Posted On 24/06/2008 By In Teología With 3436 Views

¿Perdonar al hermano?

Tenía problemas con el alcohol, había engañado a todos y su vida se dirigía hacia un pozo sin fondo del que no podía salir; la botella había tomado el control de su vida, robaba y mentía hasta la saciedad con el fin de obtener lo que quería, un último trago que aliviara su angustia. A partir de entonces, ya no le importaba nada. No obstante, se sentía miserable; una y otra vez se repetía “ya no lo haré más”, pero volvía a caer. Para no levantar sospechas en casa, pedía dinero a los compañeros de trabajo y, cuando salía de su jornada laboral, se acercaba al primer bar que encontraba para calmar su desazón con una copa. Más adelante, comenzó a sustraer dinero de la colecta de la iglesia o del monedero de alguna hermana de la comunidad. Caminaba hacia el abismo y parecía consciente de ello, pero ya no tenía el control. Fue descubierto y, con lágrimas en los ojos, pidió perdón suplicando ayuda, pero lo que encontró fue el rechazo y la condena. Perdió el trabajo, su familia se separó de él y en la iglesia le dieron la espalda con la excusa de la santidad cristiana. Nadie le ofreció otra oportunidad. Para ahogar sus penas, se siguió refugiando en la bebida hasta que, víctima de un infarto, fue llevado a un hospital donde le ofrecieron todo tipo de cuidados. Gente que no conocía le devolvió a la vida y le dio esperanza para poder encontrar un mundo mejor.

Esta historia no refiere una vida concreta, pero refleja la realidad de algunas personas atrapadas; seguramente habremos visto experiencias similares que nos tienen que hacer pensar en la actitud de la Comunidad hacia la persona que tropieza en la mentira, el robo, la soberbia, el adulterio, la ira, la envidia, la orgía, el homicidio… Las Escrituras nos enseñan a perdonar las ofensas de los demás; sin embargo, parece que la capacidad de perdón es ajena a la naturaleza humana. Cuando la ofensa es lejana, todos dan el paso al frente y levantan la voz para proclamar el perdón que ha de aplicarse; pero, cuando el agravio nos toca de cerca, lejos de emplear la misma dinámica perdonadora, tolerante y  comprensiva, el ánimo justiciero domina, obnubila el pensamiento y arrastra, incluso, a justificar lo que las propias Escrituras censuran.

Hay personas que se tornan inflexibles, implacables, señalando con el dedo al pecador y ansiando que la justicia divina, rebosante de ira, sea desatada contra el culpable. No aceptan la capacidad perdonadora del Mesías, y olvidan fácilmente la enseñanza del evangelio cuando, por ejemplo, una mujer cogida en el mismo acto del adulterio iba a ser apedreada y el Maestro no la condena, mientras detiene misteriosamente una ejecución inminente.

Las consecuencias que tiene la falta de perdón son dramáticas, no solo para la sociedad o la Comunidad cristiana, sino para el propio individuo que entra en una espiral de resentimiento y odio, para terminar viviendo en una desapacible amargura interior. El perdón, sin embargo, libera, abre la mente a una brisa fresca, en la que la fragancia del amor es capaz de cubrir multitud de pecados y llenar de alegría el corazón.

Hace unos días, leyendo un libro sobre la fuerza de los sentimientos y las emociones, medité en una experiencia sobrecogedora de un alumno de 18 años, en una escuela del Bronx, llamado Eugene. Estaba siendo entrenado como mediador dentro del programa de educación socioemocional en una escuela por una mujer, Linda Lantieri, experta en prevención de la violencia en las aulas de Nueva York. Un día, Linda recibió la llamada de la directora de la escuela de Eugene y le dijo que una bala perdida lo había dejado paralizado de cintura para abajo. Fue a visitarlo al hospital al cabo de dos días cuando pudo reunir las fuerzas necesarias para enfrentar esa situación; al verlo, preguntó a Eugene: “Cómo estás”. Su respuesta fue: “No he estado bien hasta ahora, pero esta mañana me he despertado y he decidido encontrar el lugar en mi corazón donde poder perdonar al tipo que disparó la bala”. Linda le preguntó: “¿Cómo podrás hacerlo?”, a lo que Eugene contestó: “Me he dado cuenta de que yo podía haber sido ese tipo si no hubiese aprendido que hay caminos mejores” (Elsa Punset, Brújula para navegantes emocionales, Santillana Ediciones, 2008, pp. 12-13).

