Posted On 15/05/2021 By In Opinión, portada With 381 Views

Un espectador asiduo de la religiosidad evangélica de América Latina | José Luis Avendaño

Un espectador asiduo de la religiosidad evangélica de América Latina

Si se me permite la “autodesignación”, quisiera comprenderme a mí mismo como un observador asiduo de la religiosidad evangélica de América Latina. Para acometer esta tarea, creo contar, como diría Adam Smith, con algunas “ventajas comparativas” que bien me pueden ser de gran ayuda, y que paso, ahora mismo, a enumerar aquí: Ya una cierta edad en el que el pensamiento se aquieta y se va solidificando, pero también el hito, nada menor, y lo estimo como un mérito inestimable, no lo voy a desmentir, de haber hecho una carrera teológica atravesando el variopinto escenario y tendencias que nos ofrece el mundo evangélico latinoamericano y también internacional, comenzando por las re-ortodoxias protestantes, tanto calvinistas como luteranas, algunas de éstas capturadas ya completamente por el fundamentalismo evangelical, pasando luego por la teología de la liberación y las teologías contextuales, hasta llegar, finalmente, a los espacios de educación teológica del Primer Mundo, y en el que se entiende -todavía- a la disciplina teológica, en tanto facultad de teología, en el marco de la actividad universitaria. Pero también debo agregar aquí, a lo que ya he descrito como “ventajas comparativas” en mi función o rol de espectador asiduo de la religiosidad evangélica latinoamericana, el hecho, nada menor, de haber realizado labores pastorales tanto en la propia América Latina como en los Estados Unidos.

Ahora bien, ¿a dónde quiero apuntar con esta información personal que, seguramente, resulta ser completamente irrelevante para el lector ocasional, y qué relación podría tener con aquello de considerarme un asiduo espectador del mundo evangélico latinoamericano? Voy, entonces, inmediatamente a aquello, deteniéndome, sin embargo, en un solo objeto de observación: Hablo aquí, y ojalá se entienda bien, no desde la superioridad moral, sino desde la completa empatía, como aquel que, ya más viejo, ha recorrido ese mismo camino que ya comienzan a recorrer muchos, y que ha podido, por la gracia de Dios, encontrar los mentores, las oportunidades educacionales, en fin, la providencia divina, para no perderme en el camino.

En fin, lo que siempre tiendo a observar es que para aquel joven evangélico –y no tan joven, a decir verdad- que comienza a introducirse en los estudios teológicos, a veces de manera completamente autodidacta, otras veces, en seminarios e institutos que, de alguna manera, intentan superar una educación evangélica que muchas veces no aventajaba más que los límites de la escuela dominical; pero tanto lo uno -lo autodidacta-, como lo otro -aquel esfuerzo de educación semiformal, institutos, seminarios-, hay que decirlo, siempre dentro de los márgenes de la “American Religion”, no hay cosa que desee más que saberse distanciado del “fundamentalismo evangelical”, tanto por estigma social, como por menoscabo teologal.

Por ello, y como una forma de establecer aquella toma de distancia de manera apoteósica y radical, tiende a renegar de aquellas antiguas creencias y vocabulario que hacían gran parte de la identidad fundamentalista, y en las que, hasta hace muy poco tiempo, creyó a pie juntillas, despuntando aquí, por supuesto, toda la cuestión “milenial”, con el “dispensacionalismo”, encabezando aquel arsenal de creencias, o bien, y de una manera todavía más visceral, como intentando borrar todo vestigio de su origen fundamentalista, hace concesiones inauditas con el actual progresismo, llegando incluso a relacionarse con este ideologismo, tal como el recién converso lo hace con la nueva religión que acaba de descubrir, sencillamente, ve allí la luz.

No obstante, tanto en lo uno como en lo otro, se trata del mismo y único sujeto evangélico latinoamericano que se conduce bajo las categorías de pensamiento de aquella misma y única también Religión Americana y sus resabios fundamentalistas: O bien pretende superar al fundamentalismo evangelical tradicional desde un fundamentalismo remozado y con ciertas ínfulas de academicismo e intelectualidad, o bien, pretende relacionarse con el progresismo y, finalmente rendirse ante éste, desde una conciencia de menoscabo e inferioridad evangelical.

