Joana Ortega Raya

Posted On 22/02/2021 By In Opinión, portada With 690 Views

Joana Ortega Raya (1956-2020) | Lidia Rodríguez Fernández

Recuerdo que, hace de esto ya unos cuantos años, Ignacio Simal Camps, realizó una serie de fotografías de mujeres del centro de estudios teológicos del que entonces era decano académico (IBSTE). Aquello dio lugar a una Exposición que se conoció bajo el nombre de “Teólogas Invisibles”. Entre ellas figuraba, como no podía ser de otra manera, la mujer de su vida, su compañera, Joana (fue directora de Lupa Protestante, nuestra revista, por algunos años).

Teóloga invisible para muchos que no vieron o no quisieron ver… pero no para todos. Porque fuimos muchos los que, como alumnos y amigos, a lo largo del tiempo, tuvimos el privilegio de disfrutar de una amistad y de una labor docente tan enriquecedora y desafiante como fue la suya.

Elocuente predicadora y conversadora excelente, fue también nuestra inolvidable maestra (que es mucho más que profesora) de Filosofía, de Exégesis Bíblica y  de Griego Neotestamentario. Nos sería muy difícil, ciertamente, a día de hoy, ponderar cuánto llegamos a aprender de alguien que, ante todo, supo transmitir coherencia, valentía y humanidad a manos llenas.

Ahora, a seis meses de su prematura partida y gracias a este sencillo homenaje que, recientemente, le brindaba la Asociación de Teólogas Españolas (ATE), Joana, será, desde luego, un poco menos invisible aunque, como dije, nunca lo fue para aquellos de nosotros que la conocimos, que la escuchamos, que la vimos –aún la vemos- y que, sostenemos la esperanza de que, pronto, la volveremos a ver

Juan Fco. Muela
Codirector de Lupa Protestante

Joana Ortega Raya

Joana Ortega Raya (1956-2020)

Quiero comenzar agradeciendo a la ATE (Asociación de Teólogas Españolas) su generosidad por brindarme la posibilidad de hacer memoria de una gran pensadora cristiana. Digo bien, pensadora, porque Joana Ortega Raya (1956-2020) fue una MAESTRA (con mayúsculas) que como buena filósofa pensaba, y pensaba bien, y contagiaba a quienes la rodeaban la urgente necesidad de que todas pensemos, y pensemos bien, en el actual contexto eclesial.

Ese “pensar bien” la llevó a un hondo compromiso por el reinado de Dios y su justicia durante toda su vida, de forma muy clara y decidida por la defensa de los derechos de las mujeres dentro de las iglesias. Ello le causó no pocos enfrentamientos con los líderes varones de los sectores más conservadores de las iglesias evangélicas. Un buen amigo que la conocía bien decía de ella que había nacido antes de tiempo, y tenía razón, porque es, con toda probabilidad, la primera teóloga protestante que se pronunció como feminista en nuestro país.

Joana (aunque siempre será Juani para mí) nació un 1 de octubre de 1956. Vivió durante su adolescencia y juventud los últimos coletazos de la represión franquista, entre otras razones, debido a sus profundas creencias que la llevaron a formar parte en 1973 de la iglesia de Tolrá (Barcelona), perteneciente a las Asambleas de Hermanos, tras su bautismo.

Como tantas otras parejas protestantes, el 19 de diciembre de 1977 no pudo elegir dónde casarse: fue en el Registro Civil, ya que todavía no se había reconocido la validez legal de los matrimonios celebrados por otro rito que no fuera el católico. Lo que nadie le pudo negar fue celebrar la ceremonia de bendición con su compañero de vida, Ignacio Simal Camps, en su comunidad el día de Nochebuena.

Sus 46 años de “amor cómplice”, como ella lo llamaba, la embarcaron en un viaje que la condujo en 1979 a Guatemala, donde se licenció en Teología en el centro SETECA, y al terminar sus estudios regresó a Cataluña. Con sus hijos Irene y Nacho todavía pequeños, inició estudios en una segunda titulación universitaria, Filosofía y Ciencias de la Educación (Universidad de Barcelona), que culminaron en 2005 con el Master Duoda en diferencia sexual y el doctorado en Filosofía con la tesis titulada “Simone de Beauvoir: su aportación a la discusión sobre el género”, ambos títulos en la Universitat de Barcelona.

