Posted On 14/03/2022 By In portada, Teología With 906 Views

Karl Barth y sus críticos americanos | Alfonso Ropero

 

Karl Barth (1886-1968) es, sin duda, el teólogo más grande y representativo del protestantismo del siglo XX. Francis Schaeffer (1912-1984) por su parte, fue uno de los apologistas y líderes más apreciados del mundo evangélico, a quien en círculos liberales se tildó de «gurú del fundamentalismo». Defensor de la ortodoxia evangélica estadounidense, Schaeffer atacó la teología de Karl Barth como un «nuevo modernismo», debido a que, lo que Barth enseñaba, minaba la autoridad de la Biblia, inspirada e inerrante, al decir que “la Biblia contiene, pero no es la Palabra de Dios”. Se ha hecho notar que en la biblioteca de Schaeffer no se ha encontrado ni un solo libro de Barth, lo que pone en duda su conocimiento de primera mano de este teólogo. Sea esto o no cierto, el caso es que Schaeffer era de juicio rápido, amigo de imágenes y binomios simples y cautivadores como piso de arriba / piso de abajo; racionalismo / irracionalismo; trascendentalismo / humanismo. Tenía explicaciones sencillas y claras para todo. Era verdaderamente seductor. A veces con aciertos notables, como cuando dice que “la fe cristiana es una fe inteligente, y por lo tanto comunicable”; o que “la Biblia da una información suficiente, pero no exhaustiva”. Schaeffer era un maestro en frases hechas que servían de slogans, como “Dios está ahí”. No en vano logró un éxito enorme entre la juventud desorientada y perdida espiritual e intelectualmente de la época, con muchas crisis de fe. Pero tan pronto alguien con una mínima formación filosófica, o simplemente cultural, profundiza en la obra de Schaeffer tiene la desagradable sensación de que este autor organizaba su pensamiento a partir de titulares de prensa, sin apenas lectura crítica de los textos que discutía. Así ocurre en su tratamiento de Tomás Aquino, cuyo pensamiento ignora y confunde por completo, y de Soren Kierkegaard, al que en ningún momento se preocupa de entender, sino todo lo contario, se deja llevar por ideas populares sin fundamento, de manera que, con o sin intención, cerraba la puerta al uso potencial de una apologética moderna que se puede hacer de estos pensadores.

Su ataque a Karl Barth se enmarca en esta dinámica de periodista a la búsqueda de titulares con un análisis muy parcial, y de segunda mano de los hechos. Schaeffer estudió en el Wesminster Theological Seminary con el teólogo calvinista Cornelius Van Til (1895-1987), que llegó a ser su maestro y mentor. Schaeffer, con pocas variantes, expresa en términos populares, tomados de la cultura pop de la época, lo que Van Til escribía en libros repetitivos sobre el declive del pensamiento moderno no calvinista. Pensaba que había que aplicar también en apologética los principios de la Reforma, asignatura pendiente desde los días de Calvino; sobre todo, mantiene Van Til,  hay que ser consecuente con la doctrina de la total depravación humana aplica a la filosofía y la cultura no creyente, que en su rechazo de la revelación divina, venían ser una total distorsión de la verdad y de la razón según Dios.

Van Til fue el primero en abrir fuego contra Karl Barth, cuando observó la creciente influencia de este en algunos medios evangélicos. Van Til no oculta sus intenciones beligerantes. «Nuestro propósito —escribe‑, es francamente polémico. Queremos reunir las fuerzas de la fe reformada y detrás de ellas del cristianismo evangélico contra este nuevo enemigo. Este enemigo viene bajo la apariencia de un amigo; tanto más peligroso por eso»[1]. De modo que cuando Karl Barth fue invitado a Estados Unidos por el Princeton Theological Seminary, del cual Van Til había sido profesor, antes de su ruptura con él, Van Til vuelve a dar la voz de alarma sobre el nuevo modernismo de Barth, de modo que este se encontró con la oposición frontal de la mayoría de los evangélicos conservadores, que consiguientemente le cerraron las puertas.

