Posted On 09/02/2024 By In portada, Teología With 769 Views

Fuego que consume. La aniquilación del Infierno | Alfonso Ropero

«A nadie le gusta la doctrina del infierno. Incluso entre los eruditos que definen el infierno en términos de tormento eterno consciente, existe cierta repulsión ante la idea de que Dios condenaría quizás a una gran parte de la población mundial al castigo eterno en el infierno. Esta es la tensión entre la creencia en un Dios bueno y amoroso y la posibilidad de la condenación eterna». Ramon Baker[1]

 

Hace unos años que la prestigiosa revista National Geographic publicó un informe bien documentado sobre una campaña para eliminar el infierno del imaginario evangélico estadounidense, redactado por Mark Strauss en los siguientes términos:

«El tema que alguna vez fue tabú se está discutiendo abiertamente a medida que académicos de gran prestigio publican artículos y libros de gran venta que se basan en lecturas cuidadosas de las Escrituras para desafiar los puntos de vista tradicionales [sobre el infierno]»[2].

En los últimos 20 años, el número de estadounidenses que creen en infierno como tormento eterno ha disminuido del 71 por ciento al 58 por ciento. Detrás de estas estadísticas hay un enigma que continúa removiendo la conciencia de algunos cristianos, a quienes les resulta difícil conciliar la existencia de un Dios justo y amoroso con una doctrina que condena a miles de millones de personas al castigo eterno. Esta es la razón por la que durante este tiempo han surgido algunos pastores y educadores evangélicos que desafían el tabú atreviéndose a enfrentar los puntos de vista tradicionales. Entre estos teólogos evangélicos hay que señalar a Edward W. Fudge (1944-2017) como la cabeza principal del debate actual sobre el infierno en el evangelicalismo, quien en 1982 publicó un trabajo académico de 400 páginas, The Fire That Consumes[3], con el fin de demostrar que después del juicio divino, a los incrédulos no les aguarda el tormento eterno del infierno, sino la muerte eterna, la aniquilación total. Desde su publicación inicial ha conocido varias ediciones, e incluso ha sido traducido al español[4]. No es la primera vez que ha surgido esta cuestión. El mundo evangélico de vez en cuando se ha sentido agitado por esta cuestión, escribiendo sobre el panorama británico, Tony Gray también escribió un interesante informe de la cuestión, constatando que«El infierno bien puede ser único entre las doctrinas cristianas, sino por la falta de atención que ha recibido en las últimas décadas, al menos por la falta de voluntad con la que muchos cristianos ortodoxos creen en él. Los fundamentalistas pueden predicar vívidamente sobre los fuegos del infierno, y los liberales han anunciado durante mucho tiempo la caída de la condenación eterna, pero ¿qué podemos decir acerca de una doctrina que deja a muchas personas muy avergonzadas? Más recientemente, la doctrina ha recibido el interés renovado de un debate específico entre los evangélicos sobre si el infierno es un tormento eterno consciente o si los malvados son aniquilados después del juicio»[5].

Cuestión de justicia

La crítica del infierno entendido como un tormento eterno consciente, sea cual sea el tipo de tormento que imaginemos, físico o psíquico, obedece a dos motivos fundamentales, uno moral y otro doctrinal. El moral, la dificultad de reconciliar el sentido de justicia divina con el castigo eterno, entendido como un tormento sin fin. El doctrinal, considerar los viejos textos bíblicos con una mente no prejuiciada por las doctrinas posteriores, analizando cada palabra desde su sentido histórico-gramatical.

«El tormento eterno es intolerable desde un punto de vista moral porque convierte a Dios en un monstruo sediento de sangre que mantiene un Auschwitz eterno para las víctimas a las que ni siquiera permite morir», escribió el influyente teólogo evangélico Clark Pinnock[6].

En su calidad de abogado, además de teólogo, Edward Fudge, no puede admitir que la negación del tormento eterno se deba a una mera cuestión de debilidad emocional y tergiversación de la enseñanza bíblica, sino todo lo contrario.

