suplantó la fe personal;
la "libertad en Cristo" del primer siglo se transformó en
la fe implícita, fundamento teórico del sacramento ex
opera operato, y esencia del catolicismo romano. Este
proceso... no se completa hasta el Concilio Vaticano de 1870,
con el dogma de la Infabilidad Papal.
En otra ocasión repite
el juicio severo e implacable contra la historia eclesiástica. “La
Iglesia primitiva sacramentalizó la esperanza mesiánica y, a la
postre, identificó la Iglesia del Santo Imperio con el Reino de
Dios. Las consecuencias para la comprensión del Evangelio de Reino
de Dios han sido desastrosas...”
La frase sobre la
identificación de "la Iglesia del Santo Imperio con el Reino de
Dios" es una variante de la famosa y controvertida aseveración
del teólogo católico Alfred Loisy en 1902: "Jésus annoncait
le royaume, et c'est l'Église qui est venue" ("Jesús
anunció el Reino [de Dios], pero lo que vino fue la Iglesia").
Tomada en ocasiones fuera de contexto, esta afirmación se convirtió
en la consigna de quienes recalcan la contradicción entre la
original y evangélica esperanza escatológica del reino de Dios y la
realidad presente de la no muy celestial institución eclesiástica.
El dicho no agradó a las autoridades católicas, los libros de Loisy
se pusieron en el "Índice de obras prohibidas" y su autor
fue excomulgado y declarado vitandus (persona cuyo
contacto debe evitarse).
También para Mergal la
Iglesia difiere grandemente de la idea bíblica sobre el reino de
Dios. Se requiere, por tanto, una ardua labor de restauración, de
recuperación del genuino mensaje evangélico. ¿Cuál es el camino
de renovación? Hay tres posibilidades: la Biblia, la subjetividad
humana, la iglesia. Mergal traza su proyecto de restauración sobre
las primeras dos, excluyendo la tercera.
Hay tres fuentes de
luminosidad para intentar una restauración: el interior del hombre,
siguiendo la directiva de San Agustín; el interior del texto
bíblico, siguiendo a Erasmo de Rotterdam; y el interior de la
Iglesia o Koinonía cristiana... La tercera fuente es tan
turbia que apenas si nos sirve... Estas Meditaciones de la
Pasión... pretenden ser solamente un comentario autobiográfico
y cordial desde el interior del texto sagrado al interior del hombre
interior, donde resuena perpetuamente la voz del Verbo de Dios.
"La tercera fuente
es tan turbia que apenas si nos sirve". Con este lapidario
juicio echa Mergal a un lado veinte siglos de eclesiología y se
apresta a intentar heroicamente restaurar la "verdad originaria"
del cristianismo en un diálogo entre el texto bíblico y su
subjetividad. La referencia que hace a Agustín, conlleva la idea de
una "luz interior", de una capacidad de juicio que, al
mismo tiempo, permita interpretar correctamente el texto bíblico y
servir de punto de contacto con la divinidad. "Tal vez San
Agustín lo entendió así cuando dijo: 'In interiore homine
habitat veritas', (la verdad reside en el interior del hombre)".
La libertad de conciencia se hace imprescindible, por consiguiente,
como necesidad exegética; por la libertad esencial para escudriñar
las escrituras bajo la dirección del Espíritu Santo. "La
libertad de conciencia es el manantial de toda libertad". La
autonomía del juicio interior es condición indispensable para la
interpretación correcta de la Biblia.
De esta libertad de
conciencia, arraigada profundamente en la fe cristiana, es decir en
la fe que nos revela Jesucristo, y no ningún vicario suyo, parte el
concepto del carácter individual de lo religioso, y del carácter
sagrado e inviolable de la conciencia religiosa.
El Espíritu Santo, es la
suposición en esta línea de pensamiento, habla en el interior del
juicio subjetivo que se abre en fe a la interpretación correcta de
las Escrituras. Es en el corazón del individuo, no en las
autoridades eclesiásticas dogmáticas, donde puede ubicarse el lugar
magisterial del Espíritu. La libertad de conciencia, sin embargo, no
equivale a arbitrariedad o voluntarismo. No se trata de que cada cual
crea lo que le venga en gana. "Esa libertad está condicionada
por la verdad". Tiene que disciplinarse en el escudriñamiento
de la verdad. Es libertad para entregarse a la renovación del
entendimiento, a la latría lógica (logiké latreía
-Romanos 12:1).
