Posted On 04/06/2021 By In Opinión, portada With 311 Views

Desorientado | Eva Viladot Jorro

Algunas personas tenemos que convivir con un sistema inmunitario (o inmune) algo desorientado. Bueno, mejor dicho, totalmente desorientado. Resulta que el sistema inmune es algo fabuloso cuya función consiste -así a grandes rasgos- en reconocer e identificar las sustancias extrañas en nuestro organismo tales como bacterias, virus, parásitos o incluso células tumorales. Estas sustancias tienen moléculas que se denominan antígenos, el sistema inmune los reconoce y se organiza para defenderse de ellos. Lo normal es que este actúe frente a los antígenos de sustancias extrañas al cuerpo pero no siempre sucede así. Por motivos aún desconocidos, en ocasiones el sistema inmune no funciona como debería y detecta como ajeno lo que es propio. Es decir, considera los tejidos propios como si fueran extraños y se organiza para defenderse produciendo anticuerpos que atacan esos tejidos. ¿Qué tipo de miopía le lleva a hacer eso? No se sabe pero tiene que ser, cuanto menos, una miopía magna no, “magnísima”.

¿Qué sentido tiene atacar a tu propio cuerpo? Nadie en su sano juicio se dañaría a sí mismo. Esto me lleva a reflexionar acerca de los creyentes cuando en la Escritura se nos compara con miembros del cuerpo de Cristo. ¿Será que, en ocasiones, la miopía no nos permite detectar las cosas con claridad y no llegamos a identificar correctamente a aquellos que forman parte del mismo cuerpo que nosotros?  ¿Será que, el hecho de que este miembro forme parte de una extremidad distinta y lejana para mí suponga que le considere un agente extraño y, por ello, algo que neutralizar? ¿Será que donde debería existir un cuidado mutuo (1 Co 12,25) lo que en realidad tiene lugar es una sempiterna y absurda guerra?

Dicen que viajar ensancha la mente. Y yo añadiría que también cura la miopía, sí esa, la “magnísima”. Creo que sería bueno para algunos viajar, y no solo en el espacio sino también en el tiempo (súbete a un libro para ello), así nos daríamos cuenta de que el cristianismo es mucho más que la pequeña parcela que conocemos desde siempre y a la que cómodamente nos hemos habituado. Que el cuerpo de Cristo es una verdadera riqueza de formas, estilos y colores y que él reina sobre todos ellos. Que los que tú crees que no son del cuerpo quizá sí lo sean. Ante la duda, pidámosle a Dios colirio para ver bien. Y si no, al menos, echa mano de la prudencia gamalieliana no vaya a ser…

 

Eva Viladot Jorro
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