«¿Qué pasa si el silencio del infierno no se debe a debilidad emocional ni a la pérdida del compromiso con el Evangelio? —escribe Fudge— ¿Qué pasa si los fundamentos bíblicos que se cree respaldan el tormento consciente interminable son menos seguros de lo que se ha supuesto ampliamente?»[7]

Para Fudge, como para Pinnock, no se puede apelar por más tiempo a una doctrina tradicional que choca frontalmente con la idea de justicia moderna, que no es puro humanismo, sino de una reflexión surgida en la cultura occidental alimentado por la enseñanza evangélica de Jesús sobre el perdón y la misericordia. Los hijos de Dios, los seguidores de Cristo no pueden ser más ciegos y duros que los verdugos de antaño.

«La necesidad de corregir la doctrina tradicional del infierno también se basa en consideraciones de justicia divina. ¿Qué propósito de Dios serviría a la tortura interminable de los malvados excepto la pura venganza y el deseo de venganza? Semejante destino significaría un sufrimiento interminable y totalmente irredentor, un castigo por sí mismo. Incluso las plagas de Egipto tenían como objetivo redimir a quienes respondieran a las advertencias. Pero el tormento interminable sería el tipo de sufrimiento completamente inútil y desperdiciado que nunca podría conducir a nada bueno más allá de él. Además, equivaldría a infligir sufrimiento infinito a quienes han cometido pecados finitos. Iría mucho más allá de ojo por ojo y diente por diente. Habría una grave desproporción entre los pecados cometidos en el tiempo y el sufrimiento experimentado para siempre. El hecho de que se haya cometido pecado contra un Dios infinito no hace que el pecado sea infinito. El punto principal es que el tormento eterno no tiene ningún propósito y exhibe un carácter vengativo que no está en consonancia con el amor de Dios revelado en el evangelio»[8].

¿Por qué un Dios, a quien Jesús nos enseñó a llamarle Padre, y entender que su esencia es Amor, castigaría una sola vida de pecado con una existencia interminable de tortura? Por otra parte, ¿merece el adúltero el mismo castigo que el asesino? ¿Y qué pasa con los miles de millones de personas cuyo único pecado fue seguir una fe diferente?

«Una mentira aquí, un poco de adulterio allá, un pequeño hurto acá, un poco de codicia allá… Seguramente los castigos que merecen estas ofensas suman una cantidad considerablemente menor que la eternidad. Incluso el peor de los pecadores, Hitler decía, podría merecer 100 años por cada persona asesinada; suponiendo que Hitler matara a 20 millones de personas, en represalia merecería 2000 millones de años de castigo, una vez más, considerablemente menos que la eternidad»[9].

Es difícil hacerse una idea de lo que supone un castigo eterno de modo podamos captar su inconmesurabilidad y, por ende, su falta de sentido en relación al reo, pensar en millones y más millones de años se queda corto, lo único que podemos hacer, siguiendo la invitación del teólogo ortodoxo David Bentley Hart, imaginar que alguien es atormentado por un billón de años, a los que siguen un billón de billones más, y luego otro billón de trillones y así indefinidamente, ¿se puede creer que esa persona es en algún sentido significativo el mismo agente que contrajo una cantidad mensurable de culpa personal en ese pequeño destello insustancial de un instante que constituía su vida terrestre?[10]

El reconocido teólogo anglo-evangélico John Stott dijo en cierta ocasión: «Encuentro el concepto [del Infierno] intolerable y no entiendo cómo las personas pueden vivir con él sin cauterizar sus sentimientos o agrietarse bajo la tensión»[11].  Sería fácil descalificar estas expresiones como sentimentalismo de carácter humanista, que se desliza peligrosamente hacia conceptos no bíblicos. Esta es una manera superficial de considerar la cuestión. Si algo distingue a los que rechazan el tormento eterno como destino de los incrédulos, es su sentido de fidelidad al Dios de la Biblia, al Dios cristiano.

