Posted On 16/02/2015 By In Biblia With 1638 Views

La mirada que vulnera y destruye

El capítulo dieciocho del libro de Levítico, dedicado a las diversas prohibiciones sobre “descubrir la desnudez” de diversas líneas familiares (relaciones de sangre), hacen pensar a primera instancia que este es un acto violento contra ellos. El término hebreo para descubrir, empleado en esta sección tiene connotaciones como “revelar” o “abrir para descubrir”, lo que hace notar también el acto de desnudar.

Más allá de una discusión sobre el honor de las figuras de autoridad (–masculinas– inherente al texto) o la impureza sexual (en relación con la sangre menstrual), desnudar al otro implica en su acción la mirada y la contemplación como formas inmediatas del deseo, pero un deseo exclusivo del que mira, del que desnuda, precisamente contra la voluntad de la mujer. Así, “desnudez” es usada como metáfora de “deshonra” (Deut. 23:15; 24:1 o Is. 20:4), además de ser una referencia al sexo de la persona (en el capítulo que nos ocupa). La forma del deseo podría ser entendida no sólo como interdicto, sino como destrucción.

El acercamiento a la mujer deseada y prohibida, como extensión de su esposo, representa la ausencia de protección y por lo tanto, una violación que comienza en los linderos de la casa propia (la desnudez del padre; del hermano, etc.) y culmina en el cuerpo y en el sexo forzado (sobre todo cuando este acercamiento –Lv 18:6–, cuyo propósito es descubrir la desnudez, está referido exclusivamente al hombre que lo realiza, sobre todo, porque comienza repitiendo la palabra ish, “hombre”). Así pues, vulnerabilidad e injusticia conforman el marco en que se inscribe el acto de “acercarse” (v. 6) o “descubrir”.

Revelar la desnudez a la mirada implica poder sobre el sexo del otro y, por supuesto, sobre su cuerpo; bastante significativo en un texto oriental, donde el predominio de los sentidos, principalmente en un texto de carácter legal como Deuteronomio que, a la manera de un pacto, establece el acuerdo entre Dios y el pueblo, sea la escucha (la atención de lo invisible: Deut 4:6). Puede decirse que la mirada es una forma de poder que el texto bíblico codifica desde la transgresión de los acuerdos sociales y familiares.

Este poder, al ser ejercido, destruye dichas relaciones; de hecho, representa el cambio del orden social (y las jerarquías familiares) mediante la transgresión y la violación de los límites de la propiedad a través de violación de la mujer (la posesión de su cuerpo o de su vida contra su voluntad). Al lado de Lv. 18 tenemos Éx. 20:17 y Deut. 5:21, citas en las cuales Deuteronomio privilegia el papel de la mujer en la prohibición de no codiciar. En ellas, el orden puede obedecer a todo aquello que representa al otro, comenzando por lo que le es tan personal e íntimo (la mujer propia y la casa que, en el mundo bíblico, prácticamente son sinónimos; por ejemplo Prv. 9:1 y 14:1). El sentido de destrucción es tal, que en el Tárgum de Éxodo se añade al último mandamiento: “[…] porque, por las culpas de los codiciosos, los reinos se lanzan sobre las riquezas de los hijos de los hombres para arrebatarlas, y los ricos en posesiones se empobrecen y el destierro viene sobre el mundo” [1]

Si en el contexto bíblico en general, lo contrario a “atención / obedencia” es ser “duros de cerviz”, en cuanto a descubrir la desnudez está guardar la mirada. Un ejemplo que extiende este proceso está en 2Sam. 13, cuando llama a Tamar, hermana de Absalón, yafá “hermosa”, el mismo término utilizado en Cnt. 1:15 y Nm. 24:5, entre otros, en los que se utiliza para hacer referencia a la admiración hacia aquello que aparece a los ojos.

En el relato referido, Amnón se ve impelido a modelar una artimaña para forzar a Tamar a estar cerca de él; éste, previamente, despide a la servidumbre y evita los testigos oculares. La enunciación de la traducción en la Peshitta, es significativa: “Pero él no quiso escucharla, sino que la sujetó, la forzó, y se acostó con ella, y la violó” (2Sam. 13:14; subrayado mío. Así la RVC, usa “violó” para el eufemismo “וַיִּשְׁכַּב אֹתָהּ” del texto hebreo, que, al menos en el caso de la Peshitta, con “se acostó con ella” sería suficiente). En Occidente tenemos la metáfora “cegado” por las pasiones; sin embargo, en el caso de un contexto cultural oriental podría aludirse más bien a la sordera. Amnón fue sordo a Tamar, vigorizado por la pasión de su visión/mirada sobre ella.

