Posted On 08/03/2012 By In Biblia With 1569 Views

En tierra de nadie (Mc. 1:40-45)

La noche del 24 de diciembre de 1914 los soldados alemanes, que luchaban contra los británicos, en el frente occidental de Francia, empezaron a decorar sus trincheras y a cantar villancicos. Los soldados ingleses les respondieron, cantando también ellos villancicos, pero en inglés; entonces, muy bien nadie sabe cómo, se encontraron los soldados de los dos bandos intercambiando regalos en la tierra de nadie, aquella que hay entre una trinchera y la otra.

Marta López BallaltaDurante esa noche y el siguiente día de navidad, los soldados de los dos bandos celebraron juntos el nacimiento de Jesús, pero no solamente eso, sino que curaron sus heridas y celebraron entierros para los cadáveres que habían quedado tendidos en aquella tierra de nadie, soldados alemanes y soldados ingleses fueron enterrados juntos mientras se levantaba una oración, el salmo 23, en los dos idiomas.

Esa noche de reconciliación quedó en agua de borrajas, aquello, que podría haber sido el principio del final del conflicto, fue destruido por los generales de ambos bandos, que ordenaron para la mañana del 26 uno de los bombardeos mas cruentos de toda la guerra.

En aquella tierra de nadie, donde no mandaban generales, ni káiseres, ni primeros ministros, allí los hombres se encontraron unos con otros, allí los soldados volvieron a ser personas.

El relato del evangelio de Marcos tiene mucho que ver con las tierras de nadie; con las tierras donde manda la dignidad de los seres humanos y no la indignidad de los gobernantes que los clasifican por su utilidad.

Estamos en el inicio del libro; nuestro autor está sentando las bases de aquello que va a explicarnos: “el evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Jesús ha iniciado su ministerio en Capernaúm, pero no se ha quedado allí, en el versículo anterior a nuestro pasaje nos explica Marcos que “fue por toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios”. En algún momento del camino, en algún lugar de Galilea, se le acerca a Jesús un leproso y le dice: “Si quieres puedes limpiarme”.

Para Marcos este episodio es especial, este es el único leproso que es sanado en su evangelio, y a través de él, de este hombre impuro, quiere explicarnos quién es Jesús, cuál es el “evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.

Estar enfermo, en el s. I en Palestina, era algo bastante complicado, una dolencia se consideraba causa de algún pecado, solamente tenemos que acordarnos de los mal llamados amigos de Job. Pero la realidad de un leproso en los tiempos de Jesús era mucho peor que la de otros enfermos.

En el Levítico se nos narra cómo esta persona debe estar separada del resto del pueblo, nos dice en el capítulo 13 (vv. 45-46): “El leproso que tenga llagas llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y con el rostro semicubierto gritará: “¡Impuro! ¡Impuro!”. Todo el tiempo que tenga las llagas será impuro. Estará impuro y habitará solo; fuera del campamento vivirá”.

Un leproso judío debía vestir como un pordiosero, con la ropa rasgada, debía llevar el rostro semicubierto, porque nadie quiere reconocer en el desechado a un ser querido, y debía ir por los caminos, fuera de las ciudades, gritando “¡Impuro! ¡Impuro!”, para que todo el mundo pudiera apartarse de él. No, no era nada fácil la vida de los leprosos en la antigüedad.

Durante la enfermedad necesitamos de cuidados, y no solamente físicos, necesitamos del amor de nuestra familia y de nuestro amigos, cuando la enfermedad nos alcanza siempre esperamos tener a alguien cerca, para que sea nuestro apoyo. Pero este leproso no tenía a nadie, la ley no le permitía tener a nadie. Así que se acerca a Jesús y el maestro tiene misericordia de él.

