Posted On 09/02/2021 By In Opinión, Pastoral, portada With 648 Views

Apuntes para una teología homilética en lo puertorriqueño | Francisco Javier Goitía Padilla

Introducción

El teléfono sonó. “Pastor, es Tata. Célide tuvo un accidente. Está en Centro Médico”. Célide y Tata son primas, parte de una familia grande y líder de la congregación. Célide es una joven inteligente y fiel, nacida en la iglesia. Apenas el domingo anterior, luego del servicio me había dicho: “Pastor, me gustaría hablar con usted. Lo llamo en la semana”. Un conductor borracho –a quién habíamos visto por el pueblo conduciendo irresponsablemente toda la tarde– rebasó a un auto a toda velocidad temprano en la noche. Al maniobrar para rebasar el vehículo, el conductor ebrio invadió el carril contrario y chocó contra el auto que conducía Célide.

La llevaron en helicóptero al hospital donde estuvo en cuidados intensivos por varios meses. La visité dos o tres veces a la semana. Conversé con su mamá y con su familia en los pasillos del hospital, en su casa y en la iglesia. Esas conversaciones, centradas en Jesucristo, buscaban consolarlos a ellos, pero a la vez me fortalecieron y sostuvieron a mí. Esto ocurre con frecuencia en la labor pastoral. Jesucristo nos sostuvo a todas durante esos meses. Célide falleció. El pueblo se desbordó en acciones de consuelo y solidaridad. La velamos en el templo. La persona que causó el accidente estuvo un tiempo en el hospital, salió, y continuó su vida con su familia y trabajo.

¿Qué decimos, cómo acompañamos, cómo predicamos, en estos meses cuando la familia, la congregación y el pueblo están en crisis y presagiando luto?

En abril de 1999 murió David Sanes. Sanes era un empleado civil de la Marina de los Estados Unidos que falleció en medio de prácticas de tiro de la marina en la isla de Vieques, su pueblo natal, cuando una bomba de 500 libras disparada desde un avión F/A 18 C Hornet explotó a cien metros del puesto de observación donde estaba. Su muerte coaguló y convocó al País en la defensa de la gente de Vieques y en contra de la presencia militar de la marina en la Isla.

La lucha fue multitudinaria y de todo el pueblo. Generó una de las marchas más impresionantes en la historia del País y provocó la ocupación de las playas de la base de la marina en la isla Nena por la sociedad civil. La Iglesia estableció un campamento de obediencia evangélica en las playas ocupadas. Las diferentes denominaciones se rotaron en el campamento semana tras semana, por más de un año. La marina, finalmente, salió de Vieques el 3 de mayo de 2003.

Mi denominación luterana formó parte del campamento de obediencia evangélica. Participé del grupo que habitó el campamento del 30 de noviembre al 3 de diciembre de 1999. Para ese entonces era pastor de una congregación luterana cuya membresía era políticamente conservadora. El asunto de Vieques les era incómodo. Estoy seguro de que un buen grupo de los miembros de la congregación, no pensaban como yo, ni creían realmente en la manera en que la denominación asumió su vocación profética en Vieques. Pero me apoyaron. Me dieron el espacio que necesitaba. Sus oraciones me acompañaron y me sostuvieron esa semana.

¿Cómo conversamos temas de política y poder? ¿Cómo nos planteamos estos asuntos de justicia social, paz, y la salud de la creación? ¿Cómo tomamos café mientras tenemos conversaciones honestas, en las que dilucidamos nuestras diferencias con argumentos sustentables, que resulten en bienestar para las personas y el País de modo que no marchiten amistades ni relaciones? ¿Cómo predicamos esto?

Ángel llegó a la iglesia en bicicleta. Tenía una úlcera enorme en una espinilla. Hedía y le llegaba al hueso. Conversábamos en el estacionamiento o en el semáforo donde pedía dinero todos los días. Vivía en una casa abandonada. No quería entrar al templo. Me decía: “Pastor, apesto”. Bajaba la cabeza al notar las miradas llenas de pudor y sospecha que entraban y salían del templo durante la semana en los estudios bíblicos. Un día entró.