La capacidad de perdonar estaba aliviando y fortaleciendo interiormente a Eugene. Nunca más volverá a caminar, pero seguirá vivo para, desde una experiencia escalofriante, gritar al mundo que hay otros caminos mejores que la violencia, el rencor, el odio, la venganza…, es la senda del perdón.

El Dios en el que creemos es un Dios de perdón: “Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Sal 103.3). Es curioso el paralelismo que en este texto se establece entre el perdón y la sanidad, y entre la iniquidad y la dolencia. “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado…” (Miq 7.18). “Pero él, misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía; y apartó muchas veces su ira” (Sal 78.38). “Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia” (Sal 86.5). Estos textos dejan claro que la capacidad de perdón tiene mucho que ver con la misericordia

La enseñanza de Jesús sigue el mismo camino: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno” (Mc 11.25). “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Luc 6.37). Este texto evidencia que la ausencia de perdón que observamos en algunas personas tiene que ver con su deleite en el juicio y la condenación, olvidando que el que juzga con justicia todas las cosas es el Dios del cielo. Cierto es que la capacidad de valorar las cosas como buenas o malas, como justas e injustas, es consustancial al ser humano y eso no es negativo, más bien al contrario, nos empuja a construir sociedades más dignas. En mi opinión, cuando el juicio nos lleva al rechazo del individuo y nos impide ayudar al pecador para que sea restaurado, nos alejamos del seguimiento de Jesús. En el texto que hemos mencionado más arriba, Juan 8, donde se narra la historia de la adúltera, Jesús no solo no condena a la mujer, sino que le insta a que no peque más; es decir, no rechaza a la persona y, además, le señala el camino de la restauración.

En la oración modelo, Jesús enseña: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. El texto es clarificador cuando, más adelante, compara nuestro perdón con el que recibimos de Dios, de manera que si no perdonamos a nuestros deudores, tampoco Dios nos perdonará a nosotros. Es clave aquí la historia de los dos deudores (Mat 18.23-35), que refleja la esencia del reino de los cielos. ¿Cómo es posible que, habiendo recibido un perdón tan grande de nuestro Dios, no seamos capaces de perdonar las ofensas de nuestros semejantes?

En el evangelio de Lucas (17.3-4) se clarifica la proyección del perdón, que es inagotable: “Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: me arrepiento; perdónale”.

El apóstol Pablo, también se orienta por la vía del perdón, cuando dice que nos debemos perdonar unos a otros como Cristo nos perdonó (Ef 4.32; Col 3.13).

La reflexión que deseo hacer es, si la Escritura nos enseña claramente el camino del perdón, ¿por qué hay tanto juicio, desprecio y condenación en nuestro pueblo evangélico? ¿Qué nos impulsa a señalar y rechazar a aquel que tropieza? ¿Por qué somos tan dados a levantar piras para quemar a los “herejes” y pecadores?

