Posted On 08/01/2015 By In Opinión, Política With 2532 Views

Carta de un marxista cristiano a la iglesia evangélica ante los sucesos de Ayotzinapa

“Toda crítica comienza por la crítica a la religión” (Karl Marx, Judío Alemán).

“Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Jesús, Judío de Nazaret).

A la iglesia de hoy:1

Estamos ante tiempos muy difíciles en México. Hay un gran sentimiento de tristeza, de frustración y de coraje en la población mexicana en estos instantes. No son sólo estos veinte años (sino es que más) de retraso social en los cuáles mi generación no ha experimentado nunca un periodo de abundancia, y en los que he visto crecer la miseria de manera impresionante en todos lados. Mi país, lleno de abundantes recursos naturales, se encamina cada día a la venta de sus propiedades a extranjeros a los que no les interesa otra cosa que el signo del dólar y el aumento de sus ganancias. Tenemos litorales en donde hay abundantes peces que nunca llegan a nuestras mesas; somos, además, uno los principales exportadores de cultivos como el jitomate, pero sólo consumimos producción caducada porque es más rentable llevar los mejores productos al extranjero. Somos la tierra del maíz, y no hace mucho los campesinos dejaron de producirlo porque es más barato traerlo de otro lugar del mundo. Y todo esto con gran perjuicio para nuestra economía.

He visto con mucha tristeza cómo los jóvenes que eran mis amigos en la iglesia desde pequeño, no han tenido una oportunidad de realizarse en la vida, mientras que otros cada vez nos desilusionamos más ante las posibilidades de que el mercado laboral encuentre “aceptables” nuestras ofertas de trabajo casi como si fuera Dios. He estado en comunidades indígenas productoras de café en donde les pagan una quinta parte del precio al que se vende en el mercado. No es raro encontrar allí a multitudes de niños indígenas desamparados y con un futuro desolador. Al mismo tiempo, he observado la opresión en contra de los pueblos indígenas quienes tienen que conformarse con vivir confinados en lo poco que les queda de sus territorios pues les fueron arrebatados, sin mencionar que también son estigmatizados e ignorados por la sociedad.

La cúspide de la descomposición del tejido social es la gran violencia ejercida por grupos armados en contra del pueblo mexicano, sin tener otra razón que la de querer frenar las ansías de cambio que existe entre nosotros. En mi país los líderes sociales son aniquilados cual si fueran moscas, ya sea por el narcotráfico o (y hay que decirlo) por el Estado. Somos presa de la desinformación, pues los medios de comunicación, corruptos en su totalidad, deforman a su conveniencia los hechos, presentando a México como tierra paradisíaca, y efectivamente lo es, pero para la reducida población que concentra la mayor parte del ingreso.

Ante eso, usted querida iglesia, no hace otra cosa que ignorar estos asuntos sin más. Me siento sumamente ofendido de participar en una institución que no sólo ha degradado a las mujeres, ha descuidado a sus jóvenes y se ha convertido en idólatra de una industria musical que gana millones, mientras que existen comunidades pobres que esperan una “limosna” del gobierno (donde por cierto los cristianos no quieren participar), una “limosna” de parte de los así llamados cristianos. Y todo ello, en nombre de salvaguardar la “sana doctrina”. Me cuesta muchísimo trabajo observar cómo sí se guarda la “doctrina” en términos de buscar la complacencia material tolerando a los teólogos de la prosperidad, pero no para dar ni participar por el pobre. No entiendo cómo es que se contempla a un Dios de “orden”, cuando en el universo rige el caos.

Sin duda somos herederos de una tradición protestante crítica con el catolicismo, pero sorprendentemente son ellos (a los que llamamos idólatras) quienes han hecho mucho en términos sociales. Son ellos quienes mantienen viva la esperanza de un cambio cuando pocos de nosotros nos atrevemos a denunciar los abusos cometidos por hombres que aseguran tener visiones del cielo para vaciar los pocos recursos de nuestros hermanos. No soy ingenuo para no darme cuenta de que el catolicismo a pesar de los intentos del Papa por renovar su agenda tiene una crisis de credibilidad, pero tampoco podemos dejar de notar que la renovación en la iglesia evangélica latinoamericana es algo que debe darse también urgentemente.

Al ver tal desequilibrio hace algunos años derivé en utilizar el análisis marxista. Sin duda se han hecho críticas a tal visión por “atea”, aunque en realidad para la mayoría de cristianos cualquier filosofía o sistema de pensamiento ajeno a la Biblia es considerada de esa forma. Como antídoto a ello valga tal vez considerar la expresión de Simone Weil: “De dos hombres sin experiencia de Dios, aquel que le niega es quizás el que está más cerca de él”. Ha sido pues esta filosofía “atea” al hacer una crítica fuerte (aunque no es la única) a nuestras creencias ha permitido ampliar el panorama de nuestras limitaciones para con ello purificar nuestras acciones y juzgar si ellas son realmente cristianas.

Puedo afirmar que históricamente se ha escamoteado demasiado, e incluso podría decir que de forma grosera, a la visión marxista de la sociedad por considerarla determinista, puesto que pone de relieve los conflictos sociales como elemento central en la dinámica de la sociedad y, sin embargo, es imposible decir que no existe el conflicto social y la lucha de clases cuando son evidentes en nuestro territorio. ¿Cómo decir que todo está bien cuando en una parte de mi país han desaparecido casi 300 personas (eso sin contar las fosas clandestinas y las víctimas de la guerra contra el narcotráfico) en los últimos años en sólo una región? Yo no veo como nuestras doctrinas más espirituales pueden interpretar esa situación sin caer en una metafísica fetichista. Aún no podemos superar la clásica visión de que este es el mejor de los mundos posibles puesto que Dios tiene el control del mismo. No puedo y me niego a creer en tal afirmación. Es más, considero que tales interpretaciones son más bien producto de la ideología, de la deformación de la conciencia y afirman la alienación del hombre, pues ponen de cabeza las relaciones sociales de este mundo.

No es sólo Ayotzinapa lo que me ha motivado a escribir estas líneas, son la barbarie y la deshumanización de nuestra nación que se vive todos los días. El hecho nos duele profundamente, pero nos duele más porque es la culminación de la renuncia al ser humano, renuncia que es latente en todo el territorio y en la iglesia.

Por las razones antes expuestas, puedo decir lo que todos sabemos, que la crisis de la sociedad mexicana es sumamente profunda y también afecta a la superestructura en términos marxistas, o en otras palabras, a las instituciones, en donde se encuentra también la iglesia. La falta de asistencia a nuestras iglesias y, consecuentemente la búsqueda de métodos de crecimiento basados en el marketing, son prueba de que no tenemos ni idea de cómo llegar a afectar la sociedad. Ni qué decir de los ministerios que se han quedado profundamente rezagados ante los problemas sociales, por no mencionar el abandono de los temas científicos.

Yo sé que esto sucede más allá de mi país, y en algunos casos representa a varias naciones latinoamericanas donde la pobreza, la guerrilla, el hambre y la violencia son síntomas comunes. Por esa razón escribo esta carta, para que usted y su iglesia se den cuenta de que no estamos en el mejor de los mundos posibles, sino en el peor, porque al analizar la crisis coyuntural del capital mundial, del cual somos la periferia, no es posible otra cosa que afirmar que el reino de Dios (lo que sea que esto signifique) no está siendo establecido, y que lo que llamamos “poderes demoníacos” están gobernando con una tiranía tal que nos convertimos en sus cómplices, y el mercado no es otra cosa que la guillotina del sacrificio.

No hay una receta para hacer un cambio positivo, será un esfuerzo conjunto de la iglesia, pero me parece vital en la búsqueda de ese objetivo que todos los cristianos busquemos re-pensar nuestra fe. Y con repensar quiero decir que no podemos conformarnos con las respuestas tradicionales, con los ministerios tradicionales, con las actitudes tradicionales ante problemas que exigen nuevas modalidades de organización y de acción. Si la gente no cree en la iglesia también es nuestra culpa, porque en algún momento decidimos que era mejor repetir lo mismo de siempre antes que tratar de innovar, de estudiar y prepararnos. En esto tienen también la culpa muchos seminarios que forman a muchas personas con una visión sesgada de la Biblia, pero no verdaderos estudiosos académicos que traten de hacer aportaciones teológicas comprometidas socialmente.

Podría abundar en muchas más cosas, pero no se trata de derribar sino de hacer un llamado a la acción, no podemos negar nuestra realidad circundante; o luchamos juntamente a los necesitados, a los que no tienen voz, o la iglesia se muere en el intento de ser aquella comunidad igualitaria que inició el predicador de galilea.

Atentamente.

Un marxista cristiano.

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1 Las siguientes líneas no representan la opinión de la revista y por ello la responsabilidad únicamente es del autor.

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