“Me dijeron: O te subes al carro, o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé.
Me senté en la cuneta y alrededor de mí, a su debido tiempo, brotaron las amapolas.”
(Gloria Fuertes)
Una mañana de invierno, paseando, encontré expuesto este textito de la poeta Gloria Fuertes (1917-1998) y me trajo cosas a la cabeza en relación con esta actualidad que vivimos, y a ratos es tan demandante.
Hoy en día parece imposible quedarse a un lado en las cosas del mundo, no subirse al carro o empujarlo. Da igual de lo que se trate, religión, política o un simple deporte; ahora, ya, todo está polarizado y todo se percibe, se asume y se expresa, desde la misma hipérbole que nos empuja a elegir: “O te subes al carro, o tendrás que empujarlo.”.
Y así daría la sensación de que estamos construyendo un mundo con un corazón de piedra, compuesto por grupos de personas tan afines entre ellas como aisladas e incapaces de entender, y tolerar, a las otras que son diferentes. Éstas, a su vez y como si de una profecía autocumplida se tratara, se agrupan también en estructuras y organizaciones tan herméticas y de análoga cerrazón cognitiva hacia lo diferente, como aquellas de las que tratan de defenderse. Parecería que estas son las pinceladas generales que retratan el mundo actualmente, ¿actualmente? ¿seguro?
¿No les recuerdan estas actitudes y forma de relacionarse con “el mundo” al concepto de “remanente” tan presente ya en el año 1 d.C., pero en un sentido más amplio? Es decir, aplicado ahora a toda discusión, por lo que trasciende, y con mucho, los límites del hecho religioso.
Parece que la misma obsesión del “resto santo” de Daniel que reinaba hace ya más de 2.000 años, sigue muy presente y generalizada hoy, y que se mantiene el principio de “amar a los que Dios ama (y elige) y odiar a los que Dios rechaza”[1]. Da igual de lo que se hable, política, religión, etc., todo ahora tiene un “bando” y su contrario, aunque quienes los militan no perciban que en ambos casos se trata del mismo carro, y que estar subido o empujarlo ya no marca diferencia alguna, porque ese carro se mueve en una sola dirección: la del precipicio.
Debes elegir entre empujar o subirte, lo que no puedes hacer es quedarte a un lado, te dicen. Y así seguimos anclados en ese paradigma infértil del cuadro “Duelo a garrotazos” de Goya, pero proyectado sobre todos los órdenes de la vida: “los hijos de la luz” frente a los “hijos de las tinieblas”. “O te subes al carro, o tendrás que empujarlo”, elige, o paga las consecuencias: tenemos un juicio y un veredicto para ti.
Pues, a veces se diría que en ese punto estamos todavía, es decir, que muy poquito hemos avanzado en concepto de “nueva humanidad” estos dos últimos milenos, y creo que es así porque al final, y a menos que hagamos algo real por evitarlo, con más o menos evolución, más o menos conocimientos, o más o menos comodidades fruto de un aparente progreso y su supuesta modernidad, el ser humano es solo eso, humano: polvo (cf. Génesis 2,7).
Un polvo que, en ausencia de Dios y su ejemplo, solo tiene capacidad para generar barrizales intransitables al mezclarse con las lágrimas del sufrimiento que el propio paradigma de división, que despliega e impone, termina generando. Como creación que se empeña en permanecer separada de su hacedor, su camino no terminará de otra manera, en ningún caso: “Finalmente, el hombre realiza la experiencia de una última división, que recapitula todas las demás: está separado de lo <<Absoluto>>”[2].
Es curioso que, como ya sabrán, “etimológicamente, “diablo” (διάβολος) significa “división”, aquel que separa, que divide”[3]. Parece una función bastante emparentada con la de aquellos y aquellas que. obstinados por la superioridad de su medida y su justicia respecto a la de los demás, se empeñan en autopercibirse como resto, y santo, bajo el signo del orgullo religioso, por ejemplo. Poco importa determinar si están subidos al carro, o más bien lo empujan, lo verdaderamente relevante es que no se dan cuenta de que se mueven en la misma dirección: la que separa. Esos frutos son reconocibles (cf. Mt 7,16).
