Posted On 31/12/2013 By In Biblia, Opinión, Teología With 2086 Views

El escándalo de la Navidad

Muchas veces hemos leído artículos sobre “El milagro de la Navidad”, “El mensaje de la Navidad”, “La alegría de la Navidad”. Pero quizás muy pocas veces hemos oído o leído acerca de “El escándalo de la Navidad”. Sin embargo, existe base bíblica y teológica más que suficiente para encarar este aspecto escandaloso del nacimiento de Jesús. Es lo que intentamos hacer en el presente artículo.

Todos entendemos, desde el testimonio bíblico y, quizás, desde la lógica más elemental, que Dios es espíritu, o sea, una entidad o persona o realidad de orden espiritual. Lo que la Navidad nos dice es que ese Dios que es, ontológicamente, espíritu, decidió hacerse carne en Jesucristo. Estas afirmaciones que sonarían a escándalo para oídos griegos, surgen del prólogo del Evangelio de Juan. En efecto, ese prólogo comienza con la afirmación: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios.” (Jn. 1.1 RV). Juan parece remontarse al Génesis donde se afirma que “En el principio creo Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1.1 RV).  Porque, al igual que el primer texto de la Biblia, se refiere al “principio”. Pues, en ese “principio”, en ese “génesis de todas las cosas” ya era el Verbo y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. ¿Quién es el Verbo?  Se trata de la traducción que Casiodoro de Reina nos legó al verter al castellano el término griego logos por “Verbo”. No se trata del verbo como función gramatical, en cuyo caso Ricardo Arjona tendría razón cuando canta: “Jesús es Verbo no sustantivo”. Sino que se trata del término latino verbum en el sentido de “palabra”.  La secuencia sería: Logos ® Verbum ® Verbo.

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Alberto F. Roldán

Fueron los griegos quienes al observar la regularidad de las estaciones, la secuencia de noche y día, el paso de las horas, entre  otras realidades perceptibles por el humano, pensaron en un logos, “razón”, “pensamiento”, “idea”, “palabra” –que todo lo penetra-  que había ordenado este cosmos para que fuese cosmos (mundo ordenado) y no caos.

Juan dice que ese Logos existía ya en el comienzo de todas las cosas, que estaba con Dios y que era Dios. Hasta allí, los lectores griegos de San Juan podrían estar de acuerdo con esa afirmación. Pero cuando Juan dice en el versículo 14: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, ya la cosa se complicaba. Porque para los griegos, sobre todo los gnósticos, Dios, que  era espíritu puro, nunca podría tomar contacto con la carne, residencia del mal. El teólogo, William D. Davies lo explica de un modo magnífico:

“«La Palabra se hizo carne.». Esta frase, tan familiar para nosotros, hasta el punto de que ya no provoca comentario alguno, tenía que chocar contra la sensibilidad del mundo culto grecorromano del siglo I. […] La idea misma de la Palabra se había forjado para suprimir el escándalo de la carne. […] La Palabra se hizo carne en Jesús de Nazaret. ¡Pero tal cosa era imposible! Era como afirmar que el aceite y el agua pueden mezclarse o que existe un círculo cuadrado. La sentencia «la Palabra se hizo carne» era, dicho de una vez, una contradicción en sus propios términos. Para el griego o el romano cultos, todo aquello era una locura, un escándalo.”[1]

Juan está refutando la idea de algunos gnósticos llamados “docetas”, término que viene del griego dokein que significa “parecer”. Por lo tanto, los maestros del docetismo decían que Jesús: “parece que come, parece que camina, parece que está cansado” pero no era realidad sino una pura apariencia. Inclusive, algunos de esos maestros decían que Jesús no dejaba huellas cuando caminaba sobre la arena, ya que su cuerpo tenía “apariencia de humano” pero no era una entidad corpórea, sino que solo se parecía a ella. Para que no queden dudas, Juan es rotundo: “El Verbo se hizo carne” (en griego: sarx). Ni siquiera suaviza su lenguaje apelando a algún eufemismo como “se humanizó”, “se hizo como nosotros”, sino que se hizo “carne”, la carne nuestra, “la vieja carne al fin”, diría William Faulkner que, si no existiera, no tendríamos memoria.

¿Cuál es la reflexión teológica que surge de esta escandalosa afirmación de Juan? Entendemos que implica varias cosas. La primera, la encarnación de Dios significa que en Jesucristo, el Verbo encarnado, Dios entra decididamente en la dimensión espacio-temporal, la dimensión propia de lo humano, limitado al tiempo y al espacio. En segundo lugar, que el Verbo se haga carne significa la secularización de Dios. Como dice Gianni Vattimo: “la encarnación de Jesús (la kénõsis, el rebajarse de Dios) es, en sí misma, ante todo, un hecho arquetípico de secularización.”[2] En Jesucristo, Dios se torna vulnerable, pasible del sufrimiento y aún de la muerte, de allí el concepto, una vez más escandaloso, de “El Dios crucificado” del que habló Lutero y que más recientemente explica Jürgen Moltmann en su libro homónimo. Y, en tercer lugar, la encarnación de Dios implica que en Jesucristo la totalidad de lo que somos como humanos, en las dimensiones espirituales, psíquicas, mentales y corporales es redimida en Él. Por eso decimos en el Credo Apostólico: “Creo en la resurrección de la carne”. El estado eterno, que escapa a nuestras capacidades intelectuales, no implica un “flotar” por los siglos de los siglos en el espacio como almas desencarnadas, sino en habitar cielos nuevos y tierra nueva en cuerpos “de resurrección”, de naturaleza distinta a los cuerpos terrenales pero “cuerpos” al fin.

Que esta Navidad implique el encuentro con este Dios escandaloso que, siendo espíritu, se hace carne de nuestra carne para vivir entre nosotros. No en vano se le llama también: Emanu-el, es decir, Dios con nosotros.


[1] William D. Davies, Aproximación al Nuevo Testamento, trad. J. Valiente Malla, Madrid: Cristiandad, 1979, pp. 369-370

[2] Gianni Vattimo, Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso, trad. Carmen Revilla: Buenos Aires: Paidós, 2004, p. 85.

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