Mergal se plantea el
problema de la estructura fundamental de la persona. El ser humano es
concurrentemente somático, psíquico y espiritual. Hay aquí un
rechazo decidido al dualismo antropológico que en algunos de sus
diálogos desarrolla Platón y que tan influyente ha sido en la
tradición filosófica y teológica occidental. De acuerdo a Platón,
el cuerpo - soma - es la cárcel, la prisión del alma
- psyché. También cita sin refutar la idea de otros
filósofos griegos que igualan, girando sobre evidente juego
semántico, el cuerpo - soma - con el sepulcro - sema.
Pertenece al ámbito de lo material, lo corruptible, lo falso. El
alma, por el contrario, proviene, en cuanto lógos del
mundo de las esencias. Es real, inmaterial, inmortal. La verdad y la
virtud son atributos del alma, no del cuerpo ni de la materia.
Mergal, por el contrario,
desarrolla una visión del ser humano donde cuerpo, alma y espíritu,
cada uno con sus propias funciones vitales, se integran y conservan
su valor. La llama “Triángulo semántico de la persona... Lo
somático, lo psíquico y lo cultural son los tres ángulos, cada uno
de ellos estructurado por dos fuerzas en tensión y comunicadas entre
sí funcionalmente para mantener la unidad de la estructura hombre.”
Detrás de esta
concepción está la doctrina veterotestamentaria de la creación y
la visión paulina de la tríada antropológica y la participación
del cuerpo en la dispensación soteriológica (la defensa de la
resurrección del cuerpo en el decimoquinto capítulo de la Primera
Epístola a los Corintios es central en el pensamiento del apóstol
de los gentiles). De la primera, surge la afirmación favorable sobre
el valor del universo tangible (la materia y el cuerpo son criaturas
divinas y, por tanto, son buenas). De la segunda, la apreciación
positiva de la corporalidad (Pablo utiliza el cuerpo como principal
analogía para la comunidad cristiana, catalogada como soma
Christou - "cuerpo de Cristo").
Esta concepción de
Mergal que es, como apunta, "la imagen de la trinidad teológica,
proyectada sobre la imagen del hombre", recuerda la famosa
analogía que desarrolla San Agustín, en su tratado Sobre la
trinidad, entre la doctrina teológica de la Trinidad y la
estructura trinitaria antropológica de San Pablo. Mergal, buen
conocedor de la historia del pensamiento cristiano, así lo insinúa.
"Recordemos que fue un Padre de la Iglesia, profesor de retórica
y admirador de la cultura griega, el primero en señalar la imagen de
una trinidad teológica en la estructura de la personalidad humana".
El ser humano, en cuanto
cuerpo, pertenece a la naturaleza; en cuanto alma, a la cultura y la
historia; en cuanto espíritu, a la religión y la trascendencia. Hay
aquí continuidad e integración, pero también finalidad y jerarquía
ascendente. El organismo humano se proyecta en aras del espíritu y
la fe trascendente.
Esta finalidad, que
conecta el compromiso somático de la persona con su intencionalidad
más allá del mundo físico y biológico, es el fundamento que
justifica tanto la afirmación de la continuidad de la experiencia
humana como el sentido transcendente de sus simbolizaciones... Toda
religión simboliza la percepción más profunda de la estructura de
la existencia humana.
Somos "parte de la
realidad cósmica llamada materia", "de la realidad humana
llamada historia" y de "la relación Yo y Tú llamada
Dios". La fe, por tanto, no es una categoría heteronómica.
Constituye una necesidad ontológica, noética y ética. Es "la
primera necesidad básica del ser total junto a la nutrición, el
sexo y el albergue, primeras necesidades fisiológicas". Mergal
asume así la tradición agustiniana de la fe como necesaria y
esencial para el ser, saber y actuar humano.
La visión integrada de
la persona permite a Mergal evitar la antinomia que entre naturaleza
e historia que ha plagado buena parte de la teología moderna.
El ser humano, en su concepción, es parte de la naturaleza. No se
trata sólo de que tenga cuerpo. Hay que afirmar, más bien que es
cuerpo. Mergal no prosigue las implicaciones provocadoras de esta
afirmación positiva de la corporalidad humana. De haberlo hecho,
hubiese podido aplicar su pericia exegética a la interpretación de
los pasajes evangélicos en los que Jesús se preocupa por la
integridad corporal humana. El reino de Dios se expresa en la
compasión por las necesidades vitales de los menesterosos. Esto
sería una contribución valiosa para superar las interpretaciones
espiritualistas y ahistóricas que han aquejado la historia de la
teología.
