Posted On 06/04/2021 By In portada, Teología With 729 Views

Cuando se parece, pero no es | Rubén Bernal

Cuando se parece, pero no es

A veces estamos un poco hartos de cómo, en algunos contextos eclesiales, se abusa forzadamente del texto de 2Pe 2,1-3:

Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina.  Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.

El abuso constante y fanatizado de algunas personas respecto a estos versículos produce tal hastío que, en creyentes e iglesias más abiertas, se corre el riesgo de restar importancia a una advertencia sustancial y pertinente. En lo personal, una lectura rápida del texto me lleva primero a pensar en telepredicadores o pastores que promueven el evangelio de la prosperidad; es quizá donde más evidente se hace esa mercadería con palabras fingidas, con una teología de la gloria que anula la teología de la cruz, con un lenguaje triunfalista enfocado en las bendiciones económicas y un milagrerismo ilusorio y simulado. Pero me equivoco completamente si descanso creyendo que esta amonestación bíblica se refiere solo a esta orientación teológica (a cuyas víctimas a veces me toca acompañar pastoralmente). También me equivoco cuando pienso que el peligro está siempre en otros (los de fuera) y no en mí mismo o entre aquellos predicadores/as o teólogos/as que admiro o me agradan. El texto dice que los falsos maestros estarán «entre vosotros», es decir, no muy lejos, y cuanto menos es una advertencia interesante que, aunque responde a un contexto determinado, sigue siendo oportuna.

Estos mismos versículos también me invitan a pensar en la amenaza del discurso de algunos grupos de supuesta «sana doctrina», aquellos que en realidad se dedican a herir a otras personas desde la bandera de una fe ortodoxa pero que, en realidad, traicionan la ortopraxis cristiana al tener prácticas que son «herejías destructoras» que no edifican, sino que acuchillan. Sin embargo, no hemos de mirar siempre a los grupos ajenos, sino que, vuelvo a repetir, el texto advierte que, para que sea realmente amenaza, los falsos maestros –o las falsas enseñanzas– estarán cerca, «entre nosotros», quizá incluso en mí mismo.

Estos profetas o maestros no necesariamente han de ser personas despiadadas con ansias de poder, de control o de imponer una ideología. Vivimos en una época donde la información (y la desinformación) está por todos lados, el bombardeo de voces falsas nos inunda (las fakes news y el fenómeno la posverdad se han convertido en uno de los grandes problemas del presente). Lo falso siempre nos llega mezclado con lo auténtico y el discernimiento se convierte en todo un ejercicio en el que hay que contar –como no puede ser de otra forma– con la ayuda y guía del Espíritu Santo. La televisión, y hoy sobre todo cualquier youtuber, nos hace llegar opiniones muy diversas, ¡y ni hablemos de las redes sociales donde cada cual expone la suya! En el mundo teológico pasa lo mismo, aunque me encantan las discusiones académicas en torno a un sinfín de temas, no todo lo que se dice o se escribe es digno de crédito, y menos aún, descubrimientos o posturas novedosas (pues en el ámbito académico, sin generalizar, a veces hay ansias por innovar o hallar cosas que coloquen nuestro nombre entre los «grandes», y excepcionalmente entran en juego enormes construcciones a veces –no siempre– llenas de humo). No es mi intención restar credibilidad a la investigación universitaria, que de hecho es una de mis pasiones personales, sino sembrar una actitud crítica hacia ella, no desde paradigmas trasnochados fundamentados en el literalismo bíblico, como en los debates de creacionistas contra evolucionistas o algo así, sino, por decirlo de algún modo, considerando una hermenéutica de la sospecha (aunque no voy por la línea de Marx, Nietzche ni Freud): «¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?» –se pregunta Pablo en 1Co 1,20b[1]. Nos queda, casi para todas las áreas de la vida, aquel principio de 1Tes 5,21: «examinadlo todo, retened lo bueno» ya que la sabiduría de este mundo es dudosa (1Co 3,18-23). Por tanto, eso no quiere decir, ni mucho menos, que dejemos de buscar una formación académica de calidad, incluyendo el área filosófica, porque precisamente en el mundo evangélico hispanohablante urgen personas creyentes bien preparadas.

Ocasionalmente, tanto en la vida eclesial en comunidad como de manera particular, absorbemos y nos identificamos acríticamente con juicios o razonamientos que no concuerdan realmente con la voluntad de Dios, pero acabamos asimilándolos con simpatía. En este sentido, creo que el peligro de los falsos profetas o profetisas, usurpadores de la voz de Dios y pretendidos portavoces autorizados de la voluntad divina, es un fenómeno que no solo puede encontrarse por todas partes, sino también en nosotros mismos al dejarnos llevar por todo viento de doctrina (Ef 4,14). Es lo que tiene vivir en una era en la que parece no haber verdades sólidas, o haber muchas miniverdades, todas en competencia, o como distintas caras de un mismo prisma.