La misericordia de Jesús no es un acto de compasión, no es decir: “¡ay! pobrecito leproso, voy a curarle”. No, la misericordia de Jesús es la valentía del amor. Porque la ley del Levítico no era una ley que pretendiera maltratar al que estaba enfermo, no era una ley que pretendiera hundir más en la miseria a aquel que ya estaba mal. No, la ley del Levítico, es una ley que piensa en el judío sano; es una ley que quiere cuidar al limpio, para que la impureza del otro no le alcance y tenga que quedar fuera del culto a Yahvé. Porque un leproso caminando por las calles de las ciudades podría, sin querer, tocar a cualquiera, y a todos aquellos a los que tocara, les contagiara o no, quedarían excluidos de la vida religiosa durante varios días, para comprobar si habían sido manchados.

En una sociedad donde la religión era la forma de identidad de la nación, y no una opción individual, eso significaba estar excluido, estar separado del pueblo y dejar de formar parte de él, aunque fuera sólo temporalmente.

Pero Jesús mira a aquel hombre, arrodillado frente a él, pidiéndole que le cure, escucha a un hombre que pone en sus manos el poder ser limpiado o no, que no exige, que no demanda, un hombre que se humilla y le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Porque, ¿cómo iba este leproso a exigir? ¿cómo iba este impuro a imponer nada? Este hombre que debía ir gritando por los caminos su condición de infeccioso no tenía derecho a acercarse a Jesús, cómo entonces iba a reclamar nada.

¿Y qué hace Jesús? lo toca y le dice: “Quiero, sé limpio”. Jesús realiza en este momento un gran acto de valentía, porque tocar al leproso es convertirse, él también, en una persona impura. En este acto tan sencillo de tocar, Jesús se convierte en un excluido, se convierte en un enfermo, igual que el leproso, y queda fuera de la vida del pueblo, fuera de la presencia de Yahvé. Jesús queda excomulgado de la comunidad santa de Dios.

Lo más curioso es que sabemos, por otros relatos, que Jesús no hubiera necesitado tocarle, Jesús, simplemente, podría haber pronunciado palabras de poder y el leproso habría quedado limpio. Pero no, Jesús se ensució, Jesús se excluyó, se manchó por aquel leproso.

Jesús decidió ser impuro simplemente por hacer un acto de amor: tocar a aquel hombre. Un hombre que adivina cuánto llevaba sin nadie, alejado de su familia, de sus vecinos, de sus amigos, un leproso que no recibía abrazos de su esposa, ni besos de sus hijos, ni palmadas en el hombro de sus amigos. Jesús tocó a la persona que nadie quería ni debía tocar.

Nuestro leproso queda limpio al instante y entonces es cuando sucede la parte más extraña de este episodio. Jesús le pide que no diga nada, le dice que vaya al sacerdote, que ofrezca lo que Moisés mandó en la ley y ya está, pero, sobre todo, que no diga nada.

Si volvemos a Levítico encontramos que era todo lo que tenía que hacer aquel hombre limpiado: primero debía ser examinado por el sacerdote, fuera de la ciudad; después debía de ofrecer una serie de sacrificios, que variaban según el poder adquisitivo del sanado; después de esto el sacerdote lo declaraba limpio, pero todavía no podía entrar en su casa; primero debía pasar una semana sentado fuera; después de esto, al octavo día, debía ofrecer otra serie de sacrificios más, con la sangre de estos limpiaría su culpa, y con aceite ofrecería el ritual de expiación; una vez limpiada la culpa y expiado el leproso tenía que ofrecer el sacrificio por el pecado, para purificarse de su inmundicia (Levítico 14, 1-20).

Después de todo el sufrimiento que el hombre había vivido, después de la marginación social, de no poder habitar entre los suyos, después de haber vivido como un pordiosero, la ley le exigía demostrar a los demás que había superado su impureza y que, mediante los sacrificios, Dios le había perdonado y le había vuelto a admitir en la comunidad de los santos. Porque si aquel hombre estaba enfermo es porque Dios lo había querido, y Dios, que es un Dios justo, solamente hubiera permitido tal enfermedad en alguien que tuviese algún pecado.

Ahora estaba sano, pero el pecado, que había cometido para acabar siendo un leproso, debía ser desechado por medio de los sacrificios. Volvemos a encontrarnos con una ley que pretende salvar al sano, que intenta que la impureza y la contaminación no alcancen a los limpios.