 «Cuando uno lee los escritos de los “aniquilacionistas evangélicos”, queda claro que creen que la Biblia está de su lado. No estamos tratando con críticos liberales —como Samuel Davidson, el famoso crítico racionalista del siglo XIX— que admiten, por un lado, que la Biblia enseña el tormento eterno de los perdidos, pero que a continuación rechazan la doctrina. En cierto modo, los aniquilacionistas evangélicos representan una mayor amenaza para la doctrina ortodoxa que las sectas, como Testigos de Jehová, o los liberales de otro tiempo. En el pasado, los defensores de la visión tradicional podían atribuir más fácilmente la posición aniquilacionista a una mentalidad de secta o a una denigración general de la autoridad bíblica. Los defensores de la doctrina del castigo eterno deben ahora ceñirse los lomos para enfrentar las objeciones desde dentro de su propio campo evangélico»[12].


La inmoralidad de la tortura

Sabemos que durante siglos la doctrina del Infierno ha servido para «despertar», o si se quiere, «alarmar»[13] al pecador respecto a las graves consecuencias de sus actos contra Dios y contra el prójimo. Hasta los filósofos racionalistas consideraban que era necesario conservar la religión, en cuanto temor de Dios, como medio de control de las bajas pasiones del pueblo y como estímulo para la moral[14]. Sabemos también que durante siglos, y lamentablemente todavía hoy, se ha practicado la tortura, aceptada como un método judicial para extraer confesiones. La lucha contra su abolición ha sido un esfuerzo heroico que dignifica al ser humano, comenzando por Cesare Beccaria (1738-1794) el gran abanderado y pionero en Europa. François Babeuf, político, periodista, teórico y revolucionario francés, escribió: «Los suplicios de todo género, el descuartizamiento, la tortura, la rueda, las hogueras, el azote, las horcas, los verdugos multiplicados en todas partes, nos han dado muy malas costumbres. Los amos, en lugar de mejorarnos, nos han hecho tan bárbaros, porque ellos mismos lo son también».

En su académico estudio dedicado a la bondad divina y la doctrina del infierno en la Edad Media, Kelly James Clark concluye:

 «Las nociones medievales de bondad e infierno parecen hacer de Dios más un torturador sádico que mantiene vivas a sus víctimas sólo para poder infligir el máximo dolor que un padre cariñoso que con todo su poder nunca dejaría de intentar beneficiar a su hijo a través de sus sufrimientos»[15].

 Así es como los pensadores ateos han percibido a Dios y, por tanto, le han dado la espalda:

«Dios ha prescrito tormento para la insubordinación. El tormento continuará para siempre, y las agonías que deben soportar los condenados intensifican, de maneras inimaginables, los sufrimientos que sufrimos en nuestras vidas terrenales. En ambas dimensiones, tiempo e intensidad, el tormento es infinitamente peor que todo el sufrimiento y pecado que habrá ocurrido durante la historia de la vida en el universo. Por tanto, lo que Dios hace es peor que lo que han hecho los peores tiranos»[16].

Para evitar esta pésima e indigna imagen de Dios, Fudge se dedicó a analizar de nuevo los textos bíblicos que parecen apoyar la doctrina del tormento eterno. Sin negar el valor de la tradición, Fudge considera que también aquí hay aplicar el principio protestante de la supremacía de la Escritura sobre cualquier autoridad humana. Lutero y Calvino pueden darnos una idea de las enseñanzas de las Escrituras y ayudarnos a comprender la doctrina bíblica, pero en última instancia, todo debe probarse ante el tribunal de las Escrituras. Este es el criterio seguido a lo largo de todo su estudio.

Inmortalidad condicional

En primer lugar, Fudge sostiene que la opinión de que el alma es inherentemente inmortal se debe a la influencia en gran medida del platonismo filosófico, que en gran medida determinó en el pensamiento de los Padres de la Iglesia como Tertuliano[17]. Este pensamiento platónico, sostiene Fudge, de no haber estar presente en los primeros teólogos cristianos, la doctrina del tormento eterno probablemente nunca habría surgido en la Iglesia.

Existe un grave error en equiparar el Seol hebreo, con el Hades griego. El primero es descrito uniformemente en el Antiguo Testamento como el morada eterna y amoral tanto de los justos como de los injustos. Es el lugar de todos los muertos, sin connotaciones de castigo para los impíos.