Poco a poco la congregación lo recibió. Ya notaban cuándo no venía en su bicicleta los domingos. Ángel trabajó en emergencias médicas y luego de un accidente, se hizo adicto a pain killers. Con el tiempo fueron otras drogas. Perdió el trabajo y la familia. Tenía una hija. Se convirtió en deambulante. “Me metí en esto después de viejo, pastor. Lo perdí todo. Perdí a mi hija” –decía.

Luego de unos meses, un diciembre, su enfermedad se complicó. Fuimos al Hospital Municipal de San Juan. Lo recibieron. Lo atendieron bien. Una enfermera lo reconoció. Conocía a la familia. La familia no fue a verlo, pero la enfermera me dijo que lo cuidaría. Si mal no recuerdo, un jueves 29 de diciembre, lo visité y comulgó. Regresé a casa y me metí en las actividades de despedida de año el sábado y de año nuevo el domingo. La enfermera me llamó a las 11:30 pm del sábado 31. Ángel había fallecido. Lo único que recuerdo del domingo son las palabras de institución… La noche que fue entregado, nuestro Señor Jesucristo tomó pan… Le celebramos un servicio en el templo. La congregación asumió todos los gastos funerarios. Sentimos la mutua consolación de los fieles al acompañar a Ángel en el servicio funeral y acompañarnos los unos a las otras en esos momentos. Lo enterramos en el Cementerio Municipal de San Juan.

¿Cómo hablamos del Pecado? ¿Cómo lidiamos con los pecados y la gracia? ¿Cómo atendemos las adicciones, la soledad, la culpa, el abandono y la familia? ¿Cómo hablamos de compasión y tolerancia? ¿Cómo nos relacionamos de modo que aceptemos nuestros errores, nuestros pecados, sin criminalizarnos ni etiquetar, más reconociendo que el perdón y la gracia nos llaman a aceptar responsabilidad y nos muestran el amor de Dios? ¿Cómo predicamos todo esto?

En el púlpito no se dilucidan pamplinas. No se proclama un Dios de guata ni se atienden las vidas de muñecos de papel. Entonces el sermón no es una conversación cualquiera ni un ejercicio teórico de retórica. En el sermón está Dios, y por eso, predicar es hacer teología. Es presentarle a Dios a la vida de las personas, de la sociedad y de la creación.

 

La predicación

Cada semana, sazonada por tantas experiencias y vivencias, le reclama cosas particulares a la predicación… al púlpito. En ocasiones la semana es cotidiana y nos da espacio para un proceso homilético sosegado y amable. En otras ocasiones –como las experiencias que acabo de compartirles– las semanas y los domingos aprietan y empujan. El proceso homilético se asume en estas ocasiones con tempo y modo de urgencia. Hasta de emergencia. Lo requerido es presentar una Palabra viva, una Palabra que atienda las exigencias del momento pastoral, con la profundidad y anchura de la tradición de la Iglesia. Con la praxis y compromiso del ministerio del Maestro. Con la compasión, empatía y responsabilidad del anuncio esperanzador del reino de Dios. Cada congregación donde pastoreé fue protagonista y apoyo en las experiencias que les acabo de compartir. Participaron de los procesos homiléticos que resultaron en sermones predicados. Como pastor, ser honesto y responsable en la predicación fue lo menos que pude hacer por Célide y su familia; por Ángel y la querida congregación que lo recibió; y por la amada congregación de mi primera llamada como ministro ordenado cuando estuve en el campamento de obediencia evangélica en Vieques. El Espíritu nos sostuvo y la Palabra nos levantaba cada día en la consolación que nos dábamos los unos a las otras en cada momento.

El púlpito no consume teología. La produce[1]. La predicación, como un esfuerzo de síntesis e interdisciplinariedad, asume la experiencia y tradición teológica de la Iglesia, que es encuentro secundario y procesado de y con lo Divino, y lo usa para apuntar y proclamar el encuentro primario y fundamental con Dios en la adoración y vida de la Iglesia. Tanto el encuentro primario como el secundario se realizan en conjunto: pastor y comunidad fermentando y compartiendo la fe que confesamos en los procesos y eventos sermónicos. Lo que se proclama es teología porque en el proceso homilético se repiensa, se contextualiza, se interpreta y se produce algo nuevo para –y con– la comunidad que escucha. Es provisional y frágil. Es enfocado y vivencial. Es eventual y arisco. Está inscrito en el manuscrito y la vida de la comunidad.