La oposición a la teología de Barth fue empresa de toda una vida para Van Til, que se alargó durante más de treinta años y tuvo una influencia decisiva en los círculos reformados y evangélicos fundamentalistas con vistas a impedir la penetración de las doctrinas del teólogo suizo. Por este motivo, a Van Til se le ha llamado «el perro guardián del evangelismo contra Barth»[2]; su obra anti-Barth ha sido calificada como «la principal respuesta de la comunidad conservadora americana a Barth”[3] y «la interpretación oficial evangélica de la neo-ortodoxia»[4].

Aunque Barth nunca escribió directamente contra Van Til, pese a que conocía su obra, se cree que Barth se dirigía a él en el prefacio de su Dogmática IV/2 donde hace referencia a los «carniceros y caníbales» que no estaban dispuestos a dar a su obra una lectura justa. Otros autores que siguieron los pasos de Van Til fueron J. Oliver Buswell y Gordon Clark, ambos igualmente críticos de la teología de Barth. Al que hay que añadir Francis Schaeffer, quien en 1970, con motivo del 75 cumpleaños de Van Til, le dijo: «Usted mostró a todo el mundo que la teología de Barth, estaba equivocado en su núcleo, y no sólo en sus detalles»[5].

No todo fueron críticas, al lado de la teología de Barth se posicionaron Bernard Ramm, David Mueller, Donald G. Bloesch, Donald Dayton y Geoffrey W. Bromiley, quien tradujo gran parte de la obra de Barth y se implicó profundamente en hacer accesible la Kirchliche Dogmatik de Barth en inglés.

En 1948, Schaeffer y su familia se instaló como misionero en Suiza y en 1955 fundó la comunidad llamada L´Abri, que en francés significa “El refugio”. Fue una especie de seminario filosófico y de comunidad espiritual. L’Abri atrajo miles de jóvenes y su éxito fue tal que se extendió por Suecia, Francia, Holanda, Canadá, Inglaterra… Dos años después de asentarse en Suiza, tierra patria de Karl Barth, Schaeffer escribió una carta a este, junto a la cual le adjuntó un artículo escrito por el mismo Schaeffer, que tachaba la teología de Barth de «nuevo modernismo». Este le contestó con buen sentido del humor, pero sin ocultarle su malestar por el tipo de hacer teología que percibía en Schaeffer. Primero le dice que no le extraña su negatividad, ya tiene experiencia de la misma en la fuente de la que brota: “Veo que las cosas que piensa de mí son aproximadamente del mismo tipo que las que encontré en el libro de Van Til sobre el tema”. Y a continuación le aclara: “Veo que usted y sus amigos han elegido cultivar un tipo de teología, que consiste en una especie de criminología; están viviendo del repudio y la discriminación de todos y cada uno de los semejantes, cuya concepción no es totalmente (¡numéricamente!) idéntica a vuestras opiniones”. Karl Barth era rico en percepciones psicológicas y en magníficos giros literarios y en metáforas, pero esta de “teología como una especie de criminología” es ciertamente genial, pues describe de un modo exacto una problemática que acompaña al mundo evangélico en general, y que forma parte constitutiva de su ser doctrinal.

Lamentablemente no conservamos la carta de Schaeffer, pero esta debía reflejar no solo la arrogancia de la juventud, sino también la soberbia implícita de los que se creen en posesión de la verdad, que lleva a la falta de respeto y al insulto. Así, según Barth, Schaeffer le acusa en su cara de “tramposo, vago, no histórico, no interesado en la verdad”, y otras lindezas. Barth no se escandaliza, simplemente se limita a darle un consejo: “Usted puede seguir haciendo su trabajo de «detective» en América, en los Países Bajos, en Finlandia y en todas partes y denunciarme como el hereje más peligroso. ¿Por qué no? Tal vez el Señor le ha dicho que lo haga”. Ahora bien, si esto es así, si Barth es un vago y un mal teólogo, ¿para qué escribirle, sino para humillarle?, pues el veredicto ha sido dictado: culpable. “El hereje ha sido quemado y enterrado para siempre. ¿Por qué diablos va a perder su tiempo con más conversaciones entre usted y él?”, le espeta irónicamente Barth a Schaeffer.