Respecto a las enseñanzas de Jesús, Fudge cita Mateo 10:28 como el texto clave de la revelación que para él supuso lo que aquí se enseña: «No temáis a los que pueden matar el cuerpo. En cambio, temed a aquel que puede destruir tanto el cuerpo como el alma en el infierno». En mi opinión, dice Fudge, este es el texto más poderoso en apoyo del aniquilacionismo.

«La forma en que entendí este versículo fue básicamente diciendo: “Bueno, Jesús no está diciendo que Dios destruirá el cuerpo y el alma, sólo que Él puede hacerlo”. Pero, ¿tiene realmente sentido que Jesús diga que debemos temer a Dios simplemente por poseer la capacidad de hacer algo que Él nunca planea hacer? Me parecía que a menos que la destrucción tanto del cuerpo como del alma sea algo que realmente le suceda a alguien que niega a Jesús, entonces la advertencia de Jesús estaría vacía de significado. Sería como amenazar con enviar a un niño a un campo de entrenamiento por desobedecer cuando lo único que realmente planeas hacer es quitarle sus videojuegos durante una semana»[18].

A partir de 1 Timoteo 6:13-16, donde se dice nuestro Señor Jesucristo es el único que tiene inmortalidad; unido a 1 Corintios 15:50-54, done el apóstol Pablo dice que este cuerpo mortal será revestido de inmortalidad, lo corruptible de incorrupción, lo mortal de inmortalidad, deduce que la inmortalidad no es inherente a la persona, sino una gracia divina, un don añadido a los santos. Esto le lleva a postular que los pecadores simplemente dejarán de existir como corresponde a personas mortales, sometidas a corrupción, mientras que los creyentes disfrutarán de la vida eterna como un don añadido a su naturaleza mortal. «Aunque no es un resultado positivo para los malvados, de hecho, equivale a la pena capital espiritual, se considera un destino mucho más misericordioso y justo que una eternidad de tortura»[19]. Es lo mismo que captó un reportero del New York Times, al titular su artículo sobre la obra de Fudge: «Atormentado en el más allá, pero no para siempre»[20].  En el capítulo 22 de The Fire That Consumes, Fudge analiza los dos pasajes del Apocalipsis que podrían verse como los únicos pasajes en toda la Biblia que enseñan que el infierno es un lugar de tormento eterno consciente. Apelando al género de la literatura apocalíptica al que pertenece Apocalipsis, conocido por sus imágenes altamente simbólicas, Fudge advierte contra la interpretación literal de lo que puede ser metafórico, el principio debe invertirse al interpretar el Apocalipsis.

«Reconocer el género simbólico predominante del Apocalipsis es crucial a medida que nos acercamos a la interpretación del libro. Este vocabulario de “signos” pertenecía a lo que era casi un lenguaje propio, extraído de una antigua tradición conocida como apocalíptica, que ya había prosperado durante dos siglos, con raíces en orígenes bíblicos aún más antiguos»[21].

Respecto a imágenes como el fuego que no se apaga y el gusano que no muere, podemos con responder junto con John Wenham, que esos textos bíblicos que parecen tan ineludibles, al afirmar que el fuego es inextinguible y el gusano inmortal, «significan solo fuego inextinguible y gusanos que son inmortales hasta que se complete su obra de destrucción»[22].

«Los símbolos del juicio a menudo se superponen en el Apocalipsis. Así como la historia de la aniquilación de Sodoma contribuyó con la imagen de la quema de azufre, también contribuyó con la imagen del humo que se elevaba. Cuando Abraham salió a la mañana siguiente para ver la escena, todo lo que vio fue «un humo denso que subía de la tierra, como el humo de un horno» (Gn 19:28). El humo que se elevaba desde Sodoma no indicaba sufrimiento humano, ni gente sufriendo. Como el símbolo actual de una nube en forma de hongo, el humo que se elevaba daba testimonio silencioso de una destrucción consumada. Donde alguna vez existieron Sodoma y Gomorra, ahora todo estaba en silencio. Un día antes, las ciudades estaban repletas de gente. Cuando Abraham ve el humo, la gente ya no está, está muerta, destruida. Si alguien estuvo tentado a dudarlo, el humo que se elevaba lo demostró»[23]J. Stott

El infierno de John Stott

John Stott (1921-2011) fue uno de predicadores y teólogos más reputados del evangelicalismo en todo el mundo. Fue uno de los principales autores del Congreso Mundial de Evangelización de Lausana en 1974. En 2005, la revista Time le clasificó entre las 100 personas más influyentes del mundo religioso. Podemos imaginarnos el revuelo que se armó cuando se supo que Stott afirmaba que veía con buenos ojos la posición aniquilacionista. Sus seguidores no se lo podían creer. Debía tratarse de un malentendido.

