Posted On 20/01/2023 By In Opinión, portada With 196 Views

Las batallas de Darwin. Gould, Dawkins y el Creacionismo | Alfonso Ropero

 

Las batallas de Darwin. Gould, Dawkins y el Creacionismo

 

 A finales del siglo pasado se publicó un interesante libro sobre las guerras de Darwin, escrito por Andrew Brown[1], escritor británico que en 1995 recibió el Premio Templeton como mejor corresponsal de asuntos religiosos en Europa, que se define a sí mismo como ateo por vocación divina. «No sé qué puede significar creer en un Creador», confiesa[2]. El título del libro, Las guerras Darwin, no se refiere, como cabría suponer en un primer momento, al conflicto que desde hace más de un siglo enfrenta a evolucionistas y creacionistas, sino más bien a las batallas internas entre grupos de evolucionistas enfrentados sobre el cómo de la evolución. Una guerra que enfrenta a los neodarwinistas, representados por su figura más conspicua, Richard Dawkins, y los puntualistas (teoría del equilibrio puntuado), con Stephen Jay Gould como su representante más notorio. Al parecer el enfrentamiento fue acalorado, con las emociones muy subidas, aunque sin llegar a las manos. El equivalente a una pelea pugilística entre caballeros científicos fue la fiereza manifestada en los artículos publicados en revistas especializadas. Dawkins, fácilmente irritable, llamaba a la teoría del equilibrio puntuado de Gould, «evolución para idiotas», a lo que Gould le replicaba que lo suyo era «evolución para cretinos». John Maynard Smith, no puede ser menos despiadado con Gould:

«Gould ocupa una posición bastante curiosa. Dada la excelencia de sus ensayos divulgativos, ha acabado siendo considerado por los no biólogos como el teórico evolucionista más destacado. Por el contrario, los biólogos evolucionistas con quienes he hablado de su obra tienden a verlo como un hombre cuyas ideas son tan confusas que apenas merece la pena preocuparse por ellas».

Dawkins representa la versión ortodoxa del neodarwinismo, o teoría sintética de la evolución, para la que la evolución de una población es un proceso gradual, en el que se van acumulando las pequeñas variaciones que se producen en el ADN de los individuos de una población. Para Dawkins el gen que la unidad evolutiva fundamental en lugar del individuo.

Gould y los suyos ponen en duda el gradualismo, y afirman que si fuera cierto, debería haber multitud de fósiles con características intermedias entre una especie y otra, mostrando un cambio lento y continuo en la evolución. Pero en muchos casos, desaparece de repente una especie y aparece otra. Así que la evidencia paleontológica defendida por Jay Gould, mantiene que las especies están mucho tiempo sin ningún cambio o con cambios poco importantes (periodos de tiempo llamados estasis), pero en determinados momentos, algunas especies tienen periodos de cambio muy rápido. A esto se llama teoría del equilibrio puntuado o intermitente[3]. Aunque con tono jocoso, Gould se refirió al gen saltarín[4], pero distinguiendo claramente entre el puntualismo y el saltacionismo.

La teoría puntualista representó una herejía para el darwinismo clásico desde el principio, y una ofensa que conmueve las creencias más queridas sobre la evolución gradual como un proceso lento, aunque continuo, de pequeñas mutaciones afortunadas. Gould, y no está solo, no puede ser más duro contra esta visión, que siente tambalearse ante los golpes propinados por el equilibrio puntuado. Vale la pena citarlo en toda su extensión:

«Mientras la teoría darwinista ensancha sus dominios, algunos de sus más queridos postulados van tambaleándose o, al menos, perdiendo su generalidad. La “síntesis moderna”, versión contemporánea del darwinismo que lleva reinando treinta años, adoptó el modelo de una sustitución adaptativa de genes en el seno de poblaciones locales como explicación adecuada, por acumulación y extensión, de la historia completa de la vida. El modelo puede funcionar bien en su reducto empírico de los ajustes adaptativos menores, locales; las poblaciones de la mariposa Biston betularia se volvieron negras por sustitución de un único gen, como respuesta seleccionada para una menor visibilidad sobre los árboles que habían sido ennegrecidos por el hollín industrial. Pero ¿es el origen de una especie nueva tan sólo la extensión de este proceso a más genes con un mayor efecto? ¿Son las tendencias evolutivas de mayor alcance en las principales razas simplemente una mayor acumulación de cambios secuenciales adaptativos? […]