La cosa no quedó ahí, diez años después, desde Estado Unidos recibió una carta de Geoffrey W. Bromiley, profesor entonces del Fuller Theological Seminary y como ya dijimos, traductor de gran parte de la obra de Barth al inglés.

En Bromiley no hay ninguna intención crítica, negativa, sino solo una solicitud de clarificación. El editor de Christianity Today, portavoz del nuevo evangelicalismo, le pidió como un favor personal hacia él, que pidiera a su vez a Barth que respondiera a algunas preguntas críticas formuladas por los teólogos americanos Clark, Klooster y el conocido antibarthiano van Til.

Clark planteaba el tema del universalismo o “salvación final de todo”, que él entendía que Barth defendía. Klooster quería saber cómo distinguir la Geschichte que puede ser objeto de Historie de la que no lo es. ¿Podrían la cruz y la resurrección ser Geschichte aunque se demuestre que son muy improbables para la Historia?, y así un par de preguntas más sobre el estilo. Van Til, por su parte, planteaba: “Si la resurrección es un objeto de expectativa así como de recuerdo (K.D. I, 2, p. 128), ¿se refiere esto a la resurrección de Cristo? En caso afirmativo, ¿en qué sentido es un acontecimiento pasado, objetivo y datado? Si la cruz y la resurrección como Geschichte son la base de la salvación para todos, ¿es esto consistente con la visión ortodoxa de su naturaleza como eventos pasados? O ¿existe una conexión entre la visión ortodoxa y la falta de aprecio de los ortodoxos por un universalismo «bíblico», de modo que la historicidad de la cruz y la resurrección debe ser modificada en interés de este universalismo?”.

Barth responde de la única manera que era posible. Primero, no respondiendo a ninguna pregunta, ¿por qué? Primero, por una cuestión de administración de tiempo: Responder, dice, “en el tiempo solicitado sería en todo caso imposible para mí. Las exigencias de trabajo en mi último semestre como profesor académico (preparación de conferencias y seminarios, tesis doctorales, etc.) son demasiado grandes. Pero incluso si tuviera tiempo y fuerzas no entraría en una discusión sobre las cuestiones propuestas”.

¿Rehuye el debate? ¿Teme la discusión? No, simplemente, sus interrogadores de ningún modo buscan esclarecer los temas que plantean, sino ver confirmados sus prejuicios. “Tal discusión —responde Barth a Bromiley— tendría que basarse en la presuposición primaria de que los que hacen las preguntas han leído, aprendido y reflexionado sobre las muchas cosas que ya he dicho y escrito sobre estos asuntos. Es evidente que no lo han hecho, sino que han ignorado los muchos cientos de páginas de mi Dogmática en las que al menos podrían haber descubierto -no necesariamente bajo los epígrafes de historia, universalismo, etc.- cuál es mi verdadera postura y cuál no. A partir de ahí, podrían haber seguido planteando otras cuestiones”.

Barth le aclara que él no tuvo ningún problema en recibir las sinceras críticas del teólogo reformado holandés G.C. Berkouwer[6], a las que respondió detalladamente[7], “pero no puedo respetar las preguntas de estas personas de Christianity Today, pues no se centran en las razones de mis afirmaciones, sino en ciertas deducciones insensatas de las mismas. Sus preguntas son, pues, superficiales”.

