Posted On 20/05/2022 By In Biblia, portada With 333 Views

La inerrancia como shibolet en la batalla por la Biblia | Alfonso Ropero

Se cuenta en el libro de Jueces que cuando Jefté, caudillo de los galaaditas tomó los vados del Jordán, numerosos fugitivos efrainitas querían atravesar el río. Para conseguirla tenían pronunciar la palabra shibolet, que significa algo tan simple como «espiga», pero que en boca de los efraimitas salía sibolet (como aquellos que en nuestros días pronuncias la z como s), lo que traicionaba su procedencia, de modo que los vencedores galaaditas, al descubrirlos, los ejecutaban al instante (Jue 12:5, 6). De la misma manea, los defensores de la inerrancia bíblica han adoptado el término inerrante como un shibolet para distinguir a los que están dentro de los que están fuera.

Para la mayoría de los cristianos, no expertos en esta cuestión, el término inerrante implica siempre y necesariamente una veracidad total de la Escritura, que no contiene errores en lo que respecta a la vida y práctica, pero suele ocurrir que los más estrictos partidarios académicos de la inerrancia matan esa definición con la muerte de mil calificaciones, exigiendo definiciones más precisas, tonos y acentos correctos que se ajusten a los que esos académicos han determinado. Como atestigua Roger Olson:

«Lo que es irónico es que muchos inerrantistas fuertes que insisten en que la creencia en la inerrancia de la Biblia es necesaria para la auténtica fe evangélica definen la inerrancia de maneras muy cuestionables.  En otras palabras, la “inerrancia” se ha convertido en un shibolet.  Siempre que se afirme la palabra se puede seguir definiendo como se quiera y se sigue estando dentro»[1].

Olson aporta su propio testimonio que tiene que ver con un miembro de la Sociedad Teológica Evangélica[2], que requiere la afirmación de la inerrancia para ser miembro y profesor de un importante seminario evangélico.  Después de mucha comunicación de ida y vuelta, dice Olseon:

«nos dimos cuenta de que apenas diferíamos sobre la Biblia.  Teniendo en cuenta sus calificaciones de inerrancia y mi elevado punto de vista sobre las Escrituras (inspiración sobrenatural y máxima autoridad para la vida y la fe), nuestros relatos sobre la Biblia eran casi idénticos.  Así que le pregunté si podía unirme a la ETS [Evangelical Theological Society] sin afirmar la palabra “inerrancia”.  Me dijo que no.  Para mí eso demuestra que es sólo un shibolet»[3].

Muchos han elevado a la categoría de dogma infalible su propia interpretación de una Biblia sin errores, y ya ni siquiera el término inerrante es suficiente. A lo largo de las décadas de 1980 y 1990 algunos eruditos evangélicos siguieron afirmando y haciendo suya la palabra inerrancia, pero no precisamente en los mismos términos y conceptos que los expresados la Declaración de Chicago. Por esta razón, se los calificó de blandos: «inerrantistas blandos», con las consiguientes descalificaciones:

«Estaban influidos por el barthianismo, como el teólogo bautista Bernard Ramm en After Fundamentalism (1983) y el erudito presbiteriano Donald Bloesch en Holy Scripture (1994). Otros fueron influenciados por los paradigmas wesleyanos que siempre habían sido ambivalentes sobre la inerrancia, especialmente el bautista convertido en wesleyano Clark Pinnock en The Scripture Principle (1984). Otros adoptaron una postura “posconservadora” influida por paradigmas teológicos posmodernos como la teología narrativa. El evangélico posconservador más notable fue el difunto teólogo bautista Stanley Grenz, que en Revisioning Evangelical Theology (1993) y Theology for the Community of God (1994) defendió una forma más limitada de inerrancia que se centraba en el mensaje de la Biblia y su poder para moldear la vida cristiana»[4].

La férrea disciplina inerrante no permite libertades ni ensayos tentativos que no se ajusten al shibolet o la regla que algunos han decidido imponer, la cual muchas veces no obedece a ningún consenso, dada la falta de un magisterio oficial, si no a la de cada cual que se cree ser fiel a la inerrancia. Así tenemos que:

«con demasiada frecuencia los inerrantistas quieren que otros inerrantistas afirmen la estrecha definición que ellos mismos han creado, dejando tan poco margen de maniobra que uno se pregunta si la inerrancia puede significar algo»[5].