Preston Sprinkle confiesa que, en sus días de estudiante de seminario, cuando escuchó que John Stott era un aniquilacionista, pensó que Stott no podía creer esto y seguir siendo cristiano. «Solo estaba recitando, como un loro, la narrativa evangélica sobre cualquiera que no sigue la línea», escribe.

 «Para alguien con tanta conciencia del consenso histórico, como fue John Stott —escribe José de Segovia—, sería impensable decir que negara el infierno. Cuando se resumen así, los comentarios que hizo sobre el tema al final de su vida, no se puede hacer mayor injusticia a lo poco que dijo y escribió sobre esta cuestión»[24].

El debate surgió a raíz de un libro escrito en diálogo con el teólogo e historiador anglicano David Edwards (1929–2018). Esta es lo que Stott decía literalmente:

«Como evangélico comprometido, mi pregunta no debe ser lo que dice mi corazón, sino ¿qué dice la Palabra de Dios? Y para responder a esta pregunta, necesitamos examinar el material bíblico de nuevo y abrir nuestras mentes (no sólo nuestros corazones) a la posibilidad de que las Escrituras apunten en dirección al aniquilacionismo, y que el “tormento eterno consciente” sea una tradición que tiene que ceder ante la autoridad suprema de las Escrituras […] También creo que la aniquilación definitiva de los malvados debería al menos aceptarse como una alternativa legítima y bíblicamente fundada a su eterno tormento consciente»[25].

El lenguaje de Stott no puede ser más explícito e inequívoco, hay que abrirse a la posibilidad legítima y bíblica del aniquilacionismo. La creencia en un futuro de tormento eterno consciente para los incrédulos no cuenta con la autoridad de la Escritura. Sott podía decir en buena conciencia que él creía en el infierno, entendido como el resultado del juicio y el castigo de Dios por el pecado, cuya duración y naturaleza solo Dios conoce, pero nunca eterna, como admiten la mayoría de los aniquilacionistas.

En cierta ocasión, Stott cuenta cómo el reputado biblista F. F. Bruce, prologuista de la obra de Fudge, le confesó por carta que «la aniquilación es sin duda una interpretación aceptable de los pasajes relevantes del Nuevo Testamento (por ejemplo 2 Ts 1,9: “Estos sufrirán el castigo de eterna destrucción”, siendo la destrucción la que es eterna, no el sufrimiento)»[26].

Dada la oposición y la crítica ocasionada por su afirmación, algunos de sus seguidores  le preguntaron si iba a escribir algo más sobre el tema del infierno, a lo que respondió en esencia que ciertamente no lo haría, ya que nunca había recibido tanto infierno de nada de lo que había escrito.

La postura de Stott se encuentra en las antípodas de los teólogos que, como John Gerstner, reformado presbiteriano, piensan que el sufrimiento de los condenados sirve a la gloria de Dios y el agradecimiento de los creyentes al sentirse a salvo de tan horrible destino:

«Incluso ahora, mientras el evangélico canta las alabanzas de su Señor y Salvador, Jesucristo, sabe que multitudes están sufriendo los tormentos de los condenados […]. El verdadero cristiano, consciente de esto, está feliz, exuberante y gozosamente alabando al Juez del Último Día, Jesucristo, quien ha sentenciado a tan merecida condenación a millones de almas»[27].

Por más que haya textos bíblicos difíciles de interpretar, podemos y debemos afirmar que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, no es un torturador sádico cuya sed de venganza no tiene fin. Esto es totalmente impropio y ajeno a lo que el Evangelio nos enseña.