Trabajadora incansable, compatibilizó su docencia en las áreas de filosofía, griego bíblico y exégesis en IBSTE (Instituto Bíblico y Seminario Teológico de España sito en Castelldefels, Barcelona) con un servicio comprometido en las diferentes comunidades cristianas de las que fue miembro. En sus últimos años formó parte del consejo de Betel-Sant Pau, iglesia perteneciente a la IEE (Iglesia Evangélica Española), aportó una mirada realista y creativa a un tiempo, y sirvió a sus hermanas y hermanos presidiendo el sacramento de la Santa Cena y predicando. Una de sus frases más recurrentes era que cristianos y cristianas debieran leer más la Biblia. ¡Sutil reprimenda para quienes presumimos de tradición protestante! ¿Qué nos estará pasando para que Joana lo repitiera tan a menudo?

Movida por su vocación ecuménica y feminista, colaboró puntualmente con el colectivo catalán “Dones en l’església”. Fue desde 2012 hasta poco antes de su fallecimiento la directora de la revista de teología, opinión y cultura en la red “Lupa Protestante”. Escribía aquél año que se trataba de una revista “progresista, ecuménica, inclusiva y en continuo diálogo con la sociedad y la cultura que nos ha tocado vivir”, embarcada en una etapa que “sigue siendo ambiciosa y temeraria”. Bien podría ser la definición de ella misma, salvo porque falta un detalle muy importante para entender su persona: si algo la caracterizó, fue su humildad y su absoluto desinterés por convertirse en el centro mediático.

Excelente conversadora, irónica o sarcástica dependiendo del momento que le tocara vivir, recuerdo que en una de nuestras tertulias de café comentábamos cómo en el caso de las mujeres que participan en el discurso público se confunde la vehemencia con la beligerancia, algo que no sucede con los varones. Y Joana era, sin lugar a dudas, una pensadora cristiana vehemente que defendió en público sus ideas sin temor a las represalias. Como en el caso de tantas otras cristianas, su independencia intelectual la llevó a abandonar la institución de la que formó parte durante casi veinte años en 2004 para dedicarse en su última etapa profesional a enseñar filosofía en diferentes institutos públicos, labor que hizo con la misma alegría y optimismo que caracterizó su vida entera.

También como tantas pensadoras cristianas, prefirió la oralidad a la escritura, o quizá no dispuso de los medios necesarios para publicar sus obras; apenas encontraréis nada de Joana, salvo un breve folleto titulado “Qué hacemos por una sociedad laica”, y aun así quienes la conocimos podemos afirmar que fue una gran intelectual. Compartió con generosidad su sabiduría en las aulas, en las cafeterías y en los púlpitos, desde donde proclamaba: “La parábola [Mt. 20,1-16] nos enseña que en el ámbito del reino de Dios (iglesia) todos y todas somos iguales, lo que quiere decir que las categorías últimos y primeros quedan obsoletas, ya que la justicia y la bondad del Señor las ha eliminado.”

Se nos fue un 6 de agosto de 2020, demasiado pronto, como siempre que fallece alguien a quien queremos y admiramos. Las mil palabras que ocupan este obituario no son suficientes para glosar la vida de Joana, así que permitidme que os deje, no con las mías, sino con las que sus hermanas y hermanos escucharon un domingo cualquiera, cuando abrió el libro de Job y afirmó con hondura:

Puede que Dios no nos restaure el doble de lo que hemos perdido; incluso es posible que nunca nos reivindique y que, lejos de morir ancianos y llenos de días, nuestras vidas se caractericen por el conflicto, las contradicciones, las decepciones y una sensación de abandono casi trascendental, y sin embargo, nuestra opción, pensada, reflexionada, voluntaria, siempre debería ser la misma, a pesar de todo: ‘Yo sé que mi Redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha mi piel, aún en mi carne veré a Dios; al cual yo mismo contemplaré, y a quien mis ojos verán y no los de otro’.”

Toda reflexión feminista que se precie es responsable de visibilizar y verbalizar a tantas mujeres que lucharon por el reinado de Dios y su justicia. Joana Ortega Raya fue, es, una de ellas. Gracias a la ATE por ayudar a que no se desdibuje su memoria.

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