Posted On 09/04/2020 By In portada, Teología With 699 Views

Jesús de Nazaret: la Verdad acumulada | Máximo García Ruiz

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2ª Cor. 5:19).

La idea universal de Dios en la cosmología cristiana se encarna en Jesucristo. En él se hace presente la idea global que los cristianos hemos ido acumulando acerca de Dios. Jesucristo representa un mensaje que alcanza al mundo entero, a la totalidad de hombres y mujeres. Es la Verdad, una verdad acumulada que responde a la búsqueda universal de todas las religiones del mundo. En él se encarna todo lo que, al presente, podemos saber acerca de Dios.

Jesús de Nazaret tomó forma humana en Palestina, pero recoge en su esencia la presencia eterna y universal de la divinidad, manifestada anteriormente en otras cosmogonías: Mesopotamia, China, la Indica, Egipto, los pueblos cananeos, Grecia, Abya Yala, Oceanía…; Buda, Confucio, los Vedas, Anu, Zeus, Júpiter, Brahma, Nüwa, Amón, Baal, Jehová, Hunab Ku, Manitú… Una verdad que se expresa a través del cielo y de la tierra; de las estrellas que adornan esos cielos inmensos y de las aguas que bañan la tierra; una tierra que nos da cobijo y alimento. Y también en el mar, el inmenso mar. “Los cielos cuentan la gloria de Dios; el firmamento anuncia la obra de sus manos” (cfr. Salmo 19:1).

Jesucristo no representa a un dios blanco ni negro; ni judío ni árabe; del este o del oeste; del norte o del sur; no es europeo, ni africano, ni asiático, ni americano y lo es todo a la vez. Su reino no es de este mundo (cfr. Juan 18:36). No pertenece a nadie, pero está al alcance de todos. En él se hace presente la riqueza espiritual del hinduismo, la capacidad de mediación del budismo, la compasión, la bondad y la piedad del taoísmo, la veneración a la divinidad del sintoísmo, el respeto a la madre naturaleza de las religiones amerindias… Todo ello está presente, pero encuentra su plenitud espiritual en la revelación suprema del Amor, acaecida en Jesús de Nazaret, que añade como signos distintivos y rasgos principales la opción por los pobres y la defensa de la justicia, en solidaridad con las víctimas. Y, además, el tercero de los signos distintivos de Jesús de Nazaret: la compasión ante la presencia insoslayable del mal y el sufrimiento humano (cfr. Mateo 25: 31-46). El objetivo es liberar al ser humano; liberarle de sí mismo, de sus propias miserias y, además, ayudarle a redescubrir las huellas del Creador en el Universo.

Algunos judíos contemporáneos suyos pretendían domeñarle en el estrecho marco del judaísmo, pero rompió los lazos que le reducían a ser un mero rabino y anunció su compromiso universal: todas las naciones, hasta el fin del mundo (cfr. Mateo 28:19). Luego sería el imperio romano el que trataría de someterle, estructurando a sus seguidores conforme a los patrones jurídicos y sociales del Imperio. Y así, hasta nuestros días, todos los reinos de este mundo, todas las culturas, incluso la propia Iglesia en sus variadas formas, han querido controlarle y reducirle. Pero él sigue anunciando que su objetivo final es que sean reunidas delante de él todas las naciones de la tierra (cfr. Mateo 25:32).

Jesucristo es la revelación de Dios acumulada; manifestación divina, que anteriormente ha sido mostrada y percibida de forma parcial en las diferentes etapas y culturas de la humanidad. Y lo ha sido a través de otras percepciones que, finalmente, encuentran su plenitud en Jesús de Nazaret. No sobra ninguna; todas ellas, aunque incompletas, contribuyen a ir dando forma a esa revelación, cuyo culmen está en lo que Jesús representa.

Ahora bien, el desafío que se presenta para hacer creíble y aceptable la revelación en Jesús de Nazaret es liberarla de todas las adherencias ajenas que ha ido adquiriendo con el paso del tiempo; y así, poder encontrarnos con el genuino Jesús de Nazaret que incorpora y sintetiza la revelación universal del Dios creador. Éste es un reto importante para las iglesias del siglo XXI, porque la sociedad actual ha ganado la condición de adulta y ha descubierto que puede buscar a Jesús directamente, incluso fuera de las iglesias y de las religiones que las sustentan.

Jesús puso mucho empeño en identificarse como hijo del hombre. El Nuevo Testamento recoge hasta 84 las veces en las que Jesús utiliza esta expresión que, en algunos pasajes, se la atribuyen otros o se utiliza para hacer referencia a su persona. Ahora bien, se trate de una elaboración teológica de la Iglesia primitiva, como afirman algunos exégetas o que, efectivamente, sea una forma de autoidentificación, lo evidente es que Jesús, revelación encarnada, está conectando a Dios con el hombre y al hombre con Dios (cfr. Daniel 7:13) estableciendo una identidad vinculante. A Dios, en última instancia, hay que encontrarlo en el hombre. Una vez más Jesús trastoca la imagen mesiánica de los rabinos y profetas y la proyecta hacia algo tan universal y próximo como es el hombre. Sencillamente, a Dios le encontramos en los seres humanos. Esto nos ayuda a entender y afirmar que en Jesús se acumula la totalidad de la revelación divina; él es la respuesta a la búsqueda universal de Dios por parte del ser humano.

Jesús es, por decirlo de una forma más comprensible, el Profeta Definitivo. E. Schileebeckx, afinó aún más esta idea y le definió como Profeta Escatológico. Supera a todos los profetas; es el Maestro espiritual por excelencia. La teología temprana terminó afirmando que Jesús, siendo plenamente Dios es, igualmente, plenamente hombre o, dicho en un término teológico, se produce la unión hipostática, es decir, en Cristo, la naturaleza divina se unió a la naturaleza humana, por medio de la encarnación.

Los hindúes ya habían intuido esta realidad con el advaita (doctrina de la no dualidad), es decir, el alma y la divinidad no son dos entidades distintas, de cuyo convencimiento se deriva que Dios y el mundo no son dos entes separados.

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