Pero, en realidad, cuando leí el texto de Gloria Fuertes, no pensé directamente en tal sentido, aunque sí que me llevó a reflexionar sobre los tiempos del Jesús histórico. Pensé en los muchos grupos y facciones con sus luchas intestinas, y en todas las tensiones que giraban en torno al pueblo hebreo. Existían enfrentamientos políticos y civiles de toda índole provocados por la ocupación romana, y estaban a flor de piel los recelos que los movimientos migratorios y las ideas y modos de vida extranjeros, junto con las influencias de aquellas religiones ajenas que se daban en los tiempos de Jesús, generaban. Recordé que muy a menudo todo ello se interpretaba como amenaza, que se vivía a la defensiva. Entonces, pensé en cómo las sensaciones que generaban esas vivencias entre el pueblo hace dos mil años, deberían ser muy similares a las inseguridades que sentimos a diario, aquí y ahora, cada vez que leemos un periódico que anuncia un colapso económico, una noticia viral a través de redes sociales asegurando que muy pronto seremos reemplazados por otras “razas”, o, simplemente, escuchamos la opinión de tantas personas que nos rodean y que, en definitiva, se están comportando tal y como el mundo espera de ellas y se han subido al carro, o ya lo empujan, para encajar.
Y en medio de todos esos miedos hace dos mil años, y ahora, ¿qué hacía un hombre que quería reconciliar a la humanidad con Dios, pero también cambiar el mundo de manera tangible? ¡Pues no se subía al carro!, tampoco lo empujaba. Se quedaba en la cuneta sin perder de vista nada de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Podría ser, incluso, la misma cuneta en la que hubiera estado tirado el hombre que, según la parábola, le brindó al samaritano una oportunidad de oro, como la regla, para ofrecer la versión más deificada de sí mismo, cuando decidió libremente romper la disciplina autoimpuesta del “resto santo”, o las leyes de pureza, y se detuvo para ayudarle (cf. Lc 10, 25-37). Nunca he tenido muy claro quién socorrió a quien, realmente, en ese relato.
Parece que actuar desde los márgenes, lo aprendimos con Jesús, resulta ser una herramienta muy eficaz y práctica: observar el problema desde un lugar que te aporte una perspectiva diferente, un lugar en el que poca gente repara o que, incluso, algunos infravaloran. ¿Cuántas veces poderosos, o revolucionarios violentos de su época, intentarían comprometer a Jesús para que se decidiera? “¡sube o empuja, Jesús!, pero no te quedes ahí, ¡decídete!”. Algo así le demandarían incluso algunos de los suyos, pero Jesús siempre les supo responder con sabiduría, siguiendo fiel a su proyecto: el reino de Dios y el Dios del reino.
Nos han llegado algunos ejemplos de preguntas capciosas, como las de los principales religiosos del momento (cf. Mt 22), y que Jesús rebatió con una teología eminentemente práctica. Nunca evitó comunicar su buena nueva, incluso cuando ello implicó permanecer en un riguroso silencio, por lo demás, magistralmente cargado de significado (cf. Mt 27, 14). Y sí, siempre contestó, pero parece que lo hizo reflexionando previamente desde un punto de observación que nunca estuvo ni encima, ni debajo, ni empujando el carro, y desde el que solo así se podía discernir lo correcto, independientemente de la toxicidad y el ruido de fondo del momento.
La cuneta, los márgenes o la orilla, no son lugares de inacción, todo lo contrario. Son posiciones de privilegio como nos enseñó Jesús en su praxis, y desde los que se pueden reinterpretar las cosas para proponer una solución nueva (cf. Is 43,19) incluso desde la tensión, si realmente existiera más allá de intereses creados, porque allí donde hay desierto se abrirá un camino. Desde ese locus, denostado por el mundo, pero de privilegio a los ojos de Jesús, se pueden descubrir terceras vías que mejorarán las posibilidades de éxito en la resolución de problemas, en alternativa a aquellas por las que las facciones monolíticas del momento pugnan, ya sean cuestiones teológicas o no, porque desde los márgenes es posible romper el falso paradigma de la polarización, autoimpuesta, o introyectada.
Esta enseñanza de Jesús no solo aplica a cuestiones religiosas, como a veces se pretendería, más bien llama a establecer unas nuevas coordenadas para ser capaces de reinterpretar el mapa de nuestras vidas, de una manera más acorde al territorio del reino/reinado de Dios. Es decir, que realmente el mapa nos sirva de guía y orientación, en lugar de llevarnos al precipicio de la división. Las nuevas coordenadas son válidas para cada aspecto de nuestras vidas, para que por insignificantes que sean las decisiones que hemos de tomar, esas elecciones sean inspiradas y tomadas desde el lugar desde donde el mismo Dios humanado, toma las suyas.