A continuación viene el diagnóstico de Barth de la manera de hacer teología de sus inquiridores. “Esta gente ya tiene su supuesta ortodoxia desde hace mucho tiempo. Están cerrados a cualquier otra cosa, se aferran a ella a toda costa, y sólo pueden adoptar hacia mí el papel de abogados de la acusación, tratando de establecer si lo que represento está de acuerdo o no con su ortodoxia, ¡en lo que por mi parte no tengo ningún interés! Ninguna de sus preguntas me deja la impresión de que quieren buscar conmigo la verdad que nos supera a todos. Adoptan la postura de quienes ya la poseen felizmente y esperan aumentar su felicidad logrando demostrar a sí mismos y al mundo que yo no comparto esa felicidad. De hecho, hace tiempo que han decidido y proclamado públicamente que soy un hereje, posiblemente (van Til) el peor hereje de todos los tiempos[8]. ¡Que así sea! Pero no deben esperar que me tome la molestia de darles la satisfacción de ofrecer explicaciones que simplemente utilizarán para confirmar el juicio que ya han emitido sobre mí”[9].

Karl Barth da en el blanco del problema. Este tipo de teólogos tienen la respuesta preparada, parten de un presupuesto inamovible que consideran superior al del contrario. Por eso, en realidad, no actúan como teólogos, que buscan la verdad en diálogo y apertura a la perspectiva ajena, sino como “abogados de la acusación”. ¿Qué se puede esperar de esta gente? Hace ya tiempo, dice, que “han decidido y proclamado públicamente que soy un hereje, posiblemente el peor hereje de todos los tiempos”. Por tanto, concluye, “no puedo darles ni una respuesta airada ni amable, sino ninguna”. “¡Griten tan fuerte como puedan! Pero, por favor, permitidme que os deje en paz”.

Para terminar, una vez más es necesario recordar el viejo principio de teología cristiana que dice que antes que condenar la proposición del contrario hay que buscar salvarla, es decir, entenderla, comprenderla, y si es posible, asimilar en una síntesis superior. Porque en teología, como en misionología, siempre hay que tener en cuenta al Maestro que dijo: “No he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo”, y antes de quitar la paja del ojo de tu hermano, quita la viga del tuyo. Esto no significa que hay que hay que llegar a un acuerdo en todo (muy difícil de alcanzar dado el carácter histórico de todo saber humano), pero sí a un respeto capaz de ir creciendo juntos en un conocimiento más pleno y completo, que solo el tiempo decidirá la propiedad de su planteamiento.

 

Apéndice 1. Carta Barth a Schaeffer

“Bergli, Oberrieden, September 3, 1950

Estimado Sr. Schaeffer

Acuso recibo de su carta del 28 de agosto, y de su artículo «El nuevo modernismo»[10]. El mismo día su amigo J. Oliver Buswell me escribió desde Nueva York, adjuntando una reseña (The Bible Today, p.261ss. «La teología de Karl Barth»). Veo que las cosas que piensa de mí son aproximadamente del mismo tipo que las que encontré en el libro de Van Til sobre el tema. Y veo: usted y sus amigos han elegido cultivar un tipo de teología, que consiste en una especie de criminología; están viviendo del repudio y la discriminación de todos y cada uno de los semejantes, cuya concepción no es totalmente (¡numéricamente!) idéntica a sus propias opiniones y declaraciones. Están «caminando sobre la sólida roca de la verdad». Los demás, pobres pecadores, no lo estamos. Yo no lo estoy. Se ha descubierto que mi caso no tiene remedio. El jurado ha hablado, el veredicto ha sido proclamado, el acusado ha sido colgado por el cuello hasta morir esta misma mañana.

¡Bueno, bueno! Hágalo a su manera: es su asunto, y al hacer, hablar y escribir como lo hace, puede asumir sus propias responsabilidades. Puede repudiar la obra de mi vida «en su totalidad». Puede llamarme cosas (como: tramposo […], vago, no histórico, no interesado en la verdad y así sucesivamente). Puede seguir haciendo su trabajo de «detective» en América, en los Países Bajos, en Finlandia y en todas partes y denunciarme como el hereje más peligroso. ¿Por qué no? Tal vez el Señor le ha dicho que lo haga.

