Juan María Tellería Larrañaga

Posted On 21/12/2011 By In Biblia, Opinión With 10451 Views

¿Dónde están los dinosaurios?

 

Alzaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de YHVH, que hizo los cielos y la tierra (Salmo 121, 1-2)

Una de las muchas anécdotas que se recogen de la vida y ministerio de un personaje considerado por muchos como el mejor teólogo cristiano del siglo XX, el pastor y profesor reformado suizo Karl Barth, nos dice que en cierta ocasión en que impartía un cursillo intensivo de formación para predicadores, tuvo entre sus alumnos a uno procedente de los Estados Unidos, que al oírle disertar sobre el llamado “Primer relato de la Creación” (Génesis 1, 1 – 2, 4a), le preguntó si en el texto bíblico se hacía alusión a los Juan María Tellería Larrañagadinosaurios. Karl Barth le respondió que no. Más adelante, en una nueva sesión del cursillo, volvió a plantearle la misma pregunta, para la que recibió idéntica respuesta. No demasiado conforme con lo que había oído, se cuenta que el norteamericano formuló su pregunta una tercera vez. Y entonces Karl Barth dijo de forma bien audible: “Por favor, que alguien saque a este dinosaurio de la clase”.

Independientemente de que aquello concluyera de forma más o menos jocosa para todos los asistentes a aquel cursillo, Karl Barth incluido, lo cierto es que entre nuestros correligionarios actuales hay demasiados que se empeñan en buscar dinosaurios en la Biblia, es decir, que abren las Escrituras para perderse en un verdadero laberinto de curiosidades de todo tipo (arqueológicas, paleontológicas, históricas, geográficas, filosóficas y hasta teológicas), muy interesantes todas ellas, sin duda alguna, pero que se desvían del tema fundamental.

El autor del Salmo 121, por el contrario, nos muestra con toda la sencillez de su composición algo que solo milenios más tarde se ha llegado a comprender: la doctrina de la creación es el prefacio, la antesala de la doctrina de la Salvación. El pueblo de Israel entendió de entrada a su Dios como auxilio, vale decir, como Redentor y Salvador, antes que como Creador. La primera experiencia de Dios que vivió aquella nación cautiva en Egipto fue la de su liberación a través de todos los prodigios operados por medio de Moisés, el hombre a quien Dios había salido al encuentro en una zarza ardiente, y que redujeron al todopoderoso imperio egipcio a una situación ruinosa. De ahí que las alusiones a la creación sean más bien limitadas en los sagrados textos, fórmulas estereotipadas en la mayoría de los casos, y que más que describirnos el cómo del origen de nuestro mundo y de nuestra especie, lo que hacen es apuntar hacia la realidad última de la Redención.

Personalmente, creemos que no se puede en realidad ser cristiano e ignorar que todo cuanto existe, empezando por nosotros mismos, tiene su origen en el Creador del universo. La frase lapidaria con que se inicia el Génesis (En un principio creó Dios los cielos y la tierra) sienta cátedra: Dios es nuestro Creador. Pero de ninguna forma entendemos que los relatos de la creación que aparecen en el primer libro de la Biblia, o las alusiones dispersas a este hecho original esparcidas por el resto de las Escrituras, se hayan dado para satisfacer la curiosidad humana, explicar el misterio de la vida o describir con exactitud científica los procesos que han contribuido a que nuestro mundo sea como hoy lo vemos. Y por supuesto, bajo ningún concepto nos imaginamos que el Espíritu de Dios inspirara unos relatos tan sumamente hermosos en su forma y tan profundos en su contenido solo para que los creyentes del siglo XXI nos empeñásemos en batallas dialécticas contra teorías paleontológicas, o simplemente para cuestionarnos dónde ubicar a los dinosaurios.

El Señor es el Dios creador de los cielos y la tierra, como muy bien nos recuerda el Salmo 121. Pero en primer lugar, el salmista busca en él su socorro, su auxilio, su ayuda. En una palabra, su Redentor. Y cuando hoy abrimos nosotros las Sagradas Escrituras y nos topamos con la declaración primera de que Dios es el Supremo Hacedor de todo cuanto existe, no debemos detenernos ahí. La finalidad de la Revelación no es indicarnos el origen, sino desplegar ante nosotros la realidad plena de nuestra propia condición humana en la persona de Cristo Jesús, nuestro Señor, en quien, por quien y para quien todo cuanto existe ha sido creado.

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