Puede transformarse, nuestro joven -y no tan joven- evangélico latinoamericano, en un asiduo lector, lo cual es siempre meritorio, pero como posee una formación casi siempre autodidacta o en el marco de espacios educativos de precaria formación académica y, siempre, una vez más lo repito, todo aquello en el marco de las categorías de pensamiento propias de la “Religión Americana”, recae en aquello que ya Richard Hofstadter describía como el hombre más peligroso de todos en relación con la educación, el cual según éste, no era el que no poseía ninguna educación, sino aquel que poseía una educación incompleta, porque aquello fragmentado y truncado, incompleto, lo erigía, luego, y a falta de una educación mayor, como la palabra definitiva y final, en su materia, en este caso en el de la teología misma, sobre la cual juzga ya no se admite más discusión. Aunque, digámoslo, su única fuente de aprovisionamiento será aquí aquella minúscula tradición de la “American Religion”.

Como vivimos en una época de la democratización y masificación de las publicaciones, lo cual tiene sus evidentes ventajas, pero también sus enormes riesgos, encontrará probablemente, y sin mayor dificultad, algún editor que publique sus pasatiempos e intereses. Un editor, claro está, que no le pedirá requisito académico alguno, ni siquiera cartas de recomendación, sino que sólo se interesará en asegurarse de que su producto se venda, y como nuestro joven evangélico -y no tan joven- se maneja extremadamente bien en las redes sociales, tiene su incondicional barra de seguidores, y hace mucho ruido en estas plataformas masivas, termina por convencer al editor.

Se trata, no lo olvidemos, de un escritor en su inmensa mayoría de tipo autodidacta, de precaria formación teológica-académica, circunscrita, en última instancia, únicamente a la sola «American Religión», pero que al verse finalmente con su libro ya en la mano, y al contar con un buen número de seguidores en las redes sociales, su barra brava que, al igual que él, son sólo hijos de la Religión Americana y de aquel mismo fundamentalismo, no dudará en autodenominarse a sí mismo, como transcurriendo en un mundo paralelo, y en una verdadera esquizofrenia intelectual, y animado, por lo demás, por una generación cuya identidad es el narcisismo y la autopromoción, de la que él mismo forma parte, como “teólogo”, “exégeta”, “apologista”, incluso hablará de sus “discípulos”, de sus “alumnos” y hasta de su propia “escuela”.

En efecto, se trata simplemente de las excentricidades a las que da lugar nuestro mundo evangélico latinoamericano, y en las que confabula, como ya lo he dicho antes, y entre otros factores, el narcisismo de la época, editores para nada ilustrados ni selectos, y movidos únicamente por las ganancias y el dinero y, por cierto, las enormes anomalías y vacíos en los que nos ha sumido el protestantismo de los Estados Unidos y, específicamente, su “American Religion”.

Como alumno, primeramente, y nunca dejándolo de ser, y luego como profesor, puedo dar fiel cuenta de que una de las tareas más importantes, pero a la vez más difíciles, que debemos acometer para nuestro mundo evangélico de América Latina, es lograr que el alumno promedio evangélico de teología, logre superar aquella estrecha tradición que le confiere la “American Religion”, abrirse a un acervo más amplio, a un sentido más pleno de la catolicidad teologal y de la misma comprensión de la iglesia. Pero, aquí, como otras veces también lo he advertido, topamos con dos importantes obstáculos:

En primer lugar, el estudiante evangélico promedio, por lo general, no acepta ni está dispuesto a leer nada más que aquello que la “American Religion” produce, tanto por desconocimiento como por tozudez, aunque aquello tenga consecuencias ruinosas para su propia comprensión de la teología. En segundo lugar, nos enfrentamos con una sensible ausencia de profesores y mentores capacitados que lo puedan guiar en la búsqueda de una tradición de mayor envergadura teologal. Ahora bien, es cierto que existen editoriales católicas como Sígueme, Cristiandad, BAC, Trotta, entre otras, que le podrían ayudar hacia aquel propósito de adquirir una mayor conciencia de catolicidad teologal, pero, seamos sinceros: A falta, lo repito de mentores y profesores calificados que lo puedan guiar en esta tarea, bien se podría también desvirtuar, pues, el autodidactismo noble y meritorio como bien lo es, tiene, evidentemente, sus sendas limitaciones y riesgos.

 

José Luis Avendaño

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