Antes de la síntesis moderna, muchos biólogos expresaban su confusión y su desaliento porque los mecanismos de evolución propuestos a diferentes niveles parecían ser lo suficientemente contradictorios como para hacer imposible una ciencia unificada. Tras la síntesis moderna, se extendió la idea (convirtiéndose poco menos que en un dogma entre sus lugartenientes menos metódicos) de que toda la evolución podía reducirse al darwinismo básico de cambios adaptativos graduales en el seno de las poblaciones locales […]. La síntesis moderna opera en su campo apropiado, pero los procesos darwinistas de mutación y selección pueden funcionar de formas notablemente, diferentes en los dominios superiores de la jerarquía de niveles evolutivos. Creo que podemos esperar una uniformidad en los agentes causales, y de aquí, una única teoría general con un núcleo darwinista. Pero debemos tomar en consideración una multitud de mecanismos que imposibilitan la explicación de fenómenos de un nivel más elevado por medio del modelo de sustitución genética adaptativa preferido para el nivel más bajo»[5].

No tiene nada de extraño que anti-darwinistas como Juan Carlos Monedero, licenciado en filosofía, recurran a Gould como uno de los suyos: «me apoyo mucho en las críticas de los mismos evolucionistas. En ese sentido, en el libro están presentes los argumentos de Stephen Jay Gould al evolucionismo gradualista. Estos son todos argumentos paleontológicos: ausencia de eslabones intermedios, estasis, apariciones y desapariciones repentinas»[6]. Lo que Gould estaba diciendo era música celestial en los oídos de los creacionistas, confirmaba todo lo que ellos estaban manteniendo desde el principio de su crítica a la evolución. Luego ahondaremos un poco más sobre esto. Gould, un evolucionista convencido, no pensaba para nada en los creacionistas, como es fácil suponer. Para él, el debate inter pares era parte de la labor científica. Los científicos consideran los debates sobre los tópicos fundamentales de la teoría como una señal de salud intelectual y fuente de excitación», escribe.

«La Ciencia es más divertida cuando juega con ideas interesantes, examina sus implicaciones, y reconoce que la información antigua podría ser explicada en sorprendentes formas nuevas. La teoría evolutiva está disfrutando ahora este vigor inusual. Pero en medio de todo este revuelo, ningún biólogo ha sido llevado a dudar del hecho que la evolución ocurre; nosotros estamos debatiendo cómo pasa. Todos estamos tratando de explicar la misma cosa: el árbol de la descendencia evolutiva concatenando a todos los organismos por lazos de genealogía. Los creacionistas pervierten y caricaturizan este debate a través del olvido consciente de la convicción común que yace bajo él, y sugieren hipócritamente que los evolucionistas ahora dudamos del propio fenómeno que afanosamente tratamos de entender» [cursivas añadidas][7].

Para el profesor David L. Hull la diferencia entre los defensores del gradualismo y los del equilibrio se puede comparar al debate que se dio en ciencias sociales respecto al papel del entorno en el individuo:

«En los años treinta, el entorno era el que mandaba: por horrible que fuera el crimen, la respuesta entre el público alfabetizado tendía a ser la reforma y el consejo. No fue culpa suya: su entorno le obligó a hacerlo. Más recientemente, los genes han cautivado la imaginación de periodistas y divulgadores. No fue culpa suya: sus genes le obligaron a hacerlo. En la actualidad, todas las partes están de acuerdo en que tanto la naturaleza como la educación son importantes para que seamos lo que somos, pero los dawkinsianos hacen hincapié en el papel de los genes, mientras que los gouldianos hacen hincapié en la cultura. Por lo tanto, a primera vista, la cuestión en Las guerras de Darwin es la mezcla relativa de genes y entorno»[8].