Pero, ¿por qué y para qué quieres seguir hablando? El hereje ha sido quemado y enterrado para siempre. ¿Por qué diablos va a perder su tiempo (¡y el de él!) con más conversaciones entre usted y él? Querido señor, usted ha dicho que se siente más cerca de los «viejos modernistas» y de los católicos romanos que de mí y de los hombres como yo.  ¡Como usted quiera! Pero, ¿por qué no probáis entonces la eficacia de vuestra «apologética» en algunos ejercicios con estos «viejos-modernos» o con estos católicos romanos, a los que encontraréis renunciando a un gran número aquí en Suiza y en todas partes? ¿Por qué molestarse más por el hombre de Basilea, al que habéis rematado de forma tan espléndida y total?

Alégrese, querido Sr. Schaeffer (¡y ustedes que se llaman «fundamentalistas» en todo el mundo!) Alégrese y sigan creyendo en sus «lógicas» (¡como en el cuarto artículo de su credo!) y en ustedes mismos como el único y verdadero pueblo «creyente en la Biblia». ¡Griten tan fuerte como puedan! Pero, por favor, permitidme que os deje en paz. Las «conversaciones» son posibles entre personas de mente abierta […]. Su periódico y la reseña de su amigo Buswell revelan el hecho de su decisión de cerrar sus persianas. No sé cómo tratar a un hombre que viene a verme y a hablarme en calidad de detective-inspector o con el comportamiento de un misionero que va a convertir a un pagano. ¡No, gracias!

Suyo

Disculpe mi mal inglés. No estoy acostumbrado a escribir en su idioma.

Suyo

Karl Barth[11]

 

Apéndice 2. Carta de Barth a Geoffrey W. Bromiley

“1 de junio de 1961

Estimado Dr. Bromiley

Por favor, discúlpeme y trate de entender que no puedo y no voy a responder a las preguntas que estas personas plantean.

Hacerlo en el tiempo solicitado sería en todo caso imposible para mí. Las exigencias de trabajo en mi último semestre como profesor académico (preparación de conferencias y seminarios, tesis doctorales, etc.) son demasiado grandes. Pero incluso si tuviera tiempo y fuerzas no entraría en una discusión sobre las cuestiones propuestas.

Tal discusión tendría que basarse en la presuposición primaria de que los que hacen las preguntas han leído, aprendido y reflexionado sobre las muchas cosas que ya he dicho y escrito sobre estos asuntos. Es evidente que no lo han hecho, sino que han ignorado los muchos cientos de páginas de mi Dogmática en las que al menos podrían haber descubierto -no necesariamente bajo los epígrafes de historia, universalismo, etc.- cuál es mi verdadera postura y cuál no. A partir de ahí, podrían haber seguido planteando otras cuestiones.

Respeto sinceramente la seriedad con la que un hombre como Berkouwer me estudia y luego hace sus críticas, a las que puedo responder detalladamente, pero no puedo respetar las preguntas de estas personas de Christianity Today, pues no se centran en las razones de mis afirmaciones, sino en ciertas deducciones insensatas de las mismas. Sus preguntas son, pues, superficiales.

Sin embargo, el punto decisivo es éste. El segundo presupuesto de una discusión fructífera entre ellos y yo tendría que ser que fuéramos capaces de hablar en un plano común. Pero esta gente ya tiene su supuesta ortodoxia desde hace mucho tiempo. Están cerrados a cualquier otra cosa, se aferran a ella a toda costa, y sólo pueden adoptar hacia mí el papel de abogados de la acusación, tratando de establecer si lo que represento está de acuerdo o no con su ortodoxia, ¡en lo que por mi parte no tengo ningún interés! Ninguna de sus preguntas me deja la impresión de que quieren buscar conmigo la verdad que nos supera a todos. Adoptan la postura de quienes ya la poseen felizmente y esperan aumentar su felicidad logrando demostrar a sí mismos y al mundo que yo no comparto esa felicidad. De hecho, hace tiempo que han decidido y proclamado públicamente que soy un hereje, posiblemente (van Til) el peor hereje de todos los tiempos[12]. ¡Que así sea! Pero no deben esperar que me tome la molestia de darles la satisfacción de ofrecer explicaciones que simplemente utilizarán para confirmar el juicio que ya han emitido sobre mí.