Para la tradición hebrea, el frenesí del deseo de Amnón contempla, en primer lugar, no tocar su virginidad (traduciendo “la sujetó, la forzó” –Peshitta– / “la forzó violentamente” –Shökel– para וַיֶּחֱזַק מִמֶּנָּה וַיְעַנֶּהָ), o sea, que primero la violentó analmente y después “se acostó con ella”, vaginalmente. Vemos que la lógica del deseo que comienza por la mirada lleva al primer aspecto de la prohibición en Lv. 18: “nadie debe allegarse a ninguna parienta…” (v. 6; subrayado mío). Y así, precisamente, fue el desarrollo del deseo de Amnón por Tamar: urdió una estratagema para estar cerca de ella con el fin de desnudarla, es decir, vulnerarla, destruyéndola y siendo ya para él una basura (v. 15).

Es significativo que el microrelato de este suceso comience con la misma acción negativa de Amnón de no escuchar a su hermana: primero, el texto enuncia la voz de Tamar (וְלֹא אָבָה לִשְׁמֹעַ בְּקוֹלָהּ). Al final, a ella misma (וְלֹא אָבָה, לִשְׁמֹעַ לָהּ). En otras palabras, la voz como una advertencia, como un consejo (léase v. 13) como lo que puede ser atendido y seguido como pensamiento y, por qué no, razón. Pero finalmente, lo que ella tiene que decir como persona, desde su dignidad destruida no es escuchado. La transgresión destruyó el sentido de la relación desde el inicio de su estratagema.

Ante esta oposición, Emmanuel Levinas también contrastó la actitud frente al mundo a partir de los sentidos en personajes distintos de dos culturas pilares de Occidente: Abraham y Ulises. Ulises sale de su hogar para ver el mundo, y regresar; Abraham sale de su hogar hacia un lugar desconocido desde la escucha y para no volver [2] (algo así como lo que Vladimir Jankélévitch perfiló como el tipo del “aventurero” y del “aventuroso”; el primero, coleccionador de aventuras como ejercicio de poder; el segundo, quien se entrega al suceso sin una búsqueda de dominio [3]).

En el horizonte del ver está el dominio del mismo, es decir de quien ve, de quien domina; en el espectro del escuchar está el Otro, es decir, quien escapa de mi poder. El mayor mandamiento comienza diciendo “Escucha Israel, el Señor tu Dios, el Señor es uno” (Mr 12:29), lo que define no sólo una relación entre un Rey y su siervo, sino que se coloca en el tiempo de la atención al Otro, de quien no se tiene dominio, lo trascendente. Al comentar el mandamiento “no cometerás adulterio”, Jesús pone de relieve la mirada. En su enseñanza añade un cerco a la Ley (tal como hacían los maestros de la Ley, Pirké Avot 1:1) en el sentido de que tornar los ojos (βλέπων) hacia una mujer de forma ardiente a sabiendas de que está casada (ἐπιθυμῆσαι), es transgredir en el corazón (Mt 5:28). Mirar con deseo, o bien des-cubrir con la mirada la desnudez de una mujer a sabiendas de la transgresión es ya trasgredir. En otras palabras, destruir el orden en el que el otro y la otra están inscritos  desde lo social hacia lo trascendente en la intimidad del pensamiento. Revelar para sí la desnudez de ella es la representación del dominio sobre su sexo como una forma de violencia.

Llama la atención que sean órganos los que se mencionan como agentes del adulterio: el ojo y el corazón; como una forma de mirar con el pensamiento; como algo ya cometido por el hecho de realizarlo de una determinada forma, o bien porque mirar es ya un acercamiento, como lo enunciara Lv. 18:6. Es mirar el interdicto desde el deseo, haciéndose de él para manipularlo, tomarlo, forzarlo y, finalmente, violarlo. Un deseo de dominio en el que se destruye la expresión (el mandamiento) con la que se establece una relación con lo divino para enarbolar la fiereza del apetito personal, personalísimo y, donde la mujer, como otra, está contemplada desde la propia dignidad y la de su marido.

Mirar así, a través de la desnudez como objeto del deseo, hace al otro vulnerable “a los ojos”, y es también destruirlo, cosificarlo. Tal vez por ello Jesús recomendara arrancar de sí la mirada de un deseo poderoso que, aunque fuera la del lado derecho o de un “lado bueno”, hiciera vulnerable al otro hasta su destrucción.

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[1] Martínez Sáiz, T., & Pérez Fernández, M. (2011). Traducciones arameas de la Biblia. Los Targumim del Pentateuco II. Éxodo. Navarra: Verbo Divino.

[2] Levinas, Emmanuel. La huella del otro. México, Taurus: 2001.

[3] Jankélévitch, Vladimir. La aventura, el aburrimiento, lo serio. Taurus, 1989.

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