En el margen podemos ser capaces de promover un auténtico movimiento de respuesta alternativa cristiana, y efectiva, precisamente porque, como nos enseñó Jesús, desde allí ya no estaremos haciendo exactamente lo mismo que todo el “mundo” hace, contribuir al barrizal sin aportar más solución que esa, y viendo que, al fin y al cabo, el carro se dirige hacia el precipicio. Desde estos márgenes podemos dar pleno sentido a la diferencia que enuncia el cuarto evangelista (cf. Jn 15, 19-21), abrazándola y llevándola a todos los órdenes de la cotidianidad.
Jesús, “Dios con nosotros” (cf. Mt 1,23), permanece en la cuneta hoy también viendo y viviendo las cosas del mundo, implicado hasta las últimas consecuencias en la construcción del reino de Dios, y ofreciéndose también para que aprovechemos la oportunidad de dar lo mejor de nosotros y nosotras mismas (cf. Mt 25,40), en lugar de pasar de largo.
Aunque, sin subirse al carro ni empujarlo, nunca está aislado, tampoco permanece ajeno a la realidad e inactivo. Y a su debido tiempo, crecen las amapolas a su alrededor, los granos de mostaza también: ustedes y yo, hoy y aquí, venimos de la siembra de aquella persona que fue capaz de reinterpretar su propio contexto para desarrollar su “mensaje acerca del Dios de Israel con un acento personal e inconfundible”[4] que, paradójicamente, lo diferenciaba de todo lo anterior por su capacidad, precisamente, para no hacer diferencias. Y, ¿no es eso, en sí mismo, ya, un milagro de humanidad?
Por eso pensé en compartir con ustedes esta reflexión bastante personal, pero que me asaltó de repente, y me dio una idea de cómo reaccionar a diario ante las cosas del mundo y todas sus tensiones, y, sobre todo, favorecer una alternativa tangible capaz de proponer respuestas, que aporten esperanza, para nuestro momento actual. Si miramos esos carros que pasan ante nosotros y nosotras con otros ojos, como hacía Jesús, quizá descubramos que no es necesario ni subirse ni empujarlos, que simplemente con amar antes de juzgar, o mejor, no juzgando nunca, y siempre escuchando y tratando de comprender todas las voces que nos interpelan, ya estaremos sembrando semillas del reino, que van a florecer, seguro, a su debido tiempo.
Mostaza o amapolas, poco importan las semillas si reconocemos sus frutos porque su ingesta no nos lleva hasta el borde del precipicio: la separación entre hermanos y hermanas, que nos aleja de Dios. Y creo que este indicador es aplicable a cualquier aspecto de nuestro día a día, mucho más allá del religioso, porque sinceramente también creo que Jesús “objetivamente, enfrenta el tema de la sociedad como un todo —y hasta su dimensión estructural— y que la quiere transformar”[5].
Con su permiso, y, para terminar, comparto otra experiencia personal que se nutre de la anterior reflexión. Tiempo después de leer este poemita quedé a tomar un vino con un gran amigo, tan buena persona como poco creyente, que llegó enfadado con el mundo, y según su relato todo era negativo, terrible. Todo estaba mal, perdido, y en su opinión las cosas no se solucionarían si no es por la fuerza, la imposición, o mediante grandes luchas de poderes, para resumir su planteamiento. Y, es cierto que, escuchándole un rato con atención, y viendo los videos, los comentarios, y las noticias de las redes sociales que me mostraba, se diría que realmente no quedaba luz o esperanza para nada bueno en estos tiempos.
Y aunque por un momento me sentí como cuando Pedro, tras dar unos pasos sobre el agua comenzó a hundirse (cf. Mt 14,30), les confieso que pronto se dibujó una sonrisa en mi cara y decidí, entonces, seguir en la cuneta evitando la tentación de subirme al carro o empujarlo, y desde allí, comenzar a dar respuestas.
_____________________________________________
[1] Schillebeeckx, E., «Jesús. La historia de un viviente«, Ed. Cristiandad, Madrid, 1981 p. 131.
[2] Sesboüé, B., “Jesucristo el único mediador. Ensayo sobre la redención y la salvación. Tomo I”., 2ª Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca 2010, p. 27.
[3] Instituto Diocesano de Teología https://apps.idteologia.org/index.php?r=sagradaTeologia/share&id=13776 [acceso:12/06/25].
[4] Kessler, H., “Manual de Cristología”, Ed. Herder, Barcelona, 2003, p.57.
[5] Sobrino, J., “Jesucristo Liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret”., Ed. Trotta, 5ª ed. (2010)., p. 212.