Estimado Dr. Bromiley, sin duda recordará lo que dije en el prefacio de la Dogmática de la Iglesia IV/2 con las palabras de un poema del siglo XVIII sobre los que devoran a los hombres. La continuación del poema es la siguiente: «… porque no hay verdadero amor donde un hombre se come a otro». Estos fundamentalistas quieren comerme. Todavía no han llegado a una «mente y actitud mejores», como yo esperaba. Por lo tanto, no puedo darles ni una respuesta airada ni amable, sino ninguna.

Saludos cordiales,

Karl Barth”

 

 

Bibliografía

Karl Barth, Letters, 1961-1968. Traducidas por Geoffrey W. Bromiley. Eerdmans, Grand Rapids 1981.

James J. Cassidy, “Cornelius Van Til as Critic of Karl Barth’s Christology”, Reformation21, September 14, 2016.

Sung Wook Chung, ed., Karl Barth and Evangelical Theology. Baker, Grand Rapids 2008.

David Gibson y Daniel Strange, eds., Engaging With Barth: Contemporary Evangelical Critiques. T & T Clark, Nueva York 2008. 

Harry Hankins, Francis Schaeeffer and the Shaping of Evangelical America. Eerdmans, Grand Rapids 2008.

John P. Lewis, Karl Barth in North America. The Influence of Karl Barth in the Making of a New North American Evangelicalism. Wipf & Stock Publishers. 2009.
Bruce L. McCormack y Clifford B. Anderson, eds. Karl Barth and American Evangelicalism. Eerdmans, Grand Rapids 2011.

John D. Morrison, «Barth, Barthians, and Evangelicals: Reassessing the Question of the Relation of Holy Scripture and the Word of God». Trinity Journal, 25 (2004), 187-213.,

John Muether, Cornelius Van Til: Reformed Apologist and Churchman. P&R, Phillipsburg 2008.
Gavin Ortlund, “Wholly Other or Wholly Given Over? What Van Til Missed in His Criticism of Barth,” Presbyterion 35.1 (2009), 35-52.

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[1] Cornelius Van Til, The New Modernism: An Appraisal of the Theology of Barth and Brunner, p 3. Presbyterian and Reformed Publishing Co., Philadelphia 1946. A esta obra le siguieron Christianity and Barthianism (Baker Book House, Grand Rapids 1962), y Karl Barth and Evangelicalism (The Presbyterian and Reformed Publishing Co., Philadelphia 1964).

[2] Kurt Anders Richardson, Reading Karl Barth: New Directions for North American Theology, p. 70. Baker, Grand Rapids 2004.

[3] Gregory G. Bolich, Karl Barth & Evangelicalism, p. 67. IVP, Downers Grove 1980.

[4] Bernard Ramm, After Fundamentalism: The Future of Evangelical Theology, p. 23. Harper and Row, San Francisco 1983.

[5] Citado por John R. Muether, Cornelius Van Til: Reformed Apologist and Churchman, 125. P&R Publishing, Phillipsbug 2008.

[6] Referencia a G. C. Berkouwer, The Triumph of Grace in the Theology of Karl Barth (G. C. Berkouwer, The Triumph of Grace in the Theology of Karl Barth. Eerdmans, Grand Rapids: Eerdmans 1956.

[7] En C.D. IV, 2, p. xii, IV, 3 pp. 173-180.

[8] Cf. C. van Til, The New Modernism (Philadelphia, 1946) y Christianity and Barthianism (Philadelphia, 1962).

[9] Karl Barth, Letters, 1961-1968. Traducidas por Geoffrey W. Bromiley. Eerdmans, Grand Rapids 1981.

[10] Publicado en las ediciones de enero y febrero de 1951 del Baptist Bulletin. francisschaefferstudies.org

[11] https://postbarthian.com/2016/04/02/karl-barths-letter-to-francis-schaeffer/

[12] Cf. C. van Til, The New Modernism (Philadelphia, 1946) y Christianity and Barthianism (Philadelphia, 1962).

Alfonso Ropero Berzosa

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