Posted On 20/02/2021 By In Ética, Opinión, portada With 1147 Views

¿De qué hablamos cuando hablamos de “abuso espiritual”? | Mireia Vidal Quintero

El pasado 9 de febrero, Ravi Zacharias International Ministries (RZIM), Fundación RZ en España, hacía público el informe independiente que confirma las acusaciones de abuso sexual levantadas contra su fundador. Aunque hay mucho que decir sobre ello, en este artículo no entraré a valorar esta cuestión. Ahora bien, el caso me parece extremadamente ilustrativo del culto a la personalidad que ciertas tendencias protestantes/evangélicas posibilitan e incentivan, independientemente de la orientación teológica, y cómo ello toma fácilmente la forma de abuso espiritual.

Es esto último lo que me concierne aquí. Las acusaciones contra Ravi Zacharias, según informa el comunicado de la junta directiva de RZIM, incluyen sexting (envío de mensajes y/o imágenes de contenido sexual por aplicaciones de mensajería instantánea), conducta sexual indebida (caricias, manoseos, etc.), violación y abuso espiritual. El abuso espiritual provee de hecho la cobertura para los demás y, de todos los listados es el más desconocido. En realidad, la expresión se ha establecido ya claramente en el contexto anglosajón, aunque su contenido concreto es todavía materia de discusión. En el mundo hispanohablante va encontrando entrada en América Latina, pero es prácticamente desconocida en España. Esto ocurre no porque el abuso espiritual no esté presente en el contexto hispanohablante, sino porque, por un lado, el concepto es relativamente nuevo, y por otro, la situación estructural y sociocultural del protestantismo hispanohablante no favorece el surgimiento de análisis que confronten códigos culturales patriarcales que, por interiorizados, no se identifican por parecer “normales”. Esto que acabo de decir requeriría todo un análisis y unos cuantos artículos propios, pero que no voy a abordar aquí en favor de una panorámica general sobre qué es y qué constituye abuso espiritual.

¿Qué se entiende pues por abuso espiritual? La definición más al uso identifica el abuso espiritual como la coerción o control al que alguien es sometido por parte de otra persona o personas en un contexto espiritual. Puede incluir manipulación y explotación (por ejemplo, a través de las ofrendas), y la obligación de informar y someter al beneplácito del abusador las decisiones, planes o acciones que la persona víctima del abuso ha llevado o pretende llevar a cabo (p. ej., una relación sentimental). Conlleva también demandas de secretismo y silencio, presión para obedecer y ajustarse a la norma según la establece el abusador o abusadores, la sugerencia de que el abusador ocupa una posición “especial” fundamentada en algún tipo de “investidura divina” y el aislamiento de los demás, especialmente de quienes son ajenos al contexto del abusador. El mal uso de la Biblia y el púlpito son herramientas esenciales en todo ello.

En el abuso espiritual se conjugan por tanto dos elementos. Por una parte, está el elemento psicológico y, por otra, el espiritual. Es la intersección de los dos lo que da su particular carácter al abuso espiritual, y es por ello que constituye una categoría particular del abuso psicológico o emocional. Pero, como ocurre en todo abuso, lo que se halla en el fondo es una relación de poder.

Todo abuso es insidioso porque toca primordialmente nuestra identidad. No vivimos los distintos ámbitos en el que las personas nos desarrollamos como espacios estancos y seccionados, sino que nos “narramos” integralmente en todos ellos, no sólo a pedacitos. En el caso del abuso espiritual, la situación se agrava porque el abuso pone en entredicho los principios y normas que el creyente asume como directrices nucleares para su vida, esto es, las normas y convicciones que trasladan a nuestra vida lo que entendemos que es el Evangelio. Cuando el abuso espiritual se da, por tanto, descalabra porque pone en jaque las convicciones más profundas y arraigadas. Además, destruye a la vez cualquier validez y confianza que hayamos puesto en la iglesia, que es un lugar que hemos percibido como “seguro”. Esto ocurre porque “la iglesia” ha sido el espacio, pero también el medio, a través del cual se ha producido el abuso. Ha provisto el marco, pero también la justificación sostenida del abuso. El abusador, y también la comunidad que puede a su vez participar en el abuso, se asimilan a lo que la Iglesia significa y es, porque así ellos mismos se presentan. Esto es tristemente evidente en el caso de RZMI: fue su encumbrado estatus como apologista y “hombre de Dios” lo que le permitió perpetrar el abuso.