Así como hay teóricos de la revolución continua, los inerrantistas están siempre en estado de guerra, listos para detectar y abatir a cualquiera que escriba sobre la Biblia y su veracidad sin mencionar el tema de la inerrancia como parte ineludible de la esencia de la revelación, o refiriéndose a ella de un modo inapropiado. Por eso el conservador inerrante nunca da por concluida la batalla por la Biblia.

«La batalla por la Biblia es tan antigua como el jardín del Edén, cuando Satanás tentó por primera vez a Eva para que dudara de la fiabilidad de las palabras de Dios. La inerrancia bíblica es el tipo de doctrina que nunca puede darse por supuesta; debe ser defendida y reivindicada perennemente»[6].

Están convencidos que el enemigo no cesa de sembrar la cizaña en el campo inerrante por medio de teólogos o exegetas que ofrecen una visión diferente, por más tímida e inofensiva que sea. Atalayas de la verdad no cesan de vigilar y dar la voz de alarma cada vez que alguien levanta un poco más la cabeza que otro. Nadie está libre de sospecha. El ortodoxo de hoy puede ser el hereje de mañana; conocen bien los precedentes. Al parecer, son muchos, y generalmente del campo académico más relevante, los que recurren a sutilezas con tal de descarriar a los ignorantes e incautos, apartándolos así del viejo y buen camino de la verdad.

«Hemos perdido un número creciente de eruditos por la cuestión de la inerrancia. Esto es un problema porque los pastores siguen a los eruditos. Y la gente común sigue a los pastores. Así que es sólo cuestión de tiempo antes de que podamos ver la erosión total de la Biblia dentro de nuestra generación… a menos que tomemos medidas para alertar a la comunidad cristiana»[7].

No hay ni un solo intento, ni un pequeño esfuerzo por entender lo que otros tienen que decir, aquellos que pretenden construir puentes por los que se pueda llegar a un terreno donde poder dialogar libre y honestamente con la ciencia y la erudición moderna, personas que corren riesgos, que pueden fallar en sus cálculos de construcción, pero que al menos intentan cubrir la sima. Esto no cuenta, lo que importa es mantenerse en la «sana doctrina», guardar el «depósito de la fe». Se desconfía de cualquier lectura que parezca desviarse un milímetro de la letra o coma del dogma de la inerrancia. Si no se pronuncia adecuadamente la consigna shibolet, es porque pertenece, o se ha pasado al campo ajeno. Y esto es un gran desastre, por expresarlo con una frase de Francis A. Schaeffer de 1982:

«Dentro del evangelismo hay un número creciente de personas que están modificando sus puntos de vista sobre la inerrancia de la Biblia, de modo que la plena autoridad de las Escrituras queda completamente socavada. Pero esto ocurre de manera muy sutil […] Lo que puede parecer una diferencia menor al principio [entre los puntos de vista competitivos de las Escrituras por parte de los evangélicos], al final hace toda la diferencia del mundo. Como era de esperar, marca la diferencia en lo que respecta a la teología, la doctrina y los asuntos espirituales, pero también marca la diferencia en lo que respecta a la vida cristiana cotidiana y a la forma en que los cristianos debemos relacionarnos con el mundo que nos rodea. En otras palabras, comprometer la plena autoridad de las Escrituras acaba afectando a lo que significa ser cristiano teológicamente y a cómo vivimos en todo el espectro de la vida humana»[8].

Parece como si los defensores de la inerrancia estuvieran dominados por el miedo, cuando no por la soberbia, o por el espíritu inquisitorial que encuentra placer en buscar y denunciar a los “herejes bibliológicos”. Miedo permanente a salirse del camino recto, como es frecuente leer en ciertos autores. Así Thomas R. Schreiner, Profesor James Buchanan Harrison de Interpretación del Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Bautista del Sur: «La confianza en la autoridad y la inerrancia de las Escrituras está disminuyendo hoy en día, incluso en el evangelismo. El posmodernismo y ciertos presupuestos hermenéuticos amenazan con socavar los fundamentos del evangelismo».

O John D. Currid, Profesor Carl McMurray de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico Reformado de Charlotte (Carolina del Norte): «La naturaleza de las Escrituras ha sido un tema de controversia constante en el evangelismo durante décadas, sin embargo, hoy en día la posición ortodoxa de la inerrancia está bajo un severo ataque como en ningún otro período, y el ataque viene de los propios evangélicos».

