Posted On 13/03/2021 By In Libros, Opinión, portada With 588 Views

La Virgen de los Sicarios | Luis N. Rivera Pagán

 

“Hay un santísimo derecho en el mundo: nuestro derecho de fracasar y andar solos y de poder sufrir. No sin misterio me ha salido lo de santísimo, pues hasta Dios nos envidió la flaqueza y, haciéndose hombre, se añadió el sufrimiento y brilló como un cartel en la cruz.”

Jorge Luis Borges

Otro escritor colombiano encara un asunto similar al de Cien años de soledad – la violencia como alfa y omega de la ciudad latinoamericana – pero sin el realismo mágico ni las pretensiones míticas de Gabriel García Márquez. Se trata de Fernando Vallejo en su novela La Virgen de los sicarios, publicada en 1994.[1] La globalización neoliberal, con su implacable exterminio de sueños y utopías, ha generado en América Latina una cultura amarga y cínica y quizá la principal expresión literaria de este sombrío entorno espiritual sea esta novela. Es un relato pavoroso, que supura el terror y, paradójicamente, la seducción de la violencia en Medellín, la metrópolis, según el autor, de la blasfemia, el crimen y el homicidio. Medellín es Sodoma, en la que todos sus habitantes están contaminados por la culpa, en la que no hay inocentes. Medellín es el lugar donde impera el axioma: asesino ergo sum. La fugacidad y el horror de la vida se disipan por la fugacidad y el horror de la muerte.

La ironía de Vallejo, que desborda con frecuencia en sarcasmo, se dirige en ocasiones hacia la corrupción de la cínica clase política dominante colombiana. Pero en sus secciones de mayor densidad metafísica su blanco es otro: la religiosidad cristiana que parece nutrir la violencia congénita y que no logra, con sus maternales imágenes mariológicas (María Auxiliadora es la virgen de los sicarios), conferir paz y armonía a la ciudad humana. El relato es un extraño maridaje de, por un lado, un tierno y delicado homoerotismo y, por el otro, de una vida urbana eclipsada continuamente por la sombra de la crueldad. Acontece a manera de un peregrinaje expiatorio por las espléndidas iglesias de Medellín, una romería por la Jerusalén del catolicismo latinoamericano, una Jerusalén transmutada en Babilonia apocalíptica.

La romería espiritual, impulsada por el oleaje de atroz crueldad, no culmina en teodicea, en la proclamación de la justicia divina que trascienda la injusticia humana. No hay en la novela de Vallejo inocentes: mucho menos Dios. Examinado bien el terror que sacude a Colombia durante todo el siglo veinte,[2] se hace irrefutable, según Vallejo la ecuación: “Dios es el Diablo. Los dos son uno, la propuesta y su antítesis. Claro que Dios existe, por todas partes encuentro signos de su maldad.”

El narrador de la novela es hombre de letras, incapaz de matar, culto, irónico, cínico, desprovisto de futuro y lastrado con la memoria de un pasado que sólo sirve para amargar la miseria del presente. Curiosamente le atraen los jóvenes sicarios, ángeles exterminadores paradójicamente purificados por la absoluta falta de valor o interés de su violencia. Son vidas breves, marcadas por la muerte súbita, que buscan sin remedio algún solaz en la maternal caridad de María Auxiliadora. Al ser asesinado uno de sus jóvenes amantes, el narrador se enfrenta al fondo teológico de la insensata vorágine de violencia: “Me asomé un instante a esos ojos verdes y vi reflejada en ellos, allá en su fondo vacío, la inmensa, la inconmensurable, la sobrecogedora maldad de Dios.”

La Sodoma latinoamericana contemporánea es la ciudad sacrificial, donde impera la inmolación humana. Sobre el altar de María Auxiliadora, los sicarios, a manera de nuevos sacerdotes precolombinos, ofrecen, en búsqueda de la armonía cósmica y el orden social, el sacrificio de sus víctimas. Pero, el sacrificio no trae armonía ni orden. Aquí la paradójica ley reconciliadora del sacrificio de René Girard no rige.[3] El ángel exterminador, el hermoso sicario, asesina/sacrifica más allá de toda moralidad social o norma cósmica y su liturgia homicida no conlleva la satisfacción divina ni la paz: la violencia engendra más violencia. Ni el agua bendita de las iglesias, ni la sangre de las víctimas inmoladas purifican. No se logra la expiación.

No hay redención posible para la Sodoma latinoamericana. No hay inocente alguno que justifique su preservación, ni tan siquiera Dios. El batiburrillo racial, al que aludía García Márquez en otra de sus novelas (Del amor y otros demonios 1994), adobado por la religión del Dios que en realidad es Satanás, es una maldición congénita insuperable por cualquier esfuerzo humano. “De mala sangre, de mala raza… no hay mezcla más mala que la del español con el indio y el negro: producen saltapatrases… Españoles cerriles, indios ladinos, negros agoreros: júntelos en el crisol de la cópula a ver qué explosión no le producen con todo y la bendición del papa… Ésa es la obra de España la promiscua.”