Así pues, el abuso espiritual es una de las instancias que más evidentemente muestra el carácter integral del abuso con respecto a la persona. En esto, tiene fuertes paralelismos con la violencia doméstica, y es lógico que así sea por cuanto ambos, hogar e iglesia, son coordenadas básicas constitutivas para la identidad personal, moral y afectiva.

El uso de la Biblia, la captación de Dios como mecanismo que perpetúa el abuso, el uso de una teología retributiva (recompensa/castigo), junto con el hecho de que el abusador a menudo se presenta como una figura cuya autoridad ha sido investida por Dios, hacen que el abuso espiritual requiera una particular forma de abordaje, junto con sensibilidades formadas y protocolos claros para identificarlo. No sólo la persona que sufre abuso puede no ser consciente de ello, o no tener las herramientas para nombrar aquello que le está ocurriendo. Puede también ser el caso que el abusador, o la misma comunidad, no sean conscientes de que están incurriendo en conductas asociadas al abuso espiritual, y que justifiquen la práctica apelando al bien de la persona que es objeto del abuso. La cuestión es tremendamente delicada y exige abordajes altamente contextuales, que pongan por delante las necesidades de la víctima, pero que tampoco caigan en la ciega culpabilización de las comunidades o sus líderes. De hecho, estos últimos pueden ser igualmente víctimas de abuso espiritual, ya sea a manos de instancias eclesiales superiores o bien a manos de la propia comunidad local. Todas las situaciones de abuso espiritual requieren por tanto acercamientos muy personalizados, y ello solo es posible si, como digo, existen protocolos claros y mecanismos de control donde sea posible denunciar la situación sin miedo a la represión o al castigo.

Esta última cuestión es especialmente crítica para las víctimas de abuso espiritual. Una vez el abuso se ha identificado y nombrado, a la descomposición del núcleo de creencias según la forma que se había creído y practicado hasta entonces se une el trauma de dejar la comunidad, que puede incluso experimentarse como traición. La comunidad no sólo ha provisto un soporte espiritual, sino también emocional y, en ciertos casos, material. En otros casos, la red de la comunidad es todo lo que la persona conoce: sus amistades, su tiempo de ocio (“grupo de mujeres”, “grupo de alabanza”, “grupo de jóvenes”), incluso su propósito y satisfacción vital (por ejemplo, líderes de grupos de oración, etc.), están todos vinculados a la iglesia. Cuando la víctima reconoce al abuso, normalmente tras un largo tiempo, a menudo ocurre que no encuentra apoyos dentro de la comunidad que la crean. Esto de hecho ha ocurrido también en el caso de RZIM: las iniciales denuncias de Lori Anne Thomposon fueron duramente contestadas por la organización. Sin mecanismos de control, a la víctima se la empuja al silencio y/o al conformismo. Si persiste, puede ser víctima de ostracismo.

Como ocurre tantas otras veces en el contexto protestante, en la identificación del abuso espiritual existe también un componente hermenéutico. ¿Qué es, y qué no es, abuso espiritual? Esto hace que la discusión en torno al abuso espiritual corra el riesgo de enrocarse en las conocidas trincheras teológicas e ideológicas. En el contexto británico, donde gran parte de esta discusión se está llevando a cabo, la Iglesia de Inglaterra es la denominación que ha dado pasos más decididos hacia la creación de protocolos para la identificación y tratamiento del abuso espiritual, también porque se ha encontrado especialmente afectada por la cuestión. Por su parte, la Alianza Evangélica (Evangelical Alliance) se muestra más reticente hacia la nomenclatura, aun reconociendo la realidad del abuso espiritual sin paliativos, en particular debido a las posibles consecuencias penales que conlleva. En el Reino Unido la discusión se está llevando a cabo con un ojo puesto en la legislación británica sobre abuso psicológico/emocional y control coercitivo. En todo caso, lo que no se puede mal interpretar es la respuesta de la víctima al abuso espiritual: la ansiedad, la depresión, el quebrantamiento, el miedo, el aborrecimiento con uno mismo/a, el deshilacharse de los cuerpos y las relaciones, etc. Estos, y otros, son síntomas claros de la presencia de abuso espiritual. Más allá de las trincheras ideológicas y teológicas de lo que es el abuso espiritual, es la salubridad de los creyentes lo que tiene que primar.

 

17 de febrero de 2021

Mireia Vidal i Quintero

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