Y, muy significativamente David M. Howard Jr., profesor de Antiguo Testamento en la Universidad de Bethel (St. Paul, Minesota): «A medida que la erudición evangélica ha alcanzado la mayoría de edad y los eruditos evangélicos ocupan con confianza su lugar en la corriente académica principal, acecha el peligro de que perdamos el sentido de lo que nos hace eruditos evangélicos».

O el inefable John F. MacArthur: «La reñida victoria del Concilio de Chicago por la Inerrancia (ICBI) resultó ser efímera y de muy pocas consecuencias duraderas… Ahora vuelve a surgir una nueva oleada de escepticismo académico al viejo estilo»[9].

Se podrían multiplicar las citas hasta el infinito, pero este botón de muestra es más que suficiente para darnos una idea.

 

El Concilio Vaticano II y el Concilio de Chicago por la Inerrancia

En un artículo anterior[10] ya señalamos el contraste se dio sobre este tema en el catolicismo romano del Vaticano II y el evangelicalismo estadounidense del Concilio de Chicago por la Inerrancia. En primero, existiendo todavía el Santo Oficio o aparato inquisitorial, previniendo a los padres y teólogos conciliares de no aventurarse por el camino contrario al Magisterio oficial expresado por los papas pasados, con un largo proceso de deliberaciones, redacciones, correcciones, borradores y nuevas redacciones, al final, después de tres años discusiones, se llegó a una proclamación oficial, propiciada por el mismo papa Pablo VI, que si bien no se apartaba de lo anteriormente decretado, ciertamente se llegaba a una fórmula que abría nuevas perspectivas, nuevos caminos, nuevas maneras de entender la Biblia como revelación divina, más allá de tradiciones sacrosantas o de autoridades humanas, capaces de dialogar sin prevenciones con otras teologías —protestante y ortodoxa, por ejemplo—, y con los hombres y mujeres de ciencia y academia. Como bien sabemos, el signo bajo el que se convocó el Concilio Vaticano fue el del aggioramento, «actualización», puesta al día, apertura, renovación, modernización.

Por el contrario, la Batalla por la Biblia[11] en el campo protestante estadounidense se produjo bajo el signo del cerramiento, del llamado a cerrar filas en torno a una sola palabra, inerrancia, que se creía amenazada por profesores y teólogos evangélicos de todas las denominaciones, faltando a su compromiso de predicar, enseñar y defender el viejo evangelio con el que se habían comprometido. No se buscaba el diálogo con el mundo, con la academia y las ciencias modernas; alguien llegó a decir que «el diálogo es un invento del Diablo». No había nada que modernizar, al contrario, el modernismo era el problema, el peligro que exorcizar. Contemporizar con el «mundo» era traicionar la fe que es siempre nueva, pero también vieja, tan antigua como la creación, a la había que volver una vez más para contrarrestar la apostasía generalizada.

Así, pues, el Concilio de la Inerrancia nació del miedo a la desviación; de apartarse de la vieja senda. No buscaba dialogar, sino afirmar, clamar y, llegado el caso, denunciar a las instituciones y personas que ya «no andaban bien», sino que se habían «apartado de la verdad». En ese espíritu continúa temiendo siempre la erosión de la inerrancia por parte de los nuevos pastores-teólogos[12].

A la luz de la desaparición, por causas naturales, de los padres de la inerrancia: James M. Boice (2000), W.A. Criswell (2002), Carl F.H. Henry (2003), Paul Feinberg (2004), Gleason Archer (2004), Russell Bush (2008), Roger Nicole (2010), y más recientemente Charles Ryrie (2016), R.C. Sproul (2017), Norman Geisler (2019) y J.I. Packer (2020), preocupa pasar el testigo a la generación más joven de académicos y pastores-teólogos evangélicos. ¿Serán capaces de mantenerse fieles?[13] Es imperativo prepararse para defender la inerrancia para la Iglesia del futuro.

«La inerrancia debe ser algo más que un shibboleth a afirmar o una casilla confesional a marcar. Hay demasiado en juego»[14].