La predicación es teología. La Carta a los Hebreos es un tratado teológico hecho sermón –¿o un sermón hecho tratado teológico? – convertido en carta. Documenta la producción teológica en el sermón en los inicios mismos de la Iglesia. Los catecismos de Martin Lutero –el Catecismo Mayor y el Catecismo Menor– nacieron de sus visitaciones en Wittenberg en 1528 y de una serie de sermones dirigidos a formar a la gente del pueblo a la fe de la gracia y la justificación. El impacto de los catecismos puede estar, precisamente, en este carácter orgánico, proclamatorio e intencionalmente teológico que poseen. Los Catecismos fueron los documentos que realmente socializaron la reforma luterana[2].

El proceso de creación de la Carta a los Hebreos y los Catecismos apunta a algo más fundamental aun: la fe viene por el oír. Más este oír no es cualquier oír. No es un oír genérico ni aleatorio. Es un oír con contenido y con sustancia teológica porque es un oír acerca de Dios. Es acerca de la actividad y la acción de Dios en las personas, en las comunidades y en el planeta. La teología –como biografía, como enhebrado narrativo de la relación de Dios con Su creación, y como construcción textual y de sabiduría– es parte integral de la sonoridad que causa el oír.

Al afirmar que el sermón es teología –que la produce y no simplemente la consume– ubico mis comentarios en el campo de la teología homilética. Entiendo la predicación de este modo. Como un esfuerzo intencional y consecuente de teología homilética en Puerto Rico.

 

En Puerto Rico

Para mi sorpresa, hoy vivo en los Estados Unidos. He brincado el charco ya tres veces. Mi primer hijo, Javier Andrés, nació en Abingdon, Pennsylvania. Gabriela Denise nació en el Hospital Ashford, en San Juan. En ‘La Guagua áerea’ Luis Rafael Sánchez declara: “¡Cuántos universos atraviesan los puertorriqueños cuando atraviesan la caverna celestial!”[3] Atravesamos esos universos, me parece a mí, con la identidad como una pregunta, como un proyecto y una conversación, metida en el bolsillo. Más bien como preguntas, conversaciones y proyectos guardados en el corazón.

Las conversaciones acerca de nuestra identidad tienen temas obligados. Las preguntas tienen dirección y los proyectos tienen materiales disponibles a su alrededor. Lo obvio es la situación colonial. El Puerto Rico isleño es un territorio sitiado económicamente y dominado políticamente. Los oídos que escuchamos y los labios que predicamos son labios y oídos de colonizados. Algunas más que otras. No podemos darle largas a este asunto. El colonialismo es una realidad concreta que afecta toda la vida en Puerto Rico. Dejarlo fuera del contexto que vivimos y de las conversaciones, preguntas y proyectos de identidades que proponemos es negar el aire que respiramos.

Tal vez debido a nuestra situación colonial pienso que vivimos en un espacio geográfico de ninguneo continental. No existimos ni en el norte ni en el sur. Somos una nota al calce en los libros del sur y un párrafo eliminado en los del norte. Claro está, es la cadencia de las aguas caribeñas. El Caribe manoseado y olvidado de siempre. Con su pobreza y calor. Con su resiliencia y acentos. Con sus huracanes y fiestas. Salpicado de humor y dolor.

Como el moriviví, morimos y nacemos cada día en la pobreza con aire acondicionado y la violencia con cable TV. Morimos y nacemos cantando y bailando en la plaza y en la Sanse. Morimos y nacemos con toldos azules, el Verano de 2019 y los temblores del suroeste de la isla grande. Luego del huracán María en septiembre de 2017, hice filas de diez horas para echar gasolina y cenamos en familia, todas las noches, a la luz de lámparas de baterías. En diciembre, en nuestra primera “salida” familiar, cantamos “Con luz o con planta, te traigo parranda. Con luz o quinqué, te traigo bembé” haciéndole coro a José Nogueras y a Victoria Sanabria[4]. Así conversamos, preguntamos y construimos nuestras identidades puertorriqueñas en la geografía elíptica y “de orilla a orilla”, como dice Luis Rivera Pagán, de lo puertorriqueño.

Ni la teología ni la predicación son genéricas. Tienen topos y tienen genes. Son contextuales y biográficas. Desde este lugar salen las mías.

 

Teología

Jesús, entre la muerte de su primo Juan, la alimentación de los cinco mil y el anuncio de su muerte, les preguntó a los discípulos, “diciendo: ¿Quién dice la gente que soy yo?” (Lucas 9:18). Y ahí mismo los hizo a teólogos. La voz de Pedro articuló, en conjunto, una naciente cristología. Una doctrina de Dios tímida e implícita. La teología siempre está en movimiento. Siempre está pegada a la vida y testimonio de las fieles y de la Iglesia.

En nuestro caso –distanciadas de la matriz evangélica original– hacer teología, más aún, es un asunto localizado, provisional, en necesidad periódica de repaso y de rearticulación. Es un asunto comunitario porque todas las afirmaciones teológicas y todos los teólogos son parte y se nutren de la vida en comunidad de la Iglesia, de su tradición y de sus diálogos. Necesitamos usar la teología frecuentemente. Porque la teología es en su uso[5]. Los significados, conexiones, distinciones, descripciones y explicaciones que la teología crea en su relación con su contexto, el momento histórico y las Escrituras los realiza en y desde el lenguaje y para que podamos, como dice Ludwig Wittgenstein, salir adelante. Para la afirmación de la vida digna de los seres humanos y la creación y la justicia que sostiene la paz.

El entendimiento que presento de la teología es, pues, narrativo y constructivo. Narrativo no a-la George Lindbeck, con su teología posliberal y sus juegos cerrados del lenguaje. Sino narrativo a-la segundo Wittgenstein y su entendimiento cotidiano, poroso y –digo yo– hasta transgresor del lenguaje[6]. Las doctrinas, los temas teológicos y términos que nos han servido unas veces (y otras no) para hablar de Dios y de su relación con su creación, son enjambres de palabras, colmenas de metáforas y símiles, letras y ritmos de lamentos y doxologías, que tienen rasgos familiares[7] comunes. Chocan, bailan y luchan con otras palabras, otras metáforas y símiles, otros relatos y conglomerados lingüísticos de otras disciplinas, del lenguaje cotidiano y callejero, de la literatura y la poesía, las ciencias naturales y sociales, y encuentran, por su porosidad y por su energía, nuevos usos que les proveen significados más anchos y robustos.

Los usos de la teología son constructivos. No son para bibliotecas ni para muerte. Son para promover la vida. La vida de todas. Es, como dice Jason Wyman, “un intento de crear teologías abiertas, específicas a su contexto, que son conversaciones constantes de diferentes voces”[8]. Estas conversaciones son, como dije, en función de la vida y del reino de Dios. Es una opción narrativa que no solo describe. Hace. Una praxis y habitus de gracia para la esperanza.

 

Teología homilética

Los sermones tienen zapatos. Los zapatos de quiénes predicamos y de las congregaciones en las que servimos. No hay sermones genéricos y no hay sermones sin la fiesta y el luto, el sudor y la lucha, de la gente que son la congregación –la Iglesia. Hace un tiempo compartí una definición de la predicación como “una tarea evangélica de creación artesanal para la vida que pinta la realidad y le pone una visión del reino de Dios a la Iglesia, la sociedad y la creación”[9]. Esta tarea artesanal, se entiende aquí, como una tarea teológica[10] –narrativa y constructiva– que nos provee el lenguaje que necesitamos para salir adelante. Que sostiene nuestra praxis y nuestros habitus de gracia para la esperanza.

La vida de un sermón, que transita de domingo a domingo entrelazando nuestros anhelos y suspiros con las Escrituras y la vida y testimonio de la comunidad de los santos y de las santas, es una vida teológica. La homilética teológica puede verse aquí, como “un caminar, a través del tiempo que nos forma y equipa mediante la oración, el estudio, la práctica ministerial y la experiencia en el ethos y vida de una comunidad de fe”[11]. Todo el proceso homilético es teológico.