Creo que las voces más peligrosas para las iglesias, especialmente para aquellas en las que evitamos extremismos, proceden de ideologías, agendas, proyectos o visiones que se parecen muchísimo a buena parte de los objetivos misionales de nuestras comunidades cristianas, a riesgo de que a veces puedan configurar incluso nuestros propios objetivos. En la diversidad de ideologías o corrientes de pensamiento y de acción social, emergen algunas que comparten, en determinadas áreas, fines muy parecidos a los nuestros, y podríamos dar gloria a Dios por ello, pero actúan mediante unos medios que no son los mismos, o al contrario, emplean medios semejantes pero con fines contrarios. No todo aquello que simula estar en consonancia con la justicia del Reino es realmente justicia del Reino, y a veces hacemos alianzas que deberíamos pensarnos más. Como ya advertía el texto petrino (2Pe 2,1-3), la introducción de herejías destructivas de manera encubierta, desapercibida o sutil pero constante, y agradablemente vestidas como ángel de luz (2Co 11,14), no pueden ser asumidas por la iglesia de manera acrítica ni maquilladas de evangelio.

Llegamos a la cuestión que me preocupa. Quienes abogamos por la inclusividad LGTBI en nuestras iglesias, y especialmente entre quienes la practicamos como una realidad desde el mensaje del evangelio y como auténtica demanda de la justicia del Reino, hemos de ser críticos respecto a las construcciones ideológicas externas al discurso cristiano, sobre todo cuando estas tienen cierta semejanza con nuestro propio discurso (temamos aquello que parece pero que no es). De hecho, en mi experiencia de estudio personal respecto a las numerosas corrientes de teologías queer, mi conclusión es que, en ellas, no todo vale, algunas están construidas sobre arena y otras –como se dice en la epístola de Judas– convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios (Jud 4).[2] Ningún afán por reconocernos progresistas debe llevarnos a abogar por la gracia barata[3], más bien asentemos nuestras convicciones en la Roca para no rendirnos fácilmente ante falsos evangelios (falsos pero que simulan muy de cerca al verdadero). Es más, que yo sepa –aunque no puedo hablar por todo el mundo– no es ese el testimonio auténtico y sincero que las personas creyentes cristianas LGTBI quieren dar, tanto hacia el mundo como hacia las iglesias conservadoras a las que quieren dar ejemplo (no por el qué dirán sometiéndose de nuevo a estereotipos y convencionalismos que les lleven otra vez al armario ¡no!, sino como labor catequética y testimonio de Dios en sus vidas). Soy realmente consciente de que no puedo hablar en nombre de este diverso grupo de personas creyentes, especialmente siendo un varón heterosexual que no vive en primera persona los atropellos y la discriminación que estas personas viven, pero lo que expreso aquí lo hago desde la responsabilidad pastoral y en la experiencia de este acompañamiento.

Lo digo por escrito, no me interesa en absoluto construir una iglesia progre, lo que quiero es una iglesia acorde al reinado de Dios que anunció Jesucristo, fiel a su evangelio. Sin duda es para mí, desde el mensaje de Jesús, desde donde hay que partir para promover la igualdad y la dignidad de las personas. Es requisito indispensable estar en consonancia con el Espíritu Santo y las Sagradas Escrituras, como lugares de partida donde la iglesia debe moverse en fidelidad. Igualmente es necesario tener sobre la mesa lo que dice el saber científico y filosófico, pero, en cuanto deudores de nuestra propia tradición y desde el principio de Sola Scriptura, nos va a tocar ejercitar un quehacer hermenéutico que sea notablemente serio.

Aunque muchas corrientes de pensamiento nos pueden ser provechosas –y de hecho lo son cuando se las toma con discernimiento–, la lealtad de nuestra militancia es solo con Jesús. Solo Dios ha de determinar lo que la iglesia ha de hacer o debe decir; y no ninguna corriente filosófica que de manera externa nos fuerce a hacer las cosas de otro modo (por mucho que haya puntos en común con nuestra militancia cristiana, y por mucho que ciertos sistemas de pensamiento sean una bendición para un sin fin de cosas). Hay muchas reclamaciones que las teorías queer ponen sobre la mesa que deben ser consideradas, no es cuestión de menospreciarlas, puede que algunas sean innegociables, pero no todas las escuelas dentro de estas teorías están en sintonía con el evangelio, toca juzgar con justo juicio (Jn 7,24). No es mi intención recurrir a la técnica de calzar textos a conveniencia, pero para ello resulta adecuado otro versículo que por desgracia se usa muy ligeramente: «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo» (Col 2,8)[4]. Como decía al principio, a veces entre muy ciertas y honorables reivindicaciones, llenas de justicia y de verdad, vienen otras que han de ser desechadas. ¿Cuáles son? Pues siento decir que el abanico es tan amplio que no puedo dar pie en este artículo a entrar en matizaciones ni en un análisis pormenorizado de estas cuestiones. Además, cada cual, desde ese principio tan protestante de la libertad de conciencia junto con ese otro de libre examen, tendrá que ir sopesando cada una de ellas con la ayuda y guía de Dios, teniendo a las Escrituras como piedra de toque.