Se da también otra circunstancia, los defensores de inerrancia confunden los campos de estudio de la Biblia: crítica de la fuentes; géneros literarios; historia de la redacción, etc., y los ponen todos juntos como un ataque a la inerrancia, cuando sus razones de ser, sus metodologías, sus fines son más fenomenológicos que doctrinales. Son especialidades de carácter científico cuyos resultados pueden ser contestados, o rechazados por completo, pero donde la apelación a la inerrancia no tiene competencia, ni es tomada en cuenta. En estos casos lo que se impone es el estudio crítico alternativo que arroje luz lo más objetivamente imposible.  Así que acusar a eruditos bíblicos, creyentes en la veracidad de la Escritura, de ir contra la inerrancia porque acepten algunos resultados, más o menos discutibles de las ciencias bíblicas, es impropio y una mala política para la academia evangélica, que se condena a moverse en los márgenes y no en el centro del estudio bíblico profesional[15].

Por esta razón, autores de incuestionable fidelidad a los principios evangélicos, son puestos en la diana como enemigos de la verdad inerrante. Entre ellos Craig Blomberg, Kevin Vanhoozer y Darrell Bock. En ¿Podemos todavía creer en la Biblia?[16], Blomberg, profesor de Nuevo Testamento en el Denver Seminary, hace una atrevida incursión en las aguas profundas de la crítica textual, cuestiones canónicas, traducciones, interpretación de géneros y milagros, ofreciendo varias soluciones a diversos problemas que se centran en estos temas. Blomberg examina seis desafíos clave tocantes a la fiabilidad y exactitud de la Biblia, y demuestra cómo todos ellos no demuestran que la Biblia contenga errores. Blomberg se relaciona con eruditos tanto liberales como conservadores, y argumenta que algunos individuos de ambos bandos dificultan que los creyentes confíen en la Biblia: los primeros, a menudo de forma autoconsciente, y los segundos, involuntariamente.

El resultado es un estudio accesible y matizado sobre la fiabilidad de la Biblia en respuesta a las opiniones críticas sobre las Escrituras y su autoridad articuladas por ambos lados del debate. Considera que un análisis minucioso de las pruebas pertinentes demuestra que tenemos motivos para confiar más que nunca en la Biblia. A medida que traza su propia trayectoria académica y espiritual, Blomberg esboza los argumentos a favor de la confianza en la Biblia a pesar de los diversos desafíos a la fiabilidad de las Escrituras, ofreciendo un enfoque positivo, informado y razonable.

Pero esto no es óbice para que su sus críticos le sigan acusando de desviacionismo inerrantista, y con él, a todos los que aprueban o celebran su obra: Scot McKnight (Northern Seminary), Darrell Bock (Dallas Theological Seminary), Paul Copan (Palm Beach Atlantic University), Craig S. Keener (Asbury Theological Seminary) y Leith Anderson (National Association of Evangelicals). Usando los comunes textos bíblicos, que no vienen a cuento en este caso, David Farnell, professor de Nuevo Testamento en The Master’s Seminary, lamenta como conclusión a una extensa reseña de la obra de Blomberg:

«Es dolorosamente obvio en este libro que la advertencia de Pablo de no ser llevado cautivo por la filosofía (Col 2:8) ha sido aparentemente pasada por alto, ignorada y desatendida por Blomberg, así como la advertencia de Pablo de llevar cautivo todo pensamiento (2 Cor 10:5)»[17].

En su obra, Blomberg hace referencia al caso de Darrell Bock, profesor del Seminario de Dallas y uno de los principales estudiosos inerrantistas del Nuevo Testamento, objeto de las críticas de un autor bien formado teológica y filosóficamente como Norman Geisler y William Roach. Blomberg escribe:

«Aparentemente incapaces de distinguir entre las contradicciones genuinas de la inerrancia y los debates inerrantistas internos legítimos sobre cuestiones exegéticas, hermenéuticas o metodológicas, Geisler y Roach empañan a todos los que critican con la misma brocha. Tanto si los criticados lo reconocen como si no, consideran que han negado o amenazado la inerrancia»[18].

Geisler critica al mismo Blomberg con un argumento tan peregrino como: «Blomberg no cree en la inerrancia, al menos no según las normas del Concilio de Chicago (ICBI)»[19]. Ahí está de nuevo la cuestión del shibolet.

