Posted On 16/11/2020 By In Opinión, Política, portada With 300 Views

E pluribus unum | Mireia Vidal Quintero

E pluribus unum 

“De los muchos, uno”. Este lema en latín, que aparece en el Gran Sello de los Estados Unidos, y que precedió durante dos siglos al más conocido (y abusado) In God We Trust, bien le podría valer a John Biden, el nuevo presidente electo estadounidense, como motto de su presidencia. Inicialmente, se refería a las trece colonias británicas que ganaron su independencia del Imperio Británico en 1783, dando así origen a los Estados Unidos de América, la “democracia moderna más antigua del mundo”.

Sin embargo, este pedigrí, que cabalga entre realidad y ficción, no le ha merecido mucha consideración a Donald Trump; su Make America Great Again pasa, paradójicamente, por tomar al asalto el sistema electoral americano ante la derrota que sufrió en las urnas. Se le podría entender la resaca y la reacción – a fin y al cabo, quien más, quien menos, ha pasado horas siguiendo las noticias que llegaban de los Estados Unidos, en una suerte de vampirismo mediático alimentado con puntos decimales y porcentajes durante cinco días. Cinco días, que no es poco. Y suma y sigue, porque cuando escribo esto, pasadas casi dos semanas, todavía siguen contando votos. Se le podría perdonar a Trump el despiste por aquello del agotamiento mental que seguro le ha supuesto ser una de las estrellas del espectáculo. Pero no. Tras la pataleta está la disonancia cognitiva. Su discurso pseudo-meisiánico, aderezado con su personal estampa de excentricidad y agresividad, le ha convertido en un personaje similar a aquellas figuras medievales, también algo excéntricas y con un carisma indiscutible (para bien o para mal) que Norman Cohn estudió en su clásico En pos del milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos en la Edad Media. Trump, como algunos de aquellos mesías y profetae, ha querido ser el nuevo Carlomagno a la moderna. Pero como les pasó a tantos entonces, las masas (un tanto descerebradas y zombilanders, al gusto de Cohn) al final le han abandonado. ¿O no?

Recuperar la unidad es una de las grandes preocupaciones de Joe Biden. Razón, desde luego, no le falta. La polarización de la sociedad norteamericana, que no es para nada nueva y que arranca prácticamente desde sus mismos orígenes, se ha mostrado como nunca en estas últimas elecciones. A Biden lo han votado 74 millones de personas. Pero a Donald Trump lo han votado otros 70 millones. La repulsa que despierta Trump, sobre todo entre aquellos ajenos a la sociología estadounidense, nos tienta a convertirlo en un personaje anecdótico, una accidental carambola cósmica irrepetible. La realidad es que la supuesta carambola casi se ha vuelto repetir. Y esto ha ocurrido precisamente por la condición epidérmica de Trump: no ganó por casualidad en 2016, ni ha sido el segundo candidato presidencial en conseguir más votos en la historia por accidente. Su ascenso a la política (que lleva muchos años detrás) y su consagración como magnate presidencial (atención al oxímoron) refleja sencillamente la realidad sociológica norteamericana. 70 millones de personas creen que es asumible que el presidente de los Estados Unidos sistemáticamente promocione discursos de odio y desigualdad desde el despacho oval. Muchos y muchas lo excusan con el “Yo no estoy de acuerdo en todo, pero…” (y no sólo el White Evangelicalism se ha abonado a la coletilla, con alguna que otra excepción). Ha sido “el mal menor”, y con ello, espejo de una sociedad que ha tenido en Trump la excusa para legitimar discursos del odio manteniendo a la vez una santurrona reserva personal. Hay momentos en que la condonación del “pero” es tan destructiva que compromete irreparablemente la ética personal.

E pluribus unum. “De los muchos, uno”. El camino de reconciliación que Biden anuncia para los Estados Unidos es uno que se plantea difícil e intransitable si no reconoce y enfrenta este escenario desde la raíz. “Reconciliación” es una expresión familiar en el discurso cristiano (2Co. 5, 17-18, icónicamente), también en las éticas de la justicia social. La cosa es que la “reconciliación” implica quitarse del centro y hacer lugar para el otro/a, y esto sólo es posible a través de la aceptación de responsabilidades, de la mirada honesta al reflejo en el espejo, y del mea culpa. De lo contrario, tiene la misma efectividad que la tirita en el náufrago: ahí está pegada a la piel (y eso, si resistente al agua), pero poco servicio hace al que se ahoga. Y requiere identificar males, males que en el caso norteamericano se han expresado sin pizca de sonrojo desde el sitial del poder, revelando sin sombra alguna su complicidad con aquello que llamamos pecado sistémico o estructural.

Ahora bien, el primero y más fundamental de estos males es uno insospechado, al que o bien no se suele dar tanta importancia o bien se denuncia en solitario, sin prestar atención a su relación matriz con otras formas de deshumanización. Este mal es el de la misoginia, que ha corrido libremente desde el Twitter del pronto expresidente norteamericano con el beneplácito, cuando no chascarrillo, de una parte significativa de la población del país. ¿Y por qué es tan importante la misoginia?, os preguntaréis quizá. Lo es porque la misoginia es la puerta de entrada de cualquier otro discurso que afirme la discriminación de otro ser humano a causa de una o varias de sus características diferenciadoras. Esto ocurre porque la misoginia, que se ha aprendido en casa y desde pequeños, naturaliza y normaliza el discurso de la desigualdad: la lógica de la inferioridad de unos frente a otros se ha aprendido y experimentado en la primera diferencia que conocemos al llegar al mundo (con permiso de familias monoparentales y del mismo sexo), esto es, que hombres y mujeres son distintos y, por tanto, desiguales. Cuando esta lógica de la discriminación y la desigualdad (la “aversión”) se ha interiorizado, nada más sencillo que cambiar uno de los términos por otro para que el mecanismo funcione: “mujer” por “negro”, “mujer” por “pobre”, “mujer” por “gay”, etc. Aquí, tristemente, no aplica el e pluribus unum, sino más bien todo lo contrario: Ex uno plura.

Pero no vayamos a creernos que esto es sólo cosa de “esos locos” estadounidenses, y caigamos en la hipocresía de lanzar la primera piedra sin mirarnos, nosotros también, al espejo. El discurso de la polarización, muy cercano al de la discriminación y al misógino como hemos visto, está también en casa, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Sólo hace falta ver la composición actual de muchos congresos nacionales en el ámbito latino e hispanohablante y cómo esta polarización se articula también en trincheras eclesiales. Quizá los Estados Unidos nos han mostrado estos días sus entrañas más oscuras. Pero muchos les andamos a la zaga.

 

 

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