Me parece una comparación muy interesante, pero no hay que simplificarlo hasta ese punto, si tenemos en cuenta que el debate entre gradualistas y puntualistas se ha prolongado varias décadas y en él han intervenido, y siguen interviniendo, las mentes mejor formadas en los recovecos de la evolución para creer que se debe a diferencias de matices que podrían reconciliarse con facilidad. Visto desde fuera, y teniendo en cuenta lo mucho en que ambos coinciden, es de recibo preguntarnos en qué discrepan. José Cuesta, doctor en física y catedrático en matemática aplicada, considera que la discrepancia es realmente pequeña. «Se trata más bien de una cuestión sobre la importancia relativa que uno y otro conceden a distintos aspectos de la evolución. Dawkins se centra sobre todo en lo que podríamos llamar “microevolución”; esto es, en los aspectos mecanicistas de los replicadores básicos, los genes, que hacen que algunos tengan éxito y otros no, y explica toda la evolución a partir de ellos»[9], mientras que Gould opina que la «macroevolución» muestra patrones que no pueden explicarse a partir de una simple extrapolación de tales procesos microscópicos, y da especial importancia al papel desempeñado por el azar[10].

Con todos mis respetos al Dr. Cuesta, creo que la crítica de Gould a la ortodoxia neodarwinista cala más hondo, va más allá de discrepancias de detalle. Aunque dejamos el tema a los expertos, lo cierto es que la investigación de Gould supone un cañonazo en la línea de flotación del neodarwismo y una llamada a su revisión. Desde el principio de su carrera hasta el final de misma, debido a su muerte prematura, Gould no ha dejado de ser un hereje para la ortodoxia darwiniana. Como bien dice el profesor Javier Sampedro:

«Gould incurrió en la herejía de publicar un artículo técnico titulado “¿Está emergiendo una nueva teoría general de la evolución?” que constituía nada menos que una revisión científica de la sagrada teoría de Darwin. Y la jerarquía evolucionista no se le perdonó jamás»[11].

Sean cuales sean los alcances de este interesante debate para la ciencia evolutiva, lo cierto es que han sido y siguen siendo aprovechados por los creacionistas, y hasta por los defensores del diseño inteligente, que en su lucha contra el evolucionismo ven en las teorías de Gould un respaldo de sus puntos de vista. Así, por ejemplo, Henry M. Morris, fundador y director hasta su muerte del Institute for Creation Research, celebró desde el primer día la aparición del libro Las guerras de Darwin, al que califica de fascinante. No podía ser de otra manera, pues según él percibe el debate del que se da cuenta en esa obra, da toda la razón a las reivindicaciones científicas del creacionismo contra las falacias evolutivas.

«Estos dos grupos — dawkinsianos y gouldianos— y parecen empeñados en devorarse mutuamente. Los gouldianos sostienen enérgicamente que el registro fósil demuestra que la evolución no se produjo de forma lenta, gradual y progresiva, como exige el neodarwinismo. Los dawkinsianos, por su parte, insisten con vehemencia en que genéticamente no existe posibilidad alguna de que se produzca una evolución repentina tras largos periodos de “estasis”, es decir, sin cambios, como alegan los puntuacionistas. Ambos tienen razón»[12].

Dawkins había señalado correctamente que la complejidad no puede surgir de un solo golpe de azar. La gradualidad es esencial. «Si se descarta la gradualidad, se descarta precisamente lo que hace que la evolución sea más plausible que la creación»[13]. Todo lo contrario a la teoría de Gould y los suyos. Así es como, según Morris, «gouldianos y dawkinsianos están en realidad (aunque involuntariamente) ayudando a probar el creacionismo, uno refutando el gradualismo, el otro refutando el puntuacionismo. La casa de la evolución está mal, y a la larga fatalmente, dividida» [cursivas añadidas][14].

Aunque ambos grupos se pelean encarnizadamente entre ellos, dice Morris con resignación, «cierran filas cuando se enfrentan a los creacionistas». Es decir, que «aunque pueden ser amargos antagonistas dentro del evolucionismo, son de la misma opinión en su oposición a Dios y a la creación»[15]. Morris también echa mano a su favor del caso de la famosa bióloga Lynn Margulis, especialmente crítica con neodarwinistas como Richard Dawkins, John Maynard-Smith y otros de ideología similar, pero igualmente aliada a ellos cuando se trata de atacar el creacionismo. «De lo contrario, tendrían que creer en Dios y en un juicio futuro, y esto es algo que no están dispuestos a afrontar»[16].