Desde un punto de vista pastoral y de evangelismo no hay que dejarse llevar por el pensamiento fácil de que el miedo al castigo del infierno puede conducir más fácilmente a fe. Puede ser en algunos casos, pero en otros puede resultar contraproducente, como nos recuerda el profesor Jiří Moskala:

«La enseñanza tradicional de la Iglesia cristiana sobre el castigo eterno en el infierno, donde las almas inmortales son torturadas para siempre, produce esquizofrenia atea y religiosa. Para muchos, esta enseñanza presenta a Dios como injusto, inmoral, sanguinario, injusto y comportándose como un monstruo y sádico. Se opone directamente a la visión del Dios bíblico: el Dios del amor, la justicia, la verdad, la santidad y la libertad»[28]. Cuando John Stott insta a que «la aniquilación definitiva de los malvados debería al menos aceptarse como una alternativa legítima y bíblicamente fundada a su eterno tormento consciente», pide demasiado, dice James I. Packer, ya que la enseñanza bíblica no lo avala, «pero sería un error que las diferencias de opinión sobre este asunto condujeran a rupturas de la comunión, aunque sería muy feliz para el mundo cristiano si las diferencias pudieran resolverse»[29].

No es cierto que si rechazamos la realidad del castigo eterno, estamos rechazando la autoridad de la Biblia y de Cristo mismo, como afirma el profesor Macleod[30]. Este es un tema mucho más complejo de lo parece y que, por tanto, exige comprensión por parte de todos, sin dogmatismos ni descalificaciones, aunque los aprendices de inquisidor siempre están preparados para lanzarse sobre la presa. Sé por experiencia personal lo que puede llegar a perjudicar la amistad, la comunión y el ministerio la mera duda del infierno como castigo eterno. El miedo, por una parte, y el prurito de ortodoxia por otra, puede conducir a desenlaces dolorosos con verdaderos tintes de persecución. La falta de madurez, la incapacidad de pensar más allá de la letra, la predisposición a condenar antes que a comprender, lleva inevitablemente a juicios desafortunados y nada caritativos. Por si vale de algo, concluyo con una juiciosa advertencia y recomendación del pastor Luis Marián:

 «No respetamos la Biblia ni al hermano cuando sentamos cátedra en asuntos en los que las Escrituras no son suficientemente claras […]. Debería ser una obviedad, pero debemos tomar conciencia de que todos somos meros intérpretes falibles de la Biblia. Todos muy condicionados por épocas, tradiciones, concilios, cultura, recursos, experiencias personales o colectivas… Negar esta realidad y afirmar que el resto de las 33000 denominaciones cristianas están equivocadas y que solo los míos enseñan la “sana doctrina” resulta demasiado pretencioso […]. La lección que aprendemos de la Biblia y de la historia humana es que necesitamos mucha sabiduría y humildad para gestionar donde colocar las líneas rojas»[31].

 

__________________________

[1] Ramon Baker, “Contemporary Shifts in the Christian Doctrine of Hell in Anglo-American Philosophical Theology”, Religious Inquiries 4/ 8 (2015), pp. 5-16.

[2] Mark Strauss, The Campaign to Eliminate Hell, 13 Mayo 2016, https://www.nationalgeographic.com/culture/article/160513-theology-hell-history-christianity

[3] Edward W. Fudge, The Fire That Consumes: A Biblical and Historical Study of the Doctrine of Final Punishment. Providential Press, 1982.

[4] Edward W. Fudge, El fuego que consume. El infierno desde una perspectiva aniquilacionista. Publicaciones Kerigma, 2022.

[5] T. Gray, “Destroyed For Ever: An Examination of the Debates Concerning Annihilation and Conditional Immortality”, Themelios 21/2, https://www.thegospelcoalition.org/themelios/article/destroyed-for-ever-an-examination-of-the-debates-concerning-annihilation-and-conditional-immortality/

[6] Clark H. Pinnock, “The Destruction of the Finally Impenitent,” A Journal from the Radical Reformation, 2/1 (1992), p. 15.

[7] Fudge, The Fire That Consumes, p. 12.

[8] Pinnock, “The Destruction of the Finally Impenitente”, p. 16.

