Posted On 03/09/2013 By In Opinión With 1802 Views

El culto… Ayer y hoy

El culto[1] ha sido desde tiempos antiguos una forma de comunicación entre la humanidad y la divinidad. Todos los dioses han demandado ciertas prácticas que sus adoradores, seguidores y sacerdotes  deben realizar en la celebración del culto hacia ellos.

El Dios de Israel no ha sido una excepción, puesto que desde que Israel salió de Egipto estableció claramente el tipo de adoración que solicitaba y la forma correcta de hacerlo. No obstante,  podemos observar que esas guías o mandamientos al respecto, fueron olvidadas o cambiadas y permeadas por prácticas totalmente distintas  a las que se les había enseñado desde los inicios, razón por la cual los israelitas son objeto de censura en el siglo VIII a.C. por parte de algunos profetas, quienes acentúan un mensaje de parte de Dios expresando la disconformidad que éste tiene con la forma en que el pueblo las estaba llevando a cabo.

En el presente trabajo esbozaremos algunas de esas prácticas, buscando en ellas algunas similitudes con el día de hoy.

Algunas definiciones que ayudaran al desarrollo del presente escrito son:

Culto: Devoción voluntaria, que implica adoración y adulación por parte de una comunidad hacía algún dios[2].

Templo: En el pensamiento hebreo se identificaba como casa de Dios; esto no significaba que fuera la casa permanente de Jehová, pero sí que su presencia permanecía allí, simbolizada  por una nube que cubría el lugar santísimo[3].

Sacerdotes: Sujetos separados para Dios; su consagración para el sacerdocio, consistía en un ritual bien elaborado, el Sumo Sacerdote oficiaba las ceremonias del día de la expiación y demás ofrendas. Ellos se mantenían de los diezmos, primicias y varías ofrendas[4].

Estas tres definiciones servirán para clarificar algunos elementos que conformaban la forma de comunicación entre el pueblo y Dios; el culto, el templo y los sacerdotes eran fundamentales para ello. Sin embargo, hacia el siglo VIII a. C. este culto había sufrido ciertos cambios en cuanto a su forma original, razón por la cual los profetas del momento  hablaron de parte de Dios para combatir dicha situación. El culto se había convertido en una forma de explotar a los demás, de crear discordia y separación, es decir en un lugar donde las discordias aumentaban y las injusticias proliferaban. Asurmendi[5] plantea que algunos profetas, entre ellos Amós y Oseas,  criticaron la forma adoptada para la realización del culto, la cual intentaron sustituir por la justicia y la fraternidad.

Cabe resaltar que la sociedad del momento estaba fuertemente marcada por abismales distancias económicas, donde los que tenían el poder abusaban de él, explotando y enriqueciéndose a costa de los más pobres, quiénes cada día iban sucumbiendo en la miseria. No obstante, esta clase dominante se mofaba de tener gran celo por el culto. De igual manera estos mismos opresores se desprendían de ofrendas en el templo[6] al mismo tiempo que ignoraban e incumplían  los decretos de la ley.  La dicotomía  en la forma de actuar y la ausencia  de moral religiosa abundaba, razón por la cual, y no en vano, el mensaje de los profetas fue tan contundente como necesario. Monloubou[7] menciona que, en relación al culto, no era buena la disposición de quienes participaban de él. De igual forma, los santuarios estaban llenos de perversidad, corrompiéndose así los actos que allí se realizaban. Agrega también que estos santuarios eran usados como lugares para practicar acciones perversas, que culminaban algunas veces incluso en orgías. Con esto se señala que la fe Yavista  estaba contaminada y permeada por la religión cananea.

Frente a estas prácticas contaminadas, los profetas[8] hacen un llamado a recuperar el valor del culto, a volver a la autenticidad cultica, a ver al templo  como el lugar donde habla Dios por medio de sus mensajeros. Es decir, que si estos profetas criticaron y censuraron la forma de actuar del pueblo, fue porque sus resultados eran estériles, ya que el culto no cambiaba a las personas como tendría que haberlo hecho.

Al observar  la situación que vivió Israel en el siglo VIII  a.C. podriamos pensar que  hoy, en el siglo XXI, esto ha cambiado, ya que han pasado más de 20 siglos y, sin embargo, dicha situación es prácticamente una copia del pasado. Hoy en día, muchas congregaciones están atestadas de  un mensaje que no proviene de Dios, antes bien en lugar de predicar lo que Dios quiere y manda a su pueblo, se predica un mensaje sin profundidad teológica, un mensaje que resalta la ignorancia de quien lo expone, un mensaje cargado de humanismo y con notables  ausencias de las verdades bíblicas.

Muchos, actualmente, han hecho de los templos un lugar de clasismos, donde los pecadores van  a aliviar sus penas con ofrendas y falsas profesiones de arrepentimiento, disimulando su falta de ética con el hecho de asistir regularmente a una congregación, mostrando en sus vidas resultados ausentes de todo cambio, e incluso pastores abusando de sus feligreses, explotándoles económica y laboralmente.

Lamentablemente, muchas congregaciones de hoy se encuentran permeadas por sincretismos y doctrinas que se alejan del fundamento bíblico; líderes que no tienen la capacidad de diferenciar  lo bueno de lo malo y, aún así, aceptan dirigir iglesias a pesar de su falta de conocimientos hermenéuticos para hablar y explicar correctamente lo que en la biblia se encuentra plasmado, siendo incapaces de contextualizar los sermones y consiguiendo únicamente alienar a las personas del mundo real en el que viven.

Definitivamente, hacen falta hoy día verdaderos portavoces, personas que restituyan la autenticidad del culto, que enseñen e intenten recuperar ese valor único y especial que éste tiene y cumple para la relación Dios < – > humanos.  No obstante,  parece ser que esto no es más que un deseo efímero  convertido en utopía.


[1] Asurmendi, Jesus M. Amós y Oseas. Editorial Verbo Divino. Navarra España 1989. Pág. 18.

[2] http://www.definicionabc.com/social/culto.php

[3] Harrison, Everett F. Diccionario de Teología. Libros Desafío. EEUU 1999. Pág.  594

[4] Ibíd.  Pág.  548

[5] Asurmendi. Op. CIt. Pág. 18

[6] von Rad, Gerharl.  Teología del Antiguo Testamento. Vol II. Ediciones Sígueme. Salamanca 1976. Pág. 166

[7] Monloubo, Lois.  Los profetas del Antiguo Testamento. Editorial Verbo Divino. Navarra 1987. Pág. 30

[8] Ibíd. Pág. 34

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