Gould, que estaba al corriente de esta utilización partidista de sus  teorías, se molestó, y mucho, que tales cosas ocurrieran. Le parecía algo triste que todo programa creacionista se redujese a poco más que un intento retórico de refutar la evolución, presentando supuestas contradicciones entre sus defensores.  Los creacionistas se apoyan en la distorsión y las insinuaciones para respaldar sus retóricas afirmaciones, decía. «Si les parece que lo que digo es agrio y cortante, en eso confío –ya que me he convertido en blanco preferido de estas prácticas».

Gould recuerda que en 1972, juntamente con su colega Niles Eldredge desarrollaron la teoría del equilibrio puntuado.

«Dado que propusimos el equilibrio puntuado para explicar tendencias, resulta enfurecedor ser citado una y otra vez por los creacionistas como si admitiéramos que el registro fósil no incluye formas de transición. Las formas de transición no existen normalmente a nivel de especies, pero son abundantes entre los grupos mayores. Y, no obstante, un panfleto titulado Científicos de Harvard reconocen que la evolución es un engaño, afirma: “Los hechos del equilibrio puntuado de Gould y Eldredge… están obligando a los darwinistas a comulgar con el cuadro pintado por Bryan y que Dios nos ha revelado en la Biblia” […]. Los creacionistas me irritan y me divierten a la vez; pero fundamentalmente, me producen una profunda tristeza. Por muchas razones. Tristeza porque una gran cantidad de las personas que responden a la llamada creacionista están preocupadas por los motivos correctos, pero están desahogando su ira en el blanco equivocado»[17].

 

Revolución en la evolución

Las numerosas contribuciones de Lynn Margulis para aclarar y divulgar el origen y la evolución de la vida en nuestro planeta la convirtieron en una de las figuras más significativas de la historia de la biología, uno de esos científicos que con sus descubrimientos disfrutó del merecido reconocimiento de sus colegas y del privilegio de haber reescrito los libros de texto[18]. Así se han referido a la doctora Margulis los principales académicos del mundo. Es conocida principalmente por su teoría sobre la endosimbiosis, que explica el origen de la primera célula eucariota de la Tierra, de la cual provenimos todos, animales y plantas, la cual se formó mediante la fusión de tres bacterias preexistentes completas[19]. A esta hay que sumar su teoría más reciente sobre la simbiogénesis, que hace referencia a especie de procesos que son el motor principal de la creación de variación en la evolución, más incluso que las mutaciones por azar[20]. ¿Significa esto que Lynn Margulis se aparta de la teoría de Darwin sobre la evolución? De ninguna manera, lo único es que se opone a una determinada manera de entender el mecanismo de la evolución, a saber, la popular síntesis neodarwinista, para la que la evolución se produce de un modo gradual mediante mutaciones al azar. «¿Qué tienen que ver las mutaciones con el azar?», se pregunta Margulis, y responde:

«Es muy interesante, pero no tienen que ver con nada en concreto. Los estudiantes, si yo les pregunto cómo se pasa de una especie a otra, siempre me dicen: por acumulación de mutaciones. He leído mucho de mutaciones, y la cosa siempre va a peor, no provoca especiación ni nada. El caso es que no supone una respuesta satisfactoria, nunca lo ha sido»[21].

En el principio no hubo editor que quisiera publicarle sus investigaciones. Tardó muchos años en conseguirlo. Parece ser que los editores de revistas científicas no son muy dados a publicar novedades, y menos cuando se trata de herejías. Preguntada en una entrevista en qué lado se encuentra en la controversia o guerra entre gouldianos y dawkinsianos, Margullis considera que el problema de ambos grupos es que ninguno de ellos tiene razón porque no tienen idea de la importancia de los microorganismos, que es el campo que más ha trabajado[22]. Para ella esto no significa un problema, pero entiende que la gente que es contraevolucionista, que no sabe nada de la evolución, magnifica las diferencias entre los dos grupos de investigadores mencionados, sin entender que hablan el mismo idioma, aunque haya pequeñas diferencias. Es lo mismo que el filósofo australiano de la ciencia Kim Sterelny, detalla en Richard Dawkins contra Stephen Jay Gould. Según Dterelny, Dawkins y Gould profesan la misma opinión en la mayoría de las cuestiones importantes: están de acuerdo en que toda clase de vida ha evolucionado en la Tierra en los últimos 4.000 millones de años “sin intervención de ninguna mano divina ni de ningún intruso fantasmagórico”, en la importancia del azar, y en la selección natural, entre otras cuestiones, «y pese a estar de acuerdo en lo fundamental, Dawkins y Gould han discrepado acaloradamente sobre la naturaleza de la evolución»[23].