Vallejo cree haber entendido al reformador alemán Martín Lutero (“quinientos años me he tardado en entender a Lutero…”) En realidad, sólo ha captado su hondo, agustiniano, sentido de culpa y pecado, pero desprovisto de la gracia divina, el núcleo central de la doctrina luterana de la justificación. Aplaude la crítica aguda de Lutero a la institución eclesiástica romana, pero no capta el esfuerzo tenaz del reformador alemán por restituir una vivencia cristiana comunitaria de mayor autenticidad.

La teología latinoamericana de liberación ha preconizado el despertar de la solidaridad cristiana con los pobres y desheredados de la tierra. Los pobres, afirma, constituyen el objeto preferencial del amor divino y, por ende, deben serlo también de los cristianos. Vallejo, por el contrario, ve en los pobres una plaga, una epidemia nefasta que todo lo corrompe y mancha. Su método para resolver el problema de los pobres es categórico: exterminarlos. “El que ayuda a la pobreza la perpetúa… Mi fórmula para acabar con ella… es cianurarles de una vez por todas el agua y listo… Lo demás es alcahuetería de la paridera.”

La novela concluye bajo la égida de un texto bíblico: “Que los muertos entierren a sus muertos.” El exilio es la única respuesta posible para el deambulante personaje central de esta amarga novela. Frustrado y desesperado ha descubierto a Medellín como el misterio revelado de Macondo, poblado de “muertos vivos”, de seres “sacados sin motivo de la nada y lanzados en el vértigo del tiempo”. El exilio es tema importante en las escrituras judeocristianas. Fue, de hecho, su matriz histórica.[4] En el dolor de la diáspora renació la nostalgia piadosa que condujo, a través del laberinto de la memoria y la esperanza, a los textos sagrados y luego al canon. También ha sido una experiencia traumática para muchas generaciones latinoamericanas. En Vallejo, sin embargo, el exilio se reduce a huida, sin nostalgia ni esperanza, sin las añoranzas escatológicas bíblicas ni las ilusiones utópicas seculares. ¿Y Dios? “… si existe es la gran gonorrea”.[5]

Esta nueva cultura del cinismo, saturada de un sentimiento que el escritor húngaro Imre Kertész cataloga de “melancolía del desengaño”,[6] ha copado algunas de las principales películas latinoamericanas como Amores perros (2000) y El crimen del Padre Amaro (2002). La novela de Vallejo se llevó al celuloide, en un filme bajo el mismo título, La Virgen de los sicarios (2000), con unas adiciones del mismo autor/guionista que la convierten en respuesta sarcástica y cínica al famoso canto heroico entonado por Ti Noel, en la conclusión de El reino de este mundo (1949), el clásico texto de Alejo Carpentier.

Sin embargo, la amarga novela de Vallejo, con su paradójica conjunción de peregrinación espiritual y violencia diabólica, en Medellín, la Jerusalén transmutada en Babilonia, no puede evitar dar testimonio, aunque perversamente invertido, del vigor del cristianismo como levadura de la cultura latinoamericana. Es ciertamente, la tradición del barroco Cristo de dolores, crucificado, metáfora dramática de la tragedia humana, sin aparente esperanza de resurrección. Pero, a su manera, también es un reflejo oblicuo y paradójico del continuo arraigo del cristianismo en América Latina. Este es quizá el misterio al que alude Borges en la cita que preludia este breve ensayo.

 


[1] Fernando Vallejo, La Virgen de los sicarios (Bogotá: Alfaguara, 2001, orig. 1994).

[2] La conjunción de homicidios criminales, asesinatos políticos, ejecuciones extra-judiciales, masacres y muertes en combates entre grupos guerrilleros, las fuerzas armadas y las bandas paramilitares, convirtió a Colombia en el país latinoamericano con la mayor incidencia de violencia social en el siglo veinte. Un inteligente y sugestivo estudio de ese proceso, en sus últimas cuatro décadas, es el libro de Nazih Richani, Systems of Violence: The Political Economy of War and Peace in Colombia (Albany, NY: State University of New York Press, 2002).

[3] René Girard, Violence and the Sacred (Baltimore: John Hopkins University Press, 1977).

[4] Daniel L. Smith-Christopher, A Biblical Theology of Exile (Minneapolis: Fortress Press, 2002).

[5] Vallejo ha publicado una amarga diatriba contra el papado católico, el cristianismo, las religiones semitas y el monoteísmo, titulada La puta de Babilonia (México, D. F.: Planeta, 2007). También tiene un extenso repertorio de insultos a Dios y a Juan Pablo II, entonces sumo pontífice de la Iglesia Católica, en su novela El desbarrancadero (Bogotá: Alfaguara, 2003, orig. 2001).

[6] Imre Kertész, Kaddish por el hijo no nacido (Barcelona: Acantilado, 2001), 10.

Luis Rivera-Pagán

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