Darrell Bock es un prestigoso profesor del Dallas Theological Seminary, Presidente en su día de la Evangelical Theological Society (ETS), autor de más de 40 libros y reconocido por la Universidad de Tubinga (Alemania) como Humboldt Scholar. La crítica de Geisler a Bock tiene que ver con el uso del histórico-crítico en el estudio de la Biblia y la vida de Jesús. Geisler y Roach censuran a Bock de creer:

«erróneamente que han limpiado el método histórico-crítico de sus sesgos naturalistas y lo han purificado para que los evangélicos puedan utilizarlo adecuadamente para encontrar al Jesús histórico […] esto es tan ingenuo como la creencia de que el naturalismo metodológico como ciencia, con el que comparan su enfoque escapará a la red de conclusiones naturalistas […] Muchos jóvenes eruditos parecen ser lentos en aprender que la metodología determina la teología. Y una metodología naturalista llevará a una teología naturalista»[20].

Y aquí es donde aparece el miedo, en las consecuencias a que puede dar lugar la adopción de métodos histórico-criticos: «La adopción de una metodología poco ortodoxa socava la inerrancia de las Escrituras»[21]. La respuesta de Darrell Bock, es que el problema «no radica en el enfoque histórico-crítico, sino en la destreza, o falta de ella, de un investigador y en darse cuenta de que tales estudios tienen limitaciones «en cuanto a la comprensión y la capacidad» para defender las tradiciones del Nuevo Testamento vinculadas a Jesús[22], pero de ningún modo él cuestiona o pone en duda la veracidad de la Escritura.

Cada vez es más evidente la lucha por mantener intacta una determinada doctrina de la inerrancia que ejerce demasiada presión sobre el estudio de la Biblia con el auxilio de las herramientas académicas. Se le pide a la Biblia que sea más de lo que quizá nunca ha pretendido ser si tenemos que no es un libro caído en su totalidad textual y en su caligrafía, como una especie de Corán o Libro de Mormón “transcrito” de planchas de oro recibidas del cielo; sino que es una colección de textos que se suceden a lo largo del tiempo, con una compleja historia canónica y una multiplicidad de puntos de vistas que nos obligan a considerar al naturaleza de la Biblia desde un punto de vista fenomenológica, y en cuanto testimonio de una fe, de una redención y de una esperanza, leerla como cristianos, con Cristo como clave de la misma.

«La solución para quitarle presión a la Biblia consiste en trasladar todo lo que se dice de inerrancia de la Sagrada Escritura al Santo Hijo. Después de todo, Jesús es la representación perfecta de Dios (Hb 1:1-3). Jesús, como Hijo enviado por el Padre, es la Palabra de Dios inerrante. La Biblia es la palabra de Dios en la medida en que nos conduce a Jesús. En este sentido, la Biblia es autorizada, inspirada, útil, provechosa y sagrada. Podemos confiar en el testimonio de la Iglesia sobre la Biblia como testimonio fiel de Jesús»[23].

Lo que muchos perciben de esta situación es que la percepción de la inerrancia ofrecida por la vieja guardia es peligrosa, engañosa y oscurantista, ya que dará lugar a una visión de la Biblia que no es defendible ni respetable, llevándonos por un camino de interminables ciclos de explicación artificiales e ilógicos. El resultado final será el desprecio la fe cristiana, contribuyendo así a su deterioro en el mundo occidental[24].

 

Hacia una hermenéutica integradora

Las batallas por cuestiones doctrinales son siempre de temer por la Iglesia debido a su capacidad desintegradora de la unidad a la que están llamados todos los cristianos. Desgraciadamente, está en el código genético del protestantismo casi desde su principio el llamado a la división en nombre del «regreso a las fuentes», o «vuelta a la Escritura». No hay duda que ambas cosas son necesarias en determinadas situaciones, pero en la historia del protestantismo se ha abusado de ellas con preocupante facilidad, dando lugar a las miles de divisiones que dividen su cuerpo.

La vuelta a la Escritura como fuente de la fe y su renovación es sin duda un ejercicio saludable, necesario, útil, siempre que se haga con sentido de responsabilidad y fidelidad al evangelio y a la Iglesia, conforme al consejo del apóstol Pablo:

«Os ruego, hermanos, que tengáis cuidado con los que suscitan divisiones y ponen en peligro la enseñanza que habéis recibido; alejaos de ellos» (Ro 16:17, BLP).