Aunque no lo podemos desarrollar ahora, su teoría de la simbiosis, que viene a decirnos que cada una de nuestras células es el resultado de la cooperación entre otras células más sencillas que se habían aliado para trabajar juntas, está preñada de significado para un comprensión cristiana y teológica de la evolución, que veremos en otra ocasión. En este sentido revolucionó la teoría de la evolución al demostrar que la evolución ha actuado a través de la cooperación, frente a la idea popular y común de la supervivencia del más apto, de una evolución en lucha por vida con «garras y dientes».

 

La lucha continúa

Aunque Gould murió hace 20 años el debate no ha concluido. Es natural, el enfrentamiento, aunque personal, tenía que ver concepciones científicas opuestas en un punto clave para la comprensión del mecanismo de la evolución. En un artículo reciente, el biólogo evangélico Antonio Cruz nos ofrece un reportaje actualizado de estas polémicas que se siguen dando en del evolucionismo. Entre otras cosas comenta que en 2015, la Royal Society de Londres se propuso organizar una conferencia de especialistas en biología evolutiva, bajo el lema New Trends in Evolution (Nuevas tendencias en evolución), cuyo objetivo principal era discutir nuevas interpretaciones o explicaciones del proceso evolutivo. Sin embargo, antes de la celebración de la conferencia, que se celebró en 2016, empezaron los problemas. Más de veinte miembros de la Royal Society escribieron una carta de protesta al entonces presidente de la misma, el premio Nobel Paul Nurse, manifestando su desacuerdo con tal reunión porque transmitía a la sociedad la idea —según ellos, errónea— de que los mecanismos de la evolución estaban insuficientemente fundamentados. Algunos teóricos del neodarwinismo declinaron la invitación a participar en la conferencia alegando diversas razones por las que no estaban de acuerdo en la celebración de la misma y descalificando a los científicos que la organizaron, por ser todos partidarios de la nueva Síntesis Evolutiva Extendida, lo cual es de censurar en hombres de ciencia, que, en teoría, deberían estar abiertos a comparar y cotejar nuevas perspectivas[24].  Antonio Cruz deduce de aquí que le teoría de la evolución está en crisis, y que la grietas que se abren en la casa evolutiva pronostican su ruina.

«En mi opinión, detrás de todo este debate se esconde una cuestión mucho más fundamental y profunda que algunos no quieren reconocer. ¿Será quizás que la teoría más trascendental de la biología es, después de todo, una especie de cuento de hadas que finalmente se tendrá que abandonar? ¿Estarán en lo cierto los partidarios del Diseño inteligente cuando afirman que la actual complejidad de todos los seres vivos no se ha podido producir por medio del azar sino que procede de la inteligencia? Este es el gran fantasma que campea por las distintas facultades de biología evolutiva y que asusta a tantos científicos defensores del sueño roto del materialismo metafísico»[25].

Antonio Cruz cree que los científicos desconocen todavía cuestiones tan fundamentales como el origen de la vida, el mecanismo de la evolución, la aparición de los grandes grupos de clasificación biológicos o de qué manera exacta surgieron órganos tan comunes como los ojos de los animales, y que se equivocan al reconocer que «los genes de las especies no se están perfeccionando lentamente, generación tras generación, sino que ya en su desarrollo temprano poseen el potencial de crecer en una variedad de formas que les permite vivir en ambientes diferentes»[26].

Solo un par de puntualizaciones.  En principio, estas polémicas y guerras intra-evolutivas no indican nada más que en ciencia no hay respuestas finales, sino provisionales, pues como decía Ortega y Gasset, «ciencia es todo aquello sobre lo cual siempre cabe discusión». El hombre de ciencia no puede apelar a una autoridad superior o un libro infalible, su trabajo es una constante interrogación sobre la materia de su especialidad mediante una metodología científica. Las dificultades de sus resultados, sus limitaciones, no son otras que las que le opone el objeto material de su estudio en un momento dado, cuya “verdad” o naturaleza precisa no siempre se puede llegar a conocer del todo en el plazo existencial de una vida humana. Todos estamos de acuerdo en la complejidad de lo viviente, la cual no deja de aumentar cuanto más se profundiza en su conocimiento.