[9] Kelly James Clark, “God is Great, God is Good: Medieval Conceptions of Divine Goodness and the Problem of Hell”, Religious Studies, 37/1 (2001), p. 15

[10] D.B. Hart, That All Shall Be Saved: Heaven, Hell, and Universal Salvation. Yale University Press, 2019.

[11] John Stott y David Edwards, Evangelical Essentials: A Liberal-Evangelical Dialogue, pp. 314-315. Hooder & Stoughton, Londres 1988.

[12] Alan W. Gomes, “Evangelicals and the Annihilation of Hell”, Christian Research Journal (1991), p. 3.

[13] Por citar un clásico del autor puritano Joseph Alleine, An Alarm to the Unconverted, reeditado como A Sure Guide to Heaven. Banner of Truth, Edimburgo.

[14] «Creer en el infierno es de la mayor importancia, pues sólo el temor de él puede volver al buen camino a muchas almas descarriadas. ¡Cuántas, cuantisimas almas apartadas de Dios por el vicio del pecado, deben su regeneración al temor al infierno; cuántas de ellas en una grave enfermedad, por temor de condenarse, han llamado al sacerdote, se han reconciliado con Dios y ha empezado para ellas una nueva vida!», Pedro Herrasti, El infierno. ¿Existe realmente? México 1942.

[15] Kelly James Clark, “God is Great, God is Good: Medieval Conceptions of Divine Goodness and the Problem of Hell”, Religious Studies, 37/1 (2001), pp. 15-31.

[16] David K Lewis (1941-2001), citado por John Lamont, “The Justice and Goodness of Hell”, Faith and Philosophy, 28/2 (2011), p. 152

[17] Fudge cita a su favor a Oscar Cullmann, quien defendió que la Biblia no enseña la inmortalidad del alma, sino la resurrección de los muertos, en su obra La inmortalidad del alma o la resurrección de los muertos. El testimonio del Nuevo Testamento. Studium, Madrid 1970.

[18] Fudge, The Fire That Consumes: A Biblical and Historical Study Of The Doctrine Of Final Punishment, p. 118. Cascade Books 2011.

[19] Mark Strauss, The Campaign to Eliminate Hell, https://www.nationalgeographic.com/culture/article/160513-theology-hell-history-christianity

[20] Mark Oppenheimer, Tormented in the Afterlife, but Not Forever, https://www.nytimes.com/2014/10/11/us/tormented-in-the-afterlife-but-not-forever-conditionalism-gains-ground.html

[21] Fudge, The Fire That Consumes, p. 235.

[22] J.W. Wenham, The Goodness of God, pp. 27-41. IVP, Oxford 1974.

[23] Fudge, The Fire That Consumes, p. 120.

[24] J. Segovia, John Stott y la teología del infierno, https://www.entrelineas.org/revista/john-stott-y-la-teologia-del-infierno

[25] David L. Edwards y John R.W. Stott, Evangelical Essentials. A Liberal-Evangelical Dialogue, p. 316. Hodder & Stoughton, Londres 1988.

[26] Timothy Dudley Smith, John Stott, A Global Ministry. A Biography of the Later Years, p. 354. IVP 2001.

[27] J. Gerstner, Repent or Perish: With Special Reference to the Conservative Attack on Hell, p. 32. Soli Deo Gloria Publications, 1990.

[28] Jiří Moskala, “The current Theological debate regarding eeernal punishment in hell and
the immortality of the soul”, Andrews University Seminary Studies, 53/1 (2015), p. 93.

[29] J.I. Packer, “Evangelical Annihilationism in Review”, Reformation & Revival, 6/2 (1997), p. 48.

[30] Kenneth D. Macleod, “Eternal Punishment”, Free Presbyterian Magazine (2006), https://banneroftruth.org/us/resources/articles/2006/eternal-punishment/

[31] Luis Marián, Aniquilacionismo y conclusiones sobre el Infierno, https://www.sentircristiano.com/articulos/Varios/articulos-varios_LuisMarian_AniquilacionismoyconclusionessobreelInfierno.html

 

Alfonso Ropero Berzosa

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