Un ejercicio aparentemente tan sencillo como leer un texto entraña más dificultades de las que uno puede imaginar, sobre todo si se trata de un texto antiguo y tan complejo como la Biblia. Siempre es posible, y necesario, hacer una lectura directa, intuitiva de la Biblia, con fines edificantes o espirituales, pero cuando uno pretende entrar su significado más pleno, debe tomar conciencia de la dificultad de la operación. No es tan simple como empuñar un instrumento en nuestras manos y trazar una línea o cavar un pozo, hasta los animales irracionales se sirven de varios instrumentos para ejecutar sus modos de vida. Pero la lectura interpretativa es una operación más compleja. Ya el mismo hecho de aprender a leer ha sido una tarea laboriosa, tomada muchas veces como un castigo, como un sacrificio exigido para acceder a la sociedad letrada. Recordemos aquel adagio terrible que muchos experimentamos en nuestra propia vida, si cambiamos sangre por palmetazo: la letra con sangre entra.

De modo que «volver a la Escritura», es decir, leerla como si fuera la primera vez en oposición a su «desvirtuación», es siempre una toma de posición hermenéutica; una interpretación nueva frente a una vieja, lo cual produce colisiones, pues ni lo nuevo es tan nuevo, ni lo viejo tan viejo. Toda lectura de la Biblia está mediada por una lectura que no siempre es desprejuiciada y fiel al texto leído. No hay lectura, y menos bíblica, inmediata, pura, objetiva, no existe tal cosa como la inmaculada percepción; toda lectura llevan la mancha del tiempo, la marca de los pre-juicios —culturales y religiosos—, de la formación escolar recibida; de la preferencia personal y del interés de cada cual… Por eso el trabajo hermenéutico no es sencillo, ni fácil, y no porque haya que realizar los estudios pertinentes, sino porque es una disciplina que arrastra tras de sí cientos de años de reflexiones, orientaciones, y desorientaciones a veces, que requiere un trabajo paciente, serio, riguroso; atento al presente y al pasado. Es un trabajo de escuela, de equipo, de poner a prueba los resultados de unos frente a los de otros. De contrastación y puesta a prueba. Y, por encima de todo, una labor de humildad, de ejercicio cristiano de amor hermenéutico, conforme al principio de los sabios de antaño que antes de condenar la proposición del contrario, hay que procurar salvarla. Citando de nuevo al apóstol Pablo: «el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido» (2 Ti 2:24): «pronto para oír, tardo para hablar» (St 1:19). La historia de la teología está repleta del lamentable espectáculo del odio teológico, de la voluntad de rebatir al contrario, antes de comprender y buscar juntos el camino del entendimiento. Los zelotes que usan su lengua como espada hacen un flaco servicio a la verdad cristiana. Y sin embargo es la plaga que azota a comunidades enteras. Se ofende al Espíritu Santo que ha inspirado la Escritura y dado lugar al nacimiento de la Iglesia, cuando se olvida que «la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera» (St 3:17). ¡Cuánto sangre no se habrá derramado por no haber tenido esta enseñanza apostólica! Le lectura bíblica es un diálogo con Dios y con todos los que persiguen el mismo fin[25].

La teología, resultando de una lectura bíblica racional y creyente, es una labor muy exigente, y no hay nada peor que aquellos que reniegan de la teología en nombre de la lectura «directa» y personal de la Biblia, que los sitúa de inmediato fuera de comunión de los santos que a lo largo de los siglos han buscado ser iluminados e iluminar a otros con la gracia de la verdad revelada.

La teología es una ciencia universal y múltiple, lo más parecido a una enciclopedia de ciencias que a una monografía particular; de hecho, como alguien dijo una vez, todas las ciencias que tienen que ver con el hombre tienen más derecho a llamarse teológicas que antropológicas, pues lo que se estudia no es simplemente un individuo sino una comunidad, un pueblo, una época histórica en toda su dignidad y miseria, que tiene que ver con el fundamento último de la existencia que es Dios. Decía W. Pannenberg, que desde el momento que confesamos Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, nada no es ajeno, todo está relacionado con él y forma parte de nuestra teología.

El espíritu estrecho inerrantista, combativo y negativo, negativo en el sentido de no abrirse a concepciones más amplias, no solo frustra muchas oportunidades de entendimiento y testimonio, así como muchas vidas, va en contra de ese concepto universal de la teología que el cristiano tiene que cultivar y desarrollar. El miedo a que el uso de ciertas metodologías histórico-criticas lleguen a minar la confianza en la Biblia y, por ende, la fe en Dios, por más que lo entendamos desde un punto de vista pastoral, no es el mejor camino de atajar las difíciles cuestiones que plantea a la fe la ciencia moderna. Condenar su uso por el mero hecho de los resultados negativos que pueden provocar, es darles la razón de antemano, dando a entender que la fe solo puede prosperar de espalda a las ciencias; no hay mejor manera que esta de abrir las puertas a la incredulidad.