«Una teoría científica grande, fuerte, que explique un conjunto de datos tan diversos como en el caso de la evolución, inevitablemente tardará muchos años de trabajo en desarrollarse. Los vacíos en el conocimiento se toman como retos para la investigación futura, no como un reto a la teoría en sí. La teoría, en sí misma, solo se cuestiona si se descubren datos que la refuten, que la contradigan»[27].

La evolución no es igual a progreso, a cambio, a perfección constante[28]. Al contrario, todo indica que las células, que son los ladrillos básicos de la vida, son altamente conservadoras, de modo que rechazan innumerables mutaciones, algunas de las cuales podrían aportar mayor versatilidad al organismo, de manera que muchos seres vivientes permanecen idénticos a hace millones de años. La vida cambia, la evolución no es un motor, es solo un término para comprender la vida y sus procesos, solo cuando un organismo percibe que una mutación lo hace más apto a su medio, entonces ese organismo comenzará a duplicarse con esa mejoría genética, dejando atrás a muchos de sus congéneres, que desaparecerán con el paso del tiempo.

«La evolución es infinitamente más conservadora de lo que nadie había imaginado hasta hace solo hace unos años; jamás parece construir nada desde cero, y hasta los procesos evolutivos generadores de complejidad aparentemente más rápidos, a los que creíamos capaces de convertir unas simples células de piel en un ojo cuantas veces lo exigieran las presiones del ambiente, hunde profundamente sus complejas raíces en Urbilateria, y en parte incluso más atrás. El ancestro de todos los animales bilaterales se construyó a base de módulos genéticos, y la evolución posterior se ha basado en gran medida en plagiar, duplicar, reutilizar y recombinar esos módulos prácticamente intactos»[29].

La selección natural tampoco es un ente que elija a unos y deseche a otros. La selección natural es la constatación por parte de los investigadores de un mecanismo natural que opera en el marco de las leyes y constantes de la naturaleza[30]. Solo por extensión, aclarar que el azar en evolución de ningún modo niega la posibilidad de la providencia divina, pues el azar, imposible de determinar por el ser humano, se da en un universo sometido a leyes que, como hoy se sabe, están ajustadas muy finamente. En otra ocasión habrá que hablar del Dios de la evolución, ya que hoy por hoy es ineludible ignorar el paradigma evolutivo al que la teología no puede ser indiferente, bajo riesgo de no tener nada que decir a las nuevas generaciones.

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[1] Andrew Brown, The Darwin Wars: How Stupid Genes Became Selfish Gods.  Simon and Schuster, Londres 1999.

[2] A. Brown, “Help thou mine unbelief”, Church Times, 31 Enero 2014, https://www.churchtimes.co.uk/articles/2014/31-january/features/features/help-thou-mine-unbelief

[3] S.J. Gould y N. Eldredge, “Punctuated equilibria: An alternative to phyletic gradualism”, en T.J.M. Schopf, ed. Models in paleobiology. Freeman, Cooper and Co., San Francisco 1972.

[4] “El descubrimiento de secuencias insertadas y de genes saltarines revela un nuevo estrato de complejidad genética que debe de estar preñado de significación evolutiva”. Stephen Jay Gould, El pulgar del panda, pp. 9-10. Planeta, Barcelona 2012 (org. 1980).

[5] S.J. Gould, El pulgar del panda, p. 10. Planeta, Barcelona 2006 (org. 1980).

[6] J.C. Monedero, Neodarwinismo y evolucionismo cristiano. Fisuras e incongruencias. Ediciones Del Alcázar, Buenos Aires 2021.

[7] Gould, «La evolución como hecho y como teoría», en Dientes de gallina y dedos de caballo, pp. 347-348. Crítica, Barcelona 2008

[8] David L. Hull, “Evolutionists red in tooth and claw”, Nature 398, 385 (1999). https://doi.org/10.1038/18806

[9] José Cuesta, Duelo de titanes de la teoría evolutiva, https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/dinosaurio-de-pelcula-824/duelo-de-titanes-de-la-teora-evolutiva-19582

[10] Cf. Kim Sterelny, Richard Dawkins contra Stephen Jay Gould. Dos visiones contrapuestas de la biología y la evolución. Arpa Editores, México 2020.