Por supuesto que hay malos sermones y mala teología en esos sermones. Esto tanto por falta de intencionalidad y reflexión acerca del proceso y del fin mismos, como por laxitud y franco descuido de quienes predicamos. A veces por quemazón pastoral. El entendimiento del ministerio pastoral mismo puede ayudar (o no) a asumir nuestra vocación homilética con más o menos dedicación. Puede incluir o excluir las conversaciones y la participación de la congregación y la gente en todo el proceso. Nada de esto, sin embargo, cancela las propuestas de teologías homiléticas. Si algo, las hacen más urgentes.

Esta teología homilética que se crea artesanalmente en lo puertorriqueño busca en los márgenes, en lo vulnerable, el Evangelio que proclama esperanza. Busca la cadencia y resiliencia del Evangelio que, como el moriviví, nos lleva siempre de la muerte a la vida con pasión y canción. Contiene, como dice Abdrushin Rocha, una especie de “desobediencia epistémica”[12] que se manifiesta en su uso; en su manera de relacionar, criticar y reconstruir los materiales de su entorno y de la tradición de modo que ‘saquemos la mosca del envase’”[13]. De modo que liberemos nuestras prácticas sermónicas y las construcciones homiléticas tradicionales aprendidas hasta hacerlas que vivan con nosotras y hablen como nosotros. En estéreo y en comunidad.

El cansancio del domingo en la tarde y la ansiedad del lunes en la mañana son cansancios y ansiedades teológicas. La vida que compartimos en los pasillos del hospital, en las escalinatas gubernamentales, marchando en las calles y bebiendo café en las salas con quienes pastoreamos y amamos, es una praxis de teología homilética que se alimenta de, y alimenta a, un habitus. Una forma de ver, juzgar y actuar que dice las cosas como son y proclama a viva voz la esperanza. Después de todo, a la pregunta que les hizo Jesús, Pedro contestó: “(Tú eres) el Cristo de Dios”.

 


[1]              Schnasa Jacobsen, David, Ed., Homiletical Theology: Preaching as Doing Theology (Eugene: Cascade Books, 2015), 3.

[2]              Dictionary of Luther and the Lutherans Traditions, s.v. “Catechisms”

[3]              López-Baralt, Mercedes, Ed., Literatura Puertorriqueña del Siglo XX: Antología (San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2004), 202.

[4]              https://youtu.be/ZEoyHTFaw_8. Accedido el 23 de enero de 2021.

[5]              Wittgenstein, Ludwig, Philosophical Investigations (Oxford: Blackwell Publishers, 2001), 20e. Wittgenstein define el significado de las palabras por su uso. Yo lo extiendo aquí a la teología.

[6]              Mi conversación con Wittgenstein, y la teología que nace de esta conversación, se sostiene más en sus entendimientos de formas de vida (forms of life) y semejanzas familiares (family resemblances) que en el de sus juegos del lenguaje.

[7]              Rasgos familiares (family resemblances) son redes de similaridades que hacen sobrelapo y entrecruces en el lenguaje. En ocasiones son similaridades generales y en otras similaridades en detalle. Forman un enhebrado cuya fuerza está en el sobrelapo de las fibras. Wittgenstein, Philosophical Investigations, 32e.

[8]              Wyman Jr., Jason A., Constructing Constructive Theology: An Introductory Sketch (Minneapolis: Fortress Press, 2017),  xi.

[9]              Goitía Padila, Francisco Javier, El sermón como creación artesanal (San Juan: Publicaciones Palabra Viva, 2017), 26.

[10]             Esto no es el reciclaje de la predicación como teología aplicada. Es una propuesta que afirma la homilética como una disciplinas en sí misma y la teología homilética como una opción tanto en la homilética como en la paleta diversa del hacer teología.

[11]             Schnasa Jacobsen, Homiletical theology, 104.

[12]             LaRue, Cleophus, J. y Luiz C. Nascimento, The Future Shape of Christian Proclamation: What the Global South Can Teach Us About Proclamation (Eugene: Cascade Books, 2020), 64.

[13]             El comentario de Wittgenstein es acerca de la filosofía. Wittgenstein, Philosophical Investigations, 103e.

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