En este punto del relato ya tenemos enseñanzas magníficas y valiosas, ya podemos ver cuál es la maravilla de salvación que Jesús trae de Dios para el ser humano. Si nos quedáramos aquí ya tendríamos mucho que aprender, y lo cierto es que Mateo, relata el mismo episodio y no continua más allá.

Pero Marcos quiere explicarnos más, quiere darnos un epílogo, como cuando en las novelas y en las películas, se nos explica que sucedió después de acabada una historia. Porque nuestro leproso no pudo mantenerse callado, desobedeciendo a Jesús, que le había “ordenado estrictamente”, no decir nada “comenzó a publicar y a divulgar mucho el hecho”.

Hablábamos antes que la misericordia de Jesús es la valentía del amor. Porque Jesús sabía qué arriesgaba al tocar a aquel hombre para limpiarlo. Jesús era conocedor de la ley, por eso mismo manda al ex-leproso al sacerdote, para cumplir con aquello que estaba establecido, para que el leproso, no solamente quedara limpio de su enfermedad, sino que pudiera volver a reincorporarse a la dinámica social.

Pero el hombre no pudo callar, no pudo empezar a hacer sacrificios por su culpa y su pecado, tal vez una culpa y un pecado que no habían existido; no quería rituales de expiación, ni pasar una semana sentado a las puertas de su casa, ¡no! Aquel hombre no pudo callar, porque lo que había hecho Jesús con él era maravilloso, Jesús le había devuelto la vida.

Pero Jesús sabía lo que arriesgaba, y las consecuencias de su acto fueron que ya “no podía entrar abiertamente en la ciudad”. Él ahora era impuro, como aquel leproso y “se quedaba fuera, en los lugares desiertos”. Jesús, por “culpa” de su valentía de amor, acabó relegado a la tierra de los enfermos, de los desamparados, de los desechados de la sociedad. Jesús acabó fuera de la sociedad judía, en una tierra donde no estaba la presencia de Yahvé. Jesús tuvo que quedarse en la tierra de los impuros donde Dios no habitaba.

¿No os parece paradójico el relato de Marcos? ¿No os parece extraño que la historia del “evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” empiece, precisamente, allí donde se supone que Dios no puede estar? El Hijo de Dios separado del pueblo de Dios, el Hijo de Dios en tierra de nadie, donde solamente vivían los que no podían vivir en la comunidad santa de Yahvé, donde sobrevivían los que nadie quería ver. El Hijo de Dios viviendo donde Dios no vivía, … pero sabéis, a allí “venían a él de todas partes”.

Aquellos sanos, aquellos limpios que podían vivir dentro de la comunidad de Dios, aquellos a los que nadie había desechado, salían de sus seguros lugares de santidad, donde no iban a ser contaminados por ningún impuro, para ir a la tierra de nadie, para estar con Jesús. Allí donde el poder legal decía que no estaba Dios, allí donde cualquiera que se quedara corría el peligro de contaminarse y entonces no poder acercarse a Dios, allí donde ningún sacerdote imaginó, donde ningún rabino pensó, allí estaba el Hijo de Dios, congregando a sanos y enfermos.

En la tierra de nadie, donde no mandaba ninguna legislación sobre pureza, donde ningún poder religioso tenía jurisprudencia, allí donde estaban los excluidos de los círculos honorables, allí estaba Jesús acercando a las personas, sanas y enfermas, limpias e impuras; allí estaba Jesús mostrando al Dios que no hace acepción de personas.

En aquella tierra de nadie, a través de la persona de Jesús, los hombres y las mujeres se encontraron los unos a los otros, allí fueron todos considerados personas, allí volvieron a gozar de la misma dignidad, fuera cual fuera su condición.

Nos separan más de dos mil años de esta historia, nos separa un mundo de aquella cultura “primitiva”. Nuestras sociedad moderna ya no es como aquella, ahora somos conscientes de que una persona enferma no es una persona impura, una persona enferma no está separada de Dios, ni tiene que estar separada de nosotros.

Pero, nuestra sociedad moderna sigue etiquetando a las personas, sigue poniéndoles carteles, aunque ahora no los clasifiquemos por su nivel de pureza, sino por su utilidad social.