Pero, el ser humano no es
sólo cuerpo. No vive sólo de pan. Como alma y espíritu, el acento
debe ponerse en su inserción en la historia como ser libre y
creador. Tiene urgencias profundas y radicales que superan la esfera
material y corporal. Este es el umbral para la libertad creadora.
Esta urgencia que lleva
al hombre más allá de la satisfacción de la necesidad natural,
revela una cualidad muy particular del ser humano, a la cual podemos
llamar imaginación creadora, libertad o potencialidad para la
transcendencia de lo natural, en una palabra espíritu... Los cambios
que constituyen la historia de las sociedades humanas señalan hacia
horizontes de posibilidades siempre abiertas, en contraste con un
ciclo vital siempre cerrado, el de las llamadas sociedades naturales.
Ese horizonte abierto es el símbolo de la libertad, es el llamado
constante a la superación de la naturaleza creada por el espíritu
creador.
El ser humano es cuerpo,
alma y espíritu - soma, psyche y pneuma.
Son tres dimensiones distintas pero vinculadas, jerarquizadas e
integradas. Más aún, el microcosmos humano ejemplifica la
diversidad e integración del macrocosmos universal. Mergal lo llama
analogia personae - la interpretación del ser en
analogía a las distintas dimensiones de la persona. El cuerpo
vincula al ser humano con toda la naturaleza, inorgánica y orgánica;
su alma con toda la vida psíquica e histórica; su espíritu con el
ámbito de la eternidad y "el reino permanente", la
trascendencia que otorga significado e integra todo lo que es.
A las tres dimensiones
antropológicas fundamentales - soma, psyche
y pneuma - corresponden tres tiempos: chrónos
el tiempo cronológico, la sucesión temporal indistinta e informe;
kairós, el tiempo histórico, en el que acontecen
eventos de significado e importancia; y, télos, el
tiempo final, de la consumación, el éschaton, que
otorga sentido a toda temporalidad. Veamos la forma como lo precisa
Mergal.
Nos parece palmario, en
el texto mismo del Nuevo Testamento, un orden de tiempo que provee un
esquema de referencia... Este orden está simbolizado en los términos
cronos, kairos y telos: el tiempo natural, o sea
la duración, el ritmo y los ciclos naturales; el tiempo personal e
histórico, o sea la vivencia consciente y creadora en la duración;
y la plenitud y sentido del tiempo, simbolizado en Dios, es decir, el
sentido de la duración... A este orden de tiempo corresponde un
orden de vida, al cual se refiere el apóstol Pablo como la vida
natural o carnal, es decir la biología; la vida personal o psíquica,
es decir, la biografía y la historia; y la vida permanente o
espiritual...
La integración triádica
se complica al añadirle Mergal la correspondencia de tres maneras o
formas del amor: éros, filía y agápe
. “El amor éros... es el biológico, el natural del
tiempo cronos; la filía... es el amor culto y
biográfico; el agápe cristiano, es el amor biosémico,
el del Reino Permanente, y en él se redimen y adquieren sentido los
otros dos amores.”
Finalmente, la tríada se
completa con tres formas, distintas e integradas del saber.
El afecto natural, el
éros, se nutre del saber instintivo, al cual el
fisiólogo Walter Canon ha llamado Sabiduría del Cuerpo. El
proceso de la ciencia tiende a compenetrarse del secreto de esta
sabiduría. El afecto específicamente humano, la filía,
se prolifera en saber culto: ciencia, filosofía, historia, estética,
teología, jurisprudencia, en una palabra, humanismo. El agápe
cristiano conduce al saber de la gracia, al nous que
hubo en Cristo Jesús y nos da la visión del Ser Uno...
Esta impresionante
elaboración antropológica constituye el eje del pensamiento de
Mergal. El ser humano integra el alpha y el omega del ser creado. Se
hermana con la naturaleza inorgánica y con todos los grados de la
vida vegetal y animal. Escala los picos de la creatividad histórica
cultural para abrirse finalmente a la gracia divina que al trascender
sin erradicar sus dimensiones somáticas y psíquicas lo integra como
persona con sentido eterno y permanente.
Este libro contiene una
reflexión teológica importante que, gracias al Centro de Estudios e
Investigación de la Fe Cristiana en Puerto Rico, puede finalmente
recibir atención privilegiada de los interesados en la historia del
pensamiento religioso puertorriqueño y latinoamericano. Valga
nuestra profunda gratitud a los profesores e investigadores del
Centro encargados de tan excelente obra editorial: Héctor López
Sierra, David Hernández Lozano, Carmen Julia Pagán Cabrera y Jesús
Rodríguez Sánchez.