Para la iglesia, lo determinante es lo que dictamine la revelación específica (¿todavía estamos con ese discurso? –sí, lo estamos ¿acaso puede haber otro en su seno?). La Biblia es nuestra principal norma de fe y conducta cuando es correctamente interpretada, distinguiendo el fondo del envoltorio (aun cuando para ello necesitemos de una amplia panoplia de disciplinas exegéticas para las cuestiones técnicas). De hecho, la mayor parte de las personas cristianas LGTBI que conozco, también son bastante críticas ante la variedad de propuestas que –en su defensa– vienen de fuera de la iglesia; en cambio toman aquello de: «Yo sé que mi defensor vive, y que él será mi abogado aquí en la tierra» (Job 19,25). La mayoría lo que quiere es vivir comprometidamente su fe en lealtad a Jesucristo en un ambiente eclesial maduro y asentado en las Escrituras. Quieren ser militantes de la mayor de las causas, la mayor porque incluye todas las causas justas: militantes del evangelio. Quede claro que ninguna suerte de antinomismo radical, disfrazado de teoría sofisticada, configura su fe ni tampoco la mía (Ro 6,12; Col 3,5). Entre quienes no nos conocen, me refiero a otras comunidades cristianas, corren rumores de que entre nosotros vale todo (en referencia a la ética sexual). Esto no es así entre quienes, como creyentes en Cristo, rompemos con la pasada manera de vivir (Ef 4,22), haciendo morir todo desorden terrenal (Col 3,5-7), despojándonos de la vieja humanidad (Col 3,9b. Ef 4,22). Pues si bien es cierto que «a libertad hemos sido llamados» (y damos gracias por los Derechos conquistados en la sociedad), también lo es que esa libertad no debe usarse como «pretexto» para dejarnos esclavizar de nuevo a las apetencias de nuestro «yo» –según proponen otras ofertas– (Gal 5,13). Por tanto, no se trata de volver al armario ni mucho menos, sino de vivir comunitariamente la libertad de la filiación divina expresada en Juan 1,12-13, lo que implica que, en el tema que nos ocupa aquí, cada cual debe vivir su sexualidad de manera responsable acorde a las convicciones que nuestra nueva vida en Cristo determina.

La iglesia cristiana sigue a Jesucristo conforme a su programa del reinado de Dios, es agente del evangelio y por tanto tiene su propia agenda que frecuentemente «contiende» contra las ideologías de este mundo (ya sean conservadoras o progresistas, aunque encuentre a veces afinidades con ellas). Por tanto, la Iglesia, aunque puede ejercer la inculturación según el contexto en el que se desenvuelve, y actualizarse (aggiornamento) siempre secundum verbum Dei –como reza nuestro lema reformado–, también debe delimitar, o ser bastante crítica, con aquellas corrientes externas que quieren penetrar en ella (1Jn 2,15; Ro 12,2; Tito 2,11-12). «pues aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo» (2Co 10,3 NVI), y aunque a veces –como en el caso de la inclusividad– parecemos ir de la mano con la sociedad, corremos el peligro de que sea la sociedad la que fuerce a la iglesia a hacer las cosas como ella quiere. Nuestro programa inclusivo solo puede brotar del mismo Espíritu de Dios, no conforme al espíritu de este mundo. Por eso, la postura abierta e inclusiva de nuestra iglesia es una consecuencia directa y lógica de una lectura atenta y cuidadosa de las Escrituras, en sintonía profunda con el proyecto del reinado de Dios.

Curiosamente, debido a la idea falsa de que entre nosotros vale todo, muchos otros creyentes LGTBI comprometidos firmemente con el evangelio, pero apartados voluntariamente de sus antiguas comunidades por haber padecido rechazo y discriminación, temen acercarse y visitarnos. Piensan que nuestra decisión aperturista, en vez de ser una consecuencia lógica del proyecto del reinado de Dios, es causada por amoldarnos a este mundo (Ro 12,2) y, aunque saben que les aceptaremos en la comunidad incluso con sus parejas y familias, sospechan que es bajo el precio de torcer las Escrituras, como lamentablemente también se hace (2Pe 3,16[5]). Nada más lejos de la realidad (aunque en este artículo no hay espacio para cuestiones exegéticas referidas a los textos usados como garrote en la cuestión LGTBI).