Jesús se hacía seguir de marginados, desheredados y pecadores, gente muy sospechosa en aquella época; es más, uno de sus discípulos, uno de los doce, era ladrón y, en ningún momento, observamos rechazo en el Maestro, aunque sabía que sustraía de la bolsa. Sin embargo, sí que le vemos levantando la voz contra los fariseos y los escribas, hipócritas conocedores de la ley de Dios que ponían cargas en los demás y ellos no eran capaces de moverlas. Esto significa que el legalismo farisaico se ha apoderado de algunos en nuestros días, por lo que, en lugar de integrar, separan; en lugar de perdonar, juzgan y, en lugar de restaurar al que tropieza, lo rematan. No es éste el espíritu de Jesús, no es ésta la orientación del evangelio. Cuando alguien tropieza, la iglesia ha de estar para recuperar y sanar, no para condenar y apartar. Si nos reconocemos como pecadores salvados por la sangre de Jesús, sabemos, también, que nadie está exento de caer; por ello, el juicio ha de ser desterrado de nuestro ser para dar paso al perdón restaurador. Si somos hermanos, ¿no tendremos que perdonarnos sean cuales sean las ofensas que cometamos? Para ilustrarlo de alguna manera, ¿no seríamos capaces de perdonar cualquier cosa que hagan nuestros hijos? Si somos capaces de perdonar cualquier conducta, ofensa, palabra… de alguien cercano a nosotros, entonces, ¿por qué no hacer lo mismo con mi hermano en Cristo? ¿Por qué esa diferencia? ¿Tal vez es el vínculo de sangre que existe en uno y otro caso? La Escritura no dice: “Perdonarás a tus familiares y condenarás a los demás cuando pequen contra ti”. En la medida en que nos reconocemos como hermanos y hermanas, nos perdonamos unos a los otros; no perdonar es rechazar el vínculo espiritual que nos une, el amor de Cristo.

Hablábamos más arriba de las consecuencias de no perdonar, que dañan al individuo y a la sociedad en la que vivimos. El origen de la ausencia de perdón tiene que ver con una manifestación de la ira que lleva al odio; es lo contrario al amor. Cuando no se es capaz de perdonar, se odia; cuando no se es capaz de tolerar al otro, aparece la ira y la violencia. Entonces, juzgamos desmedidamente y aplicamos una sentencia. Finalmente decimos para justificarnos: “se lo merecía”. No nos damos cuenta que aquellos que están en perpetuo resentimiento y que no son capaces de perdonar, están llenos de amargura, apagados, tristes, solitarios, sin ilusiones; en el fondo, nadie desea estar con ellos, porque sienten que, en algún momento serán víctimas de su rencor. Fijémonos cómo el apóstol Pablo relaciona la “amargura”  con el enojo y la ira (Ef 4.31) y, por si fuera poco, enseña que lo contrario a la ira es el perdón (Ef 4.32).

Hemos sido testigos, en la historia, de los desastres sociales que ha provocado el odio racial en otras latitudes o la violencia de género en nuestro mundo occidental. Cuando una sociedad se deja llevar por los impulsos más primitivos, se genera miedo, dolor, sufrimiento…Y si no fuéramos capaces de controlar esos impulsos, el resultado sería la aniquilación. Por eso, si la iglesia quiere sobrevivir, ha de apartarse de la hostilidad, el rechazo y el fariseísmo en que se ha instalado y volver al camino del amor, el perdón, la tolerancia y la restauración. Estamos llamados a perdonar, a ofrecer espacios de comprensión, donde ninguno se sienta censurado por su pasado o por su presente. La Comunidad cristiana la configuran personas pecadoras, en proceso de restauración gracias al sacrificio del Mesías, Jesús de Nazaret, modelo de amor y perdón. Es cierto que el pecado daña, y produce dolor y sufrimiento; pero la ausencia de perdón es atroz, porque impide la restauración. Hemos experimentado el perdón misericordioso de nuestro Salvador, ¿qué aprendemos de ello?

¿Perdonar al hermano? Evidentemente. No importa el pecado que haya cometido, es mi hermano/a y no permitiré que la censura, el rechazo o el resentimiento aniden en mi corazón; tampoco permitiré que otros le crucifiquen. De la misma forma que Dios me ha perdonado a mí, perdonaré al que me ofende. Así es y, así, será.

Pedro Álamo.
Junio 2008.

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