Inmigrantes, que durante los años de nuestra sociedad del bienestar, acogíamos con los brazos abiertos, para que hicieran aquellos trabajos que a nosotros no nos gustaban, estos mismos inmigrantes, que recogieron nuestras cosechas y limpiaron nuestras casas, que hicieron de auxiliares en nuestros geriátricos, limpiando y haciendo compañía a nuestros ancianos, estos hoy nos molestan y queremos echarlos, devolverlos a esos países que nosotros hemos explotado para nuestro beneficio.

Mujeres que durante años fueron bien vistas porque cuidaron de sus familias, porque limpiaron sus casas y educaron a sus hijos, ahora son viudas a las que nadie asiste y que tienen que vivir con pensiones que no llegan a 400 euros.

Hombres y mujeres que trabajaban duro, que cobraban sueldos que les permitían consumir y mantener en auge a nuestros negocios, pero que ahora estando parados, no tienen ni para comer. Hombres y mujeres que hoy echamos de sus casas porque no pueden pagar sus hipotecas.

Tantos y tantos ejemplos se nos podrían ocurrir de personas marginadas, separadas de nuestra sociedad, porque ya no son útiles, porque ahora que no tienen dinero son unos inútiles sociales. No, nuestra sociedad ya no margina al enfermo, ya no lo tacha de impuro, pero sí que margina, olvida y abandona a los que no tienen nada.

Jesús estuvo dispuesto a correr el riesgo de ser excluido, de ser considerado impuro, por ese hombre leproso que se le acercó, por ese hombre inútil, y por su valentía de amor acabó en el mismo lugar que el excluido. Se contaminó de él por amarle, por sanarle, por tocarle. Jesús salió a la tierra de nadie, donde las autoridades religiosas pensaban que Dios no estaba, allí fue el Hijo de Dios, allí donde los sacerdotes creían que solamente había gente inútil y malsana para su sagrada y pura sociedad, allí se hizo presente la salvación de Dios en la figura de Jesús.

Porque a Jesús le gustan las tierras de nadie, las tierras donde las personas son personas, más allá de si son enfermos, soldado rasos o inútiles sociales.

La noche del 24 de diciembre de 1914, aquella primera navidad de una guerra mundial, los soldados alemanes e ingleses, salieron de sus trincheras, para compartir juntos aquel día en la tierra de nadie; esos soldados hicieron presente la salvación de Dios, hicieron presente el “evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Un evangelio que abraza al enemigo, que acoge al del otro bando, un evangelio que cura las heridas de los que están en guerra y que entierra, entonando un salmo a Dios, a cualquier ser humano, sea de un bando o de otro.

Gracias a Dios la realidad de un conflicto bélico no existe hoy en nuestro país, pero eso no significa que no vivamos en trincheras, que no halla persona luchando por sobrevivir. ¿Dónde está Dios? ¿dónde está el Dios que hace presente su evangelio entre los hombres?

Dios sigue en tierra de nadie, esperando, sigue fuera de nuestros esquemas, de nuestras etiquetas, de nuestros estratos económicos o sociales. Dios, viviendo en medio nuestro, sigue esperándonos más allá de nosotros mismos y de nuestras convicciones, en aquel lugar donde su iglesia, donde sus hijos y sus hijas, son acogedores, allí donde hay personas a las que no les importa mancharse las manos por los demás. Porque Dios se hace presente en amor al enemigo, en el tocar y abrazar al que los demás excluyen u olvidan.

Nosotros, como iglesia, podemos decidir qué queremos ser, podemos construirnos como una ciudad, con sus altas murallas y sus leyes de santidad, para vivir protegidos de los impuros; podemos construirnos como trincheras, escogiendo bandos, obedeciendo a los poderes que nos rodean, y vivir escondiéndonos de las balas enemigas; o no, podemos decidir construirnos como una tierra abierta, como una tierra donde la salvación de Dios se haga presente, podemos ofrecer acogida y dignidad, podemos ser refugio y consuelo para todos y para todas, y entonces, tal vez entonces, vengan a nosotros de todas partes.

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