[11] J. Sampedro, “La muerte de un teórico de la evolución”, https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-129-2002-05-25.html, “Sin dejar de reverenciar a Darwin, el neodarwinismo gouldiano cuestiona y revisa a fondo los tres pilares fundamentales de su teoría: el organismo como protagonista del proceso evolutivo, la selección natural como principal fuerza creativa y el entorno como posibilitador del cambio” [cursivas añadidas], Francisco García Olmedo, La estructura de la Teoría de la Evolución, https://oa.upm.es/9057/1/Olmedo_257.pdf

[12] H.M. Morris, A House Divided, https://www.icr.org/article/868/

[13] Richard Dawkins, «What Was All the Fuss About?» Nature, vol. 316/22 (1985), p. 683.

[14] Morris, A House Divided, https://www.icr.org/article/868/

[15] Ibidem.

[16] Ibidem.

[17] Gould, Dientes de gallina y dedos de caballo”, pp. 354-355.

[18] Véase Lynn Margulis, Una revolución en la evolución. Universitat de València. Valencia 2003.

[19] Margulis, Symbiosis as a Source of Evolutionary Innovation. Speciation and Morphogenesis. MIT Press 1991; Captando genomas. Una teoría sobre el origen de las especies. Kairós, Barcelona 2002.

[20] L. Margulis, Planeta Simbiótico. Un nuevo punto de vista sobre la evolución. Debate, Barcelona 2002.

[21] «Darwin era lamarckista» Lynn Margullis, entrevistada por Francesc Mezquita y Antonio Camacho,  Mètode 31 (2001) https://metode.es/revistas-metode/entrevista-es/linn-margulis.html

[22] L. Margulis y Dorion Sagan, Microcosmos: Cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos. Tusquets, Barcelona 1995.

[23] K. Sterelny, Richard Dawkins contra Stephen Jay Gould. Arpa, Barcelona 2020.

[24] No hay que olvidar que la ciencia es una actividad humana, con todas las debilidades que esto supone. Por ello no tiene nada extraño cierto fanatismo que también se da entre los científicos, como señala H.M. Morris (Bigotry in Science, https://www.icr.org/article/bigotry-science), y no solo entre ellos.

[25] Antonio Cruz, Revolución en la evolución, https://www.pensamientoprotestante.com/2022/12/revolucion-en-la-evolucion-antonio-cruz.html

[26] Ibidem.

[27] Denis R. Alexander, Creación o evolución. ¿Demos elegir?, p. 170. Fliedner-Andamio, Madrid 2018.

[28] Cf. Andrés Moya, “Progreso, complejidad y evolución”, Endoxa 46 (2020), pp. 427-440;  Francisco Mora, La controversia entre evolución y progreso, https://elpais.com/diario/1990/07/23/opinion/648684010_850215.html

  Leandro Sequeiros, La evolución biológica: ¿implica progreso o es solo aumento de complejidad? https://blogs.comillas.edu/FronterasCTR/?p=6540

[29] Javier Sampedro, Deconstruyendo a Darwin. Los enigmas de la evolución a la luz de la nueva genética, p. 195. Crítica, Barcelona 2002.

[30] «La teoría de la selección natural no es una teoría sobre el origen de la vida, ni tampoco es una teoría de la herencia. Ella presupone, entre otras cosas, la existencia de seres vivos cuya proliferación los lleva a competir por los recursos necesarios para sostener esa misma proliferación. Presupone, además, que esos seres vivos son capaces de transmitir sus características a sus descendientes, pero sin excluir la posibilidad de que en ese proceso de transmisión surjan variaciones también transmisibles. Por eso, explicaciones plausibles de cómo este último proceso puede ocurrir y de cómo pudieron originarse esos seres condenados a proliferar no pueden ser otra cosa, en primera instancia, que complementos y refuerzos de dicha teoría». Gustavo Caponi, “Nacer puede ser fácil, lo difícil es no morir”, Ludus Vitalis, vol. XIX, num. 35, 2011, pp. 313-318.

Alfonso Ropero Berzosa

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