Por otra parte, no está de más señalar que si bien la iglesia milita por la justicia, la paz y una serie de principios éticos, el asunto LGTBI no es nuestro monotema (según nos acusan algunas comunidades conservadoras, para quienes –por cierto– sí que se ha vuelto precisamente un monotema o una obsesión), pues más bien, al igual que Pablo, nuestro interés como comunidad cristiana está en «predicar a Jesús crucificado» (1Co 1,23 y 1Co 2,2), anunciando las virtudes de aquel que nos llamó «de las tinieblas a su luz admirable» (1Pe 2,9). A eso nos dedicamos en obediencia y seguimiento a Jesucristo.

 


[1] Aunque mi uso aquí va por otro lado, hay que tener en cuenta que el versículo en cuestión viene a tenor de que el mensaje de la cruz, locura a los que se pierden, es superior a la sabiduría humana, mostrando que lo insensato de Dios es más sabio que los hombres y lo débil de él es más fuerte que los hombres, cf. v.25.

[2] Si bien mi opinión es meramente personal sin comprometer a nadie más, agradezco al profesor Hugo Córdova Quero que me diese a conocer, mediante un par de cursos que hice con él, gran parte de las diversas posturas al respecto.

[3] Cf. D. BONHOEFFER; El precio de la gracia. El seguimiento. 7ª ed. (Salamanca: Sígueme, 2007) p.15ss.

[4] Permítase una aclaración. De un modo magistral, Pablo en el areópago de Atenas (Hch 17,22-24) hizo alarde de su conocimiento de la filosofía y la poesía griega para congraciarse con su audiencia pagana. Lo hace apelando a la filosofía estoica que conocía cf. A. E. GARVIE; La historia de la predicación cristiana (Terrassa: CLIE, 1987) p.86. También en Tito 1,12 Pablo cita a Epiménides de Cnosos en su Tratado sobre los oráculos. En el citado caso de Hch 17 muestra concretamente un uso de poetas griegos como Arato y Epiménides, cf. J. DRANE; Pablo. Su vida y su obra (Estella: Verbo Divino, 1984) p.66 y 28. De hecho, usa en el v.29 un argumento para condenar la idolatría que ya venía siendo usado en los días de Jenófanes en el siglo VI a.C. cf. DRANE, op. cit. p.67. Además de Hch 17,22-24 también en Hch 14,15-17 tenemos el primer contacto de la fe cristiana con la cultura científica griega, cf. M. GARCÍA DONCEL; El diálogo teología-ciencias hoy I. Perspectiva histórica y oportunidad actual (Barcelona: Cristianisme i justiciá) p.11. Pero en el caso de Hch 17,24, que es donde más estamos centrándonos, Pablo habla de una descripción de Dios que, aunque basada en Is 42,5 y Éx 20,11 era bastante digerible para los seguidores de Platón. En esta sección de Hch 17,16-32 Pablo habla en tono positivo con relación a la sabiduría profana, y parece que le funciona hasta que luego se burlan de él al mencionar la Resurrección, cf. M. GONZÁLEZ; Introducción al pensamiento filosófico, 6ª ed. (Madrid: Tecnos, 2010) p.137. En el pensamiento griego era asumible una doctrina de la inmortalidad del alma pero no sobre la resurrección corporal. Sin embargo, que Pablo use conceptos provenientes de otros sistemas de pensamiento no significa que aceptase cierto sincretismo, cf. N. T. WRIGHT; El verdadero pensamiento de Pablo. Ensayo sobre la teología paulina (Terrassa: CLIE, 2005) p.87. Ahora, la cita de Col 2,8 que es la aludida en mi texto principal –si es de Pablo, lo cual está en discusión por la crítica contemporánea– mostraría la desilusión del apóstol por su mala experiencia con la filosofía griega en Atenas, cf. M. GONZÁLEZ; op. cit. p.137-138. El empleo de la filosofía y la razón es útil para vehicular el evangelio, sobre todo cuando en ella hay un evidente compromiso por la verdad, pero la alianza o la dependencia respecto a filosofías humanas ajenas a la revelación de Dios puede ser también infructuosa, y en no pocos casos peligrosa cuando llegan a suplantar la voz de Dios (permítaseme decirlo de ese modo).

[5] Por supuesto, el acto de torcer las Escrituras a conveniencia, conforme a una ideología o a unos presupuestos previos, es un riesgo que alcanza a toda clase de creyentes. No estoy libre de tal peligro.

Ruben Bernal

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