Roger E. Olson (1952-), teólogo bautista estadounidense y profesor de teología cristiana en la Universidad de Baylor en Waco (Texas), es un profesor comprometido con un alto concepto de la veracidad bíblica, que cuenta con una larga experiencia docente, que tiene mucho que decir en este punto[26], pues según confiesa, son más los estudiantes que renuncian a creer en la autoridad de la Biblia porque se les ha enseñado que depende de la inerrancia absoluta (incluso en cuestiones de cosmología e historia) que porque se les enseña que no es exacta ni lo pretende, en estas ramas de la ciencia.

«En otras palabras, descubren por sí mismos los problemas de la inerrancia una vez que se enfrentan a ellos.  ¿No sería mejor ser totalmente honesto con los jóvenes acerca de la Biblia para que no se enfrenten a una crisis de fe cuando finalmente tengan que enfrentarse a sus problemas fácticos, que incluso los inerrantistas admiten pero rara vez se lo dicen a la gente en los bancos?»[27]

 

Bibliografía

G.K. Beale, The Erosion of Inerrancy in Evangelicalism: Responding to New Challenges to Biblical Authority. Crossway 2008.

Craig L. Blomberg, Can We Still Believe The Bible? An Evangelical Engagement with Contemporary Questions. Baker Brazos Press, Grand Rapids 2014.

Carlos R. Bovell, Inerrancy and the Spiritual Formation of Younger Evangelicals. Wipf & Stock, Eugene 2007.

Carlos R. Bovell, Rehabilitating Inerrancy in a Culture of Fear. Wipf & Stock, Eugene 2012.

  1. David Farnell, Norman L. Geisler, Joseph M. Holden, William C. Roach, Phil Fernande, Vital Issues in the Inerrancy Debate. Wipf and Stock Publishers, Eugene 2016.

Norman L. Geisler and William C. Roach, Inerrancy Defended Affirming the Accuracy of Scripture for a New Generation. Baker, Grand Rapids 2011.

John D. Hannah, ed., Inerrancy and the Church. Moody, Chicago 1984.

  1. I. Packer, Beyond the Battle for the Bible. Cornerstone, Westchester 1980.

Earl D. Radmacher y Robert D. Preus, eds., Hermeneutics, Inerrancy and the Bible. Zondervan, Grand Rapids1984.

Christian Smith, The Bible Made Impossible: Why Biblicism Is Not a Truly Evangelical Reading of Scripture. Brazos, Grand Rapids 2011.

 


[1] R.E. Olson, “Why inerrancy doesn’t matter”,  The Baptist Standard, 3 (2006), https://www.patheos.com/blogs/rogereolson/2010/08/why-inerrancy-doesnt-matter/

[2] Fundada en 1949, la Sociedad Teológica Evangélica (ETS en inglés) es un grupo de eruditos, profesores, pastores, estudiantes y otros dedicados al intercambio oral y la expresión escrita del pensamiento y la investigación teológica. La ETS está dedicada a la inerrancia e inspiración de las Escrituras y al evangelio de Jesucristo. La Sociedad edita una revista trimestral, el Journal of the Evangelical Theological Society (JETS), publicación académica que presenta artículos revisados por pares, así como extensas reseñas de libros, en las disciplinas bíblicas y teológicas. La ETS también celebra reuniones nacionales y regionales en Estados Unidos y Canadá. https://www.etsjets.org

[3] Olson, Why inerrancy doesn’t matter, https://www.patheos.com/blogs/rogereolson/2010/08/why-inerrancy-doesnt-matter/

[4] Nathan A. Finn, Inerrancy and Evangelicals: The Challenge for a New Generation https://www.thegospelcoalition.org/article/inerrancy-evangelicals/  Cf. Jim Hinch, Evangelicals Are Losing the Battle for the Bible. And They’re Just Fine with That, https://lareviewofbooks.org/article/evangelicals-are-losing-the-battle-for-the-bible-and-theyre-just-fine-with-that/

[5] Brandon M. Smith, Responding to Critiques of Inerrancy, https://secundumscripturas.com/2018/05/20/responding-to-critiques-of-inerrancy/

[6] Nathan A. Finn, Inerrancy and Evangelicals: The Challenge for a New Generation https://www.thegospelcoalition.org/article/inerrancy-evangelicals/

[7] Norman Geisler, What’s Inerrancy!? and Why should I Care? https://defendinginerrancy.com/why-is-inerrancy-important/

[8] Schaeffer, The Great Evangelical Disaster. Crossway, Wheaton 1982.

[9] MacArthur, “Foreword,” en N.L. Geisler y D. Farrell, eds. The Jesus Quest. The Danger from within, p, xvii. Xulon Press, 2014.

[10] A. Ropero, Inerrancia. El peso de la tradición, https://www.lupaprotestante.com/inerrancia-el-peso-de-la-tradicion-alfonso-ropero/

[11] Véase A. Ropero, El debate sobre la Inerrancia Bíblica, https://www.lupaprotestante.com/el-debate-sobre-la-inerrancia-biblica-alfonso-ropero/

[12] G.K. Beale, The Erosion of Inerrancy in Evangelicalism: Responding to New Challenges to Biblical Authority. Crossway 2008.

[13] Nathan A. Finn, Inerrancy and Evangelicals: The Challenge for a New Generation https://www.thegospelcoalition.org/article/inerrancy-evangelicals/

[14] Nathan A. Finn, Inerrancy and Evangelicals: The Challenge for a New Generation https://www.thegospelcoalition.org/article/inerrancy-evangelicals/

[15] El mundo evangélico siempre ha tenido un problema con esta cuestión, ya que desde sus orígenes mostró una clara desconfianza hacia la teología, en cuanto disciplina crítica de estudio, refiriéndose a los teólogos peyorativamente más o menos como infieles y diseminadores de incredulidad; de ahí que la mayoría de los “teólogos” evangélicos sean mayormente pastores, preocupados de la edificación del rebaño. Invertir en la ciencia bíblica no está entre sus preferencias, y menos a la luz del resultado que producen, que cuestiona muchas tradiciones sacrosantas.

[16] Craig L. Blomberg, Can We Still Believe The Bible? An Evangelical Engagement with Contemporary Questions. Baker Brazos Press, Grand Rapids 2014.

[17] Farnel, https://defendinginerrancy.com/can-still-trust-critical-evangelical-scholars/

[18] Blomberg, Can We Still Believe The Bible?, p. 142.

[19] Norman L. Geisler y William C. Roach, Inerrancy Defended. Baker, Grand Rapids 2011.

[20] Norman L. Geisler and William C. Roach, Inerrancy Defended. Affirming the Accuracy of Scripture for a New Generation, p. 201. Baker, Grand Rapids 2011.

[21] Id., p. 211.

[22] Darrell L. Bock, “Faith and the Historical Jesus: Does A Confessional Position and Respect for the Jesus Tradition Preclude Serious Historical Engagement?,” Journal for the Study of the Historical Jesus 9 (2011), p. 4.

[23] Derek Vreeland, Why Biblical Inerrancy Doesn’t Work, https://www.missioalliance.org/why-biblical-inerrancy-doesnt-work/  Cf. Christian Smith, The Bible Made Impossible: Why Biblicism Is Not a Truly Evangelical Reading of Scripture (Grand Rapids: Brazos, 2011).

[24] J. P. Holding y Nick Peters, Defining Inerrancy: Affirming a Defensible Faith for a New Generation. Tekton E-Bricks, 2014.

[25] Cf. Kevin J. Vanhoozer, “Lost in Interpretation? Truth, Scripture, and Hermeneutics”,  Journal of the Evangelical Theological Society, 48/1 (2005) 89–114.

[26] Es autor de Counterfeit Christianity: the persistence of errors in the Church (Abingdon Press, Nashville 2015); The Essence of Christian Thought: Seeing Reality Through the Biblical Story (Zondervan, Grand Rapids 2017); The Journey of Modern Theology: From Reconstruction to Deconstruction (IVP Academic Downers Grove 2013); How to Be Evangelical without Being Conservative (Zondervan, Grand Rapids 2008).

[27] R.E. Olson, Why inerrancy doesn’t matter, https://www.patheos.com/blogs/rogereolson/2010/08/why-inerrancy-doesnt-matter/

Alfonso Ropero Berzosa

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