Posted On 29/01/2016 By In Opinión With 1655 Views

Cuando todo nos pesa

Cuando no vemos la luz al final del túnel nos pasan por la cabeza ideas cargadas de locura. Las decepciones suelen infligir en el alma heridas que tardan mucho en curar. Cuando curan, si es que lo hacen, las cicatrices que dejan recuerdan a los que las sufrieron el dolor que les produjo no conseguir lo que pretendían. Muchos estamos llenos de ellas. Podemos contarlas una a una, y de todas guardamos el amargo recuerdo de la derrota. Heridas que no acaban de cicatrizar, o cicatrices demasiado visibles como para olvidarnos de ellas.

Todos llevamos cicatrices en el alma. Son como el mapa de nuestra vida desde su punto de origen. Mojones en el camino que nos indican dónde nos equivocamos en el pasado, y nos ayudan a esquivar el sufrimiento, a huir de él. Hay quienes piensan que necesitan de su pasado para sobrevivir, y también quienes estamos convencidos de que dando el paso siguiente construiremos una vida nueva, y queremos tener el arrojo de intentarlo. Estamos seguros de que la historia más importante es la que construimos hoy. Tanto trabajo, tantas privaciones, tantos sueños de libertad no pueden acabar en el estercolero.

Nos sentimos parte del proyecto que Jesús de Nazaret quiso proponer a los seres humanos. Creemos en nuestra misión. Pensamos que un ser humano sólo lo es de verdad cuando es consciente de que está aquí para algo.

Seamos creyentes o no, sentirnos de utilidad para algo más grande que nosotros mismos, algo que nos supere en importancia, nos da el valor y la fuerza para afrontar los retos, esas metas que no seríamos capaces ni siquiera de atisbar si nos sintiésemos gotas de agua perdidas en el océano de la confusión y del caos. Sin embargo, es tan difícil conseguirlo…

Pero no podemos perder la perspectiva. No estamos solos, no todo depende de nosotros, no podemos obsesionarnos con la responsabilidad que sentimos, o con las esperanzas que otros han puesto en nosotros. Nadie es imprescindible, por importante que sea su aportación. Cuando uno empieza a sentir todo el peso sobre sí, y comienza a dudar de la capacidad de los demás para llevar el barco a buen puerto, pierde de vista la fabulosa ayuda que tiene a su alrededor, y cómo cada pieza del engranaje funciona si tiene en cuenta para qué fue fabricada; olvida que su trabajo es sólo posible —y útil— cuando es realizado en equipo. Empieza a parecerle que nadie comprende como él la importancia de lo que se está haciendo, y todo lo que está en juego.

Además, Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, sufrimientos o desafíos. Quiere construir junto a nosotros ese mundo más humano hacia el que nos sentimos atraídos. Por eso, toda la vida de Jesús será una llamada